Juan Velarde: “Las comunidades autónomas han roto el mercado español” – David Lema / El Mundo

  • Presidente de Honor de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, institución que dirigió los últimos tres años, Juan Velarde ha sido catedrático de Estructura e Instituciones Económicas y de Economía Aplicada
  • Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, pertenece a la primera promoción de economistas de la Facultad de CCPP y Económicas de la Universidad de Madrid
  • Entre su inabarcable cantidad de libros y artículos caben destacar ‘Cien años de economía española’ (Encuentro, 2009) o ‘Gibraltar y su Campo’ (Ariel, 1970), merecedor del Premio Nacional de Ensayo


DAVID LEMA

19 ENE. 2019 02:08

De memoria prodigiosa, Velarde (Salas, 1927) adereza cada argumento con lúcidas anéctodas. Quizá rodeando la respuesta más directa. O quizá no. Testigo del gran cambio (Encuentro, 2016), sus memorias dialogadas proyectan un hombre cuyas ideas políticas le llevaron a la Falange, desde donde defendió contra lo estipulado la apertura económica, ese gran cambio del que fue testigo activo. Persona afecta al régimen, “sí, pero críticamente, para mejorarlo y mejorar España”, era consciente de que una revolución económica de tal magnitud implicaría un nuevo tiempo político. Autodefinido como un religioso radical y absolutamente laico, sorprende su obra El libertino y el nacimiento del capitalismo (La esfera de los libros, 2006), donde profundiza en el papel de la masonería en la economía mundial. Su experiencia en la Administración rebasa el espacio en estas líneas disponible. Destaquemos, por ejemplo, su periplo en el Tribunal de Cuentas…

… donde ejerció como consejero 22 años. ¿Lo considera un órgano politizado?

Cuando uno discrepa de lo que se aprueba en el Tribunal, emite un voto particular, que va al Congreso. Si ahí los diputados se encogen de hombros, allá ellos. Aunque yo viví un caso curioso: el presidente se las arregló para que un voto particular mío se perdiese por los caminos administrativos. Ni aparecía en el Boletín Oficial del Congreso. Entonces no estábamos autorizados para imprimirlo, pero estaba enfadado y lo publiqué con un trabajo que no tenía nada que ver. Fue sobre un caso especial: el Filesa.

¿Por qué otorga tanta relevancia al papel de la Iglesia en el proceso de modernización económica?

Cuando una autoridad eclesiástica propone cuestiones acertadas desde el punto de vista técnico hay que decirlo. Al igual que digo que eso de la doctrina social de la Iglesia no sirve para nada. Pero Juan Pablo II dio el giro y acertó: sus documentos están muy bien elaborados. Lo más importante fue admitir el mercado libre. Algo que le llega a la Iglesia a través de la Escuela de Friburgo, un lugar muy vinculado al movimiento católico que, en pleno nacionalsocialismo condena posturas económicas del nacionalsocialismo. En España fue crucial la influencia de [Heinrich von] Stackelberg, al que se traen para aquí porque estaba dentro del tinglado de Canaris. Estaban preparando el golpe contra Hitler y querían que un gran experto en cuestiones de política económica estuviera seguro.

Usted mantiene una relación de amor/odio con el liberalismo: ¿cuáles deben ser sus límites?

Están claros desde el punto de vista de la ciencia económica, que señala que la libertad de mercado es fundamental. Pero siempre recuerdo a Stackelberg diciendo: “La libertad de mercado permite a una persona que derribe un edificio y levante una fábrica delante de la catedral de Colonia. Pues mire usted, de ninguna manera. Porque la catedral es de todos y si levantan una fábrica de cemento delante de ella no se puede disfrutar del edificio”. Es decir: la libertad de mercado es fundamental, está detrás de todos los procesos de desarrollo económico que se han visto, pero ha de tener un freno. Y ese freno es lo social. Llámese la dignidad de la persona, los bienes que son de todos… Ya nos lo explicaba en la facultad [José] Castañeda con la intervención del Estado en el mercado de trabajo.

¿Está ese freno en la Constitución?

Claro. Porque la Constitución defiende la economía de libre mercado y al mismo tiempo una serie de condiciones sociales en las que esta debe encajar.

¿Cuánta vigencia tiene la advertencia que le lanzó el Nobel de Economía Franco Modigliani hace décadas cuando comentaban problemas relativos a las pensiones y a la evolución de la demografía: “¡Vaya bomba de relojería que tienen ustedes!”?

