La dictadura del terror bajo Companys – Pasaje de Memoria del comunismo Federico Jiménez Losantos

La entrega de armas a las milicias comunistas, que en Cataluña eran mayoritariamente de la CNT-FAI, fue el gran dilema de las autoridades republicanas en las ciudades donde no triunfó el alzamiento, que fueron la mayoría y entre ellas cinco de las más importantes: Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga y Bilbao.

Los nacionales solo se impusieron en Sevilla y Zaragoza, en ambas de forma muy precaria. La capital aragonesa, sobre todo, se consideraba indefendible. Y Sevilla dependía del apoyo de Franco si conseguía cruzar el Estrecho, algo que logró audaz e inesperadamente.

Pero capitales medianas como Oviedo o pequeñas como Toledo, Huesca y Teruel eran técnicamente imposibles de conservar ante una ofensiva seria, salvo que protagonizaran una resistencia numantina, por no decir suicida, a la espera de que el ejército de Franco incorporase a la media España que no había votado al Frente Popular. Pero todo lo tenían en contra.

En las ciudades en manos del Frente Popular sucedía lo contrario. Era tan clara la superioridad militar y económica sobre los alzados que los partidos se lanzaron a conquistar por la fuerza posiciones de poder, al margen de la legalidad que decían defender. En rigor, en la legalidad republicana, desde las elecciones de febrero, tras el fraude de las actas y la violencia generalizada de las izquierdas contra la propiedad y las personas de derechas —trescientos muertos y miles de robos y asaltos a propiedades— ni creían los partidos del Frente Popular ni los de la oposición; por eso no la defendió políticamente nadie.

Sin embargo, en la España republicana la superioridad de las fuerzas militares —los tres ejércitos y la Guardia Civil, más los guardias de asalto— hubiera permitido mantener el orden sin armar a las milicias, cuya función solo podía ser ilegal y violenta, o haberlo recuperado a los pocos días del 18 de Julio. No se hizo por porque los partidos más fuertes del Frente Popular querían la guerra civil y querían empezarla por el exterminio rival en la retaguardia. Nunca Lenin tuvo tantos seguidores como en la España de julio de 1936. Pero Franco no los convirtió en leninistas. Eran leninistas los que querían serlo.

En Cataluña, la fuerza de los anarquistas era indiscutible. Desde 1932 protagonizaron, amén de infinidad de delitos contra la propiedad y las personas, tres alzamientos armados en la cuenca del Llobregat. Y aunque el nuevo régimen legalizó en 1931 a la CNT — e indirectamente a la FAI y otros grupos «específicos» o terroristas en su seno— consideraban que se trataba de formas distintas de Estado para una misma explotación burguesa, contra la que solo cabía la violencia revolucionaria. Y eso hicieron en julio.

Sin embargo, es falso que la Generalidad y el gobierno de Madrid tuvieran que resignarse al armamento de las milicias ante la deserción del ejército y la irrupción heroica de unas masas para defender la República. Por el resultado electoral de febrero era evidente que al menos la mitad de las masas españolas eran contrarias al Frente Popular. Y que esas masas no aceptarían más que un orden y una legalidad claramente representados por las fuerzas uniformadas clásicas: el Ejército y la Guardia Civil. Se optó deliberadamente por lo contrario: se disolvió al Ejército, aunque no se hubiera rebelado, se depuró a la Guardia Civil y se despidió a todos los funcionarios desafectos, creando interminables listas negras de asesinables. Ni había en julio legalidad republicana ni se hizo guardar después de julio.

La propaganda izquierdista dirá hoy lo que quiera. La realidad habla por sí sola: el militar, funcionario, político o simple católico que pudo huir, huyó.

Hay una veintena de decretos firmados por Companys que legalizan el terror rojo y fundan una dictadura personal, de papel pero con intención de plomo, durante los tres años de la guerra. Veamos los fundamentales:

21 de marzo de 1936:

Decreto que declaraba ilegítimos todos los acuerdos municipales entre octubre de 1934 y febrero de 1936. Además de restaurar simbólicamente el régimen del fallido golpe de Estado, estableció la primera lista negra de los enemigos del régimen revolucionario, que no era solo el de julio de 1936 sino el de octubre de 1934, cuando Companys y la ERC, sin la CNT y contra la II República, proclamó el Estat Catalá.

