El totalitarismo racista y genocida de Lenin – Pasaje de Memoria del comunismo Federico Jiménez Losantos

La debacle militar de los «blancos» a finales de 1919, tras la traición de todos sus aliados, no trajo la paz, ni demostró que el «sentimiento» del pueblo al que se acogía Lloyd George para no ayudar a sus antiguos aliados fuera precisamente favorable a los bolcheviques. Todo lo contrario. Fue como si al desaparecer los frentes muy relativamente convencionales de la guerra se sintieran más libres los «verdes», «negros» y «marrones», todos rebeldes al empeño de Lenin en doblegar al campesinado. De 1920 a 1922 tuvo lugar la más feroz guerra civil que haya padecido país alguno, al menos del tamaño de Rusia, y su colofón no pudo ser más dramático: la masacre de cientos de miles de cosacos predicada por Trotski y la hambruna provocada por Lenin.

Hubo otros traslados masivos, equivalentes a condenas a muerte, de grupos étnicos o sociales, dentro de una política de exterminio de toda oposición al bolchevismo. No cambió nunca su política, porque incluso cuando Lenin en 1921 tuvo que aceptar temporalmente la NEP —y no dejó de recordar que era un retroceso estratégico y que pronto «deberían volver al terror»— la persecución contra los partidos políticos, todavía legales en algunos casos, se mantuvo. Permitir formas de mercado negro que no podían combatir era una cosa, desagradable pero temporal; permitir la existencia de partidos o grupos a los que podían exterminar era flaqueza en la que no cayeron jamás.

La masacre de los Romanov y la hambruna leninista en Ucrania tenían una relación directa y profunda. La primera demostraba que nada de lo que había existido antes del bolchevismo merecía sobrevivir. La segunda, que nada de lo que pretendiera existir al margen del comunismo iba a sobrevivir. Matar a un rey es un acto de fuerza que funda una nueva legitimidad. Pero Nicolás II ya no estaba en el trono, ni, a diferencia de Carlos I que hizo la guerra o de Luis XVI que intentó evadirse, ni el zar ni su familia intentaron escapar de su prisión. Cuando pensaban matarlo fingiendo una evasión —que era el primer proyecto y la enésima prueba de que nunca pensaron juzgarlo— le pasaron mensajes de un supuesto agente, a los que finalmente contestó que no podían huir («FUIR», en mayúsculas) ya que estaban muy vigilados. Y que, salvo que los raptaran por la fuerza, no podían hacer nada para no comprometer a sus amigos. Creían, los pobres, que les quedaban algunos.

Pero si Lenin manda asesinar a todos los Romanov (viudas y niños, jóvenes y enfermos, cuando ya no tenían poder ni relevancia institucional) negándoles incluso la marcha al exilio, es por la misma razón que declara ya antes de las elecciones a la Asamblea «enemigos del pueblo» a los kadetes, clausura luego la Constituyente, manda liquidar a los mencheviques, juzga y condena a los socialistas revolucionarios o manda al manicomio a la eserista de izquierdas Spiridónova. Es que él —no el ruso Vladimir Ilich Ulianov, sino Lenin, el hombre más importante del mundo, Él— ha creado el primer régimen comunista de la historia, con poder absoluto sobre vidas y haciendas, sin atadura o limitación moral alguna. Ese régimen está por encima de la humanidad —de hecho no cabe hablar de humanidad hasta su realización en el comunismo— y puede y debe destruir cualquier obstáculo, voluntario o involuntario, material o intelectual, religioso o moral, que se oponga a su construcción. Pueden ser los campesinos o los intelectuales, de hecho ya lo han sido los proletarios. Como dirá en su último texto, hay que ser menos pero mejores. Y ser mejor es ser leninista.

Lenin funda el primer totalitarismo moderno, que Stalin continúa con éxito pero al que no añade cualitativamente nada, y lo hace en 1917, mucho antes que Mussolini imponga su dictadura (1924) y Hitler su régimen totalitario, aunque pasando por las urnas con más éxito que Lenin (1933). Fascistas y nacionalsocialistas serán rivales, nunca opuestos al comunismo, del que copiaron casi todos los aspectos totalitarios. Los esenciales, todos.

