Los euskaldunberris y lo irracional (o lo que va de ayer a hoy) –

jueves, 25 de junio de 2009

Ordenando unos libros viejos en mi desván, remanece uno olvidado. Su fecha: 1975. Su título: Euskaldun berriEKIN EUSKARAZ (‘Con nuevos vascongados, en vascuence’). Autoría: Askoren artean, pone en la cubierta, Entre muchos’; un kolektibo, como ahora se dice.

En efecto, era un conjunto de repuestas a una inkesta (encuesta) dirigida a nuevos euskadunes, que lo eran entonces, con tres preguntas básicas:

  1. ¿Cuándo y por qué empezó usted a aprender vascuence?
  2. ¿Qué es y de qué sirve para usted el vascuence?
  3. ¿Cómo ve usted el porvenir del vascuence?

No hay análisis de resultados, por tanto, tampoco interpretación de los mismos ni conclusiones o propuestas de futuro. Es, por así decirlo, la encuesta como género literario. O más prosaicamente, como pretexto para crear conciencia y estado de opinión, todo ello dirigido, en la línea del agitprop en la izquierda abertzale de entonces.

No era un libro anónimo. Todas las respuestas eran personales, con ficha de cada autor y su retrato. Además, en portada interior figuraban dos autores de un prólogo, en realidad un ‘A modo de prólogo-manifiesto de los moderadores’, con la prevención (entre paréntesis): bizkaitar erara, ‘a la manera bizkaitarra’. Estos autores de la idea, autoencuestados también ellos mismos, viven todavía: Xabier Kintana Urtiaga (Bilbao, 1946- ), escritor y académico de la Real de la Lengua Vasca, secretario de la Docta Casa, y Joseba Tobar Arbulu (Santurce, 1945- ), ingeniero industrial y experto en economía, profesor de la UPV.

La dedicatoria es intraduciblemente clara: A los que se esfuerzan por hacer nuestro país cada vez más Vasco, cada vez más País. Aproximo así los términos respectivos, que son obviamente Euskal Herria. Aprovecho también para aclarar que la versión castellana de textos o citas es mía, siendo yo responsable de las inexactitudes y errores de interpretación, con la venia y mi respeto a cada uno de los autores, vivos y difuntos.

Hay un lema inaugural de Arturo Campión que dice: “Entonces me avergoncé de llevar en las venas sangre euskalduna, y no saber la lengua original de los euskaldunes.” Y cierra el libro Joan Clavería (1636; sic, por 1666), con el comienzo de su famosa invectiva en verso contra Garibay y Echabe,«porque siendo euskaldunes, escribieron sus ‘historias’ en castellano»:
Bvrlatzen naiz Garibaiez,
Bai halaber Etchabez,
Ceñac mintçatu baitire
Erdaraz Escaldunez.

Ecen cirenaz guerostic,
Escaldunac hec biac,
Escaraz behar cituzten
Eguin bere historiac.

Es de notar que esta última cita del cura suletino viene sin comentario alguno (sólo modernizando la ortografía), como si lo más natural del mundo hubiese sido publicar Esteban de Garibay su magno Compendio historial (1570-1572) en vascuence, y otro tanto el pintor y ensayista zumayés Baltasar de Echabe, afincado en el Nuevo Mundo, sus Discursos de la antigüedad de la lengua cántabra Bascongada (Méjico, 1607), donde plasmaba la tesis tubalina y vascoiberista postulada por el historiador mondragonés. Ya el padre Luis de Villasante (1961) puso de relieve el inconveniente literario de la pretensión de Clavería, y hasta el imposible físico de darle gusto.
En aquel tiempo, los autores publicaban para ser leídos y entendidos. Más o menos, como ahora, cuando no media la pasta gansa de la subvención. Otra cosa eran los repiques de campanario. Aquella academia levítica provinciana, benemérita y plácida, floreciente en el Bajo Pirineo a favor de vientos políticos muy especiales, tal vez tomaba demasiado a la letra la apertura del Euskara al mundo, cantada con énfasis poético por Etchepare, cuando su mundo eusquérico se reducía al pusillus grex parroquial, con sus devocionarios y lecturitas piadosas. ‘Apertura al mundo’: suena campanudo. Un desiderátum todavía no resuelto, a pesar del derroche de medios materiales, pues de poco sirve que una lengua minoritaria quiera abrirse al universo, si el universo conoce apenas su existencia, como para plantearse su influjo y utilidad. ¿Decirle al mundo, qué?

