Azaña anuncia la dictadura del proletariado. Agosto de 1931 – Pasaje de “Memoria del comunismo” / Federico Jiménez Losantos.



En las memorias de Azaña, hay una anotación del 28 de agosto de 1931 que arroja luz sobre el que, según sus abogados-biógrafos, era casi un desconocido en el PSOE y la política española, anonimato de estudioso del que salió para sacrificarse por España. Vale la pena transcribirla, ya que es la primera vez que le ofrecen a Azaña el gobierno y lo hacen dos hombres clave en el enfeudamiento del PSOE a Moscú: Araquistain, consejero clave junto a Álvarez del Vayo en la conversión de Largo Caballero en «el Lenin español» y el diputado Juan Negrín. Escribe Azaña:

“Araquistáin me ha invitado a comer en su casa con el doctor Negrín,  también diputado socialista. Querían hablar conmigo de política. En suma: lo que desean es que yo forme gobierno al ser elegido presidente de la República don Niceto. De ninguna manera quieren a Lerroux. Los socialistas me apoyarían con lealtad fuera del gobierno. Yo digo que esos apoyos son precarios…
Yo les pregunto si los socialistas estarían dispuestos a apoyar la política militar que tengo iniciada (…). Relaciono esto con el papel que España puede hacer en la política internacional, y con lo que podría hacerse si en Portugal se instaurase una República como la nuestra; Araquistáin y Negrín dicen que la apoyarían mientras no se llegue al desarme en Europa…
Recuerdo a Araquistáin que yo no he hablado en Valencia, ni en parte alguna, de cortar cabezas. Lo que dije textualmente fue «que a las comisiones de sabios y juristas encargados de redactar una Constitución, preferiría trescientos hombres decididos que hiciesen caer el rayo de la responsabilidad sobra la cabeza de los culpables».
—Me sorprende —añado— que tenga yo ahora reputación de demagogo, habiéndola tenido casi siempre de autoritario y déspota.
“—No son cosas incompatibles —replica Araquistáin.
—Primo de Rivera —agrego— ha desacreditado el sistema de dictadura. ¡Qué lástima! —y me echo a reír.
—Yo soy partidario de la dictadura —responde Araquistáin—, cuando conviene.
—Una dictadura personal sería un pensamiento ridículo, pero necesitamos una mayoría compacta que apoye ciegamente una política de profunda renovación.
Negrín asiente y añade que se necesita una dictadura bajo forma y apariencias democráticas que haga posible la preparación del pueblo para el futuro.”

Este diálogo tiene, en mi opinión, un valor intelectual y político extraordinario, porque aquí están diseñadas, solo cuatro meses después de la llegada de la República, las tres formas dictatoriales que la izquierda desarrollará, sucesiva e implacablemente, desde 1931 hasta 1939.

La primera es una dictadura republicana apenas disimulada por los apoyos parlamentarios que debe prestar el PSOE («los gruesos batallones populares») que solo puede presidir Azaña, no Lerroux, pese a que este era republicano en 1914, cuando Azaña —como Ortega y toda la Liga para la Educación Política— aceptaban la legalidad monárquica y querían trabajar dentro del régimen a través del Partido Reformista de Melquíades Álvarez. Pero desde 1925 («Apelación a la República»), hostil a la monarquía y también a la democracia parlamentaria al modo inglés o francés, se incuba un Azañapierre, mezcla de Robespierre y Lenin, que no es solo el que ven como socio los socialistas a punto de bolchevización, sino también los que aún no habían fundado el fascismo español. Es el que adivina Giménez Caballero en su libro de 1932 Manuel Azaña. Profecías españolas (Turner), un año antes de la fundación de la Falange Española. Azaña fascina a la derecha antiliberal porque tras él ven una dictadura nacional española. Hasta 1936, José Antonio Primo de Rivera entrevé en Azaña el «cirujano de hierro» de Costa que solo realizó a medias la dictadura o dictablanda de su padre, Miguel Primo de Rivera.

Pero esas fantasías que la derecha regeneracionista y autoritaria proyectan en Azaña o en Indalecio Prieto no tienen nada que ver con las fantasías que Azaña proyecta sobre la derecha y sobre sí mismo. Marco explica muy bien en su biografía cómo ese aspecto casi psicótico de la personalidad de Azaña dibuja un cuadro alucinatorio sobre su experiencia personal en materia religiosa, que proyecta sobre la historia de España deformándola a niveles grotescos, tan sectarios que resultan antinacionales. Y ese sectarismo anticatólico se convierte, por las fantasías infantiles que reflejan Fresdeval y El Jardín de los frailes en una suerte de revancha de Riego, no en la continuación de O’Donnell y del canovismo-sagastismo de la Restauración, que supusieron cincuenta años de régimen civil y recuperación nacional.

