Cataluña: la máquina del terror comunista – Pasaje de “Memoria del comunismo” Federico Jiménez Losantos

Durante la Guerra Civil, más de 8.000 personas fueron asesinadas en Cataluña, de ellas más de la mitad en los dos meses posteriores al 18 de julio. Más de siete mil lo fueron sin juicio o simulacro de juicio alguno y sometidas a feroces torturas rituales, a veces públicas, acompañadas siempre del robo y a menudo de la violación.

No había en Cataluña ningún frente, como el de Madrid en noviembre, para justificar las masacres. Se hicieron porque ese era el plan de exterminio de católicos y gentes de derechas que habían preparado larga y minuciosamente los comunistas de línea bakuninista, mayoritarios en Cataluña desde que Fanelli, enviado de Bakunin, convenció a los afiliados en Cataluña de la I Internacional para romper con Marx. No obstante, como mostramos en otro capítulo, la supuesta y radical diferencia entre Marx y Bakunin es, a efectos políticos, vista desde la sociedad en su conjunto y sobre todo lugar sus víctimas, realmente mínima.

Los «libertarios» de la CNT-FAI y los «científicos» del PCE-PSUC y el POUM, coinciden en lo esencial: acabar con la libertad y la propiedad, asesinar a los «enemigos de clase», destruir la familia, la religión y la Iglesia —y de paso, casi todo el arte monumental en Europa—, prohibir la Justicia independiente, hacer de la Escuela un predio estatal, y de los niños, rehenes y propagandistas de la revolución. Lo que cada uno de los dos comunismos se atribuye, que en el «libertario» es la libertad y en los marxistas-leninistas el orden revolucionario, es mera propaganda: ambos aspiran a una dictadura que les permita a ellos en exclusiva, incluyendo los de Marx a los de Bakunin o viceversa, robar sin límite y matar sin tasa.

Si en la Asturias de 1934 se produjo, al hilo del golpe del PSOE contra la República, la mayor revolución comunista en Europa desde la Comuna de París, en Cataluña se produjo en 1936 la rebelión comunista mejor organizada desde la de Lenin en 1917. Y se organizó precisamente tras 1934, cuando los comunistas libertarios o anarquistas vieron el ridículo del golpe de Companys y las enseñanzas revolucionarias del de Asturias, que con participación de toda la izquierda revolucionaria y de la Alianza Obrera UGT-CNT, supuso un serio reto al Estado y al propio Ejército.

Según cuentan en sus memorias los líderes de la CNT-FAI, sin una sola contradicción, en 1934 empezaron a organizar sus «cuadros de defensa» según el patrón de las células terroristas de Netchaev (cuyos maestros en conjuras y sociedades secretas fueron Bakunin y Blanqui), pero con: seis miembros en vez de tres, porque hacer el censo de objetivos del futuro y masivo terror rojo exigía un tipo de célula más amplia. Si la CNT tenía centenares de miles de afiliados en toda España, con su grupo más fuerte en Cataluña, y si la FAI tenía varios miles, cuyos jefes vivían también allí, y si comparamos el tamaño de Cataluña y Rusia, está claro que había muchos más anarquistas que bolcheviques en 1917.

Josep Peirats, en su libro Los anarquistas en la crisis política española, describe así el poder anarquista (contradicción típicamente comunista: si es suyo, no es poder, es revolución, pueblo, etc.) al empezar la Guerra Civil:

Éramos una potencia tan formidablemente organizada, usufructuábamos de una manera tan absoluta el poder político, militar y económico en Cataluña que, de haberlo querido, nos hubiera bastado levantar un dedo para instaurar un régimen totalitario anarquista.

Helmut Rüdiger, representante de la AIT en Barcelona, la defendía con este argumento, aparentemente imbatible:

Los que dicen que la CNT tenía que establecer su dictadura en 1936, no saben lo que exigen (…) la CNT debía tener un programa de gobierno, de ejercicio de poder, un plan de economía autoritariamente dirigida y experiencia en el aprovechamiento del aparato estatal (…). Todo eso no lo tenía la “CNT, pero los que creen que la CNT debía realizar su dictadura tampoco poseen este programa ni para su propio país ni para España. No nos engañemos: de haber poseído semejante programa antes del 19 de julio, la CNT no hubiera sido la CNT, sino un partido bolchevique.

