Duro choque entre Españoles por la abolición de la esclavitud: liga nacional contra la sociedad abolicionista española

En una primera fase, que duró desde principio del siglo XIX hasta 1860, sólo defendieron la abolición la presión de Gran Bretaña y algunas personalidades aisladas que no tuvieron éxito. Entre éstas destacaron los diputados de las Cortes de Cádiz Guridi Alcocer y Agustín Argüelles que presentaron en 1811 una ley de abolición que fue rechazada, e Isidoro de Antillón, el cual publicó en 1811 un libro contra la esclavitud y defendió la abolición de la trata en las Cortes en 1813. Tras oponerse en las Cortes, en 1813, a las maniobras de los absolutistas, fue salvajemente apaleado en las calles de Cádiz, circunstancia que le causó la muerte en 1814 (por lo que no pudo llegar a ejecutarse la pena de muerte impuesta por Fernando VII).

También pertenece a este periodo Blanco White quien exiliado en Londres publicó en aquella ciudad un libro contra la esclavitud, o el padre Varela que fue diputado por Cuba cuando con el pronunciamiento de Riego se restauraron por tres años las Cortes y la Constitución de 1812.

La presión inglesa logró la promulgación de la citada ley de 1837 de abolición de la esclavitud en la España metropolitana y las no respetadas leyes de prohibición del tráfico negrero de 1817 y 1835 y de persecución del mismo de 1845 y 1867. Tras la guerra de Secesión, Estados Unidos se sumó a Gran Bretaña en sus presiones abolicionistas sobre España.

El 2 de abril de 1865 se crea la Sociedad Abolicionista Española por iniciativa del hacendado portorriqueño Julio Vizcarrondo, trasladado a la península tras haber liberado a sus esclavos. El 10 de diciembre del mismo año funda su periódico “El abolicionista”. Contó con el apoyo de políticos que fraguaron la Revolución de 1868 “La Gloriosa” que destronó a Isabel II y eligió por sufragio universal unas Cortes Constituyentes.

Como consecuencia de ello, en 1870, siendo ministro de ultramar Segismundo Moret, se promulgó una ley llamada de “vientres libres” que concedía la libertad a los futuros hijos de las esclavas y que irritó a los esclavistas. En 1872 el gobierno de Ruiz Zorrilla elaboró un proyecto de ley de abolición de la esclavitud en Puerto Rico.

Contra este proyecto se desató una feroz oposición. Para coordinar la acción opositora se crearon en varias ciudades (Madrid, Santander, Cádiz, Barcelona) Círculos Hispano Ultramarinos de ex-residentes de las Antillas y se impulsó también, la constitución en varias ciudades de la “Liga Nacional” antiabolicionista. Instigaron plantes de la nobleza al rey Amadeo de Saboya, conspiraciones, campañas de prensa y manifestaciones callejeras, como la del 11 de diciembre en Madrid, que tuvo como réplica la que organizó en esta ciudad la Sociedad Abolicionista Española el 10 de enero de 1873. Tal crispación se explica, pues se veía en la liberación de los 31.000 esclavos portorriqueños, un temido preámbulo de la liberación de los casi 400.000 esclavos cubanos.

Precisamente, la oposición a este proyecto de ley abolicionista fue uno de los elementos más visibles, en la prensa conservadora, de crítica al rey Amadeo, reprochándole que no se enfrentase de forma dudosamente constitucional, a un Parlamento dominado por una alianza, en esta cuestión, de monárquico-progresistas (como el mismo jefe de gobierno Ruiz Zorrilla) y de republicanos (como Castelar o Pi Margall). Según el Diario de Barcelona , el 7 de febrero de 1873 se hubiese producido un golpe militar si el rey lo hubiera legitimado con su apoyo. En su lugar, Amadeo ratificó la orden del gobierno de disolver el arma de artillería. A continuación, el 11 de febrero, abdicó.

La aprobación por parte de este Parlamento de la abolición de la esclavitud en Puerto Rico se produjo pues, el 22 de marzo de 1873, un mes después de la abdicación del rey y de haberse votado la proclamación de la Primera República.