Aunque la operación «Salvad al camarada Lenin de la comparación con Hitler», es decir, «Salvad al comunismo resucitando el antifascismo» que desde la aparición de El libro negro del comunismo moviliza a legiones de filósofos e historiadores se refugia en el argumento (no en el hecho, desagradablemente comparable) del racismo y de la voluntad genocida del régimen hitleriano para defender una diferencia dizque esencial, de naturaleza entre el nazismo y el comunismo, lo cierto es que todo, absolutamente todo el totalitarismo está en Lenin, en sus cinco años de poder, incluidos el racismo y la voluntad genocida que él inauguró.

¿O es que cuando Lenin exterminaba a los cosacos «como pueblo» no tenía en cuenta la etnia? ¿Tampoco tenía en cuenta la religión cuando asesinaba en masa a curas ortodoxos? ¿No es genocida el comunismo cuando mata porque, según Trotski, «es necesario», sin más delito que el de haber nacido las víctimas —los verdugos pueden nacer donde quieran— en una determinada clase social cuyo carácter criminal definen los comunistas, igual que los nazis definen la raza superior, la suya, antes de exterminar «como ratas», a las razas nocivas, malignas inhumanas e inferiores?

¿Cuál es la diferencia esencial o de naturaleza entre las «ratas» burguesas según Lenin y las «ratas» judías según Hitler? Las matan igual. Nadie sabe qué significa exactamente «burgués», excepto que es malo, pero Lenin dice que gracias a la «inteligencia burguesa» de Marx, pórtico de la suya, el proletariado puede alcanzar su verdadera misión histórica, que por sí mismo nunca lograría. Y nadie usaba en el campo ruso el término «kulak», hasta que Lenin empezó a usarlo como sinónimo de campesino asesinable.

En realidad, lo propio del totalitarismo es definir al enemigo como exterminable y otorgarse plena legitimidad para liquidar a sus enemigos. Y eso es lo que hace Lenin e imitan sus continuadores en el siglo XX y XXI, unos con más ambición universal, otros más localistas, pero todos dispuestos a matar a los que haga falta para alcanzar el poder y eternizarse en él.

Las rebeliones campesinas organizadas, las que no son alzamientos locales contra determinado comisario, un abuso o una cuota de grano impagable, sino que agrupan a decenas de miles de hombres armados en torno a un programa político que pretenden oponer al comunista, se producen, como ya vimos, desde la toma del Palacio de Invierno, la disolución por la fuerza de la Asamblea Constituyente y la creación de tropas de abastecimiento para requisar alimentos por la fuerza.

Desde la primavera de 1918 hasta el efecto letal de la hambruna de 1921 en el campesinado, que, mucho más que la NEP, liquida su capacidad de resistencia, esas rebeliones tienen rasgos comunes, aunque no siempre se reconozcan como tales. Desde el ejército ucraniano de Majno al de Antonov hay ciertas reivindicaciones innegociables: libertad de comercio, derecho a la propiedad, liquidación de la Cheka y elección directa por los campesinos de sus representantes en soviets o comunas. Naturalmente, eso suponía acabar con el comunismo y el régimen de Lenin.

Y ese régimen tuvo siempre claro que nunca volvería a la propiedad privada porque eso le quitaría su principal arma de poder: el monopolio de los alimentos, o lo que es lo mismo, la utilización del hambre contra sus enemigos políticos a través de las cartillas de racionamiento. El hambre como arma para someter «burgueses» les llevó a establecer, en nombre de la igualdad, la desigualdad total y la creación de cinco castas alimentarias. A los «ricos», que pronto empezaron a ser los chequistas y bolcheviques con acceso a las cartillas, se les empezó dando la quinta parte de la ya escasa comida que se daba a los demás, y cada vez que Lenin tropezaba con algún obstáculo ordenaba a través de sus infinitas notas «recortar más» la ración de los burgueses-reaccionarios-Clérigos-ciennegros-terratenientes-kulaks, que todo era uno y lo mismo.