19 de julio de 1936:

Orden de liberar todos los presos políticos de las cárceles —los que no habían sido amnistiados en febrero de ese año por haber cometido crímenes graves en 1934 o en los alzamientos anarquistas— y a todos los presos comunes, que se arman hasta los dientes como las milicias.

20 de julio de 1936:

Tras facilitar, incluso en persona y haciéndose fotos con los líderes de la FAI, armas largas de los arsenales a las milicias anarquistas y negarse a restaurar la IV División (además de las tropas leales a la República tenía 8.000 policías autonómicos, la mitad procedentes de la Guardia Civil, experta en reducir motines), Companys disuelve el Ejército y ordena a la Guardia Civil de toda Cataluña ir a Barcelona. Esto deja a toda la Cataluña rural, además de las otras tres capitales, indefensa, a merced de los milicianos del POUM (Lérida) y la CNT-FAI. Se impone el terror rojo.

21 de julio de 1936:

Decreto que crea el Comisariado de Prensa y legaliza las «incautaciones» de los medios de comunicación de signo conservador. Desaparece por completo la libertad de prensa en Cataluña. El POUM requisa —roba— los talleres de El Correo Catalán y edita La Batalla; el PSUC requisa —roba— los talleres de El Matí (católico catalanista) para editar Treball; Estat Catalá —núcleo duro de ERC, el partido de Companys— requisa —roba— el Diario de Barcelona (conocido como El Brusi) para editar Diari de Catalunya; y ERC requisa —roba— La Veu de Catalunya, portavoz de la Lliga Regionalista de Cambó.

24 de julio de 1936:

Decreto por el que se crea el Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña, para el «control y vigilancia» (de ahí el nombre de «patrullas de control»), para «establecer un orden revolucionario». También se decreta que «la circulación desde la una a las cinco de la madrugada» queda reservada a los «equipos de noche». Se oficializa así el horario de los «paseos», que seguían siempre este orden: entrar en una casa por la fuerza, robar todo lo que había, violar o aceptar que las mujeres se entregasen para salvar la vida del familiar, eventuales torturas y, al final, solo o con los miembros de la familia que se resistieron, secuestro y asesinato.

24 de julio de 1936:

Decreto para depuración de los funcionarios que hubieran participado en el alzamiento —militares y civiles ya estaban todos detenidos o muertos— y a «los que sean declaradamente desafectos a la República», que, en la práctica, dependía de la «declaración» del miliciano de turno o el colega rencoroso; y creaba la lista de funcionarios asesinables.

28 de julio de 1936:

Decreto de incautación de bienes artísticos, culturales, históricos y documentales. ley calcada de la de la Revolución Francesa de incautación de bienes del clero sobre los cuales se levantó el ruinoso imperio inflacionario de los assignats, calcado a su vez por los bolcheviques y su «papel pintado», cuya historia ya contamos. En este caso, vigente aún la peseta, aunque pronto sujeta a devaluación, lo que hacía la Generalidad era expropiar por decreto, vulgo robar, las riquezas de tipo arqueológico, histórico o simplemente materiales (piedras y metales preciosos) del inmenso tesoro secular del catolicismo en Cataluña como asesinaron a los curas, frailes y monjas, tras incendiar todas las iglesias y conventos, eso supuso que los partidos, milicias y la propia Generalidad tuvieran, exactamente igual que los bolcheviques gracias al tesoro del zar y de la Iglesia ortodoxa, una inmensa fortuna que vender, malvender y disfrutar.

29 de julio de 1936:

Decreto por el que Companys crea el Comité de l’Escola Nova Unificada (CENU) en estos términos: «La voluntad del pueblo revolucionario ha suprimido la escuela de tendencia confesional. Es la hora de una nueva escuela, inspirada en los principios racionalistas del trabajo y la fraternidad humana. Hace falta estructurar esta nueva escuela unificada que no solo sustituya el régimen escolar que acaba de hundir el pueblo, que cree una vida escolar inspirada en el principio de solidaridad». O sea, que quedaban cerrados e incautados todos los centros de enseñanza católicos y sus arruinados gestores amenazados de muerte.