Como digo, es un trabajo-encuesta. En la página 35 figura el formulario de la misma, dirigida a euskaldunberris de diversa laya e ideología; con un aviso final: en previsión de la censura, los propios autores procedan a autocensurarse.

En efecto, aunque el librito aparece en diciembre de 1975 –Franco acababa de morirse el 20 de noviembre−, el prólogo de los dos autores lleva fecha algo anterior: 14 de junio. La transición política inminente ni siquiera se adivina en toda la obra, cuyas páginas se van rellenando en los inciertos estertores de una dictadura terminal. El ‘prólogo-manifiesto’ venía a coincidir, a pocas fechas de diferencia, con la creación de la ‘Plataforma de Convergencia Democrática’ (11 de junio 1975). Recordemos, el 27 de septiembre, el fusilamiento de cinco disidentes, tres del FRAP y dos de ETA, en un clamor internacional y enorme tensión interna.

Hay un detalle que no se debe pasar por alto. En el título, en la palabra euskaldunberri, el componente berri (nuevo) viene escrito separado y ostentosamente aspado con una cruz roja de San Andrés. En efecto, llama la atención esa tachadura y rechazo del calificativo berri, aplicado a los que aprenden vascuence como lengua adquirida, no materna ni, por lo general, temprana. Este tipo de misterios y criptogramas, tan del gusto vascongado, tendrá su explicación en el prólogo-manifiesto. Sencillamente, a los autores no les gusta ese remoquete de ‘euskaldunes nuevos’, que les recuerda el retintín de ‘cristianos nuevos’, mal vistos por los cristianos viejos de gruesa enjundia. Sin embargo, claro está que asumen su condición de nuevos, y hasta de abanderados de una causa vasca desamparada por la apatía de los propios euscaldunes.

Empieza el manifiesto haciendo breve historia del euscaldumberrismo, atestiguado al parecer desde el siglo XVII en Francia, con las figuras, siempre sacerdotales, de E. Materre y S. Puvreau. No más numerosa se presenta la misma afición a las letras vascas en el XVIII, con otros dos o tres nombres, J. Etxeberri, Mogel y el irlandés Meagher. El XIX luce ya una constelación eximia, todos extranjeros: Humboldt, Bonaparte, Van Eys, Schuchard, Vinson, Webster, Dogson, Uhlenbeck, Mucho menos brillante, la luciérnaga doméstica: Campión, Arana Goiri, Unamuno, Urquijo.

Por fin, la era actual se adorna con los nombres de Olabide, Arraindiaga, Lizardi, P. Lafitte, Umandi, J. Mirande, F. Krutwig, G. Aresti, Txillardegi y Peillen, «sin olvidar entre éstos a Norbert Tauer y René Lafon». En suma, la gran plétora de euscaldumberris agresivos, que esto sí que es otra cosa. Orillando a los pocos extranjeros, incluidos más a título de ‘amigos de lo nuestro’ que de ‘nuestros’, el pretexto de la encuesta ofrece una muestra representativa, algo así como la punta del iceberg del renaciente euskaldunismo. Como siempre, los silencios son elocuentísimos. Va a romper una nueva ola que, según el manifiesto, se caracteriza por su actitud dinámica frente al eusquera, en comparación con los simples ‘vascos’:

«Nosotros mismos, que al revés de algunos, somos incrédulos en cuanto a un origen celeste de la raza vasca, aplicamos el nombre de basco a los que siendo hijos de euskaldunes desconocen el vascuence»; los también llamados euskaldunmotz (Azkue), algo así como euskaldunes recortados, circuncidados o castrados.

Sólo el vasco que posee la lengua piensa en vasco y es consciente de su propia ‘euscaldunía’, a diferencia del deseuskaldunizado, que sólo retiene su ‘vasquía’ –¡pues eso faltaba!− y es, por así decirlo, un producto degenerado (produktu endekatu)… Pero no todo está perdido para éste. ¿Solución? Recuperar la lengua. Con ella el vasco recobra aquella condición original perdida, la euscaldunía. Ese es el milagro, que naturalmente sólo se da en los vascos de origen.

