El coloso anarquista – Pasaje de “Los enemigos del comercio II” / Antonio Escohotado

El espíritu ruso se incorpora explícitamente a la causa de la Restitución gracias en buena medida al aristócrata y francmasón Mikhail Bakunin (1814-1876), convertido al colectivismo por Weitling, que defendió con inigualable pasión «el rechazo absoluto de toda autoridad» y una autoorganización del trabajo al margen de formaciones políticas,”

“llamada por eso anarcosindicalismo. Garantías de armonía y libertad y El evangelio del pobre pecador —sus catecismos iniciales— eran una mezcla de sermón edificante con manual terrorista, que él transformó en un género independizado de su raíz evangélica y redirigido hacia la nación eslava, entendiendo que su destino es rejuvenecer al mundo occidental[830]. La posteridad le recordará ante todo por negar que haya conflicto entre el interés personal y el social[831], y por afirmar que «la libertad sin socialismo es privilegio, injusticia; el socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad».”

“Físicamente en las antípodas del enjuto Blanqui y el atlético Weitling, los daguerrotipos de Bakunin muestran a un individuo obeso, de rostro tumefacto y ojos glaucos, bautizado por Engels como «el elefante» debido a sus dimensiones, que en su juventud tenía fama de ser fuerte como diez hombres, y andando el tiempo se hizo legendario por su apetito de viandas, licores y complots. Tras una penosa experiencia como alférez de artillería[832], su nueva vida comienza cuando el padre le subvenciona estudios de filosofía en Alemania y entra en contacto con la intelligentsia revolucionaria europea, animado por su carácter entusiasta y abierto. Antes de dejar Rusia había escrito al margen de Las lecciones sobre la vida bienaventurada de Fichte: «Todo lo falso será destruido sin excepción ni piedad, para que la verdad triunfe. ¡Y triunfará!»[833].

1. El influjo de los «jóvenes hegelianos».

En Berlín, luego en Zurich y París, la curiosidad y una premonición de su destino político le familiarizaron algo con el propio Hegel y mucho más con la izquierda hegeliana, a través de su rama teutónica y la rama francesa presidida por Proudhon, a quien consideró siempre «el maestro de todos nosotros».

Está en Alemania cuando Engels y Marx publican La sagrada familia (1844), un extenso ensayo sarcástico sobre el espiritualismo del momento[834], y en particular sobre la llamada «crítica» propugnada por Bruno Bauer (1809-1882)[835]. Junto a Bauer, la figura más destacada del grupo era Ludwig Feuerbach (1804-1872), primer hegeliano «materialista», y en un segundo plano el poco prolífico y curioso Max Stirner (1806-1856), que acababa de renovar el anarquismo con El Único y su propiedad. El ¿Qué es la propiedad? de Proudhon había aparecido cuatro años antes, pero el ensayo de Stirner adopta una perspectiva muy distinta, definida por una original combinación de displicencia y radicalidad: «Así como Dios padece al Diablo», leemos allí, «todo liberalismo tiene como enemigo mortal e invencible al ser humano inhumano, al egoísta inconquistable para el Estado y la sociedad[836]», que empieza por ser él mismo.

Stirner entiende que la sociedad establecida es una cárcel alienante, pues somete la individualidad a la esfera impersonal que representan instituciones —políticas, religiosas, jurídicas o de cualquier otra índole—. Aboga, pues, por una libre y franca «asociación de egoístas», donde el derecho absoluto empieza y “termina por la secesión. El último párrafo de su libro redondea no solo sus aspiraciones conceptuales sino un tipo de ensayo culminado más tarde por Nietzsche, donde el autor interviene constantemente en testimonio de su veracidad:

«En el Único, el poseedor vuelve a la nada creadora de que ha salido. Todo ser superior a mí, sea Dios o sea el hombre, se debilita ante el sentimiento de mi unicidad, y palidece al sol de esa conciencia. Si baso mi causa en mí, el Único, la hago reposar sobre un creador efímero y perecedero que se devora él mismo, y puedo decir: He basado mi causa en la nada».”

“El influjo de Stirner, y más aún el de Proudhon —cuya obra se examina enseguida— permitió a Bakunin dejar de ver en el socialismo el «nuevo cristianismo», a la manera de Weitling y los christian socialists ingleses, haciéndole reparar en la discrecionalidad del gobierno como enemigo principal del pueblo, un concepto tan profundo y benévolo como expuesto a interpretaciones divergentes. Al admitir la necesidad de algún poder coactivo legítimo, el demócrata se aplica a minimizar el margen discrecional por medios institucionales. El anarquista, en cambio, aspira a abolirlo eliminando las instituciones de modo súbito o gradual, y Bakunin no acaba de decidirse por lo segundo hasta 1848, cuando los alzamientos de París y Dresde le convencen de que el autogobierno popular resulta viable.

