Marx, el burgues que jamas trabajo y dejo morir de miseria a su familia

El hecho de que Marx sea el gran teórico de la propiedad común y a la vez un hombre «siempre desamparado» contribuye a precisar su tesis de que la fuente de ingresos determina la conciencia. Todos sus biógrafos subrayan una prodigalidad que siendo todavía soltero —durante los años de estudiante— le llevaba a superar ampliamente el gasto “de colegas con familias más prósperas, y cuando la abuela de Jenny les regale un arca llena de monedas disipará en semanas ese pequeño tesoro. Fue un «alivio» resultar despedido de su último empleo remunerado —dirigir la Gaceta del Rhin—, puesto que Alemania le parecía «asfixiante»; pero tanto en París como en Bruselas y Londres alquila residencias por encima de sus posibilidades, quiere amueblarlas de modo cómodo y espera ofrecer fiestas para que sus hijas se pongan de largo.
Cuando un camarada de la Liga muestre su extrañeza, aclara que si bien los varones pueden «recibir una educación proletaria», las muchachas no tienen otra salida que un buen matrimonio. De ahí que den clases particulares de francés, italiano, dibujo y canto. 
A los veinticinco años, cuando redacta los Manuscritos económico-filosóficos, los reveses derivados de vivir por encima de sus posibilidades se infiltran ocasionalmente en su crítica del sistema económico, a través de observaciones como que «el crédito juzga la moralidad […] convirtiéndose en mi carne y mi sangre», y avergüenza «cuando fuerza a hacerse moneda falsa, mentir, etcétera».
Dos décadas después, a los trece años de vivir en Londres, surge la posibilidad de escribir una colaboración semanal de corresponsalía europea para el New York Daily Tribune, que salva de lo peor —a despecho de no ser nunca suficiente— entre 1852 y 1861. De ese encargo nacieron varios centenares de artículos originales y bien documentados, cuyo único lastre es magnificar por sistema quiebras bancarias y malas cosechas, esperando con impaciencia la crisis general del capitalismo. Al acercarse la Guerra de Secesión norteamericana el periódico debe recortar gastos, y si bien hubo modo de reanudar las colaboraciones, o de escribir para cierto diario vienés, «Karl dejó enfriar sus relaciones con ambos, confiando en fuentes de ingreso que resultaron ser fracasos». 
Por entonces llegan los primeros achaques físicos serios, y desde mediados de 1862 —tras agotar los últimos residuos de crédito en el Continente— sus fuentes de dinero se reducen a Engels y W. Wolff, «Lupus», un antiguo miembro fundador de la Liga Comunista.
1. La estructura de apoyo. 
El 8 de enero de 1863, cuando Engels acaba de enterrar a su amada Mary Burns, le apremia con una larga lista de gastos para añadir al final: «¿Acaso el lugar de tu mujer no debería haberlo ocupado mi madre,
 que en cualquier caso es propensa a las enfermedades, y cuya vida se ha alargado ya lo suficiente?». Su amigo le contesta quizá por única vez en términos ásperos, lo cual provoca no sólo unas disculpas sino el reconocimiento de que «pierdo el tiempo tratando de mantener falsas apariencias».
Pero tampoco se muestra dispuesto a la enmienda, dibuja un futuro todavía más aterrador y conmueve a Engels hasta inducirle a hacer peligrosas manipulaciones en la contabilidad de la empresa paterna. Con eso salva buena parte del año, y al siguiente llega la grata sorpresa de que Wolff le ha legado por testamento 10 000 libras, suma suficiente para el resto de sus días.
De los tres amigos (Marx, Engels y Wolff) solo él era padre de familia, y solo él se abstuvo de trabajos remunerados, a pesar de que le habría sido bastante más fácil dar clases o traducir que al autodidacta Wolff. 
Para su familia eso supuso vivir peor que la familia de un obrero inglés sin especializar, pero su esposa y sus hijas nunca dudaron de que aplicarse a ganar dinero habría sido traicionar al destino, como si Jesús postergara su predicación para ingresar en el taller paterno de carpintería. Cuando Jenny muera, por ejemplo, se congratulará de que ese trance lo haya endulzado una reseña sobre él, «pues conocemos el apasionado interés que tales asuntos le merecían».
Esa expectativa hizo que «su vida interior se mantuviese tranquila y confiada», mediando adversidades externas como ver morir a cuatro de sus seis hijos, y perder finalmente a un cónyuge minado por el agotamiento y la angustia del pobre vergonzante. Atroz fue la muerte de Edgar a los seis años, cuando ya se había acostumbrado a la picaresca de que le fiasen el pan o la leche, o a quedarse en cama no solo porque tenía empeñados los zapatos y el abrigo, como su padre, sino porque el carbonero se negaba a seguir fiando, y las frazadas eran su único cobijo. El Capital dedica uno de sus sarcasmos más amenazadores al trabajo infantil, aparentemente ajeno a que todo resulta preferible antes de dejar que los niños sucumban por desnutrición y frío.
Puede considerarse un golpe de buena suerte no saber que Laura y Eleonora, las dos hijas supervivientes, acabarían suicidándose. De los ocho miembros de su familia solo él cumplió los sesenta años, y sería injusto olvidar que en 1855 —cuando Edgar empezaba a agonizar— firmó una convocatoria de plaza para escribientes del ferrocarril, aunque su caligrafía le asegurase ser rechazado.
No volvería a intentarlo, y los años dedicados a estudiar el sistema económico de manera incompartida coinciden con el periodo 1850-1865, único tramo de su vida definido por la indigencia. Antes había cultivado la filosofía política, después la política práctica potenciada por el nacimiento de la Internacional, y al aguijón de la miseria cabe atribuir al menos parte del impulso requerido para demostrar que «la economía es la ciencia de la renuncia, de la privación, del ascetismo».
Se diría que tal cosa constituye una obviedad, pero Marx entiende que con la medida adecuada de estudio puede probarse que no lo impone ninguna necesidad objetiva, sino una colección de velos y fraudes introducidos para posibilitar que la «inagotable riqueza colectiva» se acumule como fortuna de unos pocos.
Pasaje de Los enemigos del comercio II
Antonio Escohotado

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