Los obispos y Franco: Oportunismo, traición e ingratitud – Gabriel Calvo Zarraute

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Recogemos en la portada el artículo publicado por Criterio en el día en que se está procediendo a la profanación del cadáver del General Franco.

Por el sacerdote Gabriel Calvo Zarraute

  1. Introducción

«Qualis vita finis ita», como es la vida es la muerte reza el antiguo adagio latino. «Quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir” (Testamento de Francisco Franco). 

Quien se expresaba así personalmente, no podía menos de plasmar esa fe que se hace vida en el ordenamiento político de su gobierno. Ley de Principios Fundamentales del Movimiento del 18 de mayo de 1958, n.2: «La nación española considera como timbre de honor el acatamiento de la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional que inspirará su legislación». Concordato de 1953, art. 1 y 2: «La Religión Católica, Apostólica y Romana, sigue siendo la única de la nación española y gozará de los derechos y prerrogativas que le corresponden en conformidad con la Ley divina y el Derecho Canónico. El Estado Español reconoce a la Iglesia Católica el carácter de sociedad perfecta y le garantiza el libre y pleno ejercicio de su poder espiritual y de su jurisdicción, así como el libre y público ejercicio del culto». Recordemos que Pío XII otorgó la medalla de la Orden de Cristo, máxima distinción pontificia, a Franco ese mismo 1953 debido a que el desarrollo y posterior redacción de los acuerdos Iglesia-Estado habían sido realmente modélicos.

2. Martirio y Cruzada, no guerra civil

El léxico historiográfico, debido a la hegemonía de las corrientes de pensamiento marxista, tiende a deformar la verdad, es decir, la realidad o, dicho de otro modo, la Historia misma. Ocurre, por ejemplo, con la aplicación del término «Reforma» utilizado para referirse a Lutero y su obra. Hablando con rigor, reforma significa volver a su forma original algo que ha sido parcialmente desposeído de ella, es decir, deformado. Sin embargo, en este punto, lo único que Lutero consiguió fue deformar el dogma, la liturgia, la moral y las instituciones de la Iglesia hasta el punto de que cualquier parecido con el Evangelio -al que pretendía retornar-, resulte pura coincidencia, cuando no simple ficción. Por este motivo el término correcto no es el de reforma, sino el de revolución, como mutación violenta, rupturista y heterogénea de lo existente por una realidad completamente distinta. Con el término Contrarreforma, -en sentido peyorativo de matiz reaccionario e involucionista- utilizado para referirse a la respuesta católica a la revolución religiosa y política del protestantismo, ocurre exactamente lo mismo, introduciendo además un matiz de temporalidad que no resiste el análisis histórico de los hechos contundentes. La verdadera Reforma de la Iglesia había comenzado en la España de los Reyes Católicos y Cisneros, mucho antes de que Lutero gozara de su «iluminación de la torre». 

Lo mismo sucede con la guerra de 1936. Don Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona, fue el primero en usar el término «cruzada», en su carta pastoral del 23 de agosto de 1936: «No es una guerra la que se está librando; es una cruzada, y la Iglesia, no puede menos de poner cuanto tiene a favor de los cruzados». El obispo de Salamanca, Pla y Deniel, dirá el 30 de septiembre de 1936: «Ya no se trata de una guerra civil, sino de una cruzada por la religión, por la Patria y la civilización». Posteriormente, en su carta pastoral Las dos ciudades, decía: «La lucha actual reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden. Lucha a favor del orden contra la anarquía, a favor de la implantación de un gobierno jerárquico contra el disolvente comunismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y de sus fundamentos: religión, patria y familia contra los sin Dios y contra Dios, los sin patria». 

El cardenal Gomá, el 23 de noviembre del mismo año: «Si la contienda actual parece como una guerra puramente civil, en el fondo debe reconocerse en ella un espíritu de verdadera cruzada en pro de la religión católica». En 1958, el ya cardenal Plá y Deniel, Arzobispo de Toledo, Primado de España y presidente de la Conferencia de Metropolitanos, lo que equivaldría en nuestros días a la Conferencia Episcopal, decía: «La Iglesia no hubiera bendecido un mero pronunciamiento militar, ni a un bando de una guerra civil. Bendijo, sí, una Cruzada». 