En esta última ciudad asombra a Heine y Wagner, dos compañeros de alzamiento, con la idea de proteger su sector de barricada apilando ante ella cuadros y esculturas del espléndido museo local, considerado entonces el quinto o sexto del mundo.

Recordará siempre esos días como el momento más glorioso de su existencia, donde al calor de tiroteos, asambleas y purgas de traido traidores redescubre que «la pasión destructiva es también pasión creativa». Cuando intentaba llevar la agitación a Praga resulta detenido, y empieza un calvario de dos años por prisiones prusianas y austriacas. Los prusianos le condenan a muerte por haber tomado como rehén la Pinacoteca de Dresde, y acaba logrando ser extraditado al penal de San Petersburgo, donde redacta una confesión al Zar como primer requisito para no sufrir la pena capital. Ese documento constituye también una profesión de paneslavismo conmovedora para su destinatario, que reduce la condena a cinco años más de cárcel y destierro ulterior en Siberia[837].

Una vez allí el panorama cambia completamente, porque el gobernador general de Siberia es un primo suyo y desde 1859 percibe la sinecura de dos mil rublos anuales, que le permiten casarse con una bellísima dama polaca y ser bien recibido en todas partes. Por lo demás, entiende que la situación no deja de ser una indigna pasividad, y a principios de 1861 le vemos burlar el bloqueo ruso para embarcarse con destino a San Francisco en el puerto de Yokohama, a bordo de un trasatlántico donde encuentra por pura casualidad a Heine y quizá menos casualmente al norteamericano-japonés J. Heko, un alto miembro del movimiento Meiji que lucha entonces por abolir el shogunato feudal, e imitar a Occidente en algunos aspectos, a quien interesa conocer de primera mano qué piensan sus «radicales».

Tras cruzar Panamá por tierra, haciendo luego escalas en Nueva York y Boston, vuelve a Europa a finales de año y reanuda su actividad de agitación y propaganda aprovechando que es ya una figura legendaria, reconocida por nacionalistas como Garibaldi y Mazzini y venerada por todos los adeptos al colectivismo. A partir de entonces excita hasta donde puede la rebelión polaco-lituana de 1863[838], crea una densa red europea de clubs y sociedades secretas[839], se une al consejo rector de la Internacional y acuña el concepto de Attentat o hazaña terrorista[840] para animar la revuelta de Lyón en 1870, antesala para la Comuna de París del año siguiente, cuya Semana Sangrienta solo encuentra en él y Blanqui a defensores de renombre, pues Proudhon, Marx, Engels, Weitling y el resto de los revolucionarios conocidos le oponen distintos reparos.

Corona así una década de trabajo incesante que mina sus fuerzas, y desde 1872 se refugia en Suiza —como antes o después gran parte de los revolucionarios—, amargado por la sensación de que «el mal ha triunfado y no queda el más mínimo vestigio de pensamiento, esperanza o pasión revolucionaria en las masas […] La única esperanza es una guerra mundial ¡aunque vaya perspectiva!»[841]. Su consuelo postrero será el desarrollo en Rusia del movimiento nihilista, que fue inicialmente una traducción al eslavo del positivismo comtiano[842], y que gracias a su joven protegido y discípulo Sergei Nechayev (1847-1882) se convierte en sinónimo de asesinato y caos revolucionario[843]. Este delfín no vacila tampoco en saquear sus cajones y acusarle de despilfarrar en su persona los fondos trabajosamente ahorrados por la Fraternidad para otros fines. Y como Marx, que muere cuando había decidido definir su concepto de «clase social», Bakunin expira cuando acaba de resolver que estudiará «el desarrollo del anarquismo del modo más objetivo».

2. La doctrina libertaria.

Del Catecismo revolucionario se conservan dos versiones, una escrita con Nechayev —que se concentra en «destruir todo lo establecido»— y otra más poética cuyo preámbulo establece: «Sustituyendo el culto a Dios por respeto y amor a la Humanidad, proclamamos la razón como único criterio de verdad, y la conciencia como base de justicia». Esa justicia es «el cumplimiento de la libertad a través de la igualdad», que lleva consigo sustituir al Estado por «la comuna absolutamente autónoma, formada por el voto mayoritario de todos los adultos», y convierte «la nación en una federación de provincias autónomas». El paso inmediato para llegar a dicho fin no es una confiscación de bienes sino abolir el derecho hereditario, pues bastará una generación para que la propiedad privada ceda paso gradualmente a cooperativas de producción y consumo. Si el proceso revolucionario comenzase con una expropiación general, el pueblo no estaría preparado para asumir el autogobierno, y se impondría una nueva dictadura burocrática peor aún que la antigua, dada la necesidad de improvisar un aparato administrativo.