Lo cierto es que, más allá de la casuística sobre la diferencia entre marxistas y bakuninistas, leninistas y trotskistas, lo más parecido al terror bolchevique en Rusia fue el terror cenetista en Cataluña. Como Lenin en Rusia, Durruti y sus camaradas implantaron, a sangre y fuego, una «religión política» sobre los escombros de todas las iglesias y sobre miles de cadáveres de curas, frailes, monjas y católicos en general.

La compatibilidad temporal entre ambos comunismos la prueba el leninista POUM que comparte con la CNT las listas negras y la estructura de «terror de Estado» montada de antemano por la FAI y legalizada por la Generalidad.

La herramienta básica para ese terror bi-comunista fueron las Patrullas de Control, formadas por la CCMA pero sobre la base de los Cuadros de defensa de la CNT. Según Jordi Albertí en El silencio de las campanas, hubo 200 comités de milicias y patrullas de control en toda Cataluña. Barraycoa da su organigrama e incluso un esquema en catalán (tal vez de la Generalidad) de la compleja estructura de las patrullas en Barcelona. Su sede estaba en Gran Vía de las Corts Catalanas, 617. Esta era su estructura:

Jefe de Servicios, Secretario Pagador, Secretario Delegado de la Junta; Delegado del centro de detención de San Elías (checa oficial de la Generalidad, tan poco clandestina que la visitó oficialmente Tarradellas); Delegados y responsables del departamento de Denuncias e Investigaciones; Delegados y responsables del Departamento de Autorizaciones y pasaportes; Delegados y responsables de Vigilancias, Registros y domiciliaciones; Sección Central de Patrullas de Control; Secretaría de la Junta de Seguridad de las Patrullas de Control; Sección de Investigación; Sección del Puerto; Sección de Comarcas; Secciones de Barrio, chóferes, mecanógrafas, patrulleras de servicio y patrulleros ordinarios.

El 2 de agosto de 1936, se crea con 700 patrulleros el Departamento, que insistimos actuaba ya como Comités de Barrio a partir de los Cuadros de Defensa de la CNT. En abril de 1937, antes de la guerra civil entre comunistas, ya eran 1.300, solo en Barcelona. Y el POUM tenía 400 solamente en Lérida, actuando con el nombre de Brigada Social, desde el comienzo de la guerra. El tribunal revolucionario en Lérida lo presidía Josep Laroca, «El Manco», un sádico semianalfabeto cuyo «juzgado» ornaban un enorme paño rojo y una calavera en la mesa del juez, que era, naturalmente, «El Manco». Su gran hazaña fue condenar al alcalde Joan Rovira por haber permitido la Cabalgata de los Reyes Magos, fiesta de la chiquillería pero reaccionaria. No se permitía defensa: «El tribunal ha deliberado y considerándolo un enemigo del pueblo trabajador ha acordado condenarle a ser fusilado esta misma noche». Y con él, otros siete. Al día siguiente, diez más. El 1 de agosto, veintidós. Nadie diría leyendo al Gorkin maduro que en Lérida, predio del POUM, se ejercía la justicia revolucionaria con tan pocas luces. Pero es que el Gorkin de 1936 llamaba a sus camaradas del POUM a no ir al frente y quedarse en la retaguardia, haciendo la revolución… sin peligro.

Las patrullas no eran incontroladas, sino controladoras, y tampoco iban zarrapastrosas, como recién llegadas del fango laboral de Germinal. Vestían uniforme de cazadora de cuero con cremallera, pantalones de pana, gorra miliciana y pañuelo rojo y negro, los colores de la CNT. Cobraban muy buenos sueldos —en Gerona, 50 pesetas diarias, cinco veces el sueldo de un soldado, que ya se consideraba alto; el jornal del campo era de tres o cuatro pesetas—, amén de lo que se quedasen de lo robado a los asesinados. Tenían una credencial acreditativa y lucían una insignia de la Generalidad, prueba de la total identificación de Companys con las patrullas de control.

