Voces Liberales: Carrero, Kissinger , Peneuve, Eta

23 noviembre 2011

Carrero, Kissinger , Peneuve, Eta

A Carrero Blanco se le definía por la negatividad. Era un tipo anti. Anticomunista, antijudío, antimasón, antiprotestante, antiliberal, antidemócrata, anti-OTAN…

Impertérrito ante los cambios sociales, se aferraba a un continuismo del régimen, sin atisbos de apertura democrática, de aproximación a los países de Occidente. Después de los juicios de Burgos quedó patente que fue el inductor de las penas capitales y el que aconsejó a Franco “un doble juego, mi General: presione quien presione, el Gobierno debe mantenerse duro; y si hubiera que aflojar, que el Consejo del Reino sea el blando”.

Como resaca de aquellos juicios, Carrero se convirtió en la diana contra la que los militares descargaban sus furias y los diplomáticos sus críticas. Éstos, porque en sus cancillerías tenían que dar la cara por el Gobierno español y encajar comentarios reticentes. Y los militares, por el inicuo papel de jueces prevaricadores que se les endosó.

Sin gran esfuerzo, los agentes de la estación CIA-Madrid recaudaban día sí, día también, esos estados de opinión tomando café con oficiales del Servicio Central de Documentación (SECED) o con ciertos funcionarios de alto nivel en el Ministerio de Exteriores. Sin perder un minuto, los picaban en el teclado del télex y los remitían a CIA-Langley. Si la noticia tenía más voltaje, pasaban un confidencial al embajador Horacio Rivero, y él ya, a Washington.

En 1971, 1972 y 1973 fue intenso el flujo de notas de la embajada estadounidense al Departamento de Estado. Primero con William P. Rogers y después con Henry A. Kissinger, el leitmotiv era Carrero.

Preocupaba su influyente proximidad al caudillo, su idiosincrasia reaccionaria, anticuada y cierra-España. Carrero era mucho más que un edecán eficiente a la sombra de Franco. Él era el cerebro de Franco y, desde hacía tiempo, la musculatura de las decisiones políticas de Franco.

Su álter ego en todo, menos en la firma que sancionaba un decreto ley o una ley. Sin protagonismo externo, trabajando en la sala de máquinas, definía el rumbo de la gobernación. Gobernaba de hecho. Y se temía que, dada la acelerada senilidad del caudillo, en un instante de desfallecimiento le entregara las riendas de hecho y de derecho.

Un diagnóstico remitido de Madrid a Washington dibujaba un patético cuadro de futuro en tonos gris marengo, con manchurrones de involución, “como en la España de los años 40”, y Carrero en la sombra taponando el más mínimo resquicio de apertura política, cultural, social.

Se detallaban sus “anquilosadas fobias al comunismo y a la masonería”. En el supuesto de que Carrero pudiera llegar a la Presidencia, “un rasgo preocupante sería su antipatía intelectual e ideológica hacia las instituciones políticas y la forma de vida americanas”.

El informe concluía con una frase dicha por un alto cargo español de Exteriores en una conversación con un agente de la CIA: “Lo mejor que podría surgir de esta situación sería que Carrero desapareciera de escena”. En el texto que llegó hasta el escritorio del presidente Nixon, esa frase aparecía subrayada.

Eduardo Blanco, director general de Seguridad, tenía fluidos contactos con Vernon Walters, número dos de la CIA, y con Néstor Sánchez, jefe de la estación CIA-Madrid, y sabía que a EEUU le preocupaba la continuidad del acuerdo de las bases militares. No percibían en Carrero un deseo de renovarlo, y en 1973 vencía el último plazo quinquenal.

-A los americanos les gustaría para España un presidente civil, tipo Areilza, tipo Garrigues y Díaz-Cañabate (comentaba Eduardo Blanco en sus tertulias a media voz del Casino de Madrid). Gente amiga, abierta, liberal, con la que pueden entenderse. Y de ser un presidente militar, les va más un Díez-Alegría.

La CIA no tenía topos en ETA. Pero sí tenía una antigua y bien forjada relación con el PNV, iniciada durante la Segunda Guerra Mundial y canalizada al principio por el FBI y la OSS (la Oficina de Servicios Estratégicos, antecesora de la CIA).

