María de Estrada: la valiente que luchó “mejor que cualquier varón” en las Américas – Iván Vélez

Ilustración de María de Estrada, utilizada por Gloria Durán en su...

Ilustración de María de Estrada, utilizada por Gloria Durán en su libro ‘Maria de Estrada: Gypsy Conquistadora’ E.M.

Las crónicas de la época hablan de ella como una de las cinco mujeres que no consintieron quedarse quietas mientras sus maridos guerreaban

Malinche: la ‘lengua’ de Hernán Cortés y la madre de un bastardo legitimado

“En todo tiempo ha habido mujeres de varonil ánimo y consejo”. Así se refirió Francisco Cervantes de Salazar al colectivo al que pertenecía María de Estrada. En su obra Crónica de la Nueva España, su descripción, la calidad y temple de ella, la propiedad y naturaleza de los indios, del siglo XVI, el primer catedrático de Retórica de la Real y Pontificia Universidad de México dejó escritas las palabras que María de Estrada pronunció después del desastre de la Noche Triste, jornada que condujo a cinco “mujeres de Castilla” a la piedra sacrificial del Templo Mayor. 

Finalizado el repliegue en Tlaxcala, mientras se preparaba la ofensiva final para la toma de Tenochtitlán, ante la intención de que las féminas se quedasen en la ciudad aliada, aquella a la que Bernal Díaz del Castillo se refirió como a una “buena y honrada mujer”, dijo a Hernán Cortés: “No es bien, señor capitán, que mujeres españolas dexen a sus maridos yendo a la guerra; donde ellos murieren moriremos nosotras, y es razón que los indios entiendan que son tan valientes los españoles que hasta sus mujeres saben pelear, y queremos, pues para la cura de nuestros maridos y de los demás somos necesarias, tener parte en tan buenos trabajos, para ganar algún renombre como los demás soldados”.

María de Estrada, de cuyo lugar de nacimiento no tenemos constancia, al margen de que el padre Feijoo, en su discurso Defensa de las mujeres del siglo XVI, dijera que “el apellido persuade que era asturiana”, era hermana del conquistador Francisco de Estrada, establecido en el Nuevo Mundo desde 1509, año en el que probablemente llegó María. Las primeras referencias caribeñas la sitúan en Cuba. Allí cayó en poder de los indios taínos durante los combates que tuvieron lugar en Matanzas. Una vez liberada, se casó con el sevillano Pedro Sánchez Farfán en la villa de La Trinidad. Probablemente pasó a la Nueva España en abril de 1520, a bordo de la flota capitaneada por Pánfilo de Narváez, para encontrarse con su marido, que se había integrado en la hueste cortesiana. Sánchez Farfán fue quien capturó a Narváez durante la operación que Cortés desplegó para neutralizar al enviado por Diego Velázquez de Cuéllar. 

El capitán Bernal Díaz del Castillo la cita por su nombre en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España en 1632, cuando hace el balance de los supervivientes de la Noche Triste. El de Medina del Campo escribió: “Pues olvidado me he de escribir el contento que recibimos de ver viva a nuestra doña Marina y a doña Luisa, la hija de Xicotenga, que las escaparon en las puentes unos tascaltecas, y también una mujer que se decía María de Estrada, que no teníamos otra mujer de Castilla en México sino aquélla”. 

“HAZAÑEROS HECHOS CON UNA ESPADA”

El cronista Diego Muñoz Camargo, hijo de español e india, añadió detalles de las acciones de aquella mujer. En su Historia de Tlaxcala de 1802, dejó este apunte: “En esta tan temeraria llamada la noche triste […] se mostró valerosamente una señora llamada María de Estrada, haciendo maravillosos y hazañeros hechos con una espada y una rodela en las manos, peleando valerosamente con tanta furia y ánimo, que excedía al esfuerzo de cualquier varón, por esforzado y animoso que fuera, que a los propios nuestros ponía espanto”. En su Monarquía indiana de 1615, el franciscano fray Juan de Torquemada, prácticamente calcó aquel belicoso retrato: “Mostróse muy valerosa en este aprieto y conflicto María de Estrada, la cual con una espada y una rodela en las manos hizo hechos maravillosos, y se entraba por los enemigos con tanto coraje y ánimo, como si fuera uno de los más valientes hombres del mundo, olvidada de que era mujer, y revestida del valor que en caso semejante suelen tener los hombres de valor, y honra. Y fueron tantas las maravillas y cosas que hizo, que puso en espanto y asombro a cuantos la miraban“.

Doce años después de la caída del imperio mexica, Pedro Sánchez Farfán falleció, circunstancia que dejó huella en la correspondencia de Hernán Cortés, siempre favorable a aquel soldado y, por ende, a su esposa. 

La lealtad era recíproca, pues Sánchez Farfán se negó a firmar las acusaciones que sobre Cortés hizo la primera Audiencia de la Ciudad de México, negativa que acarreó su desposesión del cargo de regidor. En una carta escrita el 18 de marzo de 1533 en el Puerto de Santiago, bañado por la Mar del Sur, el de Medellín informó a su primo, el licenciado Francisco Núñez, encargado de sus asuntos en la Corte, de aquella muerte, hecho que pidió que fuera conocido por la emperatriz y los miembros del Consejo. En la misiva, instó a su pariente a que velara por los intereses de la viuda. En concreto, por la conservación de los pueblos de Tetela y Xilotem. 

La pluma de Cortés, que da cuenta de la extinción de aquellas encomiendas vinculadas a su círculo más cercano, delata el afecto que tenía por la pareja: “Pero Sánchez Farfán era uno de los mayores amigos que yo en estas partes tenía y que perdí un deudo muy cercano y a su mujer soy en mucho amigo y, para las cosas que le tocaren, tengo de hacer cuenta que en lugar de su marido porque me sirvió muchos días y la tengo en lugar de hermana y digo esto para que sepáis en cuanto terné todo lo que por ella hiciéredes y que así lo digáis a todos esos señores. Bien creo que luego como murió su marido los oidores le quitarían los pueblos y los pornían en corregimiento porque así lo han hecho con todos los que mueren, a lo menos con aquellos que ellos piensan que son mis amigos, y recibe mucho daño su mujer, así por quitalle su principal mantenimiento como porque en el uno de ellos tenía la granjería de su hacienda. Pidos por merced que este negocio prevenga al más principal que yo tenga y me procuréis y enviéis el buen despacho del con toda brevedad porque lo terné en mucho”.
Tiempo después, la viuda se casó en segundas nupcias con uno de los 33 fundadores de Puebla: el sevillano Alonso Martín Partidor, que ya había perdido a su primera esposa, con la que tuvo numerosos hijos. Como la de tantos otros, la figura de María de Estrada se diluyó envuelta en pleitos que trataban de retener los dividendos que, ganados con la espada, se negaban con la pluma.

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