Nunca hubo freno o represión del terror por parte de la Generalidad, que amparaba legalmente en Barcelona lo que lamentaba ante Madrid. Por otra parte, los comités o patrullas, desde se disolvió el Ejército y se depuró o huyó un buen número de oficiales y guardias, obedecían al CCMA solo cuando les parecía que les daba aún más poder, no cuando una Generalidad «burguesa» se lo quitaba. La ERC tenía su propio centro de detención y tortura, pero Companys, como prueba su decreto para personarse en los juicios militares, tenía especial predilección, rodeado de algunos militares de su cuerda, por firmar las ejecuciones de los oficiales comprometidos en el alzamiento, o de eclesiásticos como Irurita, obispo de Barcelona, que había pedido que le conmutaran a él esa pena tras el golpe de 1934, o de mujeres que despertaban en él un instinto sádico: fue el caso de Sara Jordá.

Sucedió en 1938, la guerra ya estaba perdida y Azaña, aunque tarde, hablaba de «paz, piedad y perdón». Jordá había sido denunciada por ayudar a huir a Francia a los perseguidos por el terror, entonces ya estalinista pero siempre con el paraguas legal de la Generalidad. Era un caso de humanidad evidente, sin relevancia militar, y el cónsul británico le pidió expresamente que no firmara la sentencia de muerte. Pero Companys contestó: «Para los traidores no hay piedad», la firmó y fue fusilada.

Las últimas víctimas de Companys, fusiladas en Montjuich en agosto de 1938 fueron sesenta y cuatro, «entre ellas seis mujeres en avanzado estado de gestación». (Francisco Gutiérrez Latorre, La república del crimen; cit. en Barraycoa, 2016). Lo de matar embarazadas no impedía el celo revolucionario. Hay casos como el de Carme Clapés, de Vilobí (Gerona), con una niña de tres años y embarazada, que se empeñó en acompañar a su marido Vicenç Cornellá cuando una patrulla se lo llevaba «a declarar». Mataron a los dos.

Sara Jordá, que no tendrá una calle a su nombre, fue, sin embargo, fusilada tras un juicio, algo poco frecuente; y sin encarnizamiento ante la plebe, algo más que frecuente en condenados tras un juicio con visos de legalidad. Fue el caso de cuatro oficiales en el campo de la Bota, el 23 de septiembre de 1936. Según cuenta en Las catacumbas de la radio Domingo de Fuenmayor:

Hombres y mujeres, gente madura y mozalbetes de catorce años, con fusiles, pistolas, carabinas y navajas, se adelantaron al encuentro de las nuevas víctimas, las atraparon y sin formación de cuadro, sin ni siquiera una parodia de formalidad en el supremo trance, acribilló, despedazó en un instante a los cuatro caballeros oficiales.”

Esa gran máquina de terror, perfectamente comparable a la de Lenin y Dzerzhinski, consiguió el letal resultado que solo una larga preparación hacía posible. Entre el 18 de julio de 1936 y el mes de septiembre fueron asesinadas 4.682 personas, según Barraycoa, número que acepta Federica Montseny en Anarcosindicalismo y revolución en España (1930-1937):

Es posible que nuestra victoria haya significado la muerte violenta de cuatro o cinco mil ciudadanos de Cataluña, catalogados como hombres de derechas, vinculados a la reacción política o a la reacción eclesiástica.