Repasando los martirios de los 4.184 sacerdotes diocesanos sacrificados en la zona sometida bajo el terror rojo, junto con 2.365 religiosos, 283 religiosas, 13 obispos y cientos de miles de militantes y fieles católicos. Por no hablar de la destrucción de 20.000 templos y monasterios, junto a un ingente patrimonio cultural acumulado durante siglos en los archivos catedralicios, seminarios, bibliotecas, universidades, colegios, parroquias, pinturas, imágenes, etc. En riguroso estudio científico, es decir, atendiendo a las fuentes primarias que son las fieles transmisoras de la objetividad de los hechos, -se puede afirmar sin ningún complejo política y eclesiásticamente correcto-, que realmente Franco en España, salvó a la Iglesia Católica del exterminio. Es decir, de la mayor persecución que ha conocido en los veinte siglos de su historia, mayor incluso que las sufridas durante tres siglos por el Imperio Romano. Tampoco olvidemos la derogación de Franco de todas las leyes laicistas de la Segunda República como la del divorcio, la enseñanza religiosa, el aborto (1938), culto público y un largo etcétera.

Cuando la Conferencia Episcopal Española utiliza la expresión «mártires españoles del siglo XX», no deja de ser un eufemismo cruel, injusto y enteramente falso. Las víctimas no se produjeron en la totalidad del territorio nacional, sino solamente en el sometido bajo dominio del Frente Popular. Además, los martirios no se produjeron a lo largo de todo el siglo XX, sino que primero amenazaron con producirse durante la brutal quema de iglesias y conventos en Madrid, el 11 de mayo de 1931, al mes escaso de la proclamación de la Segunda República, y ante la absoluta pasividad imperada por el gobierno, de las fuerzas de orden público. 

La persecución religiosa se desató con toda su virulencia extrema desde octubre de 1934 con la revolución de Asturias, proyectada por el PSOE y los separatistas de la Esquerra Republicana como una guerra civil ante las elecciones ganadas democráticamente por el centro-derecha (CEDA y Partido Radical) en noviembre de 1933, y concluyeron con la rendición del bando republicano el 1 de abril de 1939. Uno de los últimos asesinados fue Mons. Anselmo Polanco, obispo de Teruel, junto con su secretario, el 7 de febrero de ese mismo año. El mayor número de sacerdotes masacrados en los primeros meses de la guerra (el 90% desde julio a diciembre de 1936) y el posterior descenso de martirios en los meses y años sucesivos no obedece:

  1. A un cambio de mentalidad por parte del Frente Popular, fruto de un arrepentimiento sincero o de mero oportunismo político. 
  2. Tampoco se debió a un descenso del sectarismo y del mesianismo político a causa del mayor control de las milicias populares por parte del ejército y el gobierno de la República.
  3. Ni a un deseo de rehacer la maltrecha imagen internacional dada por el gobierno republicano, desbordado desde la calle por los violentos milicianos anticatólicos del PSOE-UGT, CNT-FAI, PCE y Esquerra Republicana. 

Se debió a que matemáticamente ya no quedaban más sujetos (enemigos de clase según el dogma marxista) a los que liquidar. Así de sencillo.

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«Los mártires no tienen nada que ver con los bandos de la Guerra Civil, han sido asesinados única y exclusivamente por su fe», esto decía la nota publicada por la oficina para las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal Española, lo cual habrá hecho revolverse en su tumba a los que vivieron aquella persecución. Sin embargo, la verdad histórica completa, íntegra y no parcial, es que los mártires fueron asesinados única y exclusivamente por un de los bandos de la contienda, el denominado como Frente Popular, formado básicamente por socialistas, comunistas y anarquistas no por carlistas y falangistas que sí defendieron a la Iglesia. Y no se les eliminó por error o por casualidad, sino con un plan perfectamente premeditado y trazado sistemáticamente, se les exterminó allá donde se pudo.

La Carta Colectiva del episcopado español a los obispos de todo el mundo con motivo de la guerra, dejaba muy claro por qué luchaban unos y otros: «El levantamiento cívico-militar ha tenido en el fondo de la conciencia popular un doble arraigo: el del sentido patriótico, que ha visto en él la única manera de levantar a España y evitar su ruina definitiva; y el sentido religioso, que lo consideró como la fuerza que debía reducir a la impotencia a los enemigos de Dios, y como la garantía de la continuidad de su fe y de la práctica de su religión. [Y esos «enemigos de Dios» tenían nombre, apellidos y una afiliación política bien concreta que actualmente continua vigente]. “Enjuiciando globalmente los excesos de la revolución comunista española, afirmamos que en la historia de los pueblos occidentales no se conoce un fenómeno igual de vesania colectiva, ni un cúmulo semejante, producido en pocas semanas, de atentados cometidos contra los derechos fundamentales de Dios, de la sociedad y de la persona humana». 

