(Los eternos complejos de las democracias liberales con el socialismo) “LA GUERRA CIVIL MILITAR Y LA TRAICIÓN DE OCCIDENTE” – Pasaje de Memoria del comunismo / Federico Jiménez Losantos

[..] La ideología de la rendición occidental ante el comunismo se resume en que a los anticomunistas se les reprocha lo que a los comunistas se les perdona. A los rojos se les reconoce, para empezar, el idealismo de sus fines, que nunca son los de ocupar el poder o abusar de él, pero como siempre abusan, entonces se recurre al realismo, a las instituciones internacionales que están al margen de ideas, valores o sistemas políticos (dos tercios son dictaduras).

A los anticomunistas o blancos, empeñados en que los rojos jamás respetan lo que firman —para qué— e imponen por la fuerza lo que públicamente niegan imponer, se les reprocha su rígido dogmatismo, su falta de empatía y de matices, su poco realismo político al buscar aliados. O sea, que los rígidos y dogmáticos son los que luchan contra la dictadura, siempre que esta sea comunista. Si no lo es, el dogmatismo no es problema.

Por desgracia, esto no es una teoría. Es lo que he visto durante toda mi vida en Estados Unidos y Europa a cuenta de la Guerra Civil española, de los exiliados cubanos anticastristas, de la Contra nicaragüense o de los colombianos opuestos a la rendición ante la narcoguerrilla de las FARC.

En la época de la Contra, lo he visto dentro del Departamento de Estado, cubil diplomático semejante a la ONU, en las universidades y en los medios de comunicación, entonces de papel, donde los mismos que te recibían, favorables a los anticomunistas, lo hacían en semiclandestinidad, mirando de soslayo y evitando que las entrevistas fueran más públicas de lo estrictamente necesario.

Instituciones nacidas para crear o cuidar la libertad como la propia Administración de Justicia son sus peores enemigas. Es lo que sucede con las denuncias por violación de derechos humanos en Colombia, que controlan ONG aliadas de las FARC en los tribunales USA.

Y todo empieza cuando debería haber acabado: con el régimen de Lenin.

Para darle un tono heroico a lo que militarmente no pasó de mediocre carnicería, suele presentarse la guerra civil rusa como un apocalipsis popular en el que el Ejército Rojo derrotó a los militares del ejército del zar y a los países capitalistas que les apoyaron: Inglaterra, Francia y USA.

A esta «intervención extranjera» atribuyen propagandistas como Kollontai la crueldad —el terror rojo— que los bolcheviques emplearon en su defensa, siendo su naturaleza tan pacífica y contraria a la violencia.

Es lo mismo que se ha dicho de Cuba, Vietnam, Nicaragua o Venezuela. Cuando triunfan, estas gentes tan pacíficas siguen aplicando el terror contra su pueblo, algo incompatible con su bondadosa naturaleza, que por supuesto, no existe.

¿Pero cuándo la propaganda comunista ha respetado la verdad? Desde Lenin, han usado el terror como arma fundamental, única si entendemos la propaganda como un brazo del terror, y siempre para lo mismo: imponer y mantener su poder.

Nunca hubo una auténtica intervención militar, menos aún una «invasión», de los países capitalistas contra el régimen bebé de Lenin, con el sórdido fin de impedirle desarrollar pacíficamente todas sus virtudes.

Las intervenciones británicas y, a petición suya, norteamericanas, se produjeron básicamente para fijar el frente alemán e impedir que el pacto de Lenin con sus financiadores alemanes permitiera volver toda su fuerza militar al frente del Oeste, arrollando a Francia como habían hecho en la guerra de 1871 y volvió a hacer Hitler en 1939.

Los desembarcos se produjeron en Murmansk, porque en el norte y en las cercanías de Petrogrado estaban los puntos débiles del ejército ruso, así como en el Mar Negro, vientre del inmenso imperio, y en Siberia, por la presencia japonesa al otro lado del Transiberiano. Pero hasta el armisticio la escasa presencia militar obedece a la traición de los bolcheviques a sus aliados, Inglaterra y Francia, junto a los que Rusia había entrado en guerra. En realidad, la había provocado, porque el comportamiento ruso apoyando a los serbios tras el asesinato del heredero del trono austro-húngaro fue tan desafiante que solo la conciencia de inferioridad militar de las potencias centrales frente a Rusia, Francia y la todopoderosa Gran Bretaña explica el retraso en el comienzo de la guerra.

