La destrucción del patrimonio artístico – Pasaje de “Memoria del comunismo” Federico Jiménez Losantos

La destrucción de patrimonio artístico y religioso, sin contar lo que se robó, fue ingente. Y la mayor parte, en las dos primeras semanas de guerra. En la diócesis de Barcelona, de 500 iglesias, ardieron todas menos 10, entre ellas la Catedral y la Abadía de Montserrat de gran significado nacionalista. Fueron incendiados 464 retablos —más de dos kilómetros si se alinearan juntos—, todos los órganos, a veces de varios siglos, y todas las campanas, que eran objeto de especial inquina, más un número incalculable de pinturas, esculturas, orfebrería sagrada, reliquias y joyas o donaciones seculares.

Lo que no se quemó se desenterró. Volvieron las escenas de la Semana Trágica de principios de siglo, con las momias de las monjas expuestas a la puerta de los conventos e iglesias quemados. Profanaron la tumba de Gaudí, destruyeron las maquetas de la Sagrada Familia y estuvieron a punto de quemarla, adelantándose a los yihadistas de 2017. Los comités, sin que la Generalidad se opusiera, dictaron esta orden: «El poseedor de cualquier objeto religioso deberá deshacerse del mismo en 48 horas; de lo contrario será considerado faccioso y tendrá que atenerse a las consecuencias».

Buena parte de las piezas sagradas fueron, sencillamente, robadas, y aparecieron en México y los Estados Unidos, acreditando la fortuna de los ladrones. Pero tal fue el afán incendiario, que en la mismísima Plaza de San Jaime, ante el Palacio de la Generalidad, se hizo una gran hoguera con objetos religiosos. Companys tuvo en ese momento un gesto que lo define a la perfección: salió al balcón gritando: «¡Orden, orden, orden!»; y al ser abucheado, se volvió adentro diciendo: «¡Orden… dentro del desorden!».

Si esta destrucción de vidas, propiedades y obras de arte se produjo tan velocísimamente fue porque desde partidos y periódicos se azuzó a los que, como la CNT, tenían ya preparadas sus listas negras de católicos y derechistas por asesinar y las de iglesias y conventos a saquear e incendiar. Según L’Autonomista el POUM, objeto de tanta piedad historiográfica, homenaje póstumo a Orwell, decía el 18 de agosto de 1936 en un mitin en Gerona: «El proletariado español ha solucionado en un momento de justa ira el problema de la religión, extirpándola de raíz». El ABC incautado llamaba a la «guerra santa» contra la religión. Barraycoa cita a Lluis Badía y su Martirologi Solsoní: «Recordamos aún con horror aquella consigna del anarquista García Oliver desde Barcelona: ¡luchad, matad, destruid… que no quede ni un burgués ni un clerical con vida, que sus cobijos e iglesias sean destruidas!».

El 26 de julio de 1936, solo ocho días después de que el alzamiento fracasara en Cataluña, Diego Abad de Santillán, director de Solidaridad Obrera» y, decían, más moderado que García Oliver, estaba intranquilo: «No queda ninguna iglesia y convento en pie, pero la hidra religiosa no ha muerto. Conviene tener esto en cuenta y no perderlo de vista para posteriores objetivos».

Ese mismo día fueron asesinados 72 sacerdotes. Eran pocos. El 15 de agosto, insistía: «La Iglesia ha de desaparecer para siempre (…). No existen covachuelas católicas, las antorchas del pueblo las han pulverizado (…). Hay que arrancar a la Iglesia de cuajo (…) las órdenes religiosas han de ser disueltas. Los obispos y cardenales fusilados. Y los bienes eclesiásticos han de ser expropiados».

Y aunque el 18 de octubre ya se había quemado casi todo y matado a casi todos, preguntaba: «¿Pero y en los pueblos? No solo no hay que dejar en pie ningún escarabajo ensotanado, sino que debemos arrancar de cuajo todo germen incubado por ellos. ¡Hay que destruir! ¡Sin titubeos! ¡A sangre y fuego!».

La revolución de Asturias en 1934, primer acto de la Guerra Civil, ya mostró una ferocidad contra lo católico digna de Robespierre o Fouché en Oviedo, Turón y Mieres fueron asesinados 33 religiosos; volaron con dinamita la pared de la Catedral que protegía la Cámara Santa de Oviedo, reliquia de la Reconquista; destruyeron una de las maravillosas iglesias del románico ramiriense y robaron, entre muchas joyas, la Cruz de la Victoria. El discurso comunista en todas sus tendencias era idéntico al de Lenin.