Es una contradicción irracional que la historiografía eclesiástica denomine la última gran persecución del Imperio romano contra los cristianos como «los mártires de Diocleciano» y ahora no se quiera reconocer a los mártires del Frente Popular o de la Segunda República como si no tuvieran nada que ver con ella.

Caso aparte merecen los 14 sacerdotes vascos asesinados por el bando nacional porque no lo fueron por odio a la fe, «in odium fidei», sino por motivos políticos, es decir motivados por su nacionalismo. Los obispos de Vitoria y Pamplona, desde el primer momento, y coincidiendo con el criterio de la Santa Sede, condenaron la colaboración de los nacionalistas vascos con el gobierno republicano, enemigo declarado de la Religión. Por consiguiente, por nacionalista que sea, a ningún obispo vasco se le ocurriría jamás abrir su proceso de beatificación, sencillamente porque no reúne ese requisito esencial para su tramitación. Cabe recordar, por otra parte, los 54 sacerdotes que fueron asesinados por las izquierdas en Vascongadas por motivos estrictamente religiosos, no políticos, y a los que el clero nacionalista silencia sistemáticamente. Además, Franco en cuanto fue informado de estos lamentables sucesos los cortó de forma tajante y castigó severamente a los mandos y soldados implicados en esos asesinatos.

Ante el hecho de la guerra, que no podía evitar, la Jerarquía no pudo elegir y «no podía ser indiferente», dice la Carta Colectiva de los obispos de 1937. «De una parte, se iba a la eliminación de religión católica. De otra, garantía máxima en la práctica de la religión». El 1 de julio de 1937 los obispos españoles que no habían sido martirizados ni se encontraban fuera de España (como el cardenal Vidal y Barraquer, de Tarragona, Don Mateo Múgica, de Vitoria y Don Pedro Segura, expulsado del país por la República) firman la Carta Colectiva dirigida al episcopado católico de todo el orbe. Su motivo es explicar los sucesos de España ante la campaña de manipulación mundial desatada por varios católicos franceses, entre los que destacan los escritores George Bernanos y Jacques Maritain, mentor de Pablo VI. La opinión católica española y la jerarquía se adhieren con entusiasmo al Movimiento Nacional, considerado como verdadera Cruzada, aunque sin caer en triunfalismos, como recordará el cardenal Gomá en 1937 con su carta pastoral sobre el sentido penitencial de la guerra: La Cuaresma de España. En donde explica que la guerra es hija del pecado.

Las distinciones entre Cruzada o Guerra Civil carecen de sentido histórico. Los papas, obispos y fieles -con mayor o menor asimilación como ocurre con todo lo humano- que la vivieron, creyeron firmemente que la Guerra Civil era toda una Cruzada en defensa de la fe en el sentido más plenamente religioso del término. El sentir de la Iglesia tiene su formulación más autorizada en los papas. Pío XI, el 14 de septiembre de 1936 en una alocución a un grupo de refugiados españoles en Castelgandolfo envía su bendición «a cuantos se han propuesto la difícil tarea de restaurar los derechos de Dios y de la religión». 

El mismo Pío XII, al terminar la guerra, envía su mensaje de congratulación «por el don de la paz y de la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano en vuestra fe y caridad, probados en tantos y tan generosos sufrimientos. España, nación católica y evangelizadora, ha dado a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu. Frente a la persecución religiosa, destructora de la sociedad, el pueblo español se alzó decidido en defensa de los ideales de la fe y de la civilización cristiana y supo resistir el empuje de los que engañados con lo que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo. Este es el primordial significado de vuestra victoria» (Radiomensaje, 16 de abril de 1939).

