“Se necesita una dictadura bajo forma y apariencias democráticas que haga posible la preparación del pueblo para el futuro».” Stalin. 1931 – Pasaje de Memoria del comunismo / Federico Jiménez Losantos

Su idea no era distinta de la idea de Negrín sobre la República, ni muy distinta de lo que pensaban en el PSOE el obrerista honrado Besteiro, el astuto oportunista Prieto o el sólido y obtuso Largo Caballero.

La diferencia es que la idea de Negrín podía acomodarse a la estrategia socialdemócrata de Besteiro, si no se lo hubieran cargado Prieto y Largo, a la resueltamente bolchevista de Largo, timoneado por Araquistáin y Vayo, o a la etapista u oportunista de Prieto, junto al que estuvo hasta el momento de ocupar su sitio.

Negrín actuó de forma muy inteligente: se unió al grupo que siempre jugó a ganador en las crisis del PSOE, que era el de Prieto. Sin embargo, su idea del socialismo coincidía con la de Stalin al cien por cien, que era además genuinamente leninista, y antes, de Marx y Engels: buscar alianzas hasta acumular las fuerzas necesarias que permitan abandonarlas.

Que Stalin frenó la revolución en España es una solemne bobada: frenó la revolución que no controlaba él, como Lenin saboteó la revolución democrática de Febrero en 1917 y las alternativas socialistas o comunistas de mencheviques, socialistas revolucionarios y anarquistas.

La prioridad de Stalin era la URSS (¡no iba a ser España!) y en primer lugar utilizó nuestra Guerra Civil como una baza en el juego de «¿a quién atacará Hitler primero: a la URSS o a Francia y el Imperio Británico?».

No obstante, aunque esa era su prioridad supo aprovechar la situación del PSOE perfectamente, siempre gracias a Negrín: se hizo secretamente con el oro del Banco de España, de forma que tuvo en su mano, con dinero español, la entrega de armas y, con ello, la dirección de la guerra; y con su Negrín en el gobierno, eliminó en el mejor estilo comunista —terror y mentira, mentira y terror— al POUM y a la CNT-FAI, gracias a la traición de Companys, que se pasó al PSUC.

“Pero aunque Stalin mantuvo, gracias a Negrín, la dirección y la continuidad de la guerra, estratégicamente, se la ganó Franco, poco a poco y partiendo de una inferioridad absoluta, pero arrollándolo en el invierno del 37-38, tras retomar Teruel, llegar al Mediterráneo y conquistar íntegras las industrias del norte, gracias a la traición del PNV, que pactó secretamente no destruirlas. El problema del bando rojo —nada quedó de republicano en el Ejército Popular, que hasta saludaba con el puño en la sien— era que siempre subordinó, desde Moscú y desde todos los partidos del Frente Popular, lo militar a lo político, mientras que Franco, con el apoyo de todo el bando nacional, subordinó lo político a lo militar. Por eso, frente a la incomprensión de Hitler y Stalin, ganó todas las batallas, también la de la propaganda entre los suyos —la única que le importó— tras liberar el Alcázar de Toledo.

Aunque ahora está de moda decir que Franco era tonto, lo cual convierte a sus rivales en tontos de baba, extremo injusto en ambos casos, conviene señalar tres evidencias: fue audaz cuando tuvo que serlo: en el paso del Estrecho, que, gracias a la parálisis de la Armada republicana, estaba ya en marcha y conseguido a medias al llegar los aviones alemanes e italianos. Y fue prudente a partir de entonces, al no estrellar sus tropas en Madrid frente a unas fuerzas tres veces superiores, perdiendo la capacidad de ir sumando a su ejército a la media España que no había votado al Frente Popular. Recordemos que tanto Gil-Robles como Lerroux, las dos grandes fuerzas políticas del centro y la derecha, apoyaron el alzamiento, amén de la Renovación Española de Calvo Sotelo y la Falange de José Antonio. Si Franco era capaz de resistir, esa media España se le uniría y podía ganar.

También, Franco demostró un sentido estratégico que no tenían Hitler y Mussolini, que, en última instancia buscaban triunfos de escaparate, no militares.

Por cierto, conviene recordar que los italianos —los 70.000 voluntarios, muchos militares, del CTV (Corpo di Truppe Volontarie)— se comportaron en combate y en retaguardia infinitamente mejor que las famosas Brigadas Internacionales, cuya brutalidad y cobardía denunciaron sus propios jefes.

El mejor de los jefes militares de las Brigadas, Kléber, lamentaba que las Brigadas no aceptasen que venían a ayudar al ejército y al pueblo españoles, no a brutalizarlos, que se negaban a aprender español, pese a que los españoles llegaron a ser el 60 o 70 por ciento de la tropa, y que los despreciaban siempre. André Marty, «El Carnicero de Albacete», en carta al PC francés, o sea a Eugen Fried, que como muestra la magistral biografía de Kriegel y Courtois (Eugen Fried. Le grand secret du PCF Seuil, 1997) era el que, a la orden de Stalin, dirigía el comunismo francés, describe así esta milicia que, como ha mostrado la apertura de los archivos soviéticos, era un ejército de leva organizado y dirigido por Moscú:

“En España, mezclados con magníficos militantes comunistas, socialistas, antifascistas (…) hemos recibido a muchos centenares de elementos criminales internacionales, y mientras algunos de ellos se han limitado a vivir a sus anchas sin hacer nada ni combatir, muchos han iniciado, aprovechándose de los primeros días, una innumerable serie de delitos abominables: estupros, violencias, robos, homicidios por simple perversión, hurtos, secuestros de personas, etc. No contentos con eso, fomentan sangrientas rebeliones contra las autoridades de Valencia (el gobierno), no ha faltado alguno que se ha dedicado a ser espía de Franco (…). En vista de ello, no he dudado en ordenar las ejecuciones necesarias. Esas ejecuciones, en cuanto han sido dispuestas por mí, no pasan de quinientas.”

Bono, citando a Muñoz Molina, corregía a Marty: «Viajaron a un país que no conocían dispuestos a perder no solo su juventud, sino también, si era preciso, su vida, en defensa de la libertad». Y Zapatero los superaba: «Tomabais partido por la inteligencia contra la ignorancia». O sea, que los brigadistas, algunos «idealistas» con ganas de matar, otros aventureros y morralla del hampa, venían a alfabetizar a los franquistas, que eran todos analfabetos.

Alguna vez deberían aclararse estos propagandistas retrospectivos del bando rojo o republicano: ¿era la libertad burguesa o más bien la revolución comunista lo que defendían las brigadas de Stalin? ¿Se puede defender a la vez la libertad y la supresión de la libertad, la democracia y la negación de la democracia, la libertad de conciencia y las masacres de católicos? Por poder se puede. La izquierda, no solo española, viene haciéndolo desde 1936. ¿Era Stalin la democracia en 1936? De creer a los propagandistas de ayer y hoy, solo un fascista dudaría de que sí.”

Pasaje de

Memoria del comunismo

Federico Jiménez Losantos

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