Una «CHEKA» en La Habana – Pasaje de Memoria del comunismo Federico Jiménez Losantos

Lo primero que hizo Ernesto Guevara en La Habana, después del triunfo de la revolución, fue matar. Instalado en el fortín militar de La Cabaña, su primera tarea fue la dirección de los fusilamientos de presos batistianos.

Durante la guerrilla se habían llevado a cabo ejecuciones por razones disciplinarias o de represión en la retaguardia, pero no solía fusilarse a los militares capturados. Esa fue sin duda una de las razones para que el grueso del ejército de Batista se rindiera sin apenas lucha ante fuerzas irregulares militarmente muy inferiores.

Guevara no tomó La Cabaña por asalto, sino que pidió permiso por teléfono para hacerse cargo de ella al coronel Barquín, favorable a los guerrilleros y que fue quien entregó a él personalmente Columbia a Camilo Cienfuegos. La fortaleza se la entregó personalmente el coronel Varela, recién sacado de la prisión de Isla de Pinos, la misma donde estuvo Fidel Castro, en la que había sido recluido por sus actividades contra Batista. Y al poco de hacerse cargo del sombrío cuartel del siglo XVIII, convertido en prisión, empezaron los fusilamientos.

Pero antes hay tres hechos significativos, que no ocultan sus recientes y brillantes biógrafos: Guevara arenga a los dos mil soldados —tres mil según otros— que se presentan con brazaletes del Movimiento 26 de Julio en La Cabaña y dice a los profesionales que pueden ser un ejemplo de disciplina para sus propios guerrilleros (Taibo, p. 338), pero ante sus oficiales «Guevara no vacila en hablar de Lenin, de marxismo, de octubre de 1917, de la URSS» (Kalfon, p. 269). Y ante la prensa internacional el Che declara: «Llamar comunistas a los que se niegan a someterse, es un viejo truco de los dictadores, el 26 de Julio es un Movimiento democrático» (Taibo, p. 341).

O sea, que Guevara miente sobre sus ideas, miente a todos los que no son de los suyos y se prepara para comenzar de inmediato una represión perfectamente innecesaria, que habían prometido no realizar y que prohibía expresamente la Constitución anulada por Batista y que los revolucionarios prometían restablecer.

Castro declara capital provisional a Santiago de Cuba para evitar que en La Habana se forme un gobierno antibatistiano conciliador. Los fusilamientos de Raúl Castro en Santiago —más de un centenar— horrorizan a los demócratas de la guerrilla y al Directorio Estudiantil Revolucionario, que había llevado el peso de la lucha, del reclutamiento guerrillero y sufrido la represión.

Fidel Castro sigue proclamando su anticomunismo mientras prepara una espectacular entrada en La Habana, verdadero prodigio de manipulación de las masas. Y a la vez, sin perder tiempo, Guevara supervisa los fusilamientos en La Cabaña. Todo, «en esos primeros días candorosos y memorables de la victoria» (Castañeda, 199). ¡Cuánto candor!

Desconocemos si Guevara, al hablar de Lenin y 1917 a los oficiales de La Cabaña les habló de su mano derecha en la ejecución del terror a través de la Cheka: Félix Dzherzinski, «Félix de hierro». Su paralelismo con él es, sin embargo, evidente: los dos son extranjeros, polaco en Rusia el uno y argentino en Cuba el otro; eso les impide aparecer en el primer plano del nuevo poder revolucionario, pero también eso les permite dedicarse a matar rusos o cubanos con mayor frialdad, eficacia y falta de escrúpulos.

No es una venganza pasional, azuzada por disculpables motivos particulares o patrióticos, sino una aniquilación metódica de enemigos reales o posibles.

A Lenin le convino el polaco tanto como a Castro el argentino, los dos compartían una austeridad rayana en el exhibicionismo y una ferocidad en los métodos digna de su fanatismo ideológico. Ambos actúan en la sombra pero desde el principio. Ambos ponen en marcha la pareja inseparable de todo régimen comunista: el terror y la mentira.

Ambos reciben también, a cuenta de sus jefes, la disculpa de los «observadores» de la izquierda democrática. Hoy, la de sus biógrafos. Ayer, en el momento de la toma del poder y la represión inmisericorde, la de firmas no menos prestigiosas.

Escribía Claude Julien en Le Monde: «Las doscientas personas ejecutadas son criminales de derecho común que han matado por sus propias manos». Y Herbert Matthews, distinguido «tonto útil» del comunismo en la guerra de España y al que Castro hizo creer en Sierra Maestra que mandaba a centenares de guerrilleros haciendo desfilar una y otra vez ante él a dos docenas, admitía en The New York Times “seiscientos fusilados criminales de guerra”, pero inmediatamente aseguraba: «No conozco ningún ejemplo de un inocente ejecutado». ¿Conocía ya a algún culpable antes de ser fusilado? ¿Y Claude Julien? Seguramente ni a uno, no digamos a seiscientos, pero había que mentir por la «buena causa». Y mentían.

Sus herederos ideológicos, también. Al cabo, se trata de no poner a la Verdad en el incómodo trance de desvirtuar una bonita postal humanista de la Revolución, con mayúscula. Taibo, Kalfon y Castañeda reconocen que los juicios no tuvieron ninguna garantía jurídica:

«Juicios demasiado rápidos que adolecen de todas las garantías necesarias, claro que los hubo. En Estados Unidos, sobre todo, se levantaron protestas» (Kalfon). Lo que no dice es que las protestas provenían no solo de los batistianos derrotados sino de los antibatistianos exiliados que hacían sus maletas para volver a una Cuba democrática, de los familiares de fusilados sin derecho a juicio y de los propios guerrilleros contra Batista que trataban de implantar una democracia y no un régimen de terror comunista y dictatorial.