3. Después de la guerra. El franquismo

En el estado de ánimo compartido por la jerarquía y la inmensa mayoría de los fieles, el Caudillo suscita un sentimiento unánime de gratitud, admiración, confianza y cariño familiar. Unanimidad que se manifiesta por tres hechos:

  1. Personas adversas o cuanto menos discrepantes, expresaron más que nadie, y no una sola vez, su calurosa adhesión al régimen encarnado por Franco: por ejemplo, el cardenal Vidal y Barraquer, el abad de Monserat, Escarré y hasta finales de los sesenta el muy franquista cardenal Tarancón.
  2. Algunos, a quienes la opinión pública tiene por adictos, nunca se manifestaron como tales y no por oposición, sino por inserción en un clima familiar que no necesitaba declaraciones exaltadas, como el cardenal Don Marcelo, Don José Guerra Campos o Don Jose Mª García Lahiguera.
  3. Cuando en los años setenta llegó un tiempo de oportunistas y siniestras maniobras para el cambio político, ningún obispo diocesano eludió el proclamar su estimación positiva de la persona de Franco y su régimen. Lo cual se constata claramente en las más que elogiosas predicaciones de la práctica totalidad del episcopado español a la muerte del Caudillo.

La magnitud del fenómeno se agiganta si se atiende a las manifestaciones emitidas acerca de Franco por los papas y obispos: por su contenido, unanimidad y persistencia difícilmente se hallaría nada comparable en relación con ninguna otra persona en los últimos siglos. Van mucho más allá de unas muestras de cortesía o de respeto debido a toda autoridad. No significan identificación con la parte opinable de una política. Pero tampoco se limitaban a apreciar buenas intenciones. Se alababa juntamente con la ejemplaridad personal, la voluntad de servir a la Iglesia y la decisión de proyectar en la vida pública su condición de cristiano y la Ley de Dios proclamada por el Magisterio eclesiástico. Las innumerables manifestaciones las resumiremos en estas dos. Una del Papa Juan XXIII al Vicario Apostólico de Fernando Poo, en 1960: «Franco da leyes católicas, ayuda a la Iglesia, es buen católico, ¿qué más se puede pedir?» La otra es del cardenal Bueno Monreal, arzobispo de Sevilla, en 1961, dicha mirando a los sectores progresistas de la opinión europea:

«La Iglesia respeta y ha respetado siempre la legítima potestad civil, como San Pablo nos mandaba respetar incluso a los emperadores paganos. Pero cuando la Iglesia encuentra un gobernante de profundo sentido cristiano, de honestidad acrisolada en su vida individual, familiar y pública -que con justa y eficaz rectitud favorece su misión espiritual, al tiempo que con total entrega, prudencia y fortaleza trata de conducir a la Patria por los caminos de la justicia, del orden, de la paz y de su grandeza histórica-, que nadie se sorprenda de que la Iglesia bendiga, no solamente en el plano de la concordia, sino con afectuosidad de madre, a ese hijo que, elevado a la suprema jerarquía, trata honesta y dignamente de servir a Dios y a la Patria. Ese es precisamente nuestro caso». Estas palabras fueron pronunciadas durante el acto público de inauguración del seminario de Sevilla, malvendido después y transformado en la sede de la Junta de Andalucía. 

Ese mismo año Franco también inauguró el nuevo seminario mayor de Burgos -vendido también por la diócesis y hoy convertido en un hotel de lujo- y en su discurso dio las cifras que su Gobierno había invertido como ayuda a las edificaciones de la Iglesia. Baste como botón de muestra, que desde 1939 a 1959 se habían construido en España de nueva planta, o reconstruido después de las destrucciones de la barbarie roja, o notablemente ampliado, 66 seminarios. Las cantidades invertidas en los edificios de la Iglesia ascendían a 3.106.718.251 de pesetas. Pero el Caudillo no se ufanaba de esto, pues todo le parecía poco para Dios y su Iglesia, por eso concluyó su discurso diciendo: «Este es el granito de arena de nuestro régimen a la causa de Dios» (Pensamiento político de Franco, Madrid 1964, 260).

Es constante, hasta la muerte, el reconocimiento del fervor cristiano y la ejemplaridad en su vida privada, de los que informa secretamente a Roma, desde el principio, el cardenal Gomá. Poco a poco, se conocerán prácticas muy significativas, por ser reservadas: santo rosario y misa diarios, gran piedad eucarística, charlas cuaresmales, ejercicios espirituales anuales. En una Europa secularizada, a Franco se le contempla como el gobernante católico por excelencia, identificado con la fe del pueblo y muy diferente de los hombres públicos del despotismo ilustrado, que halagan al pueblo despreciando su fe.