Me lo contó debajo de un templo de Benedicto XIII, el antipapa. Es uno de los grandes temas de este momento y se debe abordar ya, no postergarlo. Mire los datos de Eurostat del 2018 sobre esperanza de vida: estamos a la vanguardia en Europa. Los viejecitos -yo soy uno de ellos [ríe, a sus 91 años]- vivimos mucho más y ahí estamos cobrando nuestra pensión, vamos continuamente al médico… ¿Qué implica esto? Que estamos hablando no solo de las pensiones, sino del gasto farmacéutico, de personal sanitario, etc…

Vivimos más… y nacemos menos.

La desaparición de la natalidad es uno de los problemas principales. Hay que mirar hacia el futuro. Y en este aspecto fomentar la natalidad es esencial. En España ha ocurrido algo bastante elocuente. Mire: en mi larga vida de funcionario recuerdo esto que me soltó un japonés. Estábamos en una reunión de la OCDE en la que cada uno había aportado datos de estructuras demográficas. Y me dice: “¡Qué suerte van a tener ustedes, los españoles!”. “¿Suerte?”, le pregunté. “Sí, claro. Esas cifras… Todavía no ha entrado en la población activa el conjunto de mujeres que ustedes tienen en el país. Ya verá como son mucho más eficaces que los hombres. El empujón que van a tener ahí será notable”, me dijo.

Pero si esa incorporación no está acompañada de unas políticas de conciliación que permitan…

Exactamente. Hay que fomentar que las mujeres puedan tener hijos. No solo porque satisface a aquellas que los quieran tener, afirmación que no puede molestar a nadie, sino porque se trata de una cuestión de compensación social. Mi hija, viuda, pudo sacar adelante cuatro hijos. Pero es notaria, y no todo el mundo es notario.

Antes mencionaba el gasto. Hubo una época en la en que este país se excusaba el alto endeudamiento por el crecimiento económico vivido. Pero esa causa ya no parece ser la actual… ¿Cómo combatir los elefantiásicos niveles de gasto de hoy en día?

Hay que cambiar aspectos fiscales. Y uno de ellos es el lío organizado por las autonomías. Las Comunidades Autónomas han bajado el PIB de España porque han roto el mercado. Las diferencias administrativas entre pueblos fronterizos son increíbles. Las diferentes regulaciones sobre las aperturas de los negocios, los horarios… Y esa ruptura del mercado, ya nos los enseñaba Adam Smith, hunde la actividad económica. Por no mencionar lo carísimas que son las CCAA. España es muy pequeña y ahora que en Europa se han federado los estados, que hay ideas para tener los mismos sistemas tributarios… seguimos viendo que las autonomías tienen cada una un sistema diferente. Esto no puede ser. La unificación del sistema tributario es una exigencia. Pero es que además, como tienen poco dinero a consecuencia, a veces, de que poseen su parcial sistema tributario y recaudan poco, ¡tienen que acudir al Estado! Mire: el Banco Mundial elabora regularmente estudios sobre las barreras administrativas de todos los países del mundo por diferentes sectores. Y hace unos años hicieron uno sobre las Comunidades Autónomas, que llevé al Congreso, por cierto, y ahí se veía cómo mientras en una comunidad era facilísimo conseguir los permisos, por ejemplo, para conseguir electricidad, construir, etc. en otra era complicadísimo. Y así con todo. El mercado español no es único, está roto por todas partes.

Usted votó «no» en el referéndum de la Constitución por las autonomías porque “está latente la posibilidad de que se les pueda transferir todas las competencias del Estado”. ¿Es partidario de su eliminación?

Soy partidario de la recentralización de una serie de cuestiones. Fundamentalmente tendría que recuperarse el control del gasto público en todos los aspectos. Incluyendo las atenciones sociales. La Sanidad debe ser igual en toda España. El sistema de los servicios sociales debe ser igual en toda España. Esencialmente porque pasa a ser más barato. Las autonomías deben estar para ámbitos más pequeños. ¿Que una autonomía quiere dar más clases a niños para, qué se yo, escalar montes? Pues bien. Pero no deben decidir sobre algo que pueda romper el mercado. Por otra parte está el tema del idioma, un capital social homogéneo. Max Weber lo explicó muy bien en el tomo primero de Economía y sociedad basándose en un caso: cómo se separa Flandes del Imperio Asutriaco poniendo en marcha la enseñanza del flamenco frente al alemán. Gracias a eso se logra crear una atmósfera especial, de “somos diferentes”. Y llega la ruptura. La historieta de los idiomas también fragmenta el mercado.

¿Quiere decir que en la Administración sólo se debe atender en castellano? ¿O que en las escuelas no se enseñen las lenguas cooficiales del Estado?