LOS ARGUMENTOS ANTIABOLICIONISTAS

En esta querella hay que destacar que quienes se oponían a la abolición de la esclavitud, más que utilizar razonamientos esclavistas, justificaban su actitud con argumentos patriotas, como no someterse a los dictados del extranjero, o similares a los que ya se emplearon durante la Revolución Francesa por parte de quienes se oponían a la abolición: es decir, que los enfadados propietarios de las plantaciones se harían independentistas, que el daño económico de la medida sería inmenso, o que actuaban por el bien de los propios esclavos, etc. La proximidad intelectual de ambos debates la hace patente el ilustrado diputado catalán Puig y Llagostera cuando propuso invertir la frase “Sálvense los principios y piérdanse las colonias” (atribuida a Robespierre), con un “Sálvense las colonias y piérdanse los principios. Húndanse los principios, pero sálvese el país.”

Según el Diario Español “se ha querido, doloroso es decirlo, sucumbir humilde y vergonzosamente a las órdenes emanadas de los Estados Unidos, y provocadas quizás por los mismos que doblan su cabeza ante ellas. Se ha querido llevar una gran perturbación a la gran Antilla, para que conmovida, empobrecida, arruinada, dejen los españoles de tener interés en conservarla y se logre por tan artificiosos medios lo que la violencia no ha alcanzado”. Y en otro artículo del mismo periódico: “en interés de los esclavos mismos y en interés de la producción y la propiedad que alguna consideración merecen, no se precipiten las reformas, ó se esplique con franqueza cual es la causa del súbito cambio que se observa”.

En el también antiabolicionista Diario de Barcelona, comentando un pleno de la Diputación de Barcelona del 20 de diciembre de 1872, se puede leer: “Recordó el señor Elías Carbonell las sangrientas escenas ocurridas en Santo Domingo cuando la abolición de la esclavitud. Hizo presente los inmensos perjuicios que se irrogaban á la patria de la situación de la isla de Cuba y lo que podía agravarla el planteamiento de las reformas administrativas en ultramar”. Más adelante transcribe las declaraciones de otro diputado provincial, el Sr. Parellada, quien dijo que “él era partidario de las reformas, empero que en la actualidad no es la ocasión oportuna de plantearlas, toda vez que podían vigorizar la insurrección de la isla de Cuba, trayendo como consecuencia la perdida de las Antillas y la ruina de Cataluña.”

También era muy importante, desde el punto de vista de la amortización de las inversiones, defender el que la emancipación de los esclavos fuese gradual, pues teniendo en cuenta que durante la zafra las jornadas de trabajo eran de dieciseis a dieciocho horas, un esclavo en una plantación podía “durar” unos diez años.

LIGA NACIONAL Y MOVILIZACIONES ABOLICIONISTAS

La creación de las Ligas Nacionales tenía su contrapunto en las movilizaciones y manifestaciones en favor de la abolición de la esclavitud en ciudades como Madrid, Barcelona o Córdoba.

El peso y la entidad de las “Ligas Nacionales” creadas en las distintas provincias para oponerse a la abolición queda ilustrada por el hecho de que en Barcelona fue el Fomento de la Producción quien creó la comisión gestora que convocó la asamblea fundacional que se celebró el 19 de diciembre de 1872 en La Lonja. Contó con unos 3.000 asistentes y eligió una Junta de cien directivos en la que además de miembros del “Fomento”, habían dirigentes del Instituto Industrial de Cataluña, Instituto Catalán Agrícola de San Isidro, Banco Hispano-Colonial, Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Barcelona, Seminario Conciliar, Colegio de Abogados, obispos, catedráticos, alcaldes, presidentes de Diputación, diputados, senadores, armadores, industriales y comerciantes (*).

En el primer punto de la resolución que aprobaron se decía:

“La Liga Nacional de Barcelona saluda a la Liga Nacional de Madrid, y une sus protestas de españolismo á las del Manifiesto de esta, en favor de la integridad del territorio y contra toda presión é injerencia extranjera en los asuntos interiores de España, ofreciendo a la Liga de Madrid su más eficaz cooperación para alcanzar ambos objetos y pidiéndoles la suya en favor de esta Liga, para el logro del fin común.”