4. Pablo VI y el «caso Añoveros»

Ha de tenerse muy presente la manifiesta desafección de Pablo VI a Franco y a su régimen. De hecho, él dio en 1964 la orden de paralizar todos los procesos de beatificación de los mártires de la Cruzada, orden que después no sólo sería revocada sino apoyada decididamente por Juan Pablo II, que conocía por experiencia personal, las sangrientas garras de la tiranía marxista. Se filtró en la prensa española que en los días de la elección de Pablo VI, un ministro lo lamentó ante Franco y éste cortó inmediatamente la conversación con estas palabras: «Ya no es el cardenal Montini, sino el Papa Pablo VI y todos le debemos obediencia». El cardenal Tarancón recoge en sus memorias (Confesiones, PPC, Madrid 2005, 846 y 852), el viaje que hizo a Roma con respecto al último proceso de Burgos contra asesinos de la ETA y la agitación que se ocasionó. Era el 2 de octubre de 1975. El cardenal dice que Pablo VI habla con elogio del Caudillo y le dijo estas palabras: «Franco ha hecho mucho bien a España y le ha proporcionado un desarrollo extraordinario y una época larguísima de paz. Franco merece un final glorioso y un recuerdo lleno de gratitud».

En el incidente gubernamental con el obispo Antonio Añoveros -que fuera capellán de los requetés durante la Cruzada-, en 1974, el cardenal Tarancón atribuirá a Franco («a quien sinceramente queríamos y admirábamos») la solución pacífica del caso. El detonante había sido la orden del obispo a sus sacerdotes de leer un domingo en la homilía de todas las misas una carta pastoral marcadamente nacionalista. El mismo Añoveros, pocos meses antes, al surgir una situación conflictiva en torno a unos sacerdotes complicados en la violencia de ETA había propuesto a la Conferencia Episcopal una gestión ante el Jefe del Estado, manifestando que tenía una «gran confianza en su genialidad, serenidad, eficacia y ponderación».

En los últimos diez años del franquismo, permaneciendo intacto el juicio de la jerarquía, algunos sectores eclesiásticos, promotores del cambio político, envolvieron a la persona de Franco en silencios y veladuras. La actitud de Franco no varió: «Todo cuanto hemos hecho y seguiremos haciendo en servicio de la Iglesia, lo hacemos de acuerdo con lo que nuestra conciencia cristiana nos dicta, sin buscar el aplauso, ni siquiera el agradecimiento» (Mensaje de fin de año, diciembre de 1972).

5. Preparando la Transición

Éste es, sin lugar a duda, el período más siniestro de la historia de la Iglesia en España desde el siglo XV, pues la inexorabilidad del tiempo demuestra serenamente el enorme error del compromiso temporal de la Iglesia con un orden político despojado de todo principio moral -la ley natural-, al basarse en el puro positivismo jurídico que instaura el totalitarismo democrático. Es decir, la dictadura de una mayoría ideologizada, envilecida y manipulada por el relativismo sembrado por doquier por unos medios de adoctrinamiento de masas abiertamente anticatólicos y un sistema educativo sectario que no deja de atacar y ridiculizar constantemente los valores morales cristianos. El cardenal Don Marcelo lo advirtió en una carta pastoral con motivo del referéndum para la Constitución de 1978 en continuidad con las enseñanzas pontificias. «Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia» (Juan Pablo II, Veritatis Splendor, 1993, n. 101). «La democracia no puede mitificarse convirtiéndose en un sustituto de la moralidad» (Juan Pablo II, Evangelium Vitae, 1995, n. 70). «Una sana democracia fundada sobre los inmutables principios de la ley natural y de las verdades reveladas será resueltamente contraria a aquella corrupción que atribuye a la legislación del Estado un poder sin freno y sin límites y que hace del régimen democrático un puro sistema de absolutismo» (Pío XII, Radiomensaje, 1944).

