La lucha por reconstituir la ciudad de Gibraltar en el exilio (I, II y III) – Antonio Pérez Girón

Vista de Gibraltar dibujada por Gustavo Doré y grabada por Laplante en 1876. Universidad de Sevilla

Vista de Gibraltar dibujada por Gustavo Doré y grabada por Laplante en 1876. Universidad de Sevilla

Sin pertenecer al Cabildo ni al estamento militar fue uno de los sujetos fundamentales para que los gibraltareños exiliados se asentaran junto a la ermita de San Roque y, consecuentemente, fundaran la nueva ciudad. Guillermo Hillson fue un importante comerciante gibraltareño, -quizás de ascendencia islandesa o irlandesa- de enorme peso en la política local, pues asistió a la reunión de autoridades que decidió la capitulación ante la invasión anglo-holandesa de agosto de 1704.

 

Aunque varios autores se han referido a este personaje, fue a raíz de la interesante aportación de Alberto Sanz Trelles, (Catálogo de los Protocolos Notariales de Gibraltar y su Campo) donde se desvela el importante papel que este vecino tuvo  en los inicios de San Roque. Ello está contenido en el expediente de hidalguía iniciado en 1726 por iniciativa de Hillson y su esposa, la tarifeña, Juana de Quintanilla.

 

El sitio a Gibraltar  se levantó en abril de 1705 para dar  paso a un lento bloqueo. El pueblo gibraltareño desplazado comenzó a plantearse la constitución de un lugar estable donde habitar, aunque fuese de manera transitoria, siempre a la espera de retornar a sus hogares en el Peñón. Las tierras que ocupaban accidentalmente no les eran ajenas del todo, pues diversas familias contaban con propiedades en ellas, donde proliferaban los viñedos.

 

En condiciones precarias, los refugiados trataban de sobrevivir a la guerra. En el Real Hospicio de San Roque se efectuaba el primer bautizo (el niño Juan Laurencio Caballero Hoyos), mientras que los heridos en combate eran atendidos en el Real Hospital de Sangre, en cuyo cementerio tuvo lugar el primer enterramiento registrado, el del teniente Pedro Rodríguez de Acosta.

 

Cuando en mayo de 1706 fue ordenada desde Madrid la reunión del Cabildo gibraltareño, para reorganizar las actividades propias de una población, el regidor decano Rodrigo Muñoz Gallego pasó a convocarla en la viña de Benito Rodríguez. Junto a Muñoz, firmaron el acta Esteban Gil de Quiñones y el escribano Francisco Martínez de la Portela, siendo la antesala de la puesta en marcha del nuevo Ayuntamiento, o mejor dicho, de la continuación del existente en Gibraltar.  

¿Pero fue el único encuentro habido hasta entonces? Es difícil de creer que ello fuese así. Diferentes autores establecieron el primer cabildo en la huerta propiedad del regidor Bartolomé Luis Varela, al lado hoy de la ciudad, pero el acta a la que se ha hecho mención, descartaría esa hipótesis. No obstante, y hasta que se celebrase esa primera sesión oficial, ¿debemos entender que durante dos años no hubo reunión alguna? Y más aún ¿que no la hubiese de manera previa para la concertada por mandato real? Francamente creo, que dadas las diferencias de criterio que se suscitaron entre, al menos dos grupos de regidores y determinados refugiados influyentes, se produjo lo que, trasladado a expresiones de la época actual, podría llamarse «una pugna política», que no debió sustanciarse  en una única sesión.

 

De este modo, no podría descartarse del todo, aunque sin acta que dejara constancia de ello, que tuviese lugar la que algunos historiadores sitúan en la referida huerta del poderoso Varela, que luego sería nombrado corregidor. De esta forma, Lorenzo Valverde, el infatigable cronista que retrató parte del siglo XIX, que directamente vivió, alude «a que hay tradición en San Roque que los primeros cabildos que se celebraron por el actual Ayuntamiento fueron en una sala de la casa de la antigua huerta de Varela, que la tenemos a 800 pasos al poniente de esta ciudad». Valverde deja entrever que se trataba de reuniones anteriores a la histórica del 18 de junio de 1706, donde se decidió elegir el pago de San Roque para poner en marcha la administración municipal.