También les horrorizaba la publicidad dada a los fusilamientos y que no solo se televisaran ejecuciones sino hasta el tiro de gracia levantándole la tapa de los sesos al fusilado. A esa hazaña dedicó su discutible talento el Che. Todavía muchos lo disculpan.

“Bien es verdad que las disculpas son contradictorias. Por una parte, se asegura que la represión no fue grande, pero la guerra fue muy poquita guerra: entre los dos bandos llegaron a dos mil quinientos muertos en dos años de lucha, evidentemente pocos. Cerca de mil batistianos y unos mil quinientos antibatistianos, según cifras de Barquín, el militar «puro» que ayudó a los alzados a entrar en La Habana sin tener que disparar más que al aire.

Sobre esa cifra y con los principales responsables del régimen huidos, seiscientos fusilados eran muchísimos y sin ninguna necesidad. Al menos para los cubanos.

Los intelectuales de izquierda, como Sartre tras “entrevistarse con el Che, podían escribir: «Se fusila muy poco». A ellos, no. A los enemigos de Castro y el Che, sobre todo revolucionarios, sí; a esos se les fusiló bastante.

En los primeros días de enero del 59 bastaba la denuncia, comprobada o no, de haber pertenecido a alguno de los cuerpos represivos de Batista para ser fusilado. Pero en La Cabaña no se trató de venganzas incontroladas, sino de la eliminación sistemática, tras juicio sumarísimo, de militares y civiles ya rendidos. Las acusaciones solían ser de torturas a detenidos revolucionarios, pero es difícil discernir las ciertas de las dudosas y las falsas porque no hubo garantías legales para los juzgados.

El gobierno de Castro eliminó por decreto la prohibición de la pena de muerte que estaba en la Constitución de 1940, precisamente la que había prometido restaurar. Y desde entonces la aplicó por motivos políticos junto a diversas formas de tortura.

El Che supervisaba todo el proceso represivo, tanto los fusilamientos como las torturas y las inhumanas condiciones de encarcelamiento de los presos. Los engavetados, llamados así por estar encerrados en celdas pequeñas como cajones, sin luz y sin sumidero para sus detritos, podían correr también la dudosa suerte de ser fusilados con salvas, método de castigo que ya había empleado el Che y del que presume en Pasajes de la guerra revolucionaria, que creó tradición en el aparato represivo cubano. ¿Qué siente el agraciado con esa especie de lotería macabra? Un ex-preso político de Castro la relata así:

A las cuatro de la mañana nos sacaron, nos amarraron los pies, y me llevaron a mí primero al campo de tiro de San Juan. Me unieron al «palo» (de fusilamiento) por las esposas a la espalda, me pusieron un esparadrapo para que no gritara y me «fusilaron» con balas de salva (…). No sabía qué pasaba, no podía saber qué pasaba. Sí recuerdo que la lengua se me cuarteó, y parece que le di un fuerte apretón con los dientes al oír los disparos, y me la destrocé, aunque no sentía dolor en ese momento. Tuve una sed insaciable durante varios días. La boca permanentemente reseca. Tomaba agua y agua y como que me hinchaba pero no se me quitaba la sed, produciendo una saliva espesa, como espuma, y la boca pastosa. Y durante días, muchos días, estuve como un bobo en la celda. No entendía nada. Vaya, sabía que aún estaba vivo, claro, pero no pensaba en un truco, sino en un error, un fallo, qué sé yo, y que volverían de nuevo a intentarlo. No se puede descansar, y los recuerdos dando vueltas, en espera del fusilamiento definitivo.

Las detenciones arbitrarias, los malos tratos, las torturas y fusilamientos no se limitaron a los batistianos acusados, con razón o no, de haber sido torturadores. En realidad, desde enero de 1959 se trató aún peor a los revolucionarios democráticos y a cualquier disidente de la línea cambiante pero siempre obligatoria de Fidel Castro. Guevara tiene el dudoso honor de haber sido el Dzerzhinski del Lenin caribeño, incluyendo en su condición de chequista mayor, algo que su predecesor apreciaba mucho: la apostura física, la belleza masculina. «Los buenos mozos», «los guapos chicos» llamaba Isaak Babel a los chequistas, cuya saga novelesca había empezado a escribir cuando sus modelos literarios lo detuvieron, encarcelaron y torturaron, le hicieron firmar diversas «confesiones» de «crímenes contrarrevolucionarios» y, finalmente, le volaron la cabeza en la Lubianka con el revólver reglamentario.

Pero ningún «guapo» de ninguna Cheka —luego GPU, NKVD y KGB en la URSS, Stasi en Alemania Oriental “Securitate en Rumanía, Seguridad del Estado en la Cuba castrista, etcétera— ha igualado en apostura al Che, salvo acaso Ramón Mercader, el asesino de Trotski por orden de Stalin, con el que Guevara guardaba sorprendente semejanza en su juventud y cuyos caminos se cruzaron en La Habana de 1960. Por allí pasó Mercader, protegido por el régimen castrista, al salir de la prisión mejicana camino de Moscú. Y en Cuba murió en 1978, trabajando para el Ministerio del Interior como asesor para «operaciones especiales».

Pasaje de:

Memoria del comunismo

Federico Jiménez Losantos

Un comentario en “Una «CHEKA» en La Habana – Pasaje de Memoria del comunismo Federico Jiménez Losantos

  1. Resulta curioso como hay muchos españoles que llevan camisetas con la cara y boina del Che y que llaman fachas a los que llevan una camiseta o pulsera de España.

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