A la salida fueron en manifestación a ver el gobernador, lo que de inmediato produjo una primera contramanifestación de miembros de los partidos republicano federal y radical, y la convocatoria de una manifestación para el siguiente domingo.

El domingo 21 de diciembre de 1872 tuvo lugar esta manifestación en la que destacaban numerosos pendones de los partidos radical y republicano federal. Una banda acompañaba el cortejo interpretando habaneras y la Marsellesa. La manifestación concluyó ante el Hotel de las “Cuatro Naciones” en el que residía el cónsul de Estados Unidos. Desde un balcón, al lado de la bandera estadounidense un orador dio vivas a Estados Unidos por lo que habían hecho en favor de la abolición de la esclavitud que fueron secundadas por la multitud.

Estas muestras de simpatía hacía Estados Unidos, despertadas por su reciente victoria sobre los esclavistas confederados, iban a repetirse dentro de pocos días al saberse que las Cortes habían aprobado la propuesta del Sr. Pi Margall y proclamado la República. También en esta ocasión los cantos de la Marsellesa se acompañaron de la colocación del retrato del Presidente Washington en el balcón del Ayuntamiento.

LA ABOLICIÓN DE CÁNOVAS

Resulta paradójico que siete años más tarde, en 1880, en una España dominada precisamente por aquellos personajes que habían integrado la “Liga Nacional”, el conservador Cánovas aprobase una ley de abolición de la esclavitud, aunque fuese de forma gradual en Cuba, instaurando un Patronato por parte de los antiguos dueños, que se mantuvo hasta el 7 de octubre de 1886.

Influyó en este cambio de actitud política, el que dos años antes, en 1878, se firmó la Paz de Zanjón con los independentistas cubanos y se tuvo que reconocer la libertad que estos habían concedido a los esclavos que se les habían unido. No liberar a los demás -a los no rebelados- era incitarles a que se “autoliberasen” luchando con los independentistas cubanos contra el ejército español.

Fue una ironía de la historia que los antiabolicionistas que decían temer que la abolición de la esclavitud convirtiese en independentistas a los propietarios de esclavos, tuviesen que ceder al ver que eran estos últimos quienes se hacían independentistas para obtener su libertad.

De todos modos, el mismo Cánovas ilustra que tal medida violentó sus más íntimas convicciones, cuando en la entrevista concedida diez años más tarde -el 17 de noviembre de 1896- al periodista Gaston Routier del periódico francés Le Journal declara:

“Los negros en Cuba son libres; pueden contratar compromisos, trabajar o no trabajar…y creo que la esclavitud era para ellos mucho mejor que esta libertad que sólo han aprovechado para no hacer nada y formar masas de desocupados. Todos quienes conocen a los negros os dirán que en Madagascar, en el Congo, como en Cuba son perezosos, salvajes, inclinados a actuar mal, y que es preciso conducirlos con autoridad y firmeza para obtener algo de ellos. Estos salvajes no tienen otro dueño que sus propios instintos, sus apetitos primitivos. Los negros de Estados Unidos son mucho más civilizados que los nuestros: son los descendientes de razas implantadas en suelo americano desde hace varias generaciones, se han relativamente transformado, mientras que entre nosotros hay cantidad de negros venidos directamente de África y completamente salvajes. ¡Pues bien! vea incluso en los Estados Unidos como se trata a los negros: tienen unas libertades aparentes que se les permite utilizar dentro de ciertos límites. A partir del momento en que desean beneficiarse de todos sus pretendidos derechos de ciudadano, los blancos salen rápidamente a recordarles su condición y a colocarlos en su lugar. Creo saber que por otra parte, en Estados Unidos no hay un solo hombre de estado serio e influyente que desee realmente la independencia de Cuba, ya que se dan perfectamente cuenta que la isla de Cuba independiente se convertiría en una nueva República Dominicana, una segunda Liberia que se retrogradaría de la civilización a la anarquía. Si el ejército español abandonase Cuba, serían las ideas sensatas, fecundas, liberales, progresistas de Europa las que abandonarían este país que ha sido el más rico, el más próspero de la América española.

