El geómetra de los baluartes – Cristina Amanda Tur / Diario de ibiza

El ingeniero que diseñó las murallas renacentistas de Eivissa también planeó fortificar Formentera para expulsar a los piratas que habían establecido su base en s’Espalmador y atacaban desde allí tierras españolas. Giovanni Battista Calvi, el ingeniero de las murallas de Eivissa, estuvo sólo dos veces en la isla y menos de cinco meses en total, pero hizo el trazado de la fortificación y dejó una maqueta en madera para sus maestros de obras.

El 25 de noviembre de 1554 fue una fecha señalada en la historia de las Pitiüses, aunque no figure reflejada en las crónicas. Aquel día, un atemorizado ingeniero militar italiano llamado Giovanni Battista Calvi embarcaba desde Denia hacia la isla de Eivissa con la misión real de revisar y recomponer el obsoleto sistema defensivo de la ciudadela. En realidad, llegaba dos años tarde, porque el italiano evitaba el mar como quien huye de la peste y, a pesar de los deseos del príncipe Felipe, pospuso una y otra vez el viaje a las islas para ocuparse de sus fortificaciones. Siempre tenía a mano la excusa de que prefería dejar otras obras bien encaminadas en Perpiñán, Roses o Barcelona antes de dirigirse a Balears.

Finalmente, el Consejo de Guerra le transmitió instrucciones precisas para que desde Málaga, mientras se encontraba de periplo por el sur, zarpara hacia las islas sin dilacion. Y aún así, un terco Calvi se rebeló a esta orden, recibida en verano, y decidió embarcarse desde Denia para que el viaje fuera más corto y se redujera la probabilidad de toparse con las galeras piratas que infestaban las aguas y que eran, a la sazón, el motivo de su animadversión al mar al mismo tiempo que la razón de que un ingeniero en fortificaciones como él estuviera tan bien valorado que se permitiera contravenir los deseos del rey. Durante el trayecto, a pesar de su precaución, el bergantín en el que Calvi viajaba se topó primero con catorce galeras argelinas de las que los marineros lograron zafarse y, ya al anochecer, avistaron otras cuatro embarcaciones piratas.

Al día siguiente, Calvi contaría estos detalles en una carta dirigida al virrey de Valencia, el duque de Maqueda, una carta en la que aseguraba que sobrevivir había sido «un auténtico milagro». Estaba convencido de que, en la oscuridad, los piratas habían confundido la bandera del bergantín por una enseña aliada y que ello les había librado de un abordaje.

Giovanni Battista Calvi había llegado a Barcelona para trabajar al servicio de la monarquía hispánica probablemente el 2 de junio de 1552, procedente de Génova, y el primer proyecto que inició fue la fortificación de Roses. Nació en Caravaggio, la ciudad de Lombardía que en el siglo siguiente se haría famosa por ser la tierra del pintor Michelangelo Merisi, aunque se desconoce el año de tal nacimiento y los historiadores no se deciden entre 1525 y veinte años antes. Pero lo que realmente vale la pena saber de este lombardo es que llegaba ya a la corte de Carlos V con el aura de un gran ingeniero, el discípulo eminente del arquitecto Antonio Da Sangallo ‘el Joven’ y su supervisor, por ejemplo, en las obras de la fachada del Palazzo Farnese, el palacio de la legendaria familia que dio un papa aristócrata a la historia, que hoy es la embajada de Francia en Roma y con el que Sangallo se erigió en ingeniero jefe de las fortificaciones pontificias.

Una autoridad en fortificaciones modernas

Era Sangallo un arquitecto avanzado a su tiempo, un innovador, pionero en el uso incesante del baluarte como elemento defensivo. Y siguiendo su estela, Giovanni Battista Calvi llegó a España como una gran autoridad en la evolución hacia una fortificación moderna, pensada para acoger piezas de artillería y para ser tan efectiva como para parecerlo.