El que no es ni siquiera vasco, ése también puede aprender vascuence, y llegar a dominarlo tan bien o mejor que el oriundo. Mas nunca será lo mismo, porque nuestro chico aplicado no vasco adquiere algo, el idioma (que no es poco), pero ahí se acaba todo para él, pues al no ser vasco, el infeliz nada tiene que recuperar. Eso sí, ya es hora de barrer ese mito moderno del vascuence difícil o imposible. Dificultad o facilidad especialmente llevadera para el vasco de sangre, por aquello de ‘la dulzura del pezón materno’. En verdad (y aquí ya desbarro por mi cuenta), el recurso al racismo celeste huelga. Con el terrestre hay más que de sobra.

No me voy a entretener en disecar el ‘manifiesto’; no tengo espacio ni tiempo para hacerlo ahora. Después de todo, se trata de la misma experiencia de transfiguración vivida por el padre fundador, Sabino Arana, cuando (dice el texto) por fin se animó a quitarse la hoja de parra que le tapaba su vergüenza de euzkotarra bastardo, regenerándose a través de la lengua ancestral.

Como decía al principio, un libro olvidado. ¿Lo tendrán olvidado también sus autores? En todo caso, recordarlo debe provocarles gran ataque de risa:¡Qué ingenuos éramos! ¡Qué chorradas discurríamos para dar un aura trascendental a una cosa tan simple como es estudiar un idioma! A menos que… el vascuence sea algo más que un idioma: el idioma, nuestra esencia y razón de ser euskaldunes.

¿Cómo y por qué se aprendía vascuence bajo el franquismo?

Muchos de los encuestados recuerdan pertenecer a familias resentidas de la pérdida del vascuence. Así, motivaciones aparte, casi nunca falta un sentimiento culpable y una voluntad de redención. Hay algo de ‘conversión’ en ello. En algún caso, como el de Hendrike Knörr Borrás, reconversión tras recaída: «¡A la quinta, la vencida!» Y va y se encierra –’inmersión’, que se dice hoy−, hasta salir euskaldunizado.

Otra característica muy compartida es el autodidactismo. Leyendo testimonios –incluido el del autor principal, Xabier Kintana, el más extenso y minucioso de todos, con gran diferencia−, vienen a la mente experiencias incluso anteriores, cuando el autodidacta, tras agenciarse su Zamarripa y demás bártulos, hincaba el diente a las manzanas del árbol de Martín y ordeñaba (siempre gramaticalmente) la vaca del hijo del vecino.

Las razones que movieron a los nuevos quijotes a su aventura parecen sinceras, aunque llevan aureola. Hay quien al parecer ‘oyó voces’, la llamada del bosque primigenio, del caserío. Se habla de ‘deber de raza’, de ‘proyecto de pueblo’, incluso de ‘prestigio social’ de lo vasco (frente a la situación de las generaciones anteriores)… En esto último, no se reconoce lo mucho que este incipiente ‘prestigio’ debía de hecho al dictador; sobre cuyos hombros recae en exceso la culpa de haber sido poco menos que el primer causante de la regresión del vascuence. Otro día entraré más por menudo en estas y otras razones en pro del euskera, todas ellas igualmente irracionales. Señalaré aquí la baja frecuencia de una motivación primaria racional, casi exclusiva de los aficionados foráneos: la curiosidad científica del propio vascuence dialectal como fósil lingüístico solitario.

Lejos estaban nuestro pioneros de sospechar la bonanza que se les venía encima. Ya en plena fiebre del oro, con el viejo legado ancestral sublimado a la categoría de fuente de ingresos y medio de vida, aquel quijotismo juvenil hará sitio a un sentido práctico envidiable, a favor de una política lingüística de Cucaña.

