La masacre de la dinastía Romanov por la dinastía Lenin – “Memoria del comunismo” Federico Jiménez Losantos.

Los cinco niños Romanov con la cabeza afeitada. Tsarkoje Selo, febrero 1917 © Musée de l’Elysée, Lausanne

El comportamiento de Lloyd George es especialmente vil por la forma en que Gran Bretaña —la corona y su gobierno— se habían comportado con los Romanov tras la voluntaria abdicación del zar, de su hermano Miguel y de su reclusión por el gobierno de Kérenski en Tombolsk, a 2.000 kilómetros de Moscú. Aunque el presidente —desertor— del Gobierno Provisional, destacado dirigente masónico y eterno liante, haya dicho por activa y por pasiva que quiso ante todo guardar la vida del zar y su familia, lo cierto es que los mandó a un sitio relativamente cómodo y los olvido olvidó. Si engañó por celos a Kornílov, olvidó sus deberes como presidente del Gobierno —Jefe del Estado provisional tras proclamar por su cuenta la República— ¿cómo no iba a olvidarse de Nicolás II?

Pero tras el Golpe de Octubre y la cobarde huida de Kérenski, que dijo que iba a buscar ayuda dejando a su gobierno al cuidado de los cadetes de la Academia y las voluntarias del Batallón Femenino de la Muerte, rodeados por la Guardia Roja bolchevique y el crucero Avrora, quedó claro que la vida de Nicolás y su familia corrían peligro, así que Gran Bretaña, cuya Familia Real estaba directamente emparentada con la rusa, pidió su salida.

De pronto, canceló su petición, en teoría por alguna de las sinuosas complicaciones de la guerra, aunque probablemente, por el deseo siempre imperioso del gobierno de no molestar a la izquierda laborista. El káiser, cuyo ascendiente sobre Lenin —lo había llevado a Rusia, le dio 50 millones de marcos oro para organización y propaganda desertora y podía delatarlo en cualquier momento— era absoluto, también era tío de la zarina, cuya impopularidad en Rusia provenía de ser la princesa alemana Alix de Hesse. Sin embargo, tras un amago, tampoco hizo nada por ella ni por su familia.

Lo que en 1919, durante la guerra civil, sí sabían Lloyd George, Wilson y demás aliados de Rusia en la Primera Guerra Mundial era que el zar había sido asesinado sin juicio por los bolcheviques el 16 de julio de 1918, y que su familia estaba desaparecida. Y nada hicieron la corona ni el gobierno de un país que desde Burke y sus Reflexiones sobre la Revolución Francesa, y la Historia de dos ciudades de Dickens, libro popularísimo en Europa, se preciaba de no parecerse a la Francia que guillotinó a Luis XVI, María Antonieta, miles de aristócratas y a los 300.000 campesinos de la Vendée. Como Lloyd George y Wilson seguían dando lecciones de moral universal, convenía silenciar el destino de la Casa Romanov, masacrada para fundar sobre sus cadáveres la nueva dinastía bolchevique, la Casa Lenin, que reinó sobre Rusia y su imperio, mediante el terror más desaforado, hasta 1991.

ÓRDENES DIRECTAS DE LENIN

Como en todos sus crímenes, Lenin se preocupó de borrar sus huellas personales en la masacre de los Romanov. Solo al abrirse los archivos de la extinta URSS, el historiador del Ejército Rojo Dmitri Volkogónov halló las pruebas de lo que, pese a sórdidos episodios como el de la falsa Anastasia, carne de Hollywood, se había ido filtrando por diversas vías a Occidente.

La decisión de asesinar a todos los Romanov fue tomada por Lenin y había sido madurada muchos años atrás, cuando en su elogio a Netchaev le dijo a Bronch-Bruevich refiriéndose al Catecismo Revolucionario: «¿A quién habría que matar de la familia real? La respuesta de Netchaev fue: “A toda la ektenia”. De modo que, ¿a quién habría que matar? A toda la Casa de los Romanov, como cualquier lector podría entenderlo. ¡Genio puro!».

