Había una vez veinte familias (El telar insolidario catalán) – @EugeniodOrs_

Hilo certerisimo de @EugeniodOrs_

Había una vez veinte familias que vivían en veinte casas cercanas. Se pusieron de acuerdo y compraron, entre todas, toda la finca que ocupaban. Cada una se hizo su parcelita, pero dejando claro que el terreno era de todos.

Los niños de una casa jugaban en la del vecino. Las naranjas de un jardín las podían coger todos. El río que pasaba por una parcela abastecía el lavadero donde todos lavaban la ropa. El terreno era de todos porque todos habían pagado lo mismo. Y todo iba bien.

Para administrar los recibos de la finca, el mantenimiento, el jardinero, la luz, etc., decidieron votar que una de las casas centralizara toda la gestión. Todos pagaban el mismo dinero, de forma que todos aportaban por igual.

Se llevaban tan bien que no solo compartían el terreno. También se abastecían entre sus propios negocios. El pan, la leche, la carne, la ropa, lo compraban en los comercios de las familias de la finca. Todo iba bien. Todos ganaban.

También decidieron diversificar los trabajos y los negocios, para que entre todos pudieran cubrir casi todos los bienes. Así, una casa fue la encargada de cultivar pepinos, porque su parte era muy seca. Otra cultivaba naranjas, al estar en una zona más fértil.

Otra se dedicaba a hacer productos de madera, otra tenía ganado, otra tenía la escuela, en otra tejían telas… Todos aportaban bienes, algunos con más valor que otros, pero eso no importaba porque en realidad todos eran importantes. ¡Los pepinos estaban buenísimos!

Los bienes que les sobraban los vendían al resto de la gente del pueblo. Claro, como los bienes tenían distinto valor, enseguida comenzaron los desequilibrios entre las casas. Pero lo resolvieron rápido. Decidieron que los que producían bienes de más valor, aportaran más.

Nadie se quejó, porque era lógico. La casa de las telas era la que más ganaba, así que se convirtió en la que más aportaba. Aún así, todavía podía ahorrar mucho dinero, porque las telas eran muy bonitas y muy caras. Hasta que un día ocurrió algo inesperado.

Un vecino de un pueblo aledaño abrió un comercio de telas. Eran tan bonitas como las de la casa de las telas, pero sobre todo eran más baratas. Claro, los vecinos de la finca empezaron a comprar telas al nuevo comercio. El de la casa de las telas no tardó en quejarse, obvio.

Se reunieron todos y decidieron prohibir comprarle las telas al nuevo vecino. Solo se podían comprar telas a la casa de las telas. A cambio, su aportación a la comunidad debería aumentar, ya que el resto de las casas se empobrecía un poco al no poder comprar telas más baratas.

Y así fueron pasando los años, y los desequilibrios siguieron aumentando. Y claro, el de los pepinos casi no pagaba nada a la casa central, porque era muy humilde, y en cambio el de las telas pagaba mucho, porque era el más rico.

Hasta que un día el de las telas comenzó a quejarse. Dijo que no era justo que él pagase tanto. Que la razón de su riqueza era que trabajaba mucho y que los demás no trabajaban tanto. Y que todos se beneficiaban de su trabajo. Que estaba harto.

Le intentaron explicar que eso no era así. Que era rico porque decidieron comprarle las telas solo a él. Y que todos se habían repartido los bienes que producían según las características del terreno. Él hacía telas porque en su parcela había un río que hacía mover el molino.

Pero el de las telas estaba muy enfadado. Decía que todo se gestionaba fatal, que él tenía que recibir más servicios porque pagaba mucho. Y que le iría mejor si no tuviera que pagar nada y se lo gestionara todo él. Que se quería separar de la finca.

El resto de las casas le explicaron que eso era imposible. Que su parcela no le pertenecía porque era de todos. Que el río que pasaba por su jardín era de todos. Que la propiedad era indivisible, porque su parcela no era solo suya. Aunque tuviera un pequeño cercado.

Pues el de las telas que no y que no. Que iba a hacer el cercado más alto para que no pudieran pasar. Además, los mayores explicaron a los hijos que en realidad esa parcela había sido siempre suya y que fueron los otros los que llegaron y se la apropiaron.