En el romanticismo nacen un catalán y un gallego que crea un renacimiento intelectual muy valioso. Otras veces se restablece un idioma que no tiene nada que ver con las raíces del mundo occidental, como hizo Arana con el vasco. Y hay que aguantarlos, sí, pero manteniendo la unificación desde el punto de vista económico y social. El castellano, el español, se habla en muchos sitios y eso crea una base de igualdad de mercado extraordinaria. Quien quiera por un motivo sentimental puede solicitar que le den una enseñanza en otro idioma. En catalán, por ejemplo. Pero sin arrinconar el idioma común. Cuidado con Weber…

¿Qué le parece que el Senado pueda bloquear el techo de gasto condicionando así un elemento tan sustancial para la actuación de un Gobierno como son los Presupuestos Generales?

El sistema bicameral no es malo. Hace reflexionar más a unos y a otros. Una Cámara debe predominar, y esa es la de todos. Pero que haya otra que pueda accionar una serie de frenos no viene mal. Sin embargo, ciertos asuntos claves debieran depender solo del Congreso. Suelen ser las cuestiones económicas, por la agilidad que requieren: los Presupuestos.

“Para mí la política activa es haber participado en el Congreso de Falange en el año 53 para abandonar el nacionalsidicalismo y adoptar en su lugar un programa de corte socialdemócrata”. ¿Por qué su definición continúa despertando tantos recelos?

Viví la Guerra Civil en Asturias, en la parte occidental, no en las minas. Y observé una situación ya existente resultado del odio colectivo, fruto de ciertos planteamientos políticos, de una serie de desatinos de la segunda república. De pronto odian y asesinan a don José porque era cura. Y encierran a un tío mío porque era muy de derechas. Y el odio se reprodujo año tras año. Y eso hizo que estallase la guerra. En aquel momento, toda una serie de gente joven se sintió entusiasmada por un discurso extraordinariamente atractivo, que era el de José Antonio [Primo de Rivera]. Que desde el punto de vista económico fuese una atrocidad no significa que no fuera ilusionante. [Luis] Olariaga me contaba una anécdota de José Antonio que termina así: “Mi padre no entiende lo que es el mundo universitario. El pegar palos a un estudiante es como si voy por la calle y veo que hay un señor que le pega una bofetada a una señora. Nos ponemos del lado de la señora. Y eso es lo que ocurre con los estudiantes. Y mi padre no acaba de entenderlo”.

Defendió que la Transición debía hacerse con cierto respeto a Franco.

Claro. Porque Franco creó la base para ese conjunto de cambios. Ahí están los trabajos de Fernando Suárez para demostrar cómo lo de las huelgas, lo de los sindicatos… estaba todo admitido por Franco. Mire: tengo una comida con Adolfo Suárez, cuando éste era ministro secretario general del Movimiento, en la que me dice: “Hoy he estado despachando con el generalísimo y me ha dicho: ‘Mire, hay que admitir definitivamente una cosa, los partidos políticos. Pero eso sí, hay que montar el nuestro de tal manera que tiene que ganar'”, hacer propaganda de la UPE.

Ha consumido mucha tinta escribiendo sobre Gibraltar, ¿cree que el contencioso tiene final?

Narciso Perales me enseñó en su casa un documento de adhesión firmado por el regimiento de Gibraltar que Inglaterra había dejado allí durante la Guerra: si las tropas españolas entraban allí, las abrazarían. “En mi testamento tengo dicho que se queme porque todas estas personas tienen familia y las hundiría. Y yo no puedo hacer eso porque soy muy católico”, me dijo. En Gibraltar, de repente deciden armar un paraíso fiscal. Y se crea un foco de actividad financiera impresionante. Los gibraltareños pasan a estar empleados en tinglados con sueldos altísimos. El PIB de Gibraltar es del orden como de EEUU. Pero no solo son los gibraltareños los que trabajan allí, sino todos los ciudadanos de las zonas limítrofes. ¿Quieren que desaparezca Gibraltar en Algeciras? No. ¿En la Línea? En absoluto. La solución debe ser estilo Andorra.

¿Una suerte de estatus económico especial?

Debe darse con una solución sui generis financiera porque si no, toda la zona que está enriquecida… No solo se trata de proteger Gibraltar, sino todo lo que le rodea. Y debería ser una zona de nacionalidad española. También hay que eliminar algo que frena la actividad y el desarrollo de Andalucía: hay una base naval inglesa de primera fila. E Inglaterra tiene poder atómico. Eso hace que en una de las bahías de primer orden mundial se frene su proyección. ¿Quién monta una fábrica al lado de una estación naval militar? Nadie. Y dejando claro que las aguas son españolas. Nunca se cedieron. Lo que se cedió fue la utilidad del puerto.

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