Como Netchaev en Los demonios, Lenin implicó a sus camaradas en el asesinato, pero como, a diferencia de Netchaev, él era muy cobarde y quería pasar a la historia sin las manos manchadas de sangre, cosa que consiguió hasta la apertura de los archivos de la URSS, ocultó los hechos y propaló una serie de mentiras con las que, sin duda, disfrutaba.

Un mes antes de ordenar el asesinato del zar, la zarina el zarevitch Alexis y las cuatro princesas (en el sótano murieron también, a tiros o bayonetazos, la dama de compañía, el asistente, la criada, el médico y el perro Jemmy), Lenin había mandado a la Cheka asesinar a Miguel, exzar, hermano de Nicolás, que había pedido permiso para cambiar su apellido por el de su esposa, Brasov, y dejar Rusia a finales de 1917. Detenido y enviado a Perm, Miguel fue secuestrado con su secretario el inglés Johnson y asesinado en un bosque de las afueras. Lenin concedió entonces una extraña entrevista a un periódico no bolchevique diciendo que Miguel había huido, aunque no sabía adónde, y que tampoco sabía si el zar estaba vivo.

Evidentemente, era un globo-sonda para ver qué reacciones podía provocar el asesinato del zar. Y el de su familia, porque pensaba matarlos a todos.

La prueba es que el mismo día de la masacre de la Casa Ipatiev, en Alakaievsk, a cien millas de distancia, fueron asesinados la gran duquesa Elizaveta Fioródovna (hermana de la zarina, cuyo marido había sido asesinado por un terrorista al que visitó en la cárcel, se había hecho monja y décadas después, tras caer la URSS, ha sido canonizada), al gran duque Serguei Mijáilovitch, al príncipe Iván Konstantínovitch, al príncipe Konstantin Konstantínovitch y al conde Vladimir Paliéi (hijo del gran duque Pável Alexandróvich).

Ese mismo 16 de julio, por alguna filtración o simplemente siguiendo la pista que el propio Lenin había dado un mes antes, el diario danés National Tiende publicó que había rumores de que el zar podría haber sido ejecutado y se preguntaba si Lenin podía explicarlo. Cuando le comentaron la noticia, Lenin la calificó de «propaganda burguesa».

Años después, Trotski anotó en su diario cómo se lo contó Svérdlov:

Al dirigirme a Svérdlov le pregunté de pasada:

—A propósito, ¿dónde está el zar?

—Se acabó —me respondió—: fue fusilado.

—¿Y dónde está la familia?

—La familia está con él.

—¿Todos? —le pregunté aparentando una cierta sorpresa.

—¡Todos! —me respondió Svérdlov—. ¿Por qué?

Él estaba esperando mi reacción. Yo no contesté.

—¿Y quién tomó la decisión? —le pregunté.

—Lo decidimos aquí. Ilich pensaba que no debíamos dejar a los blancos un estandarte vivo que les permitiese aglutinarse. Sobre todo en las difíciles circunstancias actuales.

Trotski, cuya disposición asesina solo era superada por la de Lenin, justificó así la masacre de la familia Romanov, el médico y el servicio:

La decisión fue no solo oportuna sino necesaria. La severidad de este castigo demostró a todo el mundo que seguiríamos luchando de manera inmisericorde, sin reparar en nada. La ejecución de la familia del zar era necesaria no solo para atemorizar, causar horror e infundir una sensación de desesperanza en el enemigo, sino a la vez para dar una sacudida en nuestras propias filas, para mostrarles que no había retirada, que lo que teníamos por delante era la victoria total o la perdición total.