Desde la primavera de 1919, la lucha fundamental de los sindicatos en los centros obreros fue precisamente contra el hambre impuesta por las cartillas de racionamiento. De Petrogrado a Astrakán y de Tula a Orel, la actividad de los viejos militantes se centró en liquidar la «comisariocracia» que iba aumentando el número de cartillas para reafirmar su poder. ¡Hasta treinta y dos tipos de cartillas de abastecimiento hubo en Petrogrado! La desaparición del dinero en un año y la negativa de los campesinos a entregar su grano a cambio de nikolavievki, kerenski y demás papel pintado, que a eso quedó reducida la moneda soviética, convertía el alimento en la única divisa real en Rusia, y al partido en su acuñador a través de las cartillas de racionamiento. Werth cuenta en El libro negro que a principio de 1920 el salario de un obrero en Petrogrado era de unos 10.000 rublos (entre 7.000 y 12.000: la igualdad había llegado a Rusia) mientras que la libra de mantequilla costaba 5.000; la de carne, 3.000; y el litro de leche, 750.

La hambruna no empezó en Tambov ni en Ucrania: la hambruna fue una política deliberada de desnutrición de los bolcheviques llevada a cabo de manera directa a través de la discriminación alimentaria de capas sociales enteras, condenadas a morir de hambre o exiliarse —casi dos millones de rusos huyeron de su país bajo Lenin— mediante un deliberado proceso de degradación física, envilecimiento moral y extinción apenas voluntaria.

El modo de matar de hambre a la burguesía —la real o la imaginada por los bolcheviques— en las grandes ciudades rusas fue el mismo que el de los nazis a los judíos en el gueto de Varsovia: no podían salir ni trabajar y con cartillas de alimentación mísera fueron muriendo lentamente: los viejos y niños primero. Pero la hambruna, nacida de la desaparición del mercado de alimentos tras la eliminación de la propiedad privada y el dinero es la raíz de la política comunista e inseparable de esta. No hay comunismo sin escasez, escasez sin hambre y hambre sin muerte. Esto lo sabían perfectamente los comunistas, de ahí que se reservaran para el partido, la Cheka y el Ejército Rojo raciones dobles y triples de las que daban a los menos afortunados.

Todas las huelgas obreras, hasta la extinción del proletariado como tal, constatada por Lenin y criticada por Shliápnikov («enhorabuena por dirigir un partido que ha impuesto la dictadura de una clase que no existe») exigen el final de esa herramienta de hambruna industrializada que es la cartilla de racionamiento. Dice un informe de la Cheka de finales de 1919:

En estos últimos tiempos, la crisis de abastecimiento no ha dejado de empeorar. El hambre atenaza a las masas obreras. Los obreros ya no tienen la fuerza física para seguir trabajando y faltan cada vez más frecuentemente, bajo los efectos conjuntos del frío y el hambre. En toda una serie de fábricas metalúrgicas de Moscú, las masas desesperadas están dispuestas a todo —huelga, revuelta, insurrección— si no se resuelve, sin retrasos, el problema del abastecimiento. (Werth, 1997).”

“La fórmula de Lenin fue la de siempre: Fiat communismus et pereat mundus. En carta a Trotski de 1 de febrero de 1920, dice: «La ración de pan debe ser reducida para los que no trabajan en el sector del transporte, hoy decisivo, y aumentada para los que trabajan en él». Trotski logró por fin en esa época —lo pidió desde 1918— militarizar todo el sector industrial, es decir, que el proletariado fuera una rama del trabajo forzado soviético. Pero eso solo garantizó la eficacia de la represión, único fin real de los bolcheviques. Si hubiera sido el de dar de comer a la población, habrían dejado a los campesinos vender sus productos, y lo prohibieron; y a otros comprarlos, y lo prohibieron; y a otros intercambiarlos, y también lo prohibieron. No fue un error económico: fue el ejercicio sin trabas de un poder sobre la vida y la muerte de los demás, proclamado por Lenin para los suyos y en su exclusivo beneficio, a cuenta de la felicidad definitiva en edades futuras.