En efecto, para prestar información útil a los ejércitos aliados y luchar contra el nazismo y el fascismo,los exiliados vascos organizaron Servicio de Inteligencia Vasco (SIV). Fue una decisión de José Antonio Aguirre en 1943. El Gobierno vasco en el exilio se comprometió a crear una red de espionaje, a cambio de la cobertura de gastos y unos estipendios por cada información suministrada. El acuerdo se negoció en Nueva York y Washington entre el agente especial del FBI Jerome Doyle y Antonio de Irala, secretario personal de José Antonio Aguirre, lehendakari en el exilio, que formalizó el trato en la primavera de 1943 con el director del FBI, Edgar Hoover.

Informes oficiales del FBI desclasificados entre 1996 y 1997 evidencian que un grueso de militantes del PNV, exiliados y establecidos en Latinoamérica, espiaron a políticos nazis, fascistas y comunistas entre 1943 y 1947, por encargo de EEUU y pagados por el FBI. (…)

La conexión entre CIA y ETA, un imposible político y metafísico, sólo podía lograrse por personas interpuestas y a través de amigos comunes. ¿Personas de arraigada confianza para la CIA que fuesen también de arraigada confianza para ETA? El viejo SIV de los nacionalistas vascos.

Desde el Aberri Eguna de abril de 1972 el PNV tenía un peso en ETA. Y el hombre fuerte del PNV dentro de la organización terrorista era Ezkerra. No había que dar más rodeos. Ezkerra, en esta historia, no es alguien a quien se capta, alguien a quien se tienta, sino alguien a quien se le encarga un hecho fulgurante que cambiará la historia: dinamitar en cuatro segundos 40 años de guerra, posguerra, dictadura y pertinaz sequía.

Carrero Blanco no hacía cambios en el itinerario. El coche salía a las nueve menos diez del portalón del edificio de Hermanos Bécquer 6, doblaba a la derecha, subía por López de Hoyos una manzana, y de nuevo a la derecha para desembocar en Serrano. Los escoltas del almirante debían de tener cronometrados los semáforos en el cruce de López de Hoyos con Serrano y en las confluencias entre Diego de León, Serrano y Hermanos Bécquer, porque el vehículo coincidía exactamente con las luces verdes. Así un día tras otro desde hacía 20 años.

El portero de Mirlo 1 (la dirección donde se alojaron los etarras: Wilson, Zigor, Kiskur y Atxulo) últimamente no los saludaba. Ellos suponían “será porque llevamos tiempo sin darle propinas, sin encargarle “súbanos dos docenas de churros y una de porras, y quédese las vueltas para usted”, y también sin dejarnos caer por el bar a echar una partida de cartas”.

Cierto. Desde octubre, cuando se marcharon Wilson y Zigor y llegaron Kiskur y Atxulo, o Ezkerra se dejaba caer por allí y los otros le daban coba como si mandara en ellos, los cambios no le cuadraron al portero y empezó a sospechar.

-Mira, aquí, en el 12 C, tengo unos inquilinos un poco raros… Ni arman jaleo, ni montan juergas, ni traen chicas; más bien tiran a demasiado serios para su edad. Pagan el alquiler los 20 de cada mes. Por ahí, nada, bien… Pero me dan mala espina. Son vascos, muy vascos. Fijos viven tres y a veces viene otro. Ellos dicen que preparan oposiciones de banca, que son estudiantes, y uno es perito y dibuja planos de maquinarias. Pero no llevan vida de estudiantes.

Un guardia civil que era del Servicio de Información de la 111ª Compañía, escuchó la parrafada del portero.

Después de algún tiempo con vigilancia camuflada y una línea abierta de información sobre ausencias, visitas, horarios y movimientos extraños, el teniente coronel Aguado convocó a 12 de sus hombres para hacer una entrada y registro nocturno en el piso de Mirlo. La noche en cuestión, Aguado se reunió en la comandancia de Guzmán el Bueno con el capitán Puertas y los tenientes Pinto y Santamaría. Estudiaron el operativo, la distribución de los agentes: calle, portal, ascensor, planta 12 y azotea:

-Hay un comando de la ETA en Madrid. Pero ni lo hemos olido. ¿Pueden ser éstos de Mirlo? No lo sabemos. Por tanto, armas quietas y nada de tiros.

Aguado llevaba un rato en el despacho del coronel Manuel González tomando café y haciendo tiempo para salir con sus guardias, cuando sonó el teléfono interior.

-Aquí el cuerpo de guardia, soy el comandante de servicio. Mi coronel, un mensaje urgente para usted del director general de Seguridad.

-¿Está al habla? Páseme con él.