Incorregiblemente fatuo, Trotski se adorna con crímenes ajenos: si mataron a toda la familia para sembrar el terror, ¿por qué lo ocultaron? No había ninguna fuerza política que pretendiera la restauración del zarismo. Ni el zar ni su hermano Miguel, este tras abdicar voluntariamente, Nicolás aconsejado por sus generales, para mantener la moral en el frente y hacer honor a los compromisos de Rusia, tenían interés en reclamar el trono. Ninguna potencia exterior quería la vuelta del zarismo. La última legalidad democráticamente legítima era la de la Asamblea Constituyente, reconocida también por todas las izquierdas (los socialistas revolucionarios habían sido el partido más votado). No había ninguna posibilidad de volver al zarismo. Ni los oficiales blancos más leales al zar pedían el restablecimiento de la autocracia, para lo cual la salvaje dictadura bolchevique desde octubre estaba resultando eficacísima vacuna.

Pero Trotski, como Lenin y todos los comunistas hasta hoy, se presenta como la fuerza que derribó al zar y la única alternativa a la vuelta al absolutismo. Insistimos: lo que ellos derriban en el Golpe militar de Octubre al legítimo régimen parlamentario salido de la Revolución de Febrero, con un Gobierno Provisional presidido por un socialista y con una Asamblea Constituyente democráticamente elegida por el pueblo ruso en la que los bolcheviques solo alcanzaron la cuarta parte de los escaños.

La única alternativa al bolchevismo no era el zarismo sino volver a la democracia. El crimen del que blasona Trotski y cuya responsabilidad escondió cobardemente Lenin — Trotski lo camufló muchos años— podría haber tomado la forma de juicio por la Asamblea del zar, como los de Carlos I o Luis XVI, pero ni los golpistas bolcheviques tenían legitimidad para ello —habían derrocado el poder legítimo de la Asamblea— ni interés. ¿Lo «necesario» era aterrorizar, matar sin necesidad a cinco jóvenes y profanar sus cadáveres? ¿Y al médico, al cocinero, al ayudante, a la criada y al perro?

Había un acuerdo, tres veces sancionado, del Partido y el Comité Central del Partido Bolchevique, para llevar a juicio al zar. Pero Lenin quería, como Netchaev, masacrar a la familia, a toda la ektenia. La excusa de que no se podía llevar a la familia a Moscú era falsa, porque el jefe militar de los Urales, Goloshiokin, con quien Lenin se había entrevistado dos veces en junio para preparar la masacre, pudo llegar perfectamente en tren a Moscú tres días después de la matanza de Ekaterinburgo. Había sido difícil, por el estado del camino tras las lluvias, el primer traslado de Tobolsk a Ekaterinburgo del zar, la zarina y la princesa María, pero unos días después el zarevitch —ya repuesto de su último ataque hemofílico—, sus tres hermanas, ayudantes y servicio llegaron en barca sin gran dificultad.

También es falso que fuera la rebelión de la Legión Checa lo que precipitó el asesinato, porque los asesinos pudieron moverse luego a su antojo. Y otra prueba de que se había decidido asesinar a toda la familia en Ekaterinenburgo es que la Casa Ipatiev era conocida en la localidad como «la casa del propósito especial». Para más seguridad, la víspera de la masacre, la guardia del soviet local dirigida por Adaiev fue sustituida por la Cheka, con Yurenski como jefe encargado de las ejecuciones. Para ello reclutó e instruyó a un pelotón de diez exprisioneros de guerra alemanes y húngaros, por si algún ruso vacilaba o se negaba a matar a los niños. La víspera había buscado un lugar para quemar y hacer desaparecer los cadáveres, cuyo traslado preparó en un camión Fiat.

Yurovski, el jefe local de la Cheka, era un desertor que en la guerra se unió a los bolcheviques y que reunía todas las características del perfecto chequista: rencoroso, frío, despiadado y buen manipulador psicológico. Fue condecorado y recibido calurosamente por Lenin en 1921. Y relató en unas Memorias de 1922, pero publicadas solo en 1991, los detalles de su hazaña:

Hice venir a los guardias del interior, designados para fusilar a Nicolás y su familia y le dije a cada cual a quién debía abatir. Les entregué revólveres Nagan. Mientras les distribuía sus instrucciones, los lituanos me pidieron que no los hiciese participar en la ejecución de las jóvenes, pues serían incapaces de hacerlo. Me dije que más valía no mezclarlos en la ejecución pues en el momento crucial no serían capaces de cumplir su deber revolucionario… A la una y media de la mañana golpearon a la puerta. Era «Deshollinador». Entré en la habitación, desperté al doctor Botkin y le dije que deberían vestirse rápidamente pues había disturbios en la ciudad y debería llevarlos a un lugar seguro.