Y que lo único que querían era su dinero, que en realidad les odiaban. Que les tenían envidia por ser ricos. Claro, los hijos se lo creyeron todo, ¿por qué les iban a mentir sus padres? Así que dejaron de jugar con los otros niños.

Y no solo dejaron de jugar, también comenzaron a odiarlos. Los otros niños no sabían por qué, pero ya era tarde. Los padres de la casa de las telas habían inoculado el odio a sus hijos con mentiras. Solo algunos de eso hijos quisieron hablar con los otros niños.

Y los otros niños les explicaron la verdad. Así que se desengañaron de sus padres. La consecuencia fue que a ellos los empezaron a odiar también. En su propia casa. Los marginaban, los insultaban, y ellos se intentaban defender hablando. Pero era imposible.

Desde la casa central se decidió que para calmar los ánimos, la casa de las telas no pagara tanto y recibiera más servicios. Injusto para el resto. Pero el odio no se apagaba con dinero. Y por mucho que recibieran, seguían odiando al resto.

Ellos lo único que querían era marcharse, por lo que incitaron a sus hijos más rebeldes a que boicotearan los servicios y amedrentaran al resto de los niños como medida de presión. El asunto llegó a tomar tal envergadura que se decidió llamar a un juez para que decidiera.

Y el juez, por lo pronto, decidió encarcelar a los padres que no paraban de inocular odio y se habían saltado las normas. Ahora el trabajo se tenía que centrar en explicar a los niños que sus padres les habían mentido. Tenían que hacerlo para que pudieran volver a ser felices.

Poco a poco se fue consiguiendo. Siempre quedaba algún nostálgico que intentaba volverlos a engañar, pero ya estaba curados contra el virus de la mentira. Así que todo volvió a la normalidad, y al sano equilibrio que había reinado en la finca hacía tiempo.

Así que cuando vuestros hijos os pregunten sobre el problema catalán, podéis explicarles esta historia. El final es un deseo, más que una realidad.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Hilo en twitter

Un comentario en “Había una vez veinte familias (El telar insolidario catalán) – @EugeniodOrs_

  1. La verdad, la capacidad que se tiene de simplificar el problema catalán y tregirversalo me deja anonadado. Al autor del cuento “moralejo/educativo” o panfleto simplicista me gustaría conocerlo y poder hablarlo cara a cara. Pués, o es una persona que cobra para escribir, por decirlo de alguna manera, textos anticatalanistas a jornada completa(un mercenerio de la pluma, vamos a decirlo así) o es una persona desconocedora de una realidad y que el odio y la rabía lo corroen a partes iguales. Pero para que no se note mucho lo viste de fabula y exquisito lenguaje, aunque la bilis y el rencor se percibe en el conjunto, por no decir la malaleche y el rencor(perdón por esta licencia realista). Dicho esto, me considero que con el insulto y la mentira no se va a ninguna parte, y como independentista “medio” y masoquista perpetuo, sigo buscando en todas las páginas de la propaganda unionista/constitucionalista/españolista un atisbo de autocrítica, algo que me haga pensar que, como han hecho muchos independentistas, un acto de contricción y decir que se equivocaron en algunas decisiones de un camino largo y tortuoso dentro de la defensa de sus ideales, algunos españoles que defienden la unidad hayan creido que se hicieron mal. Pero lo único que encuentro en sus crítitcas es ahondar más en el odio, en decir que poca estopa se les dió a los catalanes, como si España no haya comprendido que un problema no se soluciona a lo bruto a cañonazos o con más represión. ¿Verdaderamente no hay nadie listo en ver que ese no es el camino? ¿Que las colonias de ultramar se perdieron todas por no saber, o ver, hasta cuando se podía ordeñar una cosa sin que hubiera un levantamiento? Que este mal llamado “problema catalán”, ya se repitió en los años 30 del siglo XX, a finales dels s XIX con el general Prim, en el siglo XVII, y así en la noche de los tiempos?? Que el general Espartero dijo que Barcelona se la tenía que bombardear cada 50 años, para mantener a los catalanes atemorizados. Cabe decir que por suerte hoy en día, en el 2019, sería un pelín dificil justificar ese bombardeo, más que nada por lo que dirían en el resto del mundo, jaja.

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