-No, mi coronel, no está al habla. Me ha dictado el mensaje para que se lo transmita y ha colgado.

-Ah… Bien… léame el mensaje.

-Al coronel jefe de la 111ª Comandancia de la Guardia Civil: suspéndase entrada prevista en piso 12 letra C del nº 1 de la calle Mirlo.

Después de colgar, el coronel González mantuvo unos instantes su mano sobre el auricular, como si así asimilara mejor la contraorden. Luego miró a Aguado, que aguardaba con cara de desconcierto al otro lado de la mesa:

-Despide a tus hombres, Paco, y vámonos a dormir: se suspende la operación.

-¿Quién lo manda?

-Puerta del Sol. Eduardo Blanco. Y en plan ordeno y mando, dictándole la orden al comandantillo de servicio como si yo fuera un mindundi..

Temía Kissinger encontrarse con un Carrero chovinista, persuadido de la superioridad del franquismo y empeñado en perpetuarlo. No deseaba Kissinger encontrarse con ese espécimen Carrero. Sin embargo, el retrato era cierto y con ese Carrero se encontró.

Llevaban tres cuartos de hora de conversación y estaban en un punto muerto. Carrero no cedía. ¿Renovar los acuerdos sobre las bases? No quiso ni hablarlo. ¿Autorizar el uso de Torrejón, Rota o Morón para la guerra en Próximo Oriente? Ni media palabra. ¿La OTAN? Tendrían que pedírselo a coro.

Cuando Kissinger pensaba que el carril del presidente había llegado a su station terminus, Carrero planteó el riesgo que corría España de “una agresión militar desde cualquier país árabe norteafricano, porque ser aliados activos de EEUU puede pagarse caro”.

Debió de ser entonces. Carrero se levantó, fue hacia su escritorio en la sala contigua, una potente mesa de Isabel II, y volvió con una carpetilla que tendió a Kissinger.

-Yo hubiese preferido no tener que sacar este informe…

Eran los dos folios radiactivos que el comandante Velarde había redactado un par de días antes: el Proyecto Islero, listo para su puesta en marcha.

-No vean en esto un desplante, ni un desafío, sino un aviso leal. España tiene capacidad para desarrollar su propio armamento atómico. Y, tal como nos ponen las cosas, estamos dispuestos a hacerlo.

Con ese par de folios le daba ahora una respuesta frontal a Kissinger.

Aquella misma mañana (19 de Noviembre), a las 9.45, en la sede de la estación CIA-Madrid, planta novena de la Embajada de EEUU, y más exactamente en la sala blindada Faraday, se había recibido una llamada desde Langley, cuartel general de la CIA-Virginia. El director, William Egan Colby, tenía un mensaje urgente: El doctor Kissinger debía salir de España lo antes posible. Se le recomendaba concluir su visita oficial inmediatamente después del almuerzo en la legación y que bajo ningún concepto pernoctase en Madrid.

Kiskur circulaba por la zona para vigilar y tener a punto el motor del Seat blanco. Se detuvo en la calle Hermanos Bécquer. Quería cerciorarse de que Carrero ese día iba a la iglesia. A las 8.55 lo vio salir del portalón de su casa, empaquetado en su abrigo gris marengo, y subir al Dodge. Recorrió el trayecto que haría Carrero después de oír misa. Tal como habían convenido, al pasar por la esquina de Claudio Coello con Diego de León, desde el coche sonrió a los electricistas. Era una seña de que el Ogro estaba en la iglesia.

-¡Ya lo veo! -dijo Atxulo-. Vienen los dos coches.

Argala protegía entre sus piernas la cartera de electricista y miraba también. En el bulevar de Juan Bravo, los Dodges cedieron el paso a los vehículos que bajaban hacia Serrano. Enfilaron Claudio Coello despacio, muy despacio. Antes del cruce con Maldonado, otra parada, para que una mujer con su niña atravesaran el paso de cebra. Reanudaron la marcha, ya casi en el 104. Argala, abajo, concentrado en el botón de la batería y esperando el aviso. Cuando el coche de Carrero se puso a la altura del Austin Morris, Atxulo dijo “¡ahora!” y miró qué ocurría. Décimas de segundo. Un impacto sordo, seco. Un buuuum muy amortiguado. Eran las 9.36.