La ministra de Sanidad del gobierno de Largo Caballero, o sea de la democracia según los propagandistas retrospectivos de la II República, nos habla del asesinato de cuatro o cinco mil personas como una especie de accidente, que no deja de ser un «hecho violento», o como si «cuatro o cinco mil», total nada, «reaccionarios políticos y eclesiásticos» se hubieran suicidado al ver ministra a «la Nena de los Urales», como la llama García Oliver. Podía haber dicho «lamento que hayamos matado a tantos miles de personas», «pensándolo bien no hacía ninguna falta» o «¡qué salvajes son los Ascaso, García Oliver y Durruti!» (a cuyo velatorio, por cierto, no fue). Pero esa piedad hubiera sido catolicona y poco revolucionaria. Se la ahorró.

Hans Magnus Enzensberger, en El corto verano de la anarquía, ligeramente menos sórdido que El interrogatorio de La Habana, en el que hace de Vichinski contra los presos anticastristas, describe así la política de la CNT en la guerra: «Fieles a sus principios, los anarquistas se proponían abolir el Estado como tal y erigir en España un reino de libertad».

En un anexo, porque son de difícil lectura, relatamos algunas de las torturas de los comunistas libertarios para imponer la libertad a los esclavos que no compartían las fantasías de Enzensberger. Cuando en mayo de 1937 fueron derrotados por los otros comunistas, les tocó padecerlas, y denunciarlas, con gran pesar antifascista internacional. Así aparecen en las historias de la Guerra Civil. De los que solo fueron víctimas, nunca antes verdugos, nadie se acuerda desde hace ocho décadas.

La crueldad en la masacre de católicos en Cataluña era totalmente innecesaria.

El terror era tal y las víctimas estaban tan paralizadas, que solo defendían su honor en las violaciones y se ofrecían a morir, y morían en lugar de un padre o un hijo. Si las mujeres, y hay infinidad de casos documentados, se ofrecían sexualmente a cambio de la vida de un familiar, los patrulleros, tras saquear la casa (recuérdese que eran enemigos de la propiedad, si era ajena) y aprovecharse de ellas, solían matarlo igual. Y no hay ejemplo de indefensión como el del hermano del cura de Llampaires (Gerona), Josep Bertrán, que les dijo a los patrulleros que se lo llevaban: «Matadlo cerca, que al menos lo podamos recoger».

Además, había barcos-prisión y campos de concentración. De los primeros «sacaban» a casi todos los presos para asesinarlos. Los segundos, debían ayudar con mano de obra esclava, al más genuino modo estalinista, al esfuerzo libertario en la industria de guerra o en las labores del campo que, condenada la propiedad y sin un valor claro el dinero, había dejado de llevar comida a las ciudades.

En el campo podrían haber trabajado y tal vez muerto de hambre o enfermedad, miles de católicos o simples ciudadanos no cenetistas o poumistas —«media Cataluña estaba en listas negras» escribe uno de los amigos desengañados de Companys—, ayudando al «esfuerzo de la retaguardia». ¿Qué necesidad había de torturarlos y asesinarlos a todos?

Exactamente la misma necesidad de todo régimen totalitario en el uso del terror: disfrutar los «elegidos» de un poder absoluto sobre vidas y haciendas y hacer que el terror generalizado, absurdo incluso, paralice y obligue a una obediencia ciega a las víctimas. La misma necesidad que tenían Lenin y Stalin provocando hambrunas y matando en masa a militares y civiles: matar, disfrutar haciéndolo y aprovechar políticamente el terror.

El mismo año en que el comunismo libertario ejerció su salvaje dictadura en Cataluña Stalin mató a 750.000 personas y mandó a un millón al Gulag, mientras en Valencia la Falla Antifascista ardía en elogios hacia el Insigne. No le hacía falta el ejemplo de Hitler en «la noche de los cuchillos largos», aunque Stalin analizó acertadamente en un informe al Comité Central que eso suponía un reforzamiento de Hitler y su régimen y usó el Caso Kirov para hacer lo mismo con los viejos leninistas, que no le servían para nada. En realidad, hizo lo mismo, en hambrunas y depuraciones de la izquierda, que ya hemos visto hacer a Lenin.