A las dos de la mañana escolté al grupo al sótano de la casa. Les dije que se agruparan en un orden especial. Yo acompañé a la familia al sótano. Nicolás llevaba a Alexis en brazos. El resto, algunos de los cuales llevaban almohadas y alguna que otra cosa fue bajando. Alejandra Fiodorovna se sentó. También Alexis. Les dije a todos que se pusieran en fila. Lo hicieron y cubrieron una pared entera y dos laterales. Les dije que el Comité Ejecutivo de los Soviets representantes de los obreros, campesinos y soldados había ordenado su ejecución. Nicolás se volvió hacia mí, con aire de pregunta. Repetí lo que había dicho y después ordené «¡Fuego!».

Fui el primero en disparar y maté a Nicolás. Los tiros duraron demasiado… Necesité tiempo para detener el tiroteo que se había vuelto desordenado. Pero cuando ordené que cesara, me di cuenta de que varios vivían aún. Por ejemplo, el doctor Boktin estaba tumbado y apoyado en un codo como si reposara. Lo acabé de un tiro de revólver. Alexis, Tatiana, Anastasia y Olga estaban vivos. Al igual que Demídova. El camarada Yermakov quería rematarlos a todos con la bayoneta. Pero no hubiésemos podido. Demasiado tarde descubrimos que las jóvenes llevaban corsés blindados recubiertos de diamantes. Tuve que matarlas una por una. Por desgracia, los hombres del Ejército Rojo vieron esos objetos y decidieron apropiárselos.

Otro de los asesinos, Nikulin, lo cuenta así:

Algunos no murieron en el acto. En suma, he de decirlo, algunos fueron rematados… Anastasia y alguna más. A Davidova hubo que quitarle la almohada para abatirla. Sí, el chico seguía vivo, y se retorció largo rato, pero luego acabaron con él… En mi opinión nos comportamos con humanidad… Me dije que si me hubiesen cogido los blancos y me hubiesen tratado de la misma manera, no hubiese tenido de qué quejarme…

¿No se había quejado Nikulin de que secuestraran durante meses y mataran en plena noche a once aterradas personas de su familia, incluidos adolescentes y niños? Su opinión de que se comportaron con humanidad retrata muy bien al chequista común, mezcla de asesino sádico, hampón y farsante, tan elogiado por los turistas revolucionarios que ya paseaban por el Kremlin ¡Y Lenin solo llevaba nueve meses en el poder!

Otro, Radzijovski, insiste en el mérito de su heroica acción, sin duda pensando en esa variante de la dictadura del proletariado que disfrutaban los verdugos del régimen de Lenin: buena comida, casa, cargo y pensión:

De hecho, todo estuvo mal organizado. Por ejemplo, hicieron falta muchas balas para matar a Alexis. Era un chico fuerte. Después sostuvimos una reunión. Llegó gente del pueblo… Entonces dijo Goloschiokin: «Desde Nicolás hasta el más pequeño», lo que no hubiese debido decir, desde luego. En cualquier caso la gente no parecía comprender. Las fábricas recibieron bien la noticia. En el Ejército Rojo, aquello les dio mucho ánimo revolucionario.

