Del Austria de Mises a la España de Juan de Mariana – Pasaje de Memoria del comunismo / Federico Jiménez Losantos

Cuando, en 1918, Lenin firmó el Pacto de Brest-Litovsk, que entregaba un tercio de Rusia al káiser, liberó de sus obligaciones militares al profesor Ludwig von Mises, nacido en un rincón del Imperio Austrohúngaro llamado Lemberg y, hoy, dentro de Ucrania, Lvov. Mises pasó cuatro años en el frente ruso, interrumpiendo una brillante carrera universitaria en la ciudad que, hasta la Primera Guerra Mundial, era, sin duda, el centro de reflexión económica más importante del mundo: Viena.

Hasta el comienzo de la Guerra que supuso el fin del Imperio Austrohúngaro y de toda la asombrosa época que Stephan Zweig salvó para la posteridad con el título El mundo de ayer, Mises, antes de cumplir los treinta años, había publicado su Teoría del dinero y el crédito, en la estela de Menger, creador de la llamada Escuela Austríaca y su brillante continuador, prematuramente desaparecido, Bohm-Bawerk. Probablemente, sin la guerra, nos habríamos ahorrado cien años de comunismo y de plomazos económicos marxistas, ridiculizados por la escuela vienesa.

Pero hubo guerra. Y como las desgracias nunca vienen solas, el liberalismo fue doblemente aplastado: en la práctica política y en la teoría económica.

A la vuelta de la guerra, Mises se puso febrilmente a escribir y en 1922 publicó un libro, El Socialismo (1922), que sigue siendo la mejor refutación económica y sociológica del sistema soviético de Lenin, pero también la mejor prueba de la debilidad política del liberalismo académico.

El efecto del libro en la élite intelectual de la Viena de posguerra fue extraordinario. Un joven socialista llamado Friedrich Von Hayek, que tenía a Mises por un simple “profesor retraído” lo contó así en el prólogo de 1978:

Sentíamos que la civilización en la que nos habíamos criado se había derrumbado. Estábamos decididos a construir un mundo mejor, y este deseo de reconstruir la sociedad fue el que nos condujo a muchos al estudio de la economía. El socialismo prometía satisfacer nuestras esperanzas de conseguir un mundo más racional y justo. Y entonces llegó este libro. Nuestras esperanzas se desvanecieron. El Socialismo nos decía que estábamos buscando nuestras mejoras en una dirección equivocada. (Mises, 2003).

Hay que insistir en el hecho de que Mises escribe El Socialismo al mismo tiempo que Lenin está implantando el régimen bolchevique, que lo publica en 1922, antes de que sufriera su primer derrame cerebral, y lo había terminado en 1921, cuando Lenin estaba en posesión de todas sus facultades físicas e intelectuales.

También que la reflexión de Mises no se basa en los testimonios de las víctimas políticas de la naciente tiranía comunista, sino en el análisis teórico de un sistema sin precedentes históricos. Y que no sigue un relato histórico del fulminante proceso de liquidación de la propiedad privada que hoy conocemos mejor, sino que aborda la idea misma de socialismo, de la que Lenin no es árbol —salvo para ahorcar gente— sino paradójica rama que permite revivir el marxismo seco.

Nunca doctrina alguna obtuvo en la historia un triunfo tan rápido ni “tan completo. A menudo se desconoce la amplitud y duración de su éxito, porque estamos acostumbrados a no considerar como marxistas sino a los inscritos en partidos marxistas (…) quienes se han dedicado a observar a la letra las doctrinas de Marx y Engels y a interpretarlas conforme a las interpretaciones que les da la secta y a considerarles como la suma de toda ciencia social y como norma suprema de acción política. Pero si se designara con el nombre de marxistas a todos los que admiten el pensamiento condicionado por el espíritu de clase, la inevitabilidad del socialismo, el carácter no científico de los estudios sobre la naturaleza y el funcionamiento de la sociedad socialista, se encontrarían muy pocos individuos no marxistas al este del Rin, y bastantes más amigos que adversarios del marxismo en Europa Occidental y los Estados Unidos.