30 de julio de 1936:

Decreto del consejero de Gobernación de la Generalidad, José María España (que poco después huyó para no ser asesinado por la FAI) ordenando a los alcaldes de Cataluña que requisen todas las armas, incluidas las de caza en poder de individuos «no afectos al Frente Popular». Es decir, que por ley, el gobierno de Companys impide defenderse a los que, de paso, se pone en las listas negras de asesinables.

14 de agosto de 1936:

Decreto para la depuración de jueces. «El pueblo catalán y los profesionales del derecho han pedido con insistencia una obra de depuración de la Justicia (…). Esta obra no puede demorarse un instante más (…) se impone abrir la justicia para dar entrada al pueblo». O sea, eliminación de profesionales y listas negras de depurados asesinables.

20 de agosto de 1936:

“Decreto para la depuración de médicos y personal sanitario: «Todos los médicos, farmacéuticos y veterinarios, así como el personal auxiliar sanitario de Cataluña (…), se considerarán movilizado a las órdenes directas del Consejero de Sanidad». De nuevo depuración de profesionales y nuevas listas negras de asesinables.

20 de agosto de 1936:

Decreto de la Generalidad que permite a los ayuntamientos crear nuevos impuestos para el «esfuerzo incalculable» de la transformación social en Cataluña. Cálculo y esfuerzo: algunos abolían el dinero mientras otros eliminaban «trabas administrativas» para robarlo a discreción de las autoridades y con el respaldo elocuente del terror rojo. En la práctica, esto se tradujo en el saqueo de cualquier propiedad privada en manos de «fascistas», que eran aquellos que tenían propiedades apetecibles.

23 de agosto de 1936:

Decreto llamado «de la plata» que instaura el «corralito» familiar —prohibido tener más de 300 pesetas en el domicilio— y la requisa de toda la plata en manos de particulares, que debe ser entregada si su valor excede de 300 pesetas para cambiarla por papel moneda (que se devalúa, mientras desaparecen del mercado los alimentos, como en Rusia).

“23 de agosto de 1936:

Decreto para la depuración de los funcionarios del Departamento de Obras Públicas. Con nuevas listas negras de asesinables.

26 de agosto de 1936:

Decreto que crea los «jurados populares» y establece la delación obligatoria: «Todo ciudadano que tenga conocimiento de un hecho relacionado con el movimiento fascista o que conozca la actividad de alguna persona encaminada a debilitar la lucha contra el fascismo, estará obligado a poner en conocimiento de las autoridades» (cabía elegir checa).

1 de septiembre de 1936:

Decreto que crea los Tribunales Populares.

En realidad, aprovechando el terror rojo que legalizaba, Companys usurpaba todas las funciones del Estado Español en Cataluña, creando de hecho un Estado independiente que sobreviviera a la Guerra Civil, aunque necesitara por tiempo indefinido, al modo soviético, del terror rojo para seguir en el poder. Mientras los comunistas del POUM y la CNT robaban y mataban a mansalva hasta mayo de 1937, cuando fueron sustituidos por los comunistas del PSUC y la NKVD para hacer lo mismo, más discretamente, la Generalidad se arrogó, a través de infinidad de decretos, competencias que no le correspondían. Desde el derecho a ser acusación particular en los juicios militares —contra la lógica profesional misma de la institución y como abierta injerencia política directa en el juicio— hasta el nombramiento de jueces territoriales, competencia exclusiva del gobierno central.

Así, de una manera aparentemente caótica y dirigida solo a legitimar el terror rojo, Companys fue creando, mediante leyes ad hoc, sin pasar por el Parlamento Español ni Catalán y ejerciendo en la práctica una dictadura personal acordada por los demás partidos catalanes y a la que no prestaban demasiada atención, una situación de hecho, o de derecho revolucionario, que hubiera sido difícil de desmontar en caso de triunfo republicano.