En fin, otro asesino, Medviédev, intenta dar a su relato, más confuso, un toque literario, y presume de haber sido el primero en disparar al zar:

Los Romanov estaban muy tranquilos, no temían nada… Yurovski hizo irrupción y se puso a mi lado. El zar lo miró interrogante… la emperatriz se persignó. Yurovski dio medio paso adelante y se dirigió al zar: «¡Nicolás Alexandrovitch! Las tentativas de tus partidarios de salvarte la vida no han estado coronadas de éxito. Y por tanto, en este año difícil de nuestra República soviética… se nos ha encargado liquidar a la Casa Romanov!». Las mujeres exclamaron: «¡Oh, Dios mío!». Nicolás murmuró: «¡Oh, Dios! ¿Qué está pasando?». «Esto es lo que pasa», dijo Yurovski sacando su máuser, «¿Nos llevan a alguna parte?», preguntó Boktin con la voz pastosa. Yurovski se disponía a responder, pero yo ya tenía lista mi browning y fui el primero en tirar contra el zar. Al mismo tiempo, los lituanos dispararon la primera salva. También Yurovski y Yermakóv dispararon a bocajarro al pecho del zar. A mi quinto disparo, Nicolás cayó sobre la espalda, muerto. Las mujeres gritaban y gemían; vi caer a Botkin, el mayordomo había caído junto a la pared y la cocinera estaba de rodillas. Una almohada blanca se movió desde la puerta hasta el centro del cuarto. Del grupo de mujeres que gritaban se movió un cuerpo en silueta a través del humo de las armas de fuego en dirección a la puerta y cayó abatido por los disparos de Yermakóv… Solo se veía humo, los disparos contra las siluetas apenas visibles de las personas que caían, continuaban…

Oímos la voz de Yurovski: «¡Basta, no disparen!». Llegó la calma. Las orejas me zumbaban. Súbitamente, del ángulo derecho donde se había movido la almohada oímos la feliz exclamación de una mujer: «¡Dios tuvo misericordia. Dios me salvó!». Era la criada que se levantó vacilante. Se había escondido detrás de la almohada y las balas habían sido amortiguadas por las plumas. Los lituanos habían disparado todas sus balas y entonces dos de ellos la remataron con las bayonetas. Se oyó un gemido de Alexis… Yurovski se acercó y le disparó las tres últimas balas de su máuser. Cayó y se deslizó de la silla a los pies de su padre. Vimos que los otros habían descubierto que Olga y Anastasia todavía estaban vivas y las rematamos con un colt. Todos estaban muertos, entonces.

El camión Fiat preparado por Yurovski para llevarse los cadáveres había llegado hora y media tarde. Por eso se retrasó el «procedimiento» —es el término usado por Yurovski— que se alargó unos veinte minutos, hasta que lograron rematar a las once personas y al perro Jemmy, que llevaba Anastasia en brazos cuando les hicieron bajar al sótano.

Vieron por un desgarrón que las princesas llevaban en el corsé cosidos diamantes, pero no las desnudaron hasta que llegaron al sitio elegido por Yurovski la víspera para quemar los cadáveres y enterrarlos. Ya desnudas, profanaron los cuerpos de las mujeres. Uno de ellos, presumió de haber estrujado los pechos de la emperatriz, «recuerdo feliz que le acompañaría de por vida».

Al día siguiente, 17 de julio, Yurovski fue a Moscú a informar a Lenin. Aunque un mes antes había preparado el asesinato con el jefe militar Goloschiokin, que estuvo en Yekaterinburg, querían los detalles de la masacre y el entierro, que tuvo lugar bajo un pino de cuatro troncos llamado Los cuatro hermanos. Nikulin, segundo jefe de Yurovski en la Casa Ipatiev, contó que este se reunió con Lenin, «le dio algo y también escribió una nota o algo así». Tal vez ese «algo» era el revólver con el que Yurovski mató al zar, más tarde expuesto en el Museo de la Revolución.

Antes de llegar al Museo, y, si como es previsible, Yurovski entregó a Lenin el revólver magnicida, ¿qué haría con él? ¿Se lo enseñaría en la cena a Krupskáia o lo guardaría para mostrárselo en la intimidad a Inés Armand? ¿Se lo daría a su hermana María, para que lo guardase en recuerdo de su hermano Sasha, ahorcado por haber querido matar al padre de Nicolás? ¿Lo tendría en un cajón para al terminar una reunión enseñárselo a algún camarada de confianza? ¿Lo guardaba en su mesilla de noche y si se levantaba al baño o a beber agua lo acariciaba al volver a la cama?