¿Cuál es la base, según Mises, del éxito del marxismo?”

El éxito incomparable del marxismo se debe al hecho de que promete realizar los sueños y viejos deseos de la humanidad y saciar sus resentimientos innatos. Promete el paraíso terrenal, una Jauja llena de felicidades y de goces, y el regalo más apetitoso para los desheredados: la humillación de todos aquellos que son más fuertes y mejores que la multitud. Enseña cómo eliminar la lógica y el pensamiento, debido a que hacen ver la estupidez de tales sueños de felicidad y venganza. El marxismo es la más radical reacción contra el dominio del pensamiento científico sobre la vida y la acción establecido por el racionalismo (…). Por otro lado, su principio más notable es la prohibición de pensar e investigar científicamente la organización y el funcionamiento de la economía socialista. (Mises, 2003).

A diferencia de los «revisionistas» Bernstein y Kautski, albaceas de Engels, o de los comunistas espartaquistas como Rosa Luxemburgo, Mises no tiene dudas sobre la filiación marxista del leninismo, porque Marx y Lenin comparten una misma esquizofrenia: aseguran que el advenimiento del socialismo es científicamente inevitable y que cualquier interferencia en la mejora de los derechos de los trabajadores es, por ineficiente, indeseable; pero, al tiempo, desarrollan una actividad política frenética y proclaman la necesidad de que la lucha de clases se convierta en guerra civil.

La Comuna de París fracasa, según Marx, por no haberse atrevido a implantar el Terror al estilo de Robespierre (sí lo predicaron e intentaron, pero a Marx le parece poco) y llevar la guerra civil hasta el último rincón de Francia. Lenin basa en ese análisis, al que vuelve muchas veces entre 1905 y 1917, su justificación de la guerra civil como estrategia y del terror rojo como único instrumento para llegar a ese socialismo que, en cualquier caso, Marx y Lenin consideran científicamente inevitable. Pero, si lo es, ¿para qué es necesario el terror, que cuesta infinitas vidas y mueve a las víctimas a resistir, en vez de esperar que la historia lo imponga? Ni Marx ni Lenin lo explican. La razón es que les gusta matar.

Pero en los años 1919-1921, el análisis de Mises sobre el régimen leninista no se basaba en datos que él y casi todos sus coetáneos ignoraban. No hay referencias a lo que la izquierda y la derecha perseguidas estaban denunciando desde el principio sobre la destrucción minuciosa del orden económico, ni tampoco al terror rojo, del que los bolcheviques de 1917 todavía se jactaban, aunque luego lo ocultaron o negaron categóricamente.

Sin embargo, en la «Conclusión», titulada «El papel histórico del socialismo moderno», Mises entiende que estamos ante un fenómeno apocalíptico:

Si el socialismo continúa ejerciendo su dominio sobre los espíritus, no tardará en derrumbarse “todo el sistema de cooperación de la cultura europea, laboriosamente edificada en el transcurso de siglos. Porque el orden socialista es irrealizable. Todos los esfuerzos que se hacen para instaurarlo conducen a la destrucción de la sociedad. Las fábricas, las minas, los ferrocarriles, se paralizarán; las ciudades quedarán desiertas. La población de las ciudades está condenada a morir o emigrar. El campesino retornará a la economía doméstica autárquica. Sin propiedad privada de los medios de producción solo existirá a la larga una producción al día para las necesidades personales del individuo.