Tras menos de un día de viaje desde Denia, Calvi, aquel geómetra de la defensa, pisaba Eivissa por primera vez. Frente a él se levantaba una destartalada muralla medieval que había quedado obsoleta cuando, en el paso del siglo XV al XVI, se hizo extensivo el uso de la artillería. Aquella muralla no sólo no estaba preparada para alojar cañones sino que, además, las piedras que la conformaban podían convertirse en mortífera metralla si el enemigo la bombardeaba.

Y, por si ello fuera poco, los habitantes de la ciudad habían construido casas a sus pies aprovechando su solidez y al mismo tiempo debilitándola como defensa. Aquello necesitaba con urgencia la intervención de un ingeniero, y mejor si era italiano; por aquel entonces, nadie como los italianos había avanzado tanto en la construcción de fortalezas. Los monarcas españoles lo sabían tan bien que Carlos V había conseguido a Giovanni Battista Calvi prácticamente a la fuerza tras la toma de Piacenza por la tropa de Francesco Gonzaga.

O cárcel o al servicio de España

El ingeniero trabajaba en la ciudadela de esta localidad del valle del Po cuando, aprovechando que la obra estaba a medias, fue asaltada por el aliado del emperador Carlos, y ante la tesitura de la prisión o poder seguir trabajando, tanto Calvi como el otro ingeniero de Piacenza, Domenico Gianelli, optaron por pasarse al servicio del monarca español. Gianelli siguió en la ciudad asaltada y Calvi aún se quedó cinco años en Italia, ejecutando obras en lugares estratégicos del Imperio en ese país.

Así se explica en la tesis doctoral del doctor en historia del arte Damià Martínez Latorre, titulada ‘Giovan Battista Calvi. Ingeniero de las fortificaciones de Carlos V y Felipe II (1552-1565)’, presentada en el año 2002 en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona. Sobre el temperamento del personaje, dibujado mediante la correspondencia conservada, destaca que era «plenamente renacentista, en la acepción humanista del término, por su talante experimental, polifacético, plenamente capaz de reflexionar y argumentar sobre temas que extralimitaban su profesión de mero ‘arquitecto militar’ en sus funciones, repetidamente asumidas, de consejero militar, político, económico y social».

Volviendo al caso ibicenco, tres años antes de Calvi, el conde Ugo de Cessena ya había estado en la isla para realizar algunos trazados para la mejora de su defensa, pero la muerte de este ingeniero no permitió llevarlos a cabo. Y mientras llegaba Calvi, los jurados ibicencos desobedecieron las órdenes reales de no tocar nada hasta la arribada del ingeniero y encargaron a un maestro de obras mallorquín, de nombre Simón Ballester, iniciar algunas reformas.

Y así, en estas circunstancias y con tal panorama, llegó a la isla quien había de levantar sus murallas, la fortificación que al arquitecto Fernando Cobos le gusta denominar ‘máquina’, en alusión al significado que a la palabra se da en el ‘Tesoro de la lengua castellana’ de Covarrubias (de 1611); la máquina como una «fábrica grande e ingeniosa». Y eso es la fortaleza de Calvi. La fortificación entendida como una máquina militar, que es, de hecho, como se denomina a menudo a los recintos amurallados en la documentación del siglo XVI. «Ibiza es una obra maestra de Calvi». Así de contundente es Cobos, redactor del plan director de las murallas de Eivissa, es decir, el responsable de los trabajos de restauración que se han venido haciendo en la fortificación desde el año 2000.

Murallas excepcionales

«La adaptación al terreno, a la colina, provoca que las murallas ibicencas sean excepcionales», explica, y añade que «la pieza maestra» de tal ingenio, el elemento fundamental, es el baluarte. Y en la isla, los baluartes «se conservan íntegros, son únicos en el mundo y representan uno de los grandes valores de la obra».