Lo saben tan bien en Estados Unidos que los espíritus exaltados y “chovinos”, que también los hay allí, cuando reclaman la independencia de Cuba, la reclaman con la condición de colocar inmediatamente esta gran isla bajo el protectorado de la República de Estados Unidos, que ejercería una policía rigurosa… Cuba no habría hecho más que cambiar de dueños” .

Esta última opinión se reveló profética cuando dos años más tarde empezó a vislumbrarse la derrota del ejercito español a manos de los independentistas.

(* ) Los integrantes de la Junta Directiva de la Liga Nacional de Barcelona eran:

Sr. Barón de Vilagayá, D. Carlos de Fontcuberta, D. Luis de Desvalls, D. Pablo de Barnola, General D. Fernando del Pino, Brigadier D. José Chacón, Canónigo Dr. D. José Morgades y Gili, Rector del Seminario Dr. D. Salvador Casañes, D. José Ferrer y Vidal, D. Joaquín María de Paz, D. Federico Pons, D. Ramón Estruch y Ferrer, D. Fernando Puig, D. Pedro Collaso y Gil, D. Juan Illas y Vidal, D. Pablo Valls, D. Emilio Sicars, D. José Antonio Muntadas, D. Antonio Escubós, D. José Puig y Llagostera, D. Bartolomé Godó, D. Eusebio Güell, D. Antonio Xuriguer, D. Rafael de Llozer, D. Clemente Bonsoms, D. Salvador Maluquer, D. José María Nadal, D. Francisco Soler y Matas, D. Isidoro Pons, D. Joaquín Gurri, D. Pablo Sensat, D. Evaristo Arnús, D. Antonio Gusi, D. Timoteo Capella, D. Isidro Puig y Ferrer, D. Fernando Molina, D. Ramón Ribas, D. José Colom y Roca, D. Pedro Casa, D. Bartolomé Nubiola, D. Francisco Travila, D. Ignacio Vieta, D. Ramón Camprubí, D. Antonio Rave, D. Vicente Munner, D. Joaquin Cil, Don José de Letamendi, D. Ignacio María de Ferrán, D. Francisco López y Sancho, D. Francisco Claret, D. Ramón de Manjarres, D. Narciso Borrell, D. Pablo Milà y Fontanals, D. Francisco Barret, D. Ignacio Miró, D. Joaquin Rubió y Ors, D. José Coll y Vehi, D. Narciso Sicars, D. Francisco de Paula Rius y Taulet, D. Teodoro Baró, D. Luis Soler y Pla, D. José Oriol Mestres, D. Juan Mañé y Flaquer, Don Ramón de Lacunza, D. Pedro Soler y Perich, D. Luciano Camps, D. Pascual Maimo, D. José Alonso, D. Juan Nolis, D. Juan Gamot, D. Pablo Calvell, D. Franciso Viñas, D. Pablo Blanch.

Se agregó a la directiva la comisión gestora que integraban: D. José A. Salom, D. A. López, D. José Amell y Bou, D. Tomás Ribalta, D. José Canela y Reventos, D. Isidro Gassol, D. José Munné, D. Francisco Gumá, D. Sebastián Plaja, D. Edmundo C. Sivatte, D. Nonito Plandolit, D. Federico Nicolau, D. Antonio Ferrer y Feliu, D. Diego A. Martinez, D. José A. Buxeres, D. Pelayo de Camps, Sr. Conde de Foxá, D. José María de Despujol, D. Manuel Durán y Bas, D. Justo Espinosa de los Monteros, D. Juan Jaumandreu, Sr. Marqués de Cintadilla, D. Rómulo Mascaró, D. Estanislao Reynals y Rabassa, D. Manuel Rimont, D. Narciso Ramírez, D. Francisco de Paula Renart.

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