Sonámbulos (Christopher Clark, 2014) explica el error común de juzgar a los alemanes en la Primera Guerra Mundial por lo que hicieron en la Segunda. Pero la ayuda a los militares y civiles que, tras el Golpe de Octubre y la liquidación de las instituciones representativas, empezando por la Asamblea Constituyente, y, antes aún, por los partidos no de izquierdas, como los KDT declarados «enemigos del pueblo» antes de las elecciones, partió de un criterio arbitrario de Lloyd George, continuó por la extraña atracción masónica por Kérenski de Wilson y desembocó en una serie de condiciones para la ayuda que parecían, y eran, burdas negativas.

En diciembre de 1918, para disimular su sumisión a la izquierda laborista y sindical que simpatizaba con Lenin, pero sin romper del todo su alianza con los conservadores, aparte del desagradable Churchill, Lloyd George dijo en el Gabinete de Guerra del gobierno que el régimen bolchevique «no significaba un peligro comparable al del viejo Imperio Ruso, con sus agresivos oficiales y millones de soldados».

El argumento era políticamente falso e intelectualmente ridículo. Nadie entre los «blancos» hablaba de restaurar el viejo imperio: lo que querían era recuperar el Parlamento y tener un gobierno legítimo. Por otra parte, los bolcheviques habían dado ya pruebas de una agresividad sin precedentes en Europa y habían decretado el servicio militar obligatorio, que pese al cambio de régimen afectaba a muchos millones de rusos. Eran los mismos rusos que les habían ayudado a dividir al ejército alemán, y tanto el zar como el Gobierno Provisional se habían mantenido fieles a sus aliados, aunque para mantenerse en el poder les hubiera convenido pactar con Alemania, como hizo Lenin, reconocido y denunciado agente alemán.

Pues no: la preocupación, terminada la guerra, era para Lloyd George que no se rehiciera la vieja Rusia, y el remedio era no molestar a la nueva. Tras la tercera y última conferencia de paz fallida, la de Prinkipo, Lloyd George puso tres condiciones a la ayuda:

1.   No se debe intentar tomar por las armas la Rusia bolchevique.

2.   El apoyo solo se mantendrá mientras esté claro que en el área controlada por Kolchak y Denikin la población tiene sentimientos antibolcheviques.

3.   Los ejércitos antibolcheviques no deben ser usados para restaurar el antiguo régimen zarista y reimponer a los campesinos las antiguas condiciones de vida feudales, privándoles de la tierra.

¿Cómo pensaba tomar la temperatura del sentimiento a los rusos en plena guerra el Premier? ¿Votando? Lo habían prohibido los comunistas. ¿Con una encuesta? ¿Ignoraba Lloyd George que la servidumbre estaba abolida en Rusia desde 1861, por el zar Alejandro II, asesinado por uno de esos grupos terroristas a los que Lenin siempre quiso —y logró— parecerse? ¿Cabe resumir en tres puntos mayor ignorancia, deshonestidad y fatuidad?

Churchill era partidario de una intervención militar por dos razones: la naturaleza totalitaria y expansionista del comunismo —que no ocultaba— y la amenaza directa para los intereses del Imperio Británico. Lo primero era lo que más le desesperaba. Y en 1919, daba por perdida la causa:

Es falso pretender que este año hemos estado librando las batallas de los rusos antibolcheviques. Al contrario, son ellos los que han librado las nuestras, y esa verdad se hará dolorosamente evidente cuando hayan sido exterminados y los bolcheviques dominen todo el vasto Imperio.