José Díaz, del PCE, decía en marzo de 1937: «En las provincias que dominamos, la Iglesia ya no existe.

España ha sobrepasado con mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia, en España, está hoy día aniquilada». Andreu Nin, del POUM, pensaba lo mismo en agosto de 1936: «Había muchos problemas en España… El problema de la Iglesia, nosotros lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto». En mayo de 1937 lo suprimieron a él.

Companys, masón, espiritista y, al final de sus días, férvido creyente, se reía del socialista Vidarte cuando supo que viajaba con un fraile, por cierto, familiar de Negrín: «De esos ejemplares aquí no quedan!». Y ante sus íntimos decía: «¡Todavía arden iglesias! ¡Ya me dijo Comorera (secretario general del PSUC) que tenían mucha materia combustible!».

“Indalecio Prieto en Informaciones y el órgano del partido de Azaña Política, difundían continuamente el bulo de los curas que disparaban desde los campanarios, no se sabía por qué ni a quién. Era la justificación para que mataran realmente curas y quemaran realmente iglesias. En Barcelona se hizo filmar a unos milicianos vestidos de curas subiendo y bajando las escaleras de un campanario con unos fusiles para publicar las fotos en Solidaridad Obrera con este pie: «Los representantes de Dios en la Tierra también emplean las armas». Y con curas de verdad, presos, a los que se dio armas y se hizo subir y bajar las escaleras se rodó una película en Igualada.

Pese a que no hay un solo caso acreditado, películas recientes sobre la Guerra Civil, como Tierra y libertad y Las bicicletas son para el verano, incluyen al cura disparando desde el campanario. Raro es que no los saquen repartiendo caramelos envenenados.

En octubre de 1936, con sellos de la CNT y la FAI, apareció en una comisaría de Bilbao un documento que decía así: «Al portador de este salvoconducto no puede ocupársele en ningún otro servicio, porque está empleado en la destrucción de iglesias». En Madrid, con difusión nacional, El Heraldo de Madrid, El Socialista, El Pueblo o El Crisol, cuatro de los 146 diarios antirreligiosos que, según Vicente Cárcel Ortí, se publicaban en España, aplaudían la quema de conventos. De 1931 es la frase terrible de Azaña: «Todas las iglesias de Madrid no valen la vida de un republicano». Nunca explicó por qué había que elegir entre dos cosas tan compatibles. En la Francia masónica que él adoraba, lo eran.

Y cuando dijo en las Cortes, con ánimo provocador de tertuliano de café, «España ha dejado de ser católica», ¿no anunciaba o enunciaba el deseo de lo que vino después? Al margen del rencor en la autobiográfica El jardín de los frailes, peripecia personal que jamás debió guiar una política, el tratamiento que en sus memorias da a los frailes de El Escorial, especialmente a uno que lo protegió en aquellos días de sombría orfandad, y va a verlo a Presidencia, es despectivo, soberbio, repugnante. Mataron a setenta de los ochenta frailes de su jardín. No les dedica un solo párrafo.

En cuanto a Companys, el mejor balance de su trayectoria real, no alucinada o alucinatoria, es el del socialista y masón Juan Simeón Vidarte en Todos fuimos culpables, aunque no todos; sus víctimas no lo eran:

En medio de tanta locura individual y colectiva hay que reconocer que Companys, desde su perspectiva inmediata y corta de vista, procedió, en apariencia, habilidosamente, aun a costa de millares de cadáveres, ya que su alianza con la FAI le hizo ganar la partida del 18 de Julio, y a los dos años él había aplastado a la FAI. Ni siquiera al sentarse, triunfante, sobre el enorme montón de víctimas, ni él ni su Generalidad eran nada, ni nadie les hacía caso. ¡Triste y bochornoso final, para haber llegado a él a través de océanos de sangre!

Más triste aún es no haber sacado las enseñanzas de ese fracaso sangriento y repetir, uno a uno, cuarenta años después de la guerra y durante cuarenta de democracia (escasa en el País vasco y Cataluña) los pasos de la traición del nacionalismo catalán y vasco al común de los españoles.”

Pasaje de

“Memoria del comunismo

Federico Jiménez Losantos

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