Pero el comunismo, esa «pasión francesa», que tan bien ha estudiado Marc Lazar (Perrin, 2002) tuvo en Cataluña rasgos que Malraux hubiera llamado románticos, es decir, arcaizantes, que eso era y es el romanticismo político: un sentimentalismo desatado al servicio de una memoria novelada. En España, junto a las torturas de Dzerzhinski, retoñan las masacres de Fouché, «El carnicero de Lyon». De hecho, cabe definir a Cataluña hasta mayo de 1937 como una inmensa Vendée interior.

Los cenetistas y poumistas eran más que los jacobinos, pero los católicos en Cataluña, de honda raigambre carlista, también eran muchos más que los campesinos de la Vendée masacrados au nom de la Révolution. En Cataluña, como en el resto de España, a media sociedad le tocó en la Administración de la Lotería de la historia, cuyo monopolio tiene el comunismo, el premio gordo: la Salvación Eterna (en esta vida o en la otra), eso que llama Enzensberger el «reino de la libertad».

La crueldad de los comunistas libertarios seguía patrones fijos. En una entrevista en La Vanguardia de 2008 que cita Barraycoa, Jordi Albertí, autor de La Iglesia en llamas, lo resume así:

Antes de matarlos, a muchos les amputaban los brazos, les arrancaban los ojos, la lengua, los testículos… y se los metían en la boca. ¡La muerte simbólica precedía a la literal! Hubo verdaderas cacerías por calles y campos.

La castración de los hombres, la violación de las mujeres y la busca de oro en vivos o muertos definen, junto al exhibicionismo callejero y la participación de mujeres y niños en los asesinatos, el «reino de la libertad». Lourdes Rodés, enfermera del Clínico, se acercó al depósito por si reconocía a alguien, y vio «el cadáver del rector de San Juan de Gracia, acribillado y con los testículos en la boca». Como este, Barraycoa aporta infinidad de casos, agavillados en libros inencontrables o silenciados por la historiografía oficial y religiosa, ambas nacionalistas. Veamos algunos de los citados en su extraordinario libro:

Al párroco de Vinebre (Tortosa), Rafael Eixarch, le desnudaron, le acuchillaron por todo el cuerpo, le cortaron los genitales, le ataron una piedra al cuello y lo tiraron al Ebro. Logró salir a nado y volvieron a echarlo al río. Ya no salió. A Tomás Capdevila, de Forés (Tarragona), lo cogieron los del Comité de Conesa y Saral y lo martirizaron hora y media: le cortaron la lengua y los genitales, le sacaron los ojos y le rompieron la clavícula izquierda. Lo llevaron, mientras se desangraba, a Solivella. Allí, esperaron a que dieran las once para descerrajarle al cura agonizante un tiro por cada campanada. A Joan Marqués, vicario de Rosas, lo ataron a un árbol, le cortaron los genitales y lo quemaron.

Al obispo de Barbastro, Florentino Asensio, también fueron a matarlo desde Cataluña. Le cortaron los testículos porque, según dijo un miliciano, «así podremos comer cojones de obispo». Mutilado, lo hicieron andar hasta el cementerio, donde lo fusilaron junto a otros. Tardó en morir, tiempo que pasaron en quitarle la ropa y arrancarle, todavía vivo, los dientes de oro.

A Bartomeu Pons, ecónomo de Pacs (Penedés), lo llevaron atado, en viacrucis, por las calles del pueblo. Le daban latigazos mientras andaba y luego lo ataron al sol para deshidratarlo. Una mujer le echó a la cara una jarra de agua. Luego, lo llevaron a una presa de vino y allí lo aplastaron. «¡A ver qué vino sale!», decían los milicianos mientras reventaba.

Al dirigente de los Sindicatos Libres (donde hubo desde carlistas a miembros de Estat Catalá, pero todos antianarquistas) Ramón Sales Amenós, lo ataron a cuatro camiones y tiraron hasta descuartizarlo. A Juan Valle Valle, un agricultor de Guimaets (El Garraf), le arrancaron los ojos y lo colgaron boca abajo hasta que murió. A padre Audí, superior de los Jesuitas de Tortosa, le arrancaron el pelo y la piel de la cabeza antes de matarlo.