Sorprendente. Ni uno solo de los encuestados aduce una razón práctica para su aventura. Nadie dice, por ejemplo: «Decidí ponerme a estudiarlo por motivo profesional. Mi vocación era de profesor de vascuence. Pensé que como médico, abogado, tendero, guardia municipal etc., esa lengua podría ser de utilidad.» Las razones de hoy, por lo visto, no lo eran ayer. Decir en tiempos de Franco que se aprendía euskera por si mañana otro día, en Euskadi, fuese necesario para obtener un puesto de trabajo, habría sido realmente peligroso, no tanto por la represión como por la camisa de fuerza. Hoy esa es la respuesta más socorrida. También la más lógica y racional, en las circunstancias presentes y por absurdo que parezca. Después de todo, la situación masoquista que aguantamos hoy es la prevista por Sabino Arana para su república ideal, Euzkadi: pan y trabajo, sólo para el que lo pida en vascuence.

Nos preguntamos, entonces, cómo se pudo pasar en tan breve tiempo de una situación romántica, quijotesca, minoritaria, incluso elitista que reflejan las diferentes opciones de esta encuesta, a la situación creada por la Ley de Normalización lingüística, con sus intérpretes talibanescos y sus apremios de normalización, de inmersión, de imposición…

En unos pocos años es imposible que toda una población heterogénea dé media vuelta, para convertir en obligación general y yugo para todos, lo que hasta el fin de la Dictadura era opción minoritaria, idealista, desinteresada… Esas cosas no ocurren, y menos por sí solas, y en beneficio de unos pocos. Tuvo que haber y hubo, en efecto, una voluntad de cambio, pero no en la sociedad, sino en grupos de presión que supieron imponerla, mediante el juego político del toma y daca, sonsacando al conjunto del Estado español la aprobación de unas leyes de ámbito local nunca explicadas a los propios interesados.

Una clave nos la da de forma desinteresada el otro autor del libro, Joseba Tobar. El apellido, salva la variante gráfica, es el mismo de otro gran vascólogo que fue Antonio Tovar, no sé si euscaldumberri; de todas formas, no incluido en la encuesta ni mentado entre los representantes de la nueva ola. Es también el apellido Tovar/Tobar castellano, enlazado con los Velasco/Belasco, por ejemplo en el Marquesado de Berlanga, que trajo sordomuditos. Pues bien, prestemos atención a este breve mitin de despedida de Joseba Tobar, sobre el futuro activo de la lengua vasca:

«La situación actual del euskara, por lo que toca a estima social, es mejor que la de años anteriores. Ahí están esos 10.000 estudiantes que aprenden euskara, y los 35.000 niños de ikastolas, un buen testimonio. Ahora bien, no nos engañemos: el euskara no vivirá si no se da un cambio total en cuanto a la situación legal. Algunos, y no sólo desde las izquierdas, proclaman que el bilingüismo mismo no sería un punto de partida suficiente, pues atribuir al euskera una mera situación de igualdad equivaldría a justificar su retroceso hasta ahora respecto al castellano, y de facto, su posición de vasallaje. ¿Es demasiado pedir que la lengua de casa sea en casa la ‘primera lengua’?»

Qué temores podía infundir a los autores del libro la censura franquista, con tanto niño escolarizado en vascuence, es algo que no se me alcanza. Si esto era autocensurarse, la cosa no debía de andar muy achuchada. En todo caso, bien se ve que unas opiniones muy particulares sobre un proceso, que bien podríamos comparar a una ‘reacción endergónica’, de muy improbable desarrollo espontáneo, se materializaron de forma catalítica, con celeridad nunca vista y, por supuesto, sin pedir permiso a la sociedad. Es decir que,

  1. o bien esas ideas eran comunes en la sociedad plural, sin que ésta se percatara y, lo que es más, sin que los propios ideólogos tuvieran de ello noticia;
  2. o bien (lo que es infinitamente más verosímil), en los foros de decisión política de la transición, sobre el tema lingüístico en particular, hubo transacciones y arreglos en que se prescindió por completo de todo remilgo democrático.

Sea como fuere, a vista del resultado, mejor que los versos injustos de Clavería para cerrar el libro habría estado el lema de Etchepare (1545) –el mismo que ayer veíamos atribuido por la filóloga eusquérica y ex consejera de Cultura Miren Azkarate a «Axular, en 1645, creo»−:

Debile principium melior fortuna sequatur.
(A débil principio, mejor fortuna suceda.)

Seguiremos con el tema.

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