Ese fue a grandes rasgos el programa «anarcosindicalista» presentado al congreso de la Internacional en La Haya (1872), donde el rechazo de los dispuestos a preparar la dictadura proletaria precipitó el cisma vigente aún en el colectivismo entre negros y rojos. La expulsión de los anarquistas fue saludada por Bismark como la mejor noticia imaginable para la civilización, y atribuida por Marx a las ambiciones, intrigas y sabotajes de Bakunin, a su entender un místico incoherente de la violencia. Este, sin recurrir al reproche ad hominem, adujo que «ninguna dictadura puede tener meta distinta de la autoperpetuación ni otro resultado que la esclavitud, pues empieza imponiendo esa condición a las masas». Reconocía que su rival era más culto y admitía sin reservas todos sus análisis económicos; era materialista e igualitarista en la misma medida, rechazaba igualmente tanto el dinero como las clases, pero adivinó que poner en práctica el marxismo no conduciría a una dictadura transicional sino crónica.

Al analizar sus respectivos idearios[844] comprobamos que la divergencia se centró en un concepto de la complejidad presente en Bakunin y ausente en Marx, al vedársela el propio hecho de construir un sistema donde la realidad se explica de principio a término y cada parte remite al todo, que es la propia perspectiva llamada materialismo histórico. En ella el curso del mundo aparece determinado por cierta lógica interna, que sin necesidad de proponerse abolir la propiedad y el comercio engendra una clase cuya supervivencia pende de lograr ambas cosas, y que lo conseguirá desterrando el Estado. Bakunin considera que el papel atribuido a esa «virtuosa clase» es un delirio de presunción excitado por la «pedantocracia», pues

«¿Qué mente, por muy brillante que sea, o —si queremos considerar una dictadura colectiva, incluso con centenares de individuos dotados de facultades superiores— está capacitada para recoger la infinita multiplicidad y diversidad de intereses, aspiraciones, deseos y necesidades cuya suma constituye la voluntad colectiva de un pueblo? ¿Dónde están esas mentes tan dotadas y abiertas como para “inventar una organización social capaz de satisfacer a todo el mundo? Esa organización será solo un lecho de Procusto, donde se verá forzada a descansar la infeliz sociedad[845]».

Podría pensarse que destruir todo lo establecido es en sí un lecho de Procusto[846], pero no resulta incoherente afirmar que el triunfo de dicho proyecto depende del subdesarrollo. En aquellos países que según Marx y Engels están «maduros» para la revolución habrá siempre un aburguesamiento de líderes y militantes, amparado en «el plan del cuco proletario en el nido liberal-demócrata, que usa la democracia burguesa para criarse sano y fuerte[847]». Basta «dotar de poderes absolutos al más ardiente revolucionario para que en menos de un año aventaje en despotismo al propio Zar», ya que éste nació como cualquier otro individuo y fue corrompido precisamente por el mando. No plantear la batalla como algo centrado en el propio autoritarismo es tan insensato como excluir de ella a los desahuciados emocionales —sea cual sea su clase actual u originaria—, pues cualquier otro temperamento inventará modos de promocionar en perjuicio de la pureza revolucionaria.

De ahí que para Bakunin un Proletariat reñido con el clasismo y moralmente intachable sea algo no ya hipotético sino imposible. Para empezar, su intervención en procesos subversivos nunca ha podido compararse ni de lejos con la del Lumpenproletariat ni con la del estudiantes ocioso, e ignorarlo es la fantasía de dos señoritos finalmente remilgados, que no contentos con expulsar a Weitling por defender esa evidencia siguen queriendo elevarla a dogma dos décadas después[848]. Ya en 1847, cuando visita a Engels y Marx en Bruselas, le parece que «emplean la palabra burgués como un lema repetido hasta el hastío, cuando son de pies a cabeza, y hasta la médula, burgueses provincianos[849]». Además, la fantasía del proletariado como agente «objetivo» sugiere universalizarlo, discriminando injustamente al campesino y al resto de la población[850], una arbitrariedad de la cual se sigue no solo preservar los mecanismos del poder coactivo sino multiplicarlos perversamente.

El Catecismo revolucionario define la libertad como «el más pleno despliegue de todas las facultades», apoyado en la «rebelión de la persona ante cualquier autoridad colectiva o individual», una idea que sigue fascinando al anarquismo contemporáneo[851] y escandalizando a las magistraturas. En los años cuarenta, los propios amigos de Bakunin le dedicaron críticas mordaces como «Colón sin América y sin barco» (Herzen), «Mahoma sin Corán» (Marx) y «revolucionario fantasioso, satisfecho con la conspiración» (Wagner)[852]. En 1872, al fracturarse la Internacional, Marx le lanza una catarata de epítetos, entre ellos «enorme masa de carne y grasa, gentuza paneslava, charlatán, ignorante, saltimbanqui capaz de cualquier infamia», e incluso «agente secreto del gobierno austriaco[853]». Él responde con invectivas bastante menos burdas, llamando a Marx «fanático autoritario», «histérico hasta lindar con la cobardía», «inmensamente vanidoso, tan intolerante y autocrático como Jehová, el Dios de sus padres[854]», sin perjuicio de reconocer que «muy pocos han leído tanto».