Lenin se angustiaba cuando no se mataba lo suficiente. El 29 de enero de 1920 escribía a Smirnov, jefe del V Ejército en la zona del Ural: «Me informan de que hay un sabotaje manifiesto de los ferroviarios (…). Se me dice que los obreros de Iyevsk están en el golpe. Estoy asombrado de que os acomodéis y no procedáis a ejecuciones masivas por sabotaje».

Pero lo cierto es que se detenía y mataba mucho, no solo de hambre: con la militarización del trabajo, esa primavera Lenin halló satisfacción —nunca completa para un perfeccionista— en forma de cuotas de represión de huelguistas, a los que Pravda llamaba «mosquitos amarillos a los que aplastar y cuyo lugar es el campo de concentración». En la línea Riazan-Ural, 100 ferroviarios; en la Moscú-Kursk, 160; en la fábrica de Briansk, 152. Las condenas iban de la muerte al campo de concentración, donde en el camino o la estadía solían morir de hambre. Los presos del Gulag pintan al hambre siempre como el peor enemigo. Uno de los pasajes más terribles del Archipiélago de Soljenitsin es cuando un zek describe sus sentimientos físicos al comer algo apetitoso que, de milagro, le ha llegado en un paquete.

El hambre no es, pues, un accidente, un precio, un problema para los leninistas. Es un arma para el control, el exterminio, el ejercicio del poder.

En su formidable libro Communisme et totalitarisme (2009) Stéphane Courtois recuerda, a propósito del hambre, el caso (tantos años oculto por los aulards, moscas azules de la putrefacción historiográfica de la Revolución Francesa) de Graccus Babeuf, cuya Conspiración de los Iguales se considera el belén del comunismo moderno pero cuya honradez intelectual le llevó a denunciar la masacre de La Vendée, guillotinado ya Robespierre y cuando tuvo datos fiables de cómo y quiénes la perpetraron.

Además de genial neologista, Babeuf nos regala la literalidad del mensaje de Carrier, responsable del terror por orden de la Convención, que le escribe al general Haxo el 15 de diciembre de 1793:

Entra en mis proyectos, y son las órdenes de la Convención Nacional, arrebatar todas las subsistencias, alimentos, forrajes, en una palabra todo lo de este maldito país, entregar a las llamas todos los edificios (…). Oponte con todas tus fuerzas a que la Vendée tome o guarde un solo grano (…). En una palabra, no dejes nada en este país de proscripción. Que las subsisten subsistencias, alimentos, forrajes, todo, absolutamente todo, se transporte a Nantes (…). La hambruna es también un modo de asesinato. Carrier lo organiza.

Babeuf llamó populicidio a esta política de exterminio por hambre de toda una región, ordenada, conviene recordarlo, por esa Convención que, tras aprobar la luminosa Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano, condenó a la guillotina a Luis XVI y María Antonieta y ya con Robespierre en el poder, a casi todo el mundo, empezando por un Danton tan jacobino como él aunque subsista la ficción de unos girondinos que no existían más que en las órdenes de detención. Esa Convención entregada al terrorismo de masas en La Vendée es el modelo de Marx y de Lenin. Si a la región de los cosacos del Don la llamaron «La Vendée rusa» fue por hacer lo mismo que los revolucionarios franceses de 1793: matarla de hambre.

Las dos peticiones populares en Ucrania durante todas las rebeliones entre 1918 y 1921 fueron las mismas que en toda Rusia: no al asalto a la propiedad con la requisa de alimentos y no al reclutamiento obligatorio para el Ejército Rojo, cuya primera tarea —como vimos— fue precisamente la represión del campesinado que se opusiera a la requisa de alimentos. Ucrania nunca fue para los bolcheviques una zona agrícola más, donde temporal temporalmente se toleraba la obschina, sino el primer territorio en el que implantar la colectivización rural. De hecho, el llamado «granero de Rusia» fue el primer modelo de «koljosización» o «deskulakización» del campo. Nada hizo Stalin, una década más tarde, que no hiciera antes Lenin. Apenas la fijación anticipada de cuotas de requisa de grano, que luego se generalizaron en la URSS para todo: recaudar o fusilar.