Francia no le anduvo a la zaga en doblez a Inglaterra. El mariscal Foch decía que no se debía dar «gran importancia al ejército de Denikin, porque los ejércitos no existen por sí mismos, deben tener detrás un gobierno, una legislación y un país organizado». Pero los bolcheviques solo tenían la ley del Terror y habían desorganizado todo el país, lo cual les hacía débiles. ¡Y hablaba Foch, que, con todo el gobierno y la legislación de Francia detrás, jamás hubiera vencido a Alemania sin el apoyo militar de los USA! Es evidente que cuando la cobardía se disfraza de consideraciones tácticas, los militares pueden ser tan hipócritas como los políticos.

Los sabios y éticos gobiernos de Londres, París y Washington, tras pergeñar el criminoso tratado de Versalles, también impusieron severas condiciones económicas a su ayuda a Kolchak. El pobre, aceptó. E iba de triunfo en triunfo, como Denikin, a pesar de contar con la mitad de efectivos, hasta que, al primer revés, trascendió que Lloyd George y Wilson tenían decidido de antemano abandonar a los blancos a su suerte. El 8 de noviembre Lloyd George dijo en un mitin que Gran Bretaña «no ayudaría indefinidamente a los blancos en una guerra interminable» y que, como Disraeli, temía el inmenso poder del «glaciar» ruso. Y el 17 de ese mismo mes remató políticamente a los fieles aliados rusos. Dijo, sin prueba alguna, que Kolchak y Denikin, cuyo programa defendía la vuelta a la Asamblea Constituyente, en realidad, lo que buscaban era reconstruir la antigua Rusia, enemiga de los intereses británicos.

Lenin no hubiera podido recibir mejor noticia. La atmósfera de euforia militar en los «blancos» se convirtió en aciago pesimismo político, con consecuencias devastadoras.

Claro que todavía más necio fue Wilson, que estaba muy influido en clave masónica por Kérenski, gran responsable del golpe de Lenin en octubre y que pretendía encabezar una «tercera vía» entre los «blancos» y los «rojos». ¡Para eso había liquidado Lenin el Gobierno Provisional (presidido por el propio Kérenski) y la Asamblea Constituyente; para eso había desatado el terror rojo: para pactar la paz! Pero como Kérenski, uno de los personajes más siniestros del siglo XX, no pedía una intervención militar extranjera, al presidente Wilson, gran precursor en la Agenda del Bien (que tan mal le fue al mundo), y al premier Lloyd George su opinión les parecía sensata y ponderada. ¡Les salía gratis!

Dos errores, por obtusa integridad nacional, cometieron los blancos: no reconocer la independencia de Finlandia y Polonia. ¡No estaban en posición de asegurar la de Rusia y discutían la de los Estados dominados! En el norte, eso impidió el cerco de Petrogrado. Y en el este, fue la clave de la derrota de Denikin cuando solo se interponía Tula camino de Moscú. Pildsuski pactó una tregua con Lenin, que había perdido Ucrania, y dejó al Ejército Rojo la posibilidad de llevar 50.000 hombres al frente de Denikin, tan mal administrador como Kolchak y, sobre todo, ambos privados de la necesaria ayuda internacional. Y ese fue el salvoconducto del triunfo del terror rojo.

Los inmediatos avances de Pildsuski en Ucrania y el Báltico fueron tan efímeros que en 1920 el Ejército Rojo estaba a las puertas de Varsovia. La naciente Komintern asistía, a través de una enorme pantalla instalada en el Kremlin, al avance presuntamente imparable del ejército de Tujachevski, héroe de los Urales, que iba a llevar la revolución proletaria a Polonia y después a Alemania. Pese a su aplastante superioridad numérica, los polacos destrozaron a los soviéticos, pero el resultado de la estrategia de Pildsuski, influida por la de Lloyd George, acabó siendo el trágico reparto nazi-soviético de Polonia y siete lustros de tiranía comunista. Es que, sencillamente, Churchill tenía razón.”

“LA GUERRA CIVIL MILITAR Y LA TRAICIÓN DE OCCIDENTE”

Pasaje de

Memoria del comunismo (pag. 958)

Federico Jiménez Losantos

Un comentario en “(Los eternos complejos de las democracias liberales con el socialismo) “LA GUERRA CIVIL MILITAR Y LA TRAICIÓN DE OCCIDENTE” – Pasaje de Memoria del comunismo / Federico Jiménez Losantos

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