De puertas adentro, el problema de fondo para su doctrina será conciliar el culto a «la infinita multiplicidad y diversidad» con el recurso al engaño y la violencia. Temiendo que los demás sucumbiesen a la tentación autoritaria, Bakunin creó una malla de células clandestinas reclutadas entre quienes jura juraban por su vida obedecerle incondicionalmente, al más puro estilo carbonario, justificando que algunos contemporáneos y biógrafos le llamasen closet authoritarian, fundador de una dictadura secreta o «invisible» que él mismo define en la misiva dirigida a uno de esos incondicionales[855], su delegado en la Comuna de 1871:

«Mientras ruge la tempestad popular sacaremos adelante la anarquía como pilotos invisibles de la Revolución, evitando cargar con el peso del poder explícito pero haciendo valer la dictadura colectiva de nuestros aliados. Esa es la única dictadura que aceptaré».”

“Sagrada por encima de todo, la libertad se coordina con el terrorismo como propaganda y con una técnica de doblar los comités, en cuya virtud las deliberaciones de uno vienen decididas por órdenes impartidas previamente en el otro. Como dirá a menudo, las gentes se entienden hablando y respetando incondicionalmente sus respectivas opiniones, pero ningún argumento debe interferir en el progreso de la Causa. No hay, pues, manera práctica de distinguir sus maniobras de las que vienen siendo inmemoriales en política, razonadas de modo más franco y ecuánime por cronistas como Maquiavelo. El anarquismo pasaría a identificarse en los anales con el comunismo no autoritario, pero desde las hazañas de Bakunin en Dresde hasta las de Durruti, antes y durante la Guerra Civil española, su conducta práctica rara vez fue obra de «la comuna absolutamente autónoma regida por el voto de la mayoría».

Un aspecto contradictorio adicional hallamos en el hecho de que no solo puede omitirse el voto mayoritario autónomo, sino sectores enteros del mundo. El Catecismo revolucionario profesa en principio un respeto incondicional por la Humanidad, aunque Bakunin nunca defenderá una actitud cosmopolita sino nacionalista, o más exactamente racista y xenófoba. Busca «un redentor y padre de los eslavos», odia a los pueblos germánicos y define al judío como «secta explotadora formada por sanguijuelas, especie de parásito destructivo que no solo trasciende las fronteras estatales sino las de la opinión, pues la mayor parte del mundo está ahora a merced de Marx por una parte y de Rothschild por otra[856]».

En términos de política práctica su mayor acierto será anticipar que las cabezas de playa para el desembarco de su proyecto están en Europa meridional y más concretamente en España, pues solo allí y en las estepas rusas perviven «los sólidos elementos bárbaros, animados por su ira elemental[857]». Su decisión de enviar a Madrid y Barcelona un emisario bastará para poner en marcha el anarquismo ibérico, sin duda el más amplio y sostenido proyecto de sociedad sin Estado de los ensayados. Tan listo está el terreno para ello que a despecho de apenas entender a ese delegado —el italiano G. Fanelli, que solo habla italiano y francés— el presidente del primer congreso de la Internacional Libertaria (Barcelona 1870), R. Farga Pellicer, refiere en su discurso inaugural: «Gracias a Fanelli ascendimos de golpe a las alturas de los principios axiomáticos e inmutables de la ciencia obrera[858]».

Sus sociedades dobles serán también la semilla de una policía secreta y ultrasecreta que amplía exponencialmente la función del espionaje, un rasgo destacado en el tránsito del autócrata prerrevolucionario al posrevolucionario. Por lo demás, acertó plenamente al declarar que el alma eslava aportaría savia nueva a la causa de la Restitución, que había resurgido con la idea jacobina de la libertad como patriotismo, y acabó aposentada en el país más extenso del orbe, apoyándose en instituciones tan singulares como la comunidad patrimonial aldeana (el mir), y la propia figura de un César contraída a la sílaba única Zar, dueño y padre de todo. Herzen, Chernishevski, Nechayev y Lenin —entre otros muchos— irán mostrando hasta qué punto la noción eslava de democracia parte de una cultura innovadora, en función de su propio arcaísmo.”

Pasaje de

Los enemigos del comercio II

Antonio Escohotado

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