Bien es cierto que desde la llegada de Negrín al poder, justo después del cambio de hegemonía revolucionaria en mayo de 1937, la Generalidad mantenía su presencia simbólica mientras iba siendo arrinconada por el gobierno central, pero como en el mensaje de Aguirre y Companys a propósito de la entrega de los Sudetes a Hitler, cuanto menos mandaban, más enredaban. Y veremos más adelante que Azaña y Negrín, hartos de intrigas, acabaron viendo a los nacionalistas catalanes y vascos como lo que eran: traidores redomados.

“EL PRIMER TERROR COMUNISTA BAJO COMPANYS

Más que en ningún sitio de España y sin justificación militar o política, los diez primeros meses de terror rojo en Cataluña (julio 1936-mayo 1937) impuestos por los bakuninistas de la CNT-FAI y los marxistas-leninistas del POUM, con el respaldo legal de la Generalidad y la participación de otros partidos y sindicatos de izquierdas como ERC y UGT, son, sin duda, la manifestación más completa de terror comunista que haya tenido lugar en revolución alguna, incluida la leninista en sus primeros meses.

Toda la propaganda buenista de izquierdas sobre nuestra Guerra Civil, que parte de Orwell y desemboca en Ken Loach, presenta a Cataluña como un caótico crisol de utopías rojas, lo que llama Furet «el repertorio del romanticismo revolucionario europeo, Bakunin y Marx, Sorel y Lenin».

Vamos a ver en qué consistieron realmente esos «reencuentros tardíos con la imaginación social de 1848», que, dice, «aureola la retórica de la izquierda española».

Joan Peiró, hombre clave en la CNT catalana, decía en el implacable estilo de Lenin:

Cuando los individuos no se adaptan a los imperativos de la revolución (…) se les mata si es preciso (…) al estallar una revolución ha de haber un margen de tiempo donde el terrorismo tenga su papel (…). «La revolución es la revolución y es lógico que la revolución comporte derramamiento de sangre (…). Matar, sí, matar al que haga falta es un imperativo de la revolución (…). Siempre he creído que, en plena revolución, el enemigo ha de ser batido siempre, sin compasión, exterminado inexorablemente (Peiró, Perill a la reraguarda).

El 31 de julio de 1936, solo trece días después del alzamiento y siendo Cataluña totalmente roja, el diario comunista Avant (órgano del POUM) hacía suyas casi literalmente las tesis de Trotski en su libro de defensa del terror rojo en la Rusia soviética:

Terrorismo revolucionario y terrorismo contrarrevolucionario. Hay un tipo de terrorismo inevitable, necesario y fructífero para la causa de la revolución (…). Nosotros, marxistas revolucionarios, no somos enemigos del terror que es un instrumento de clase y una necesidad histórica. No podemos plantearnos este problema desde el punto de vista sentimental y abstracto, sino desde el punto de vista político y de acuerdo con las necesidades de la revolución.

Sin embargo, cuando los estalinistas, compartiendo el criterio del propio Trotski, que había llamado a Nin enemigo de la clase obrera, cipayo de la burguesía y demás lindezas del libro de estilo bolchevique, raptaron, torturaron y asesinaron al líder del POUM, el terror contra los suyos ya no lo vieron «desde el punto de vista político», sino «sentimental y abstracto». «Gobierno Negrín, ¿dónde está Nin?», decían las pintadas poumistas y anarquistas. Querían que lo devolvieran con vida, como cualquier familia de los que, siendo Nin consejero de Justicia del gobierno de Companys, eran raptados, robados, torturados y asesinados en la Cataluña del POUM.

Claudi Ametlla, cuyo testimonio como íntimo de Companys, al que trató de disuadir de entregar armas a la FAI, es esencial para seguir el sórdido calvario de muchos nacionalistas catalanes bajo la dictadura anarquista, dijo: «El imperio del espanto, del crimen y del miedo han empezado en Cataluña». En uno de los libros históricos más citados sobre el comunismo libertario, Les anarchistes espagnols et le pouvoir (1868-1969, César M. Lorenzo, citado por Barraycoa, hace esta descripción, casi idéntica a la de Orwell:

La fiesta podía empezar: explosiones de júbilo, concierto de claxon, mar de banderas al viento, grupos de gentes con pañuelos rojos y negros al cuello, grandes letras con las siglas de la CNT-FAI, en muros y vehículos requisados, expropiaciones revolucionarias (…). Una extraordinaria atmósfera de libertad, pero también de ajustes de cuentas. Amenazas, ejecuciones sumarísimas de burgueses y de elementos de derechas, caza de curas, incendio de conventos e iglesias. Todo esto es lo que caracterizó los días que siguieron la triunfo del anti-fascismo (…) las corbatas y los bonitos sombreros desaparecieron como por arte de magia; casi todos se vistieron con monos de obreros. Era la aurora roja de la revolución (…). Una sociedad nueva surgía.

No creo que ningún historiador de la Alemania nazi haya utilizado este tipo de adjetivación tan complaciente con los asesinos y ladrones que tomaron el poder en la Cataluña de 1936. El término «fiesta» me parece un repugnante recurso folclórico, tan manido al tratar de nuestra guerra, para referirse al terror que más de la mitad de la población catalana sentía ante la impunidad absoluta de los que siempre habían sido considerados como lo que eran, terroristas y criminales, y que de pronto aparecían como un poder omnímodo, hacedor y destructor de leyes, dueño de vidas y haciendas.

Por lo visto, estos historiadores con ínfulas de paisajistas paisajistas, no tienen en cuenta el terror y la angustia del que veía cómo le robaban la casa, las tierras, el coche o el camión con que trabajaba, pórtico de su asesinato. ¿Era una «fiesta» que los faístas se divirtieran echando a los curas al monte y cazándolos como alimañas? ¿Era «festivo» el rito, repetido cientos de veces, de golpearlos, torturarlos, castrarlos, meterles los genitales en la boca, sacarles los ojos, prenderles fuego con gasolina y reírse de su agonía? Lógicamente, ante esa «fiesta» del robo y el asesinato impunes se disfrazaban de obreros los que habitualmente presumían vistiéndose lo mejor que podían. ¿Cómo puede escribirse «una extraordinaria atmósfera de libertad, pero también de ajustes de cuentas»? ¿De quién era la «fiesta», quién disfrutaba de esa «atmósfera», desde cuándo la libertad incluye «ajustes de cuentas»?

En cuanto al «antifascismo», nada menos que el secretario general del Comité de Milicias Antifascistas, Jaume Miravitlles, decía:

A pesar del nombre del comité del que formábamos parte, creíamos que no se había producido un «movimiento fascista» y que, por tanto, la represión no podía extenderse a unos estamentos que no habían participado. Ser de la Lliga no era ser fascista, y aún lo era menos ser miembro de la Federació de Joves Cristians, FJC, conocidos por la desafortunada fonética de los «fejocistas».”

“Se dice ahora que algunos confundían «fascistas» con «fejocistas». No lo creo. Se trataba de matar católicos, sin más, Pero sí que había un movimiento fascista en Cataluña. Lo que pasa es que estaba con Companys en 1934 y formaba parte del poder en 1936. Era el Estat Catalá del Duce catalá Dencás, del que Maurín, líder del BOC y del POUM decía:

Dencás, jefe de la fracción de Estat Catalá, turbio en sus propósitos, no podía ocultar sus intenciones deliberadamente fascistas. Todo su trabajo de organización y toda su actividad política tendían hacia un objetivo final: un fascismo catalán. Su declaración de guerra a los anarcosindicalistas, sus «escamots» de camisas verdes regimentadas, todo eso tenía un denominador común: el nacional socialismo catalán.

Jacinto Torhyo, uno de los dirigentes importantes de la CNT y la FAI hace este retrato:

José Dencás Puigdollers, (era) consejero de Gobernación, jefe de los servicios de Orden Público, también separatista y jefe de los «escamots», grupos armados a los que imprimieron una tónica mussolinesca. Dencás era un separatista que odiaba a España con fervor satánico. Poseía todos los rasgos que el psiquiatra halla en el paranoico. Con anterioridad a la República había militado en la Lliga, luego se pasó a la Esquerra y a Estat Catalá. Siendo diputado de las Cortes Constituyentes su pueril fervor antihispánico le llevó a desgarrar con una hoja de afeitar los escudos de la República Española que habían grabado en los pupitres de los escaños correspondientes a Esquerra Catalana. Antes de la «proeza» de octubre, los «escamots» capitaneados por Badía practicaban el deporte de apalear obreros a los que previamente secuestraban para someterlos a torturas diversas, por la más férrea negativa de estos al menor contacto con ellos. Porque los trabajadores de Cataluña, originarios de tierra catalana o de otros puntos de la Península, jamás tuvieron nada en común con los catalanistas de la derecha (la Lliga) ni con los de la izquierda (la Esquerra), quienes en lo social no eran fracciones diferentes sino dos expresiones reaccionarias a las que solo separaba un matiz partidista electorero.

¿Por qué aceptaron los anarquistas, tras comprobar que tenían todo el poder, a Companys, representante de un catalanismo que odiaban a muerte, como presidente de la Generalidad? ¿Y por qué aceptaron los nacionalistas la sumisión de la Generalidad, que legalmente era suya, a esos anarquistas a los que poco antes apaleaban, torturaban y despreciaban como «murcianos»?

En realidad, ni unos ni otros se aceptaron del todo. O no todos. En la ERC, que se sabía condenada por la FAI, hubo un serio complot contra Companys encabezado por Joan Casanovas y dirigido por Rebertés, el gigoló de Cornellá cuya señora compartía juegos eróticos con Carme Ballester y su presidencial amante. Con Rebertés y Casanovas, estaba Torres Picart, que, descubierto y sometido a tortura lo contó todo, y José María Xammar, que cuenta así su reencuentro:

Visité a Companys… le eché en cara la vileza de la dejación de poder para someterse al vilipendio de unas fuerzas incontroladas, enemigas de Cataluña e incompatibles con todo sentido de responsabilidad.

Pero lo que muestra la esquizofrenia del separatismo catalán es esta frase con que Xammar continúa sus memorias:

Me alejé de Companys con el convencimiento de que Cataluña no tenía un presidente sino un granuja dispuesto a mantenerse en su cargo aun a costa de la propia y ajena dignidad y sobre todo a costa de la dignidad de su patria. Dignidad que no recuperó a mi entender hasta que se halló años después ante la picota de Franco.

O sea, que Franco, según Xammar obra el milagro de devolver la dignidad al «granuja» que la había arrastrado por el fango, al punto de urdir su asesinato.

Uno de los conjurados para matarlo lo absuelve porque una docena de catalanes (todos, en el tribunal, en el pelotón, hasta el del tiro de gracia, fueron catalanes) lo juzgan y fusilan por los crímenes en la guerra que consideraban imperdonables Casanovas… y el propio Xammar.

El caso es que Rebertés apareció en una cuneta asesinado por la FAI y que los conjurados, ayudados por Tarradellas y Azaña, huyeron a Francia. En solo un par de meses, los Gasol, España, Casanoves y demás jefes de ERC seguían el mismo camino que la Cataluña de derechas que, huyendo de su propia Generalidad y con Cambó al frente, se puso a las órdenes de Franco. Ocho décadas después, gracias al filtro tribal, todos fueron antifranquistas.

También en las filas anarquistas, por las razones expuestas, muchos querían que Companys siguiera el mismo fúnebre camino que los Badía y Dencás, El llamado Dzerzhinski de la CNT-FAI, Manuel Escorza del Val, enano, tullido, deforme y sin duda el más astuto y cruel de los chequistas, defendía que había que acabar con la Generalidad «burguesa» y fusilar a Companys. Pero García Oliver y Federica Montseny prefirieron instalarse en el poder cambiando de nombre el cargo y llamando «consejo» al «gobierno», como Lenin en Rusia. Pero cuando el terrorista García Oliver, amparador de las masacres de Paracuellos, y al que Azaña, enemigo de la CNT desde lo de Casas Viejas, se negó siempre a saludar, fue nombrado ministro de Justicia, no rebajó el título de ministro al de consejero. Y cuando la afamada publicista del crimen fue nombrada ministra de Sanidad, tampoco.”

Pasaje de

Memoria del comunismo

Federico Jiménez Losantos

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