La emulación en la adulación al jefe tampoco se creó para Stalin sino para Lenin. Y en Ucrania eso se tradujo en cuotas de previsión muy altas y de requisas aún más altas, para demostrar devoción a la causa comunista y, naturalmente, para ascender en la escala de las cartillas de racionamiento. Las cuotas y la emulación en ampliarlas supusieron la requisa de todo el grano dedicado a la siembra del año siguiente, de forma que en dos años, 1919 y 1920, no quedó para comer porque no quedó para sembrar. Solo se salvaron, temporalmente, las zonas alzadas en armas contra los comunistas. Y los desertores del reclutamiento forzoso, los «verdes», eran una cantera inextinguible para la creación de bandas que terminaron en ejércitos.

Lenin, que en enero de 1919 ya había ordenado la captura de rehenes en los campesinos para forzarles a quitar la nieve de las vías férreas, envió el 2 de mayo de 1920 esta orden perentoria sobre los desertores, que no lo eran solo del Ejército Rojo sino de su grandioso proyecto de emancipación:

Tras expirar el período de gracia de siete días acordado a los desertores para rendirse, hay que reforzar las sanciones contra estos traidores incorregibles al pueblo trabajador. Las familias y todos los que ayuden, del modo que sea, a los desertores, serán considerados como rehenes y tratados como tales.

Esto suponía para las familias campesinas con hijos en edad militar, que eran casi todas, el campo de concentración o el fusilamiento si los desertores no se presentaban en el pueblo. Pero como a veces se presentaban y fusilaban a varios para dar ejemplo, al final no se presentaba ninguno. El caos en Ucrania fue total. El mejor libro —aunque el menos conocido— de Chaves Nogales, El maestro Juan Martínez, que estaba allí, cuenta a través de la historia real de un bailaor de flamenco y su pareja, que estaban allí al estallar el caos, la increíble odisea de Kiev, que fue tomada diecisiete veces, sobre todo por tres facciones, la de Petlura, caudillo militar nacionalista, los blancos y los rojos. Es desternillante, sin dejar de ser dramático, ver al «maestro» actualizando la picaresca española del siglo XVII en condiciones infinitamente más complicadas que las de Lázaro de Tormes o Guzmán de Alfarache, porque el tirano borracho al que trataba de halagar bailando podía decidir cada noche el fin del flamenco en Ucrania.

Pero de todas las rebeliones en el trágicamente fértil país, la última y más dramática fue la del socialista revolucionario Antonov, que erigió contra los bolcheviques a la provincia de Tambov, el último bastión eserista. Como Majno antes, Antonov dio a los rebeldes un programa político coherente —elecciones libres, libertad de comercio, fin de las requisas, abolición de la Cheka y el comisariado bolchevique— organizó el esfuerzo militar pese a las trabas de los jefes locales y aseguró una relativa estabilidad económica, requisando grano, pero tan solo el necesario. Su experiencia como antiguo militante eserista le llevó también a infiltrarse en la Cheka de Tambov, con lo que durante cierto tiempo siempre fue por delante de sus perseguidores. Además, creó un servicio de propaganda y mantuvo la iniciativa política.

La respuesta bolchevique, pese a la NEP, o precisamente porque la NEP no podía convertirse en una forma de pacto y de compartir el poder, fue de una crueldad implacable. Las ciudades fueron bombardeadas con gas asfixiante (faltaba más de una década para que Hitler llegara al poder y dos décadas para que empezara a usar el gas para exterminar a los judíos), el fusilamiento de rehenes se convirtió en una especie de industria bélica y la hambruna fue la herramienta perfecta para lograr un triple objetivo: destruir la fuerza del campesinado, robar a la Iglesia y perseguir a los intelectuales.”

Pasaje de

Memoria del comunismo

Federico Jiménez Losantos

2 comentarios en “El totalitarismo racista y genocida de Lenin – Pasaje de Memoria del comunismo Federico Jiménez Losantos

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