Insistimos en que, al redactar el libro, Mises seguramente desconocía datos tan esenciales en la implantación de la dictadura leninista como la expropiación de todos los bienes (privados e institucionales, como los de la Iglesia y el zar), el despido de los jueces, la anulación del valor del dinero mediante la inflación, la caída de la población de Petrogrado a la mitad o la quema de cosechas y reses por los campesinos, que rechazaban el «papel pintado» de la Cheka. Pero acertaba al asegurar la imposibilidad de que el socialismo funcionara, ni tras la forzada marcha atrás de Lenin en la NEP, que ya anunció como «temporal», ni tras el nuevo «salto adelante» de la industrialización forzosa y la criminal deskulakización de Stalin.

Era el sistema, el que, sin mercado libre ni precios reales, privaba de cualquier posibilidad de cálculo económico a los particulares y al propio Estado. Eso es lo que lo convertía en ruinoso, y para el racionalista Mises en imposible.

El sistema solo podía mantenerse temporalmente —y Mises tampoco podía conocer entonces a Willi Münzenberg— mediante la propaganda y una ciega agitación intelectual. Anticipándose varias décadas al Opio de los intelectuales de Raymond Aron, dice Mises:

Los bolcheviques no dejan de repetir que la religión es el opio del pueblo. Lo cierto, sin embargo, es que el marxismo es el opio de la alta clase intelectual, de quienes podrían pensar y a quienes desea mantener al margen del pensamiento.

Y esa voluntad la imponen «los matones de la literatura del odio»:

Aquel que participa en la lucha en favor de las medidas socialistas pasa por ser amigo del bien, de lo noble, de lo moral, por campeón desinteresado de una reforma necesaria; en pocas palabras, pasa por hombre que sirve a su pueblo y a la humanidad entera y, por encima de todo, por sabio intrépido y verdadero. Aquel que llega a estudiar el socialismo con criterio científico es proscrito como defensor de malos principios, como malhechor, mercenario a sueldo de los intereses particulares, egoístas, de una clase social nociva para el bien público, como ignorante. Porque —y esto es lo curioso de en tal manera de pensar— las conclusiones de la indagación, esto es, si el socialismo o el capitalismo sirve mejor al bien público, están decididas desde el principio como cosa resuelta, por un acto de fe puro y simple en favor del socialismo y en reprobación del capitalismo.

En las tres ediciones de El Socialismo (1922, el prólogo de 1932 y el epílogo de 1947) Mises vuelve una y otra vez al que considera el factor básico en la fuerza del socialismo, pese al desastre económico que trae su implantación: el empeño de la mayoría de los intelectuales en propagarlo. Pero es asombrosa la forma en que se define a sí mismo y a su tarea:

Mi libro es una investigación científica y no una obra de disputa política. En cuanto ha sido posible, esquivo deliberadamente tratar cuestiones económicas de actualidad y discutir la política de los gobiernos y los partidos, con objeto de consagrarme al estudio de los problemas de principio. Sin embargo, creo que precisamente de este modo trato de preparar, para la política de los últimos años y todavía más para la de mañana una base seria de observación y de conocimiento. Quien haya pensado y repensado, desde el punto de vista crítico, las ideas socialistas en todas sus consecuencias, es el único que se halla capacitado para comprender lo que sucede en nuestro derredor (p. 29).

¿Cabe mayor contradicción que decir que El socialismo «no es un libro de disputa política» y que trata de «preparar la política de mañana». ¿Qué mañana, si el mañana era ya el hoy de Stalin, heredero y continuador del Lenin cuyo sistema ataca desde 1922? Mises muestra una gran sutileza al criticar el uso fetichista de ciertas palabras en Marx que, como el de revolución, se convierte en el concepto que a sus exegetas les conviene en cada momento. Pero Mises tiene sus propios fetiches:

serio, profundo, científico… de los que presume siempre pero muchas veces prescinde. Ya suponemos que su análisis será tan serio y profundo como pueda. Lo que repele es verlo atrincherarse en La Ciencia Económica, con mayúsculas, para eludir la política, con minúsculas… que, al final, no puede eludir. Nos parece estar viendo a Mises, llevándose la contraria a sí mismo, al leerle:

Sé muy bien que puede tener la apariencia de un acto incomprensible pretender hoy, por medio de una demostración lógica, convencer a los adeptos de la idea socialista del absurdo y de la locura que entrañan sus concepciones. Sé muy bien que no quieren oír, que no quieren ver y que, sobre todo, no quieren pensar, inaccesibles a todo argumento. Pero están formándose formándose nuevas generaciones, con la inteligencia y los ojos muy despiertos. Ellas considerarán las cosas sin parcialidad, sin sesgado partidismo, para obrar según su leal saber y entender. Este libro se dedica a ellas (p. 31).

Faltaba solo un año para la llegada de Hitler al poder. Pero en las elecciones de 1930 el partido nacionalsocialista había sido la segunda fuerza, y el comunista, la tercera. Y las «nuevas generaciones» austríacas, a excepción del socialista Hayek, acogieron con entusiasmo… el Anschluss ¿En qué basaba Mises la alta consideración de su obra, que la merecía, y su eficacia política en las jóvenes generaciones, que ni buscaba ni podía tener? En esto:

Las ideas pueden vencerse únicamente con las ideas. Solo los principios del capitalismo y del liberalismo pueden triunfar contra el socialismo. Solo la lucha de las ideas puede permitir que se llegue a una decisión.

El liberalismo y el capitalismo apelan a la fría razón. Proceden con estricta lógica y evitan deliberadamente cualquier apelación a los sentimientos. El socialismo, por el contrario, trata de obrar suscitando pasiones. Busca violentar la reflexión lógica excitando un sentido de interés personal y procura acallar la voz de la razón despertando los instintos más primitivos. Este método parece dar ya ventaja al socialismo en lo que respecta los hombres de un nivel intelectual superior, que son la minoría capaz de reflexión individual.

Pero si la gran mayoría de los intelectuales se empeña en propagar el socialismo, ¿debemos deducir que solo Mises, minoría de uno, se le opone?

Es un error pensar que las experiencias desgraciadas hechas con el socialismo pueden ayudar a vencerlo. Los hechos mismos no bastan para probar o refutar nada; todo depende de la interpretación que se les dé, esto es, de las ideas y de las teorías.

El socialismo ve hambrientos, desocupados, ricos, y ejerce una crítica fragmentaria; el liberalismo jamás pierde de vista el conjunto y la interdependencia de los fenómenos. Sabe que la propiedad privada de los medios de producción no es capaz de transformar el mundo en un paraíso. Se ha limitado siempre a sostener que la sociedad socialista es irrealizable y, por tanto, menos apta que la sociedad capitalista para asegurar a todos el bienestar.

Los partidarios del socialismo continuarán atribuyendo a la propiedad privada todos los males de este mundo y esperando esa doctrina de salvación. Sus partidarios imputan los fracasos del socialismo ruso a todas las causas posibles, menos a la insuficiencia del sistema. Desde su punto de vista, el capitalismo es el único responsable de las miserias que ha sufrido el mundo durante el curso de los últimos años. Solo ven lo que quieren ver y fingen ignorar lo que pudiese contradecir su teoría.

Supongamos que eso fuera cierto, que no lo es, porque jóvenes como Hayek abandonan el socialismo al leer los argumentos de Mises contra su eficacia para proporcionar un mayor bienestar a los más humildes, es decir para ser moralmente defendible. Pero, ¿y en qué queda la experiencia de las víctimas corrientes, molientes y molidas del socialismo? Diríase que Mises se ve como un Wellington sin ejército en Waterloo frente a Napoleón Ilich, con las infinitas tropas intelectuales socialistas, De ahí su condescendencia:

Ciertos pueblos han emprendido la tarea de poner en práctica, de un solo golpe y hasta sus más extremas consecuencias, el programa socialista. El bolchevismo ruso ha realizado a nuestra vista una obra cuya significación puede discutirse, pero que, aunque no fuese por otra razón que su propósito grandioso, se contará entre los acontecimientos más notables que ha registrado la historia. En otras partes no se ha ido tan lejos. En los demás pueblos, la ejecución de los planes socialistas se ha visto entorpecida únicamente por las contradicciones internas del socialismo y por la imposibilidad de su realización.

