El centro político como catástrofe – Javier Benegas / Disidentia

Mucho se advierte sobre el peligro de la radicalidad, de esos impulsos populistas que, inasequibles a la razón, emergen como una fuerza indómita. No se entiende que habiendo progresado tanto las últimas décadas, el mundo occidental que emergió de la Guerra fría felizmente organizado se vea ahora amenazado por líderes populistas que parecen surgir de la nada.

Pero las cosas no suceden sin motivo. Y los líderes populistas no surgen realmente de la nada, sino de una reactancia social que va en aumento. Se suponía que las ideologías estaban muertas. Y sin embargo no lo estaban. Sólo abandonaron su formalismo para que, líquidas, pudieran inocularse en los estados. Y una vez dentro, bajo la forma de la igualdad y la inclusión, deconstruir la identidad y la cultura mediante un revisionismo exhaustivo de la historia.

Las universidades se han politizado hasta el punto de que el conocimiento como valor académico palidece al lado del activismo

Durante décadas, este revisionismo ha sido animado por periodistas y polemistas, profesores universitarios, académicos y políticos. Las universidades se han politizado hasta el punto de que el conocimiento como valor académico palidece al lado del activismo. También en el cine, la televisión y, en general, el mundo del espectáculo, la función de entretenimiento deja pasó al aleccionamiento como cualidad creativa. Y tenemos la corrección política en todas partes.

En un último asalto, las administraciones invaden el espacio privado con políticas sexuales y de género. Y en poco más de una década, en España, tenemos 18 leyes, una por cada comunidad autónoma y otra por parte del Estado, compitiendo todas para ver cuál es la más expeditiva y despótica.

Pero la tempestad no cesa, sino que arrecia. El torbellino de leyes y reglamentos no surge solo de municipios, administraciones regionales y gobiernos nacionales, también y sobre todo fluye de instituciones transnacionales, foros mundiales y organizaciones globales. En todos los casos el fin es el mismo: supervisar las conductas, costumbres, tradiciones, libertades e, incluso, relaciones íntimas de las personas. Un ejército de técnicos, funcionarios, burócratas, politólogos, sociólogos, expertos en política económica y tecnócratas distribuidos en infinidad de jerarquías que se dedica a detectar deficiencias, desigualdades y malos hábitos.

No es que el ciudadano común no entienda la política, es que no existe genio superdotado que aun a tiempo completo pueda seguir el rastro a una ingeniería social de semejantes dimensiones.

Tal vez todo esto tenga algo que ver con la tensión que se palpa en el ambiente. Y tal vez y sólo tal vez, el spot de Gillette sea algo más que el corolario. Quizá ese vómito creativo sea algo más que la metedura de pata de un departamento de marketing lelo. A lo mejor hasta las corporaciones multinacionales están siendo arrastradas por el vendaval transformador de las políticas inclusivas e igualitarias.

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