El sector dominante de la Iglesia en España, encabezado por el cardenal Tarancón y respaldado por el Vaticano en la persona visible del secretario de Estado, el cardenal Casaroli, ejerció la mayor influencia corrosiva dentro del Régimen. Esto ocurrió así porque, al ser la Iglesia el pilar fundamental del franquismo, como régimen confesionalmente católico, por lo tanto, su defección infligía a éste un daño que ni de lejos podían causarle todos los movimientos, partidos o sindicatos antifranquistas juntos. Por cierto, muchos antiguos comunistas como Ramón Tamames, han expuesto cómo el grueso de la minoritaria oposición antifranquista no era democrático.

Es más, el relativo auge de esos partidos en los años sesenta, en especial de los comunistas y la ETA, debió mucho a la protección eclesial. Ésta se hacía en nombre de un diálogo con el marxismo que benefició enormemente a éste y perjudicó de forma muy grave a la Iglesia. El motivo se debía a una lectura sesgada y deformadora, entre otras, de la encíclica Ecclesiam Suam, texto programático del Papa Pablo VI. Esta manipulación ha sido definida por Benedicto XVI como «La ideología del diálogo», que no busca la conversión a la fe católica del interlocutor sino falsas componendas sincretistas en nombre de una abstracta fraternidad irenista. Un órgano señero de esta nueva y revolucionaria línea fue la revista «cristiana» (por decir algo), Cuadernos para el diálogo, en la que llegó a leerse el deseo de que el Gulag soviético se hubiera tragado definitivamente a Solzhenytsin, por no hablar de aquel famoso número del boletín informativo de la Acción Católica con la foto de Ché Guevarra en su portada, toda una declaración de principios. Ni que decir tiene que la Acción Católica, en la que militaban varios cientos de miles de afiliados, sufrió una demoledora desbandada de sus miembros desapareciendo en la práctica totalidad de las diócesis hasta el día de hoy. Había algo extremadamente majadero, inane y turbio en aquella línea tan desmoralizadora para millones de católicos, uno de los cuales era el propio Franco, que contemplaba con profundo dolor y enorme perplejidad la conducta suicida de la Iglesia en España que se avergonzaba de sus mártires y glorificaba a sus verdugos y apóstatas.

Para definir las nuevas posiciones políticas de la Iglesia se reunió la Asamblea Conjunta de Obispos y sacerdotes en 1971, donde culminó la escenificación de una ruptura con el régimen, al que descalificaban como contrario a los derechos humanos y a la justicia social. La sinceridad de esa declaración viene medida por el apoyo de ese mismo clero a partidos tan respetuosos con los derechos humanos y la justicia como el PCE y la ETA. Incluso en una moción muy votada se descalificó rotundamente la Iglesia martirial: «Pedimos perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos».

Desprecio inimaginable a las víctimas: los miles de mártires que murieron perdonando, se equivocaron. Y Franco junto con todos los que se habían jugado la vida combatiendo para salvar a la Iglesia, directa y físicamente, del exterminio, eran colocados al mismo nivel que los exterminadores. En realidad, a un nivel inferior, por cuanto los acusaban de despreciar los derechos humanos. De hecho, pedían perdón a quienes habían pretendido erradicar el catolicismo de la faz de España. En la Asamblea Conjunta junto a las reivindicaciones políticas se mezclaron otras de carácter marcadamente protestante y liberal (modernista) como la abolición del celibato eclesiástico, la apología soez de los métodos anticonceptivos, la glorificación del divorcio, la defensa más absurda y descabellada del sacerdocio femenino, etc. Al final la Asamblea se cerró con un acuerdo tácito de silencio entre obispos y sacerdotes, no obstante, ya en adelante muchos de ellos la siguieron como hoja de ruta.

El nuncio de la Santa Sede en España, Dadaglio, en sólo cuatro años (1964-1968), nombró 53 obispos. Más de la mitad de ellos auxiliares, como un modo de sortear el Concordato de 1953, considerado modélico por el Vaticano, al no aceptar Franco la renuncia al privilegio de la presentación de los obispos residenciales de las diócesis. Privilegio que databa de los Reyes Católicos por concesión del Papa Alejandro VI y que fue uno de los motivos que propició la ejemplar reforma de la Iglesia en España. Lo que impidió la entrada en España del protestantismo y produjo la gran floración de santos, sabios, místicos y apóstoles del siglo XVI que propiciaron la mayor gesta evangelizadora de la Historia en el continente americano. Como el tiempo ha venido confirmando, la elección de esos obispos obedeció más a motivos políticos (simple animadversión al régimen) que pastorales (fidelidad doctrinal y santidad de vida). Salvo escasísimas y honrosas excepciones, esa generación de obispos ha sido la más nefasta, con creces, para la Iglesia en España desde el tiempo anterior a la reforma del clero por los Reyes Católicos a finales del siglo XV.