Casualidad o causalidad: los cambios en el calendario del comando etarra se correspondían con los cambios en el calendario del doctor Kissinger. Posiblemente, sin saberlo ni él ni ellos. Pero los hechos son tozudos: ETA iba actuar el 18, cuando la visita de Kissinger estaba programada para los días 21 y 22. Al adelantar Kissinger su viaje al 18 y 19, ETA retrasó su actuación al 20.

De la Torre (Luis de la Torre, juez instructor de la causa por el asesinato de Carrero Blanco) repasó la rueda de prensa de Burdeos. Los enmascarados también dijeron que la galería tenía forma de T; aunque en su información el travesaño horizontal medía seis metros, no ocho; y la sección del túnel era de 0,40 por 0,40. Pero no, no cuadraba. Lo que ETA dijo en Burdeos y lo que decía en el libro (se refiere a Operación Ogro. Cómo y por qué ejecutamos a Carrero Blanco, escrito por ETA)] no se correspondía con el informe de la Policía Judicial en la inspección ocular del subterráneo, hecha el mismo día del asesinato. Con prosa carpintera de atestado, el informe desmentía la versión de ETA.

¿Se trataba de dos túneles distintos? ¿O de un mismo túnel, pero muy reformado? En tal caso, eran dos descripciones del mismo túnel, una hecha “antes” y otra “después”. En algún momento, el túnel fue alterado. Y ETA no lo supo. (…)

El otro interrogante que traía de cabeza al juez era el del explosivo. Los de ETA se contradecían entre ellos y cara al público. Los encapuchados de Burdeos dijeron 45 kilos de dinamita “distribuida en tres cargas de 15, 15 y 15”. En el libro Operación Ogro, daban cantidades distintas sólo con pasar la página.

No era anómalo sino muy pertinente que el SECED, un servicio espía de inteligencia y contravigilancia, destacase uno de sus equipos para tomar muestras en el cráter y analizarlas.

Al parecer, encontraron vestigios del explosivo militar C4. Más delatores resultaron otros elementos que aparecieron en las muestras: un dioctil plastificador, aceite de motor SAE-10, aluminio, el aglomerante poliisobutileno, y restos quizá del iniciador y del multiplicador. Todo ello señalaba en una dirección: un alto explosivo plástico militar made in USA.

Los fenómenos observados en el momento del atentado eran típicos del C4: la explosión instantánea, a una velocidad de 29.000 kilómetros por hora, 23 veces más rápida que la del sonido. Por eso, reventó la calzada y saltó por los aires el Dodge Dart antes de que se oyera la detonación. El hongo de gases, formando una columna de humo espeso en un movimiento incesante, vertiginoso, del nitrógeno y los óxidos de carbono desprendidos. El efecto violento y rompedor.

En la gama de altos explosivos militares, el C4 es uno de los más potentes, 1,34 veces más que el trinitrotolueno, TNT. Habrían bastado 60 kilos. De ahí que la arqueta contenedora fuese pequeña.

El C4 sólo se fabricaba en EEUU y para uso exclusivo de sus Fuerzas Armadas. No se podía comprar en el mercado legal.

Como servicio secreto, el SECED no tenía competencias policiales; tampoco podía personarse en la causa a cara descubierta aportando sus datos; ni menos aún presentar una denuncia. Por eso, no entregó el peritaje al juez instructor. Era un diagnóstico comprometedor y sensible: a la vista de los efectos mecánicos de la explosión, y tras el análisis de los materiales impregnados en la tierra del sótano, el SECED descartaba la dinamita y el XP como agentes del atentado, y señalaba otro explosivo plástico, el C4, de uso exclusivo militar y que entonces sólo se producía en EEUU.

En cierto momento de la instrucción del sumario, el fiscal Herrero Tejedor redactó un dictamen confidencial acerca del atentado y su investigación, y se lo llevó personalmente a Franco.

Sin embargo, el juez barruntaba, intuía… Sí, los autores materiales eran conocidos, pero empezó a extenderse una sombra de sospecha: había alguien más que ETA (comentó tiempo después el magistrado De la Torre). Me llegaban comentarios, fragmentos de datos, rumores, de que el atentado contra Carrero había sido organizado por otros, y que ETA había actuado como una pandilla, como mano material de otros, de la CIA. Y no estaban infundados esos rumores. ¿A quién iba a beneficiar la desaparición de Carrero? A todos los que querían evitar que la dictadura de Franco se prolongase. Ésa era la sospecha que flotaba en el ambiente.