Los barcos-prisión, Río Segre y Uruguay, eran lugares de tortura psicológica —los milicianos llegaban en canoa a «sacar» los presos para fusilarlos, sin que supiera nadie a quién le tocaría— y física, por hambre, que fue, durante muchas décadas, el sistema de tortura habitual en el Gulag. Eduardo Carballo describe en Misión flotante: «Casi todos estábamos atacados de los mismos síntomas: pérdida de memoria, sensible disminución auditiva, visión defectuosa en ambos ojos, naufragio las piernas». Pero aunque no cabía piedad con la reacción, la propaganda comunista no podía fallar. Había presos bien alimentados para mostrar a las visitas extranjeras. Nacionales, no las había.

Lo que hoy llamarían feminicidio, en sus variantes de abuso sexual, tortura y asesinato, era muy frecuente en el famoso «reino de la libertad». Uno de los mejores investigadores de las checas, César Alcalá, cuenta en su libro sobre las de Barcelona el caso de las hermanas Lasaga, descrito por Trinidad Mariner:

Me presentaron a las hermanas Lasaga, una a una. Estaban las tres, sus padres, dos hermanos y una cuñada (…). Cuando las vi por primera vez, les acababan de dar una paliza horrible, echaban sangre por la boca y la nariz Margarita y Angelita; y a Patrocinio, que era la más joven, me la presentaron con palillos entre las uñas de los dedos de la mano y no sé si de los pies (…) no podía ni hablar del dolor que sentía.

En el Uruguay, pasaron de 400 presos a 2.200, tal era el volumen de la persecución política en Barcelona, tan lejos del frente. Cuando llegaron los presos del POUM y la CNT, unos se dedicaron a mortificar a los presos católicos. Otros, mostraron mejor condición. Pero el conjunto era infernal. De los 300 presos del barco Río Segre fueron sacados y asesinados 218. Se les mataba cada vez que había malas noticias del frente, o sea, casi siempre.

Era una tradición establecida por Lenin y Trotski: el asesinato de rehenes.

En tierra, la crueldad con las mujeres, presas o familiares de presos, era idéntica. Josefa Nicolau Fabra había ayudado a huir a su marido, pero lo atraparon. La llevaron a las afueras de Tortosa y la quemaron viva. A Dolores Bartra le sacaron los ojos tras asesinarla. Dolors Bartí, de diecinueve años, era criada de un cura anciano y trató de atrancar la puerta para que no se lo llevaran. La tiraron por las escaleras y, maltrecha, la vejaron y asesinaron.

Las tres hermanas Fradera, Carmen, Rosa y Magdalena, eran monjas del Corazón de María y muy hermosas. Se empeñaron en violarlas y, al resistirse, les rompieron los dientes a golpes. A una ya le habían roto el tobillo con la puerta del coche. Luego las violaron con sus revólveres y les metieron palos que les destrozaron las vaginas. A Magdalena le clavaron también astillas afiladas. Tras disparar sobre sus órganos sexuales, las rociaron con gasolina y las quemaron lentamente. Luego las ametrallaron. La persecución de las monjas y, en general, de las mujeres que ayudaban en las parroquias, fue sistemática y feroz, al margen de su edad y condición. Normalmente, les proponían tener relaciones sexuales y si se negaban, como sucedía siempre, las violaban y las mataban; o las mataban, sin más.

Según Antonio Montero en su monumental Historia de la persecución religiosa en España, a la madre Apolonia Lizárraga, de las Carmelitas de la Caridad, la aserraron y echaron sus pedazos a los cerdos de la checa de «El Jorobado», seguramente Manuel Escorza del Val. Este es el chequista más célebre por su crueldad, denostado luego por todos, pero en el «corto verano de la anarquía», de Enzensberger, el año del «reino de la libertad», es decir, el de la libertad de robar y matar que se concedieron a sí mismos los comunistas bakuninistas, nadie le tosió ni le puso un pero.