Pero esto es, sencillamente, falso. El pueblo ruso y todos sus partidos políticos representativos se opuso al «grandioso propósito» bolchevique y sufrió por ello una represión brutal. Lenin, entre la Cheka y la hambruna, había asesinado a más de cinco millones de rusos en 1922, cuando sale el libro de Mises, precisamente porque los rusos no aceptaban el socialismo.

Y el socialdemócrata Kautski, tan despreciado, era el que más estaba luchando en favor de esos heroicos opositores a la dictadura leninista. No es de recibo que cuando se distingue, como hace Mises muy acertadamente, entre socialismo e intervencionismo, colocando a este último dentro de una economía de mercado mientras el comunismo la destruye por principio, no recuerde una diferencia fundamental entre el socialismo intervencionista y el comunismo: el asesinato de masas. Si el comienzo del libro buscaba con su ditirambo a Lenin la captatio benevolentiae de la oratoria clásica, la más mínima consideración moral debería buscarla entre esos lectores socialistas que, con Kautski, apoyaban a las víctimas de la Cheka y el Ejército Rojo. Pero uno tiene a veces la impresión de que a Mises le molesta más el error teórico socialista que los verdaderos crímenes para implantar el socialismo.

Se trata de un déficit puramente moral. Porque Mises ve claramente la tiranía comunista en Rusia y el futuro de sus intelectuales vanguardistas:

La estatización de la vida intelectual, que el socialismo tiene que contemplar, haría imposible cualquier progreso intelectual. Cabe engañarse quizás sobre el alcance de este sistema, porque en Rusia ha tenido éxito para afianzar el predominio de nuevas tendencias artísticas. Pero los innovadores existían antes de que el régimen soviético llegara al poder. Si se han adherido al mismo, es porque esperaban que, al darle ánimos, el nuevo régimen aseguraría su consagración. Se trata de saber si las nuevas escuelas que surjan podrán desplazar a los que actualmente dominan (p. 196).

También se muestra sumamente perspicaz al ver que la libertad sexual que predica el socialismo es el atractivo más poderoso para la juventud. Son notables las páginas dedicadas a la liberación de la mujer, a partir del libro más vendido de la época: La mujer y el socialismo, de August Bebel, una especie de La perfecta casada para Lenin, que en él halló el argumentario moral, reciamente bolchevique, para compartir los cuidados de su celosa esposa Krupskáia y su devota amante Inés Armand.

Pasaje de

Memoria del comunismo

Federico Jiménez Losantos

2 comentarios en “Del Austria de Mises a la España de Juan de Mariana – Pasaje de Memoria del comunismo / Federico Jiménez Losantos

  1. No olvidemos que el comunismo fue inventado y ha sido propulsado internacionalmente por la orden de los Jesuitas:
    1. Ellos lo inventaron, ensayaron y perfeccionaron en las Reducciones paraguayas de indios guaraníes.

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  2. Ellos se lo inculcaron a Marx en Londres según reveló el ex-jesuita español Alberto Rivera (que por cierto, pagó con su vida el revelar estos secretos)
    Ellos apoyaron a Lenin a través de la familia Rothschild y banqueros afiliados a esta familia en Nueva York
    Los jesuitas han esparcido la idelogía de la liberación por toda Latinoamérica, apoyando movimientos como los sandinistas, y las FARC, que han creado un derramamiento de sangre aberrante en esas tierras.
    Los Jesuitas estuvieron detrás de Fidel Castro apoyando su revolución.
    Los Jesuitas están detrás del movimiento bolivariano de Chavez/Maduro en Venezuela.

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