Franco no era cesaropapista, con la conservación de este privilegio no pretendía manipular, presionar o dirigir a la Iglesia como una marioneta legitimadora de su voluntad. No se creía un monarca absoluto de la Ilustración. El general tenía muy claro, por su profunda vida de fe, que el régimen nacido de la Cruzada en defensa de la Religión tenía como vocación servir a la Iglesia en todo lo que le fuera posible, como muestra su legislación y la colaboración en todos los órdenes, y no servirse de la Iglesia.  Franco tan sólo pensaba en impedir la llegada, más que de obispos progresistas          -que entonces eran prácticamente inexistentes-, de prelados nacionalistas o cercanos a los separatistas que pudieran salir de un clero vasco y catalán cada vez más simpatizante de su ideología y más desnortado a causa de la profunda crisis posconciliar. No es coincidencia que hoy en día las dos regiones más secularizadas de España sean aquellas en las que el nacionalismo campa a sus anchas desde hace décadas y al cual la jerarquía sirve lacayunamente.

6. Vender la primogenitura por un plato de lentejas

Esta deplorable actitud episcopal ha colaborado poderosamente a la llegada del ultralaicismo actual. Una de esas razones fue el pánico a que la Iglesia tuviera que pagar una factura muy cara al caer el régimen, y el cálculo erróneo de que la oposición de izquierdas iba a jugar entonces un papel determinante por lo que convenía congraciarse (y contagiarse) con ella. No dudo de la buena voluntad de muchos obispos, sin embargo, hemos de reconocer su error monumental al pensar que la ideología marxista había dejado de ser lo que siempre había sido, pues «aunque la mona se vista de seda, mona se queda». Y es que las cosas son como son y no como a nosotros nos gustaría que fuesen. De este modo, las cortes franquistas se suicidaron y la práctica totalidad de los ministros franquistas transformaron o mejor dicho deformaron («de la ley a la ley» -Torcuato Miranda-), el régimen nacido del 18 de julio de 1936, en la democracia liberal actual, y la oposición izquierdista tuvo muy poco peso (el PSOE no había sido nunca oposición real, menos aún el PCE). La factura pagada por la Iglesia ha sido, en efecto, muy alta y a cambio de nada. Rectifico, a cambio de la crucecita de la Declaración de la Renta, por la que los obispos han abandonado en manos de los enemigos de la Iglesia la cruz más grande que existe en el mundo, la de Abadía del Valle de los Caídos.

Ahora, los herederos ideológicos del Frente Popular, apoyándose en la ilegítima Ley de Memoria Histórica, van a profanar el cadáver Franco; mañana, con esa misma ley inicua, atacarán los cadáveres de los obispos que apoyaron al general que salvó a la Iglesia de la mayor masacre de su historia y durante cuarenta años no dejó de auxiliarla. Ahora se asalta una basílica pontificia, ¿mañana?… El 5 de octubre de 1938, después de que Gran Bretaña y Francia se plegaran cobardemente ante las pretensiones expansionistas de Adolf Hitler con el pacto de Munich, Winston Churchill tomó la palabra en el parlamento británico (satisfecho por pensar que así evitaba la guerra), para exponer las consecuencias: «Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra, elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra».

7. Palabras de los obispos españoles a la muerte de Francisco Franco

Monseñor Franco Cascón, Obispo de Tenerife

«Francisco Franco fue elegido por Dios para, en medio del desorden y las actividades contra la Patria y la Religión

2 comentarios en “Los obispos y Franco: Oportunismo, traición e ingratitud – Gabriel Calvo Zarraute

  1. sera que los obispos ya son marsistas a los q eu no lo eran los ejecutaban

    ya tenemos hasta papa comunista que pego un golpe de estado en el Vaticano

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  2. La verdadera Iglesia Católica no hubiera actuado así ; todo esto ha ocurrido porque desde Pio Xll no tenemos un verdadero papa, habida cuenta de que han predicado contra el Magisterio de la Iglesia. Son herejes que muy hábilmente saben dar una de cal y otra de arena. Pero ahí están sus frutos…

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