Y motivos había, aunque ayer ocultados por sus herederos de checa y hoy por sus herederos políticos de la Memoria Histórica. Uno entre tantos: «Antonia Pau Lloch, de Alfarrás (Lérida) —cuenta Francisco Picas en sus artículos sobre la persecución de mujeres católicas en Cataluña—, tenía setenta años y era madre de dos sacerdotes jesuitas. El Comité Revolucionario la detuvo y la maltrató vergonzosamente en los locales del Ayuntamiento. Después la llevaron a un lugar llamado La Plana del Magí; allí la estrangularon y dejaron su cuerpo en la cuneta».

Pero Barraycoa precisa más: «La forma de ahogarla fue clavándole el propio crucifijo, que siempre llevaba colgado, en la boca». En más de una autopsia el médico tropezó con lo mismo: un crucifijo incrustado en los maxilares hasta el ahogamiento. Es otro patrón de crueldad anticatólica, junto a la castración y al arrancamiento de la lengua y los ojos al clérigo, cuando aún estaba vivo.

Otro patrón fue refusilar al fusilado. Fueron muchos los casos —¡eran tantos los fusilamientos!— en que un herido escapaba entre los cadáveres y trataba de salvarse. Se le buscaba concienzudamente y se le volvía a fusilar. La inmensa mayoría de los fusilados y refusilados no tenían significación política alguna. Se hizo por crueldad y para mantener el prestigio del terror. La búsqueda de pisos donde se escondían monjas se convirtió en un deporte para las Patrullas de Control.

Lo importante es que todas estas hazañas fueron legalizadas y aprobadas por la Oficina Jurídica de la Generalidad, creada por Ángel Samblancat, de la CNT y que pasó luego a manos de Eduardo Barriobero. Con Andreu Nin, comunista al cabo, en la Consejería de Justicia se amplió la burocracia judicial con los ya citados Tribunales Populares y Jurados Populares, formados por miembros de partidos del Frente Popular, que se superponían a los comités, patrullas y demás. Así que Barriobero se dedicó a vender salvoconductos y sacar presos mediante la entrega de grandes sumas de dinero. Como todos robaban, tardó mucho en ser denunciado. Y, naturalmente, no se le aplicó a la misma justicia que a las pobres monjas.

La impunidad en el «reino de la libertad» era, para los libertarios, absoluta. L’Autonomista publica el 10 de marzo de 1937 una noticia sobre varias chicas de Lierca (Gerona), que, aterrorizadas, habían callado durante meses:

Requeridas por el consejero de Defensa del Pueblo con tal de que se avinieran a permitir abusos deshonestos de carácter sexual con este, prometiéndoles que así salvarían la vida de sus familiares que debían de ser condenados a muerte y que él como Jefe de defensa, podía evitarlo.

Lo que no contó L’Autonomista es que tras condenar un tribunal a siete miembros del Comité de Lierca, prueba de que la violación era en cuadrilla, a la semana los dejaron libres.

De creer las supercherías de la «Memoria histórica», y pese a las evidencias del más gigantesco pogrom anticatólico desde Diocleciano, diríase que los «rojos» nunca violaron a nadie, o bien que las mujeres o hijas de los fascistas no merecían otro trato. En las infinitas publicaciones que, desde la pionera de Mary Nash, han proliferado sobre «mujeres libres», no he hallado un solo caso en que, por solidaridad de sexo o género, una feminista de la CNT impidiera la violación de una mujer por ser familiar de un enemigo político, o denunciara a un camarada por hacerlo. Miles de casos. Ni una denuncia.

No es achaque solo español. En su libro Atrapados en la revolución rusa (2017), Helen Rappaport cuenta la visita de Emmeline Pankhurst y Jessie Kenney a la formidable María Bochkareva, creadora del Batallón Femenino de la Muerte, al que pertenecían las mujeres que en la noche del Golpe de Octubre, defendieron al Gobierno Provisional, legítimo de Rusia. Varias fueron violadas, pese a la rendición formal de esas tropas y una se suicidó. Ni Alexandra Kollontai, ni Emma Goldmann, ni siquiera Sylvia Pankhurst que, como el frívolo y siniestro Bernard Shaw, se convirtió en fervorosa defensora del terror rojo, se acordaron nunca de esas mujeres.