Esa prevalencia obsesiva del sectarismo del siglo XIX en el siglo XX —el de Lenin, Stalin, Mussolini y Hitler— lleva a Azaña a dos alianzas que por fuerza resultarán trágicas. La primera, con el nacionalismo catalán, del que no sabe absolutamente nada, pero que le ayuda a alancear el fantasma de una monarquía española despótica que en realidad no existía en España desde un siglo atrás, con el triunfo liberal en la primera guerra civil contra los carlistas. Por mero oportunismo, como muestran sus diarios de 1931-32, Azaña hace que se apruebe un estatuto de autonomía que resultará una estafa monumental. Junto al acierto en la descripción del despotismo azañista, Moa comete a mi juicio un error monumental: llamarle jacobino, término que sugiere tanto sectarismo como centralismo nacionalista. Es al revés: Azaña, como García de Enterría demuestra en la edición de sus textos sobre el Estatuto (Tecnos, 2005) es el verdadero padre del régimen autonómico que reeditado en la Constitución de 1978, llega, con nefastas consecuencias, hasta hoy.
Tampoco yo lo supe ver en mi antología de Discursos, aunque no era fácil hacerlo en 1981, tras el golpe inducido-fallido del 23-F, cuando se le encargó precisamente a Enterría la redacción de la LOAPA (Ley Orgánica para la Armonización del Proceso Autonómico), que corregía la cesión autonómica de competencias del Estado como la educación. Curiosamente (lo que prueba la fascinación de la prosa de Azaña, que también sufre el propio Enterría en su libro), yo sí había denunciado en Lo que queda de España (1979) que en la destrucción de la idea de España, es decir, de la soberanía nacional y la solidaridad social, la lengua, tal como la entendía el nacionalismo catalán, era el arma más terrible. No supe ver en cambio, porque estaba en embrión (y se hubiera corregido si Pujol y González no se hubieran cargado la LOAPA) que el mecanismo legal autonómico es de por sí letal. Y fue el que, por simple oportunismo, como el del PSOE y el PP hasta hoy, puso en marcha Azaña con el Estatuto de Cataluña. Da para otro libro este asunto, del que me limito a mostrar su alcance.

Pero en esa conversación sobresale —aunque quedó enterrado— lo que convirtió de hecho a Azaña, pese a sus proclamas liberales, en factor clave del incivismo que nos llevó a la Guerra Civil. Y es que para alcanzar ese poder omnímodo a la francesa, entre Robespierre y Herriot, eligió como aliado al PSOE y no al Partido Radical de Lerroux, que era el único históricamente republicano y el que encarnaba un centro-izquierda ampliamente representativo de las clases medias, tenía una sólida organización y era un claro defensor de las libertades democráticas frente a un PSOE fascinado por la URSS.

Ello nos lleva a uno de los grandes tabúes sobre Azaña, que presume de haberlo leído todo: su absoluta, pavorosa ignorancia sobre el socialismo en general y el comunismo en particular. No recuerdo ver citado en toda su obra —oceánicos diarios, vitriólicos ensayos, encendidos discursos, novelas autobiográficas y muchísimas cartas— ni un solo libro de Marx, Engels, Bakunin, Kropotkin, Kautski, Lenin o Trotski, autores todos cuyas obras se leían y vendían abundantísimamente en España desde finales del XIX y muy en especial desde 1917.

Eso supone que Azaña, tan presuntuoso de sí y tan despectivo con el resto, eligió para gobernar España el pacto con un partido marxista sin saber absolutamente nada de marxismo, y mucho menos de leninismo, que es la tendencia que se discute en los años veinte y treinta en toda Europa. En sus memorias se habla a menudo de los comunistas, pero genéricamente, sin aludir a su ideología, táctica o estrategia política.

Que yo recuerde, hay una sola referencia burlona en sus diarios a una noticia sobre Stalin, que ha sido recibido en un teatro de Moscú con una ovación de muchos minutos; al apagarse, se levanta un camarada y empieza otra ovación, otros veinte minutos, y al acabar esta, se levanta otro entusiasta y todos se desuellan las manos con media hora más de aplausos. Pero ni una palabra, ni una referencia al gran debate de la socialdemocracia alemana, con Kautski a la cabeza, contra Lenin y Trotski. Tampoco hay una sola referencia a los golpes armados comunistas en Alemania o Hungría, ni a lo que Mussolini, sobre el que sí hay referencias, tiene de socialista, que es mucho. No muy lejos del sueño de Azaña.

Tampoco hay referencias en sus diarios —y esto sí es sorprendente, porque su entrada en política en hábito republicano la hace en Alcalá, con una conferencia en la Casa del Pueblo— a la feroz disputa ideológica dentro del PSOE que opone el ala de Besteiro a la de Largo Caballero, con Prieto oscilando y decantándose finalmente por Largo y la bolchevización. Esa unión está reflejada en los dos comensales de Azaña que le ofrecen la Presidencia en nombre del PSOE. El más importante, aunque no el más relevante, es Luis Araquistaín, aunque Azaña conocía también al otro gran bolchevizador del PSOE, Álvarez del Vayo, del Ateneo, de la revista España —que fundó Ortega, heredó Araquistáin y cerró Azaña— y de La Pluma, revista de Azaña y su íntimo Rivas Cherif, en la que colabora buena parte de aquel brillantísimo magma literario madrileño, aún no poseído por la ferocidad guerracivilista. Del otro comensal, Negrín, no sabía apenas nada. Pero los términos en que se desarrolla la conversación, sobre las formas de dictadura, son diáfanos.”

Pasaje de
Memoria del comunismo
Federico Jiménez Losantos

2 comentarios en “Azaña anuncia la dictadura del proletariado. Agosto de 1931 – Pasaje de “Memoria del comunismo” / Federico Jiménez Losantos.

  1. Es increíble cómo se ha ocultado en colegios, institutos y universidades lo nefasto del régimen de 1931, que se impuso por la fuerza y la violencia.
    Y luego se atreven incluso a vender las faltas e inventadas bondades de una segunda república. Recuerdo que en los libros de la EGB que estudié se hablaba directamente del bienio progresista y del bienio negro, así como de los posteriores 40 años de oscuridad, represión, retraso e injusticia. Con el paso del tiempo y tras mucho, leer, estudiar e investigar me he dado cuenta cuán engañado me habían tenido hasta la universidad.

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