 

Si volvemos al expediente de Hillson, -cuando habían transcurrido tan sólo veinte años de la fundamental fecha-, tomará fuerza la aseveración del cronista. En el mencionado expediente de hidalguía se recoge que en esos prolegómenos fundacionales tuvo efecto una reunión, yo diría que asamblea, con la intención de elegir el sitio para ubicar el Gibraltar en el exilio, y que esa junta se llevó a cabo  «en la Hacienda del Señor Don Bartolomé Luis Varela». Sin ser el acta del Cabildo -sólo exclusivo de regidores-, esta asamblea es mencionada en un documento que no deja de ser oficial, como es un expediente de hidalguía.

 

Todo ello se enmarca en la disputa del grupo capitaneado por Varela, contrario a que fuese la loma de la ermita el lugar adecuado, y proclive a las tierras de Algeciras, donde también mantenía propiedades, y el mayoritario, que incluyó al comerciante Diego Ponce.

 

Ponce contaba con gran predicamento entre los refugiados, que no sólo lo conocían como activo hermano mayor de varias cofradías en Gibraltar, entre ellas la de la Vera Cruz, una de las más populares, sino que mantenía una tienda en torno a la ermita de San Roque. Probablemente, se mezclaran intereses políticos y económicos, como suele ocurrir en estas situaciones. Lo cierto es que desde fuera del Cabildo funcionó una alianza que, a la luz de un detenido análisis, parece evidente. Diego Ponce, el mercader, el cofrade que ya jugaba a político y tendría su máximo reconocimiento al conseguir sacar de Gibraltar las imágenes de la Virgen de los Remedios (hoy la patrona de San Roque, bajo la advocación de Santa María la Coronada) y San Sebastián, con las que se celebró la primera procesión documentada en la ciudad, y el vecino Guillermo Hillson, el influyente comerciante administrador del Real Estanco y del Alfolí de la Sal, y armador de jábegas, que decidió perderlo todo a permanecer bajo un pabellón extranjero.

La lucha por reconstituir la ciudad de Gibraltar en el exilio (II)

Litografía de la primera mitad del siglo XIX. Producida en Londres por J. y E. Harwood

Litografía de la primera mitad del siglo XIX. Producida en Londres por J. y E. Harwood

Si la salida del pueblo gibraltareño tuvo mucho de movimiento popular, pues no se había dado orden por autoridad alguna para que ello sucediese (más aún habiéndose ofrecido por el enemigo unas honrosas capitulaciones),  la elección de un lugar estable para poblar tuvo caracteres asamblearios. Algo inédito y de enorme relevancia si tenemos en cuenta que transcurrían los primeros años del siglo XVIII. Todo ello –como aludía en el artículo anterior– a pesar de las tensiones lógicas entre quienes lo habían perdido todo por voluntad y se mantenían con enormes dificultades. He sostenido, aún reconociendo la primera reunión oficial, –registrada en acta de junio de 1706–, que con anterioridad ya hubo otros encuentros en los que participó el pueblo llano.

 

Para ello es testimonio fundamental el expediente de hidalguía de Guillermo Hillson, uno de los fundadores de la actual ciudad de San Roque. Bien es verdad, que cuando se produjo el mandato real de reorganizar el Cabildo exiliado de Gibraltar, sus pobladores, los refugiados, no pretendían crear una nueva ciudad, sino establecer la de Gibraltar en lugar perteneciente a su término, en territorio no ocupado.

 

El expediente citado arroja luz sobre una reunión anterior a la de junio, y como ya quedó demostrado, fue en la finca propiedad del regidor Bartolomé Luis Varela, donde no sólo tuvo consideración de Cabildo, sino que participaron «otros señores, nobles y plebeyos», produciéndose un giro democrático para la época, pues se recoge «para que a pluralidad de votos se señalase el paraje donde se había de poblar».

 

Si la junta de junio fue la pura de regidores, la anterior fue una auténtica asamblea popular dispuesta a elegir el punto más adecuado para reagrupar a la población refugiada. Debió producirse entre los últimos días de mayo y antes del 18 de junio, día en que se reunió formalmente el Cabildo, tomando las primeras medidas administrativas.

El vacío de poder existente tras ser llamado a la corte el alcalde mayor de Gibraltar, Cayo Antonio Prieto Lazo de la Vega, al poco de producirse el éxodo, intentó ocuparlo el regidor decano Rodrigo Muñoz Gallego.Sin embargo, fue el regidor Varela el que trató de imponerse en la opción para elegir el punto idóneo para erigir la ciudad.