Si en la izquierda historiográfica se ha embellecido o camuflado el terror rojo, en la izquierda nacionalista catalana, tras una época en que se le atribuyó a incontrolados anarquistas —y españoles— contra cuya ferocidad no pudo hacer nada el compasivo y amable Companys, ahora, directamente, se niega. Josep Benet, senador en 1977 en la Entesa dirigida por el PSUC, tuvo la debilidad de contar la verdad sobre el famoso gesto de Companys de descalzarse antes de ser fusilado, que es mentira. Se derrumbó ante el trance supremo, al que él había enviado a tantos, y tuvieron que arrastrarle al lugar de ejecución, perdiendo una de las zapatillas blancas que llevaba cuando lo detuvo la Gestapo. Luego se rehízo y dijo: «Per Catalunya!». Ni descalzo, ni «visca», ni mártir. Vuelvo a la fe, tal vez se arrepintió de haber sido el verdugo de muchos mártires de verdad.

Todo eso se oculta ahora y Benet, nacionalista antes que nada, y la tiranía mediática separatista suscribe lo que dice Pelai Pagés en La Presó Model de Barcelona: a diferencia de Madrid, «en Catalunya no se produjeron episodios de violencia inusitada». Pero si en toda la zona republicana fueron asesinados 6.850 eclesiásticos eclesiásticos y en Cataluña unos 2.400, es matemáticamente evidente, salvo para un magín nacionalista, que en Cataluña se asesinó al 35 por ciento del clero español, que era tres veces más de lo que en población y, por así decir, le «correspondía».

Las cifras por diócesis en La gran persecución de Cárcel Ortí son estos:

— 4 obispos asesinados: Irurita (Barcelona), Huix (Lérida), Borrás (Tarragona) y Polanco (Teruel, pero asesinado en Gerona en 1939).

— Diócesis de Lérida: 270 clérigos asesinados (el 66 por ciento del clero; en la de Barbastro, dependiente de Lérida, aún fueron más: el 88 por ciento).

— Diócesis de Tortosa: 316 asesinados (62 por ciento del clero).

“— Diócesis de Vic: 177 asesinados (27 por ciento del clero).

— Diócesis de Barcelona: 276 asesinados (22 por ciento del clero).

— Diócesis de Gerona: 194 asesinados (20 por ciento del clero).

— Diócesis de Urgel: 109 asesinados (20 por ciento del clero).

— Diócesis de Solsona: 60 asesinados (13 por ciento del clero).

Hay una diferencia esencial entre las diócesis del norte, de las que se pudo huir (Barcelona y las fronterizas con Francia), y las del sur, sin salida. Las más castigadas fueron Tortosa, Lérida (por el POUM) y Barbastro, que dependía de Lérida y por la que además pasaron los milicianos de la CNT, como la Columna Durruti, hacia el “frente de Aragón, fusilando a mansalva.

A los curas hay que añadir frailes y monjas, de allí u otra parte de España, por el gran número de conventos y casas de órdenes religiosas en Cataluña.

Aunque en 1936, antes del 18 de julio, ya habían sido asesinados 17 curas y religiosos, el gran salto se da al empezar la guerra: Del 18 de julio al 1 de agosto, 861 clérigos asesinados. En el mes de agosto, 2.077, más de 70 asesinatos al día. El 14 de septiembre, entre religiosos y sacerdotes, iban 3.400. El resto, doblando esa cifra, se produjo en los años siguientes.

Barraycoa se pregunta si en el caso catalán, y español en general, cabe hablar de genocidio de católicos. La definición de la Corte Penal de Roma es esta: «Aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos». Justo lo que pasó.”

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“Memoria del comunismo

Federico Jiménez Losantos

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