Nadie creía que aquella enormidad tan bien preparada hubiese sido obra de ETA y sólo de ETA. Conocía al general Manuel Gutiérrez Mellado. Como segundo jefe del Estado Mayor, estaba al día de los secretos de Estado y también de las… penumbras.

Le planteó la cuestión.

-De los elementos españoles, está claro que la autora es ETA. Pero de los extranjeros… ¿pudo haber detrás otro sponsor, otro socio interesado, que no fuese la CIA?

-Hombre, la CIA tenía una motivación política. Carrero era la única persona en quien Franco confiaba al cien por cien. Pero era un hombre muy duro, políticamente, se entiende. Con él al mando, a la muerte de Franco hubiese continuado todo igual. O peor: el futuro del régimen sería un autoritarismo reforzado y por un montón de años. Eso, y pensando sólo en la Alianza Atlántica, a EEUU no le interesaba nada. Nada. ¿Qué organización podía estar más preparada para evitarlo que la CIA? Y ya sabemos que la CIA tiene cierta… especialización. No tendría nada de particular.

-Bien, lo que me dices es muy coherente, pero no es más que un silogismo.

-Por supuesto, es una opinión. Si quieres, un reflejo de muchas otras muchas opiniones y argumentos que derivan hacia ese terreno. Cargarse a Carrero ha sido el modo más contundente de asestarle una puñalada al franquismo.

Gutiérrez Mellado era un fumador empedernido. Un chain smoker. Aplastaba la punta de un cigarrillo y, sin mediar una pausa, como si formase parte de la misma operación, encendía el siguiente. Aspirando a pleno pulmón la primera bocanada de un nuevo pitillo, preguntó:

-¿Me has dicho que el asunto CIA no lo tienes en el sumario…?

-Eso te he dicho. No he investigado en esa línea. Hay indicios; pero si no se apoyan en hechos probados, no puedo incoar un procedimiento.

-¡Pies de plomo, Luis! Bueno, tú en esto sabes trigonometría…

-Dadas nuestras relaciones de dependencia con EEUU, yo no puedo dar ahí un mal paso, decir de pronto “procedo contra la CIA, cito para que comparezcan a declarar los señores X, Y, Z”. Podría desencadenar un conflicto serio entre Estados. Es un tema muy peliagudo.

-Sobre todo, que la CIA no son cuatro detectives que contratan a un par de hampones para un trabajo sucio.

-¿Cómo que no?

-Bueno, eso también. Lo que quiero decir es que la CIA diseña sus operaciones, como todo servicio de inteligencia, pero no actúa por su cuenta. Es una agencia estatal. Cumple las misiones que le ordenan los de arriba. Es una mandada del Departamento de Estado. Por tanto, no ya Langley, todo el imponente aparato de Washington saldría en su defensa.

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4 comentarios en “Voces Liberales: Carrero, Kissinger , Peneuve, Eta

  1. Pues i ademas siguiendo los pasos a Aya Zulaica el juez lego a..la embajada yanqui
    Pero hay un datomucho revelador
    !Loq ue son las cosas!
    El diario cubano Granma se difgitalizo durnate mucho tiempo existio una “curiosa” noticia Daba cuenta del embatqu ene la base de guatanamo de una mina anti tanque con destino a Torrejon MAdrid El embarque segun la inteligencia cubana fue relizado uno s pocos dias antes del asesinato de Carrero Eso explicaria lodel C4
    Ademas lo de la socmplicidades interiores (“Suspenda vd el servicio” pero no se lo digo yo Dejo el recado a un pringado al que siempre podre echar las culpas)
    En fin nolo sabremso nunca pero que una panda ede niñatos pudiera organizar el bodiro es absurdo Lo unico qu elo mismo parte de esos niñatos se creuyeron a pies juntillas que habian sido ellos
    Y lo de Carrero huele exactamente como lo del 11M los explosivos qu e no se sabe qué fueron blablabla
    Bueno les remito hacia esa noticia de Gramna porque leido el texto cuadra como anillo al dedo

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  2. Vivía en Mirlo 1, yo era un crío de 12 años. El portero, el Sr Nieves, amigo de la familia me dijo posteriormente que 2 días antes del atentado, había muchas fuerzas especiales apostadas en los descansillos de la finca de 13 pisos… En un momento dado, el que dirigía la operación dijo, “vámonos, que la operación continúa!”, Y por supuesto que continuó, como se vió 2 días después…. No hay duda de quién fue el atentado. De los mismos que hundieron el Maine, y acusaron a España de ello…

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