 

Con todo, sorpresivamente, como relata el propio Hillson, luego de formarse «el Cabildo y Junta» en esa asamblea no recogida en acta,  –tal vez por la asistencia de personas ajenas al propio Ayuntamiento gibraltareño, que impedían una fórmula legal– «se dirigieron todos los concurrentes a tomar mi parecer con anticipación a otro alguno, y así propuse que mi parecer era que con respecto al sitio donde se había de poblar lo había de ser a la inmediación de la capillita del Señor San Roque en virtud de la proporción que prestaba la dicha Capilla, lo saludable del sitio, pues había la experiencia de que los que habían venido apestados antes de ahora luego que llegaban a la cercanía de la dicha capillita sanaban todos, y por separado que estando en la altura y cerro en que estaba se veía perfectamente la perdida ciudad y plaza de Gibraltar, con su muelle, arenales de mar de Levante y Poniente y al mismo tiempo de que se estaba en el centro de todas las haciendas, con otras varias ventajas que expuse, por las cuales y de las que dejo referidas, contestaron todos los señores Regidores, los nobles y plebeyos que allí asistían, que lo que había manifestado les complacía y unánimes todos (…)». Testimonio excepcional que es reflejado sólo veinte años después.

 

Hillson estuvo presente en el último Cabildo celebrado en Gibraltar, pero no asistió al que tuvo lugar en la finca de Varela y sin embargo, nada más finalizar ésta, los asistentes se dirigieron a su casa para solicitar su opinión. Fueron muchos los que le echaron de menos y se desconocen las razones por las que no estuvo presente en aquella crucial reunión, a la que se habían desplazado refugiados desde distintos puntos de lo que hoy conocemos como Campo de Gibraltar. Tras una intensa discusión no debió producirse un acuerdo definitivo, o tal vez se pretendía el refrendo de quien venía luchando por el reagrupamiento del mayor número de gibraltareños, y desde el primer momento tenía claro el sitio para llevarlo a efecto.

 

Ello habla del peso de este personaje que hasta hace unos años resultaba desconocido, mientras que en San Roque se había mitificado al regidor Varela, cuando realmente se había opuesto frontalmente a los planteamientos de Guillermo Hillson.

 

Hillson, sin ocultar su alegría, pues su posición había sido refrendada, manifestaría, «(…) continuaron diciendo que sin detención se reunirían a formar sus casas y sus chozas». Como así ocurrió tras una pugna que había dividido al Cabildo gibraltareño. A esa lucha, solventada por mayoría de votos, y recogiendo la opinión determinante del influyente refugiado, me referiré en un próximo artículo.

La lucha por reconstituir la ciudad de Gibraltar en el exilio (y III)

Obras actuales en la conocida finca Varela, en San Roque

Obras actuales en la conocida finca Varela, en San Roque

Resistir era el lema y, la organización, pieza fundamental para ello. El pueblo gibraltareño abría una nueva página con la esperanza del retorno. Estaba decidido el lugar: el pago de San Roque con su ermita erguida entre viñedos. Guillermo Hillson había jugado fuerte para que fuese allí, desde donde se divisaba el Gibraltar perdido, y donde ejercía sus funciones pastorales fray Pedro de Andrade, religioso de Nuestra Señora de la Merced, que había pertenecido al convento que dicha orden tenía en el Peñón. A pie del pequeño templo, constituido en guarda del mismo, el comerciante y ferviente cofrade Diego Ponce había desplegado toda su influencia uniendo fuerzas a Hillson. Como señala Manuel Correro García, «la pérdida de Gibraltar convirtió los alrededores de la ermita de San Roque en el centro neurálgico y político de la zona». 

 

En esos primeros años continuaron las tensiones políticas en la comunidad de refugiados. En terrenos de Albalate, propiedad del regidor Trexo Altamirano, se había ido conformando una población que alcanzaba los sesenta hogares. Hillson, con la intención de atraer a esas familias al sitio elegido, construyó su casa junto a la ermita y mandó levantar otras tres. Al mismo tiempo comenzó a prestar ayuda a las familias de Albalate y otros puntos. Su iniciativa fue secundada por propietarios de huertas, que mostrando gran solidaridad, dispusieron el reparto de productos del campo.