Que disfrutaba sabiendo los detalles de estos crímenes y ocultándolos a la opinión pública o sembrando pistas falsas lo prueba que, tras ordenar el asesinato del gran duque Miguel y su secretario, Lenin recibió con Sverdlov en el Kremlin a uno de los asesinos, Markov. Según este, tras su relato, Lenin le dijo: «Has hecho lo más conveniente».

Pero de inmediato concedió la entrevista citada a Nashe Slovo, en la que, tras hacer que el diario local Permskiye Izvestia publicara el secuestro por guardias blancos de Miguel, Lenin dijo que no sabía dónde estaba, ni tampoco su hermano el zar. Por supuesto, sabía que el zar estaba vivo y que a él y a su familia solo les quedaba un mes. Pero el globo-sonda demostró que la gente estaba demasiado preocupada por su propia vida como para ocuparse de la del zar.

Sin embargo, Lenin pudo disfrutar de detalles acaso más macabros que los de la muerte, larguísima agonía y profanación de los cuerpos de la emperatriz y sus cuatro hijas por los chequistas de Yurovski. Esa mañana del 16 de julio había mandado asesinar en Alapáievsk, a cien millas de Yekaterinenburg, a Elizaveta Fioródovna, hermana de la zarina, viuda tras el asesinato de su esposo por un terrorista y entonces monja, al gran duque Sergio Mijáilovitch, al príncipe Vladimir «Paley» Pavlovich y a los tres hijos —Igor, Constantino e Iván— del gran duque Konstantínovitch, junto con otra monja que acompañaba a Elizaveta. Pero solo Sergio fue asesinado en el acto, tras resistirse al secuestro. Como comprobó la autopsia ordenada meses después por las tropas de Kolchak cuando ocuparon esa comarca, los demás fueron arrojados a una mina abandonada, donde murieron de hambre y sed al cabo de varios días. No sabemos qué pensaría Lenin, sabiendo que había cinco personas sepultadas vivas a las que una palabra suya podía salvar… y que esa palabra no iba a decirla. Tampoco cuando interrumpió un debate en el Soverknom sobre un decreto de salud pública para anunciar que Sverdlov leería este comunicado, precisamente sobre la muerte del zar:

Debo decir que hemos recibido información de que en Ekaterimburgo, por decisión del soviet regional, Nicolás ha sido fusilado. Alejandra Fioródovna y su hijo están en buen estado. Nicolás quiso escapar. Los checos se estaban acercando. El Presidium delComité Ejecutivo ha dado su aprobación a la medida.

Nadie dijo una palabra. Nadie preguntó por las princesas, por quién custodiaba a la emperatriz y a Alexis, ni cómo había intentado huir el zar. En realidad, todos sabían que los habían asesinado a todos y que Lenin quería guardar o disfrutar el secreto, los detalles, la información del hecho. El propio Sverdlov redactó para Izvestia una tosca nota sobre los hechos, embrollados, contradictorios o falseados, que se publicó al día siguiente:

Recientemente, Ekaterinenburgo, capital de los Urales Rojos, se vio seriamente amenazada por la aproximación de las facciones checoslovacas. Al mismo tiempo, se descubrió una conspiración contrarrevolucionaria cuyo objetivo era arrebatar por la fuerza al tirano de las manos del consejo.

A la luz de este hecho, el presidente del Consejo Regional de los Urales decidió fusilar al antiguo zar Nicolás Romanov, decisión que fue materializada el 16 de julio. La esposa e hijo de Romanov han sido enviados a lugar seguro, los documentos hallados relativos a este complot se han enviado a Moscú con un mensajero especial.

Tras esos párrafos venía una larga disquisición sobre la voluntad de juzgar al zar, que no había podido llevarse a cabo. Pero si para la zarina y su hijo se había encontrado un «lugar seguro», ¿por qué no para el zar? ¿Y qué lugar, seguro o no, se encontró para las cuatro princesas? Al final, se citan confusamente supuestos documentos de la conspiración, entre ellos diarios personales y cartas de Rasputín (que había sido asesinado en 1916) a Romanov y su familia, como si pudiera conspirar desde el más allá. Pero, en fin, todos serían «examinados y publicados en un futuro cercano».