La primera estancia de Calvi en la isla duró apenas cuatro meses, porque el 14 de marzo de ese año 1555 embarcaba ya hacia Mallorca para dirigirse a Menorca; construir el castillo de San Felipe, en Maó, era una prioridad para la Corona. Pero el italiano aprovechó bien el tiempo pasado en las Pitiüses, o concretamente en Eivissa, ya que en Formentera había demasiados piratas para su gusto. Y a pesar de que su intención era circunnavegar las dos islas, a la menor de las Pitiüses sólo la observó a cierta distancia y usó las narraciones de los isleños para dibujarla.

Ello queda patente, según explica el historiador del arte, en el mapa que trazó el ingeniero, un primer mapa en el que Eivissa, dibujada con precisión, resulta reconocible, pero en el que Formentera «sale más distorsionada». Calvi realizó dos mapas de Eivissa, conservados en el Archivo de Simancas y en la Biblioteca Nacional, y, según se señala en la tesis, «nunca se había tenido una imagen en papel tan clara y fidedigna del territorio insular ibicenco hasta que Calvi no lo dibujó».

Obras en marcha

En esos cuatro meses, el ingeniero reconoció el territorio y diseñó las murallas, aprovechando el desnivel del terreno y siguiendo, por el exterior, el perímetro de las murallas medievales. Con suma rapidez se realizó el trazado del fuerte, con seis baluartes y sus cortinas, se consiguieron los primeros mil ducados (aportados por particulares) con los que habían de iniciarse los dos primeros baluartes de los seis previstos y se comunicó el envío a la isla de 13.000 libras para el proyecto. En enero las obras ya estaban en marcha. Comenzaron, según las investigaciones de Fernando Cobos, por Sant Jordi y Sant Jaume, los baluartes que miran a es Molins, «la parte más débil» de la ciudadela. Y el tercero de ellos se inició cuando Calvi estaba ya en Mallorca, desde donde informó a la princesa gobernadora de los avances, demostrando que, a pesar de su partida, estaba bien informado de la evolución de la obra.

De hecho, en esa misma carta, aseguraba que el proyecto podría continuar perfectamente sin él. «Había hecho un modelo de madera que reproducía un baluarte a escala, había plantado estacas en el terreno delimitando el contorno que la obra debía seguir y había dejado al cargo de las obras a un capacitadísimo maestro», puede leerse en la tesis de Damià Martínez. El maestro mayor de las obras era Antoni Jaume, quien le mantenía puntualmente informado.

Red de maestros de obra locales

De hecho, el sistema de trabajo de Calvi era el de tejer una red de maestros de obra locales en las plazas en las que trabajaba, a los que formaba en su concepción de la fortaleza artillada y que sabrían tenerle informado cuando ya no pudiera estar en el lugar. Lo cierto es que el italiano se hizo tan imprescindible, primero para Carlos V y luego para Felipe II, que, en las palabras usadas por Martínez Latorre, «se le cuidaba entre algodones pero, al mismo tiempo, se le necesitaba tanto que también se le forzaba en exceso».

En este aspecto, el profesor ha calculado que en los casi catorce años que Calvi se ocupó de los proyectos defensivos de la monarquía hispánica, pudo realizar más de 13.000 kilómetros, que superarían los 20.000 sumando los desplazamientos por mar en galera, a Balears y al norte de África.

Y todo ello a pesar de la enfermedad «recurrente» que sufría, problamente tuberculosis, a la que hace referencia constante «durante su peregrinar por España». Por otra parte, cobraba bien por sus servicios, al parecer, aunque a veces lo hiciera con retraso. Se sabe que en 1556, por ejemplo, «su sueldo, al margen de otros complementos, era de casi ochocientos ducados anuales. Una cifra claramente extraordinaria si la comparamos con cualquier otro profesional, de la arquitectura o de otros campos, que trabajara en España en aquellas fechas».

Un ibicenco a Perpiñán

Calvi no dejó de negarse nunca a realizar viajes por mar, de forma que, en una ocasión, el maestro de obras ibicenco, Antoni Jaume, tuvo que trasladarse a Perpiñán para reunirse con el ingeniero y recoger dinero para continuar las obras. Nunca llegó a destino. Su barco se hundió, él desapareció para siempre y el baluarte de Sant Pere quedó por ello inacabado. Era el año 1558, según la tesis de Martínez Latorre (otras fuentes señalan que la fecha fue 1562).