 

Hillson logró convencer a Altamirano y crear un círculo político ligado a su familia, compuesto por sus dos yernos: Anastasio Yoldi Mendioca, antiguo regidor, casado con su hija Anastasia, y  Juan Andrés de Tasara, marido de su hija Josefa.

 

El que había sido acaudalado comerciante gibraltareño sabía perfectamente del sufrimiento de los refugiados, pues él y su familia habían pasado por las más difíciles circunstancias. En este sentido, el expediente de hidalguía referido a su persona es concluyente. No sólo participó en el último Cabildo celebrado en el Peñón, sino que fue, junto a su mujer Juana Quintanilla Ayllón, de los primeros que abandonó la plaza, «a cuya capitulación concurrió como uno de los caballeros Nobles para acordar con el señor gobernador interino que había y con los señores de aquel ilustre Ayuntamiento, clero y demás personas de su posición; y que al siguiente día de dicha capitulación se salió en compañía de su citada esposa, los cuales vinieron a parar y a refugiarse en una hacienda de viña y arboleda que tienen con su casa de teja, conocida como Cartagena, inmediato al cortijo que nombran del Rocadillo y en donde han pasado las mayores incomodidades por los asaltos que le han dado los enemigos para saquearlos».

 

Hillson tuvo que adaptarse a la nueva situación, estableciéndose como abastecedor de carne, actividad con la que tuvo algunos roces con el Cabildo exiliado.

Por su parte, Bartolomé Luis Varela, elevado oficialmente al cargo de corregidor en 1713 –aunque venía ejerciendo desde últimos del año anterior–, continuaba apostando por situar la población en el territorio de «las Algeciras». La oportunidad se produjo al firmarse en ese mismo año el Tratado de UtrechtVarela logró convencer a los miembros del Cabildo, entre los que figuraban tres capitanes, para que acordase en una reunión celebrada el 5 de febrero de 1714, solicitar de Felipe V que tras la cesión «de la plaza de Gibraltar, su puerto y fortificación», y perdida la esperanza de recuperación de la misma, «el hacer una nueva Población en este término, en el paraje más cómodo», y que ello fuese en «el sitio de las Algeciras, en el mismo paraje que antiguamente había población».

 

Aquella iniciativa de desplazar el centro poblacional no tuvo acogida y cuando Algeciras fue repoblada pasó a depender de San Roque, del que logró independizarse en 1755.

 

Una de las últimas acciones de Varela como corregidor fue dar cuenta al Cabildo del enfrentamiento producido con la autoridad militar del Campo, al negar el abastecimiento de aceite y leña al cuartel, lo que había motivado la detención de los regidores Rodrigo Quiñones y Alonso Monroy. Desde el Ayuntamiento se recordaba que el municipio estaba exhausto de medios tras la destrucción de la bellota por la plaga de la oruga y que, en todo caso, haciendo valer sus privilegios reales por su origen gibraltareño, no rendía cuentas al estamento militar, cuyo teniente coronel, Andrés Pérez había ordenado las detenciones. El Cabildo mostró su indignación y puso de manifiesto que la ciudad sólo acataba lo mandado por el Consejo y Cámara de Castilla, poniendo en conocimiento del rey los procedimientos violentos del militar. No le faltaban argumentos  y hasta dosis de orgullo a quienes lo habían dejado todo en el Peñón y trataban de mantenerse en medio de numerosas adversidades. Y buen ejemplo de esas necesidades es que al propio Varela se le debían más de tres mil reales de su último año de corregidor, por lo que se dispuso que se le abonara con el producto de la bellota de la dehesa del Algarrobo.

 

Varela falleció en 1718. En su testamento dictado algunos años antes había manifestado su deseo de ser enterrado en Algeciras.

 

Cuando en 1716 llegó el nuevo corregidor real, el capitán de granaderos Bernardo Díez de la Isla -como aporta el cronista Adolfo Muñoz -, refrendó sin titubeos el lugar que se había elegido para continuar la ciudad, que no era otro que «este sitio de San Roque donde congregando y aumentando el pueblo, donde radicó su domicilio y lo han hecho así los Corregidores todos y los Comandantes».

Origen: La lucha por reconstituir la ciudad de Gibraltar en el exilio (I)

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