Por supuesto, nada se publicó. Pero una oración, hallada entre los papeles de la familia, merece conocerse. Si pobre fue el desempeño político del zar y obtusa la trayectoria de la zarina, la humilde dignidad con que ambos afrontaron su cautiverio y martirio dignificó toda su existencia. En cuanto a los jóvenes inocentes, cuyas vidas fueron segadas por odio al apellido, se comportaron de forma ejemplar, sin traicionarse ni degradarse. No puede decirse lo mismo de Lenin y sus sicarios.

La oración era de Bejtéiev, amigo de Zenaida Tolstoi, y estaba dedicada a Olga y Tatiana:

Danos paciencia, oh, Señor, a tus hijos

para que podamos, en estos días negros,

tolerar la persecución de nuestra gente,

y los tormentos que nos han sido impuestos.

Danos fuerza, justo Dios, la precisamos,

para perdonar a quienes nos acosan,

para cargar nuestra pesada y dolorosa cruz,

y así alcanzar tu humildad gloriosa.

“Cuando seamos saqueados o insultados,

en estos días de angustiosa tortura,

a Ti nos volveremos, Cristo Salvador,

para poder soportar esta prueba y su amargura.

Señor del mundo, Dios de la Creación,

danos tu bendición en nuestro clamor,

y paz, señor, brinda a nuestros corazones,

en esta hora de hondo y mortal temor.

Y cuando en el umbral estemos de la muerte,

que Tu divino soplo en nosotros se haga presente,

y, siendo tus hijos, hallemos fuerza para orar

con humildad por nuestros rivales y su suerte.

(Traducción del inglés, Jaime Collyer, en Pipes, 2017)

“Las princesas y la exzarina sufrieron continuas vejaciones de los carceleros que las acompañaban al baño y se quedaban oyendo en la puerta, cantaban bajo las ventanas coplas obscenas o pintarrajeaban los baños con frases del mismo tenor. Todo lo soportaron sin una queja, con algo más que la pasividad eslava: un profundo recogimiento, nacido de la fe. Rezaban continuamente en familia, más que leer (Nicolás leyó por primera vez, Guerra y paz) o jugar al trick-track, el backgammon ruso. Pero sin duda su profundo sentimiento religioso fue la mejor ayuda para soportar como hicieron todos ellos, con absoluta dignidad, su interminable calvario.

“Mientras, el íntimo placer sádico de Lenin se veía aumentado por la servil credulidad de la prensa occidental al dar cuenta del asesinato de la antigua Familia Imperial. The Times, en Londres, tradujo sin más la nota oficial de Pravda, y el New York Times, inaugurando su tradición de abyección intelectual ante el comunismo, llevó esto a portada: «Antiguo zar de Rusia muerto por orden del Soviet de los Urales. Nicolás fue fusilado el 16 de julio ante el temor de que los checoslovacos se hicieran con él. Esposa y heredero en lugar seguro».

Salvo la muerte y que Nicolás ya no era zar, todo era falso. Pero esa ha sido la tradición occidental sobre las noticias de los países comunistas: por principio, se cree las versiones oficiales; por supuesto, jamás se ponen en duda; y se cuestiona, en cambio, toda duda que los anticomunistas (que se supone deberían ser y nunca son la fuente de esos medios democráticos) muestren o sostengan contra las versiones oficiales del comunismo, siempre falsas. Desde 1918, eso es lo desesperantemente habitual.

Pasaje de

Memoria del comunismo”

Federico Jiménez Losantos.

Un comentario en “La masacre de la dinastía Romanov por la dinastía Lenin – “Memoria del comunismo” Federico Jiménez Losantos.

  1. Gracias a Federico Jiménez Losantos por tan arduo trabajo para recopilar los crímenes y masacres producidos por los comunistas.

    DEP el Zar y toda su familia.

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