Damià Martínez ha podido documentar que Calvi regresó a Balears, no sin antes litigar con el Consejo de Guerra para que no lo embarcaran en un pequeño bergantín sino «en navío seguro», a principios de 1561. Esta segunda visita ha sido un tema controvertido entre los expertos durante muchos años.

Según los datos obtenidos por el autor de la tesis, el ingeniero intentó evitar el viaje hasta el punto de ofrecerse a trabajar sin salario el resto de su vida, «porque si plaze a Dios no quiero verme como la otra vez que fuy a las dichas yslas, que tres vezes me halle en medio de corsarios». Sin embargo, cruzó de nuevo el mar y llegó para rematar dos baluartes de los seis previstos. Estuvo en las islas (también visitó Mallorca y Menorca) menos de un mes.

Giovanni Battista Calvi, el creador de la máquina, falleció en Perpiñán a finales de 1565 sin regresar jamás a su país. La muralla no estaba acabada y entonces llegó, ya en 1574, otro italiano, el ingeniero Giacomo Paleazzo ‘il Fratino’, y planeó el séptimo baluarte, en realidad un semibaluarte, el de Santa Llúcia.

Cuatro años más tarde, la seguridad de las murallas, aún por finalizar, fue puesta a prueba por un ataque turco al puerto de Eivissa. Muchos vecinos pudieron refugiarse en la fortificación, pero 120 personas que intentaron guarecerse en la iglesia de Sant Elm fueron capturadas y vendidas como esclavas en Oriente.

El proyecto de Formentera

Formentera merece un apartado especial, porque, en aquel entonces, mediados del siglo XVI, y en palabras del propio Calvi, allí «los moros están ordinariamente como en sus casas». En una carta fechada el 10 de enero de 1555, el ingeniero proponía al príncipe la construcción de dos fortalezas, y acompañaba su sugerencia con el ejemplo de catorce barcos enemigos que acababan de partir de s’Espalmador para atacar la costa alicantina y asegurando a su majestad que las obras podrían hacerse a un bajo coste que, en cualquier caso, compensaría las millonarias pérdidas que los corsarios argelinos y turcos provocaban al reino. No pasó mucho tiempo hasta que encargaron a Giovanni Battista Calvi que se ocupara de elaborar un presupuesto, aunque ya advertían de que la jurisdicción eclesiástica sobre la isla, que pertenecía al arzobispo y no al rey, podía representar un problema.

Pero Calvi no pudo visitar la isla, al menos en su primer viaje a Balears, ni para dibujarla en un mapa porque los piratas, desde luego, no abandonaron las aguas de es Freus para ponérselo fácil. Ya desde Mallorca, Calvi contaba: «De la isla de Formentera no pude hacer la traza como le escribí a su alteza porque había por estos mares doce galeotas que se quedaban normalmente en esa isla» (las cartas de esta época están escritas en un antiguo italiano y, con el tiempo, Calvi irá incorporando a ellas el español). Según explica Damià Martínez, ya no hay más referencias al proyecto de fortificar Formentera hasta 1560, año en el que regresa a las Pitiüses, cuando quizás Calvi sí pudiera acercarse a Formentera y cuando vuelve a mencionar al rey el plan de fortificarla, apoyando las pretensiones del aristócrata portugués Ruy Gómez de Silva, el príncipe de Éboli, que se ofreció al monarca a financiar las obras si le cedía la isla. Crearía en ella un pueblo de 300 vecinos para que la labraran, y, según señalaba Calvi, «ello sería un gran beneficio para todas las otras islas y toda la costa de España y su navegación». Pero Formentera nunca fue de Ruy Gómez de Silva, jamás se construyeron las dos fortalezas y los piratas, realmente, sólo dejaron de ejercer presión sobre el Mediterráneo en 1830, cuando Francia tomó Argelia.

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