Lenin, centenario de un sueño que acabó en pesadilla

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Vladímir Ilich Uliánov, Lenin (1870-1924) fue el gran protagonista de la Revolución de 1917 en Rusia. Nadie discute su papel como líder carismático del movimiento que acabó con el zarismo e instauró por primera vez en la historia un régimen socialista. Tampoco se pone en duda su papel como teórico, como intelectual que enriqueció la doctrina marxista. Pero, sobre todo, Lenin fue un organizador, un visionario que supo valorar la importancia del partido para la toma del poder y la posterior consolidación de la dictadura del proletariado.

Lo que ha ocurrido en Rusia -y en gran parte del planeta- durante el último siglo no se entiende sin la figura de este político y hombre de acción que provoca, con la misma intensidad, odio y admiración, y cuyo mausoleo, donde se expone su cuerpo embalsamado, sigue siendo lugar de peregrinación para los fieles del comunismo como si se tratara de un santo o un profeta.

Un poco de historia: el marxismo

«Proletarios de todos los países, uníos». Así concluía el Manifiesto Comunista escrito por Karl Marx y Friedrich Engels, y publicado en su primera edición en Londres en febrero de 1848. Ese mismo año, un fantasma recorrió Europa en forma de revoluciones. Francia, Alemania (entonces Confederación Germánica), Austria y Hungría, Italia y España, se vieron sacudidas por revueltas de carácter e intensidad diversos, pero que tuvieron como protagonista a una nueva clase social nacida de la incipiente revolución industrial: la clase obrera.

Marx y Engels pertenecían a la Liga de los Comunistas (fundada en 1847), pero su organización no tuvo un peso real en la organización de las movilizaciones y huelgas, la mayoría de carácter espontáneo, que fueron duramente reprimidas por los gobiernos de turno.

El movimiento obrero no volvió a levantar cabeza hasta la proclamación de la Comuna de París, que gobernó de manera efectiva la capital de Francia entre el 18 de marzo y el 28 de mayo de 1871. El entonces presidente provisional Adolphe Thiers acabó de manera sangrienta con aquel experimento: lanzó al ejército contra los comuneros provocando miles de muertos.

Algunas de las reivindicaciones de los trabajadores, artesanos, profesionales y pequeños comerciantes que se levantaron contra el gobierno reaccionario de Francia coincidían con las aspiraciones marxistas plasmadas en el Manifiesto Comunista. Aunque se la considera como la primera revolución genuinamente proletaria de la historia, tampoco hubo un partido que liderada con nitidez el movimiento insurreccional.

En febrero de 1902, Lenin publicó, a sus 32 años y poco más de medio siglo después de la aparición del Manifiesto Comunista, una obra clave para entender su aportación fundamental al marxismo: ¿Qué hacer?.

En ese ensayo, Lenin desarrollaba, con extensión y un estilo ágil y provocador, sus tesis contra el economicismo o tradeunionismo -teorías que limitaban la lucha obrera a reclamaciones de tipo económico- y, sobre todo, concreta su concepción del partido, instrumento esencial para la toma del poder por parte los trabajadores. Lenin formaba parte de la dirección del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR), que había sido fundado por Yuli Mártov en 1898. En el Segundo Congreso del POSDR salen adelante las tesis más radicales de Lenin, creándose dos tendencias en el partido: bolcheviques (mayoría) y mencheviques (minoría).

En la revolución que se produjo en 1905 contra el régimen semifeudal del Zar Nicolás II, el POSDR jugó por vez primera un papel importante como vanguardia del proletariado. A pesar de la derrota, el Zar tuvo que aceptar la creación de una Duma estatal del Imperio de Rusia (una especie de parlamento), con lo que se produjo una cierta homologación con las monarquías parlamentarias europeas.

La revolución de 1905 fue un primer ensayo de la revolución de 1917, que se produjo en dos fases; la primera, en febrero, que logró el derrocamiento del zarismo; la segunda, en octubre, que provocó la caída del gobierno social liberal de Alexander Kerensky y el advenimiento de un gobierno revolucionario controlado por los bolcheviques.

En marzo de 1918 la facción bolchevique constituyó el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), que ocupará el poder de la nueva Unión de Repúblicas Socialistas Sovieticas (URSS) hasta 1990.

Lenin, el hacedor de la Revolución de octubre, murió en enero de 1924. Las tensiones por la sucesión, fundamentalmente entre dos líderes que representaban visiones diferentes sobre la construcción del socialismo, León Trotsky y Iósif Stalin, concluyeron con la victoria de éste último, que había sido nombrado secretario general del PCUS en  1922 y que monopolizó el poder como un depravado dictador hasta su muerte en 1953.

Stalin no sólo forzó la expulsión de la URSS de su principal enemigo, Trostsky, y su posterior asesinato, acaecido en México en 1940 a manos del español Ramón Mercader, sino que llevó a cabo grandes purgas durante los años 30 que provocaron millones de muertos.

El partido según la teoría leninista

La cuestión es si el bolchevismo y la dictadura del proletariado que propugna lleva implícito el germen de un régimen autoritario o si bien -como opinan los que siguen reivindicando la vigencia del comunismo- Stalin fue una especie de accidente histórico, un heredero no deseado, en la puesta en práctica de las teorías marxistas desarrolladas en la práctica por Lenin.

Como apuntábamos, Lenin llevó a cabo una denodada lucha por expulsar del marxismo a aquellos que no veían en la toma revolucionaria del poder el único medio por el cual se conseguiría crear una sociedad sin clases. Lo hizo contra los mencheviques en Rusia y también contra los partidos socialdemócratas europeos agrupados en la Segunda Internacional. Lenin no creía en la «democracia burguesa» y, por tanto, elaboró una teoría que proponía la sustitución de los parlamentos nacionales como representación de la soberanía popular por los soviets, o comités elegidos por las asambleas de obreros y campesinos. Pero, esa alternativa de poder, según Lenin, sólo se podía construir sobre la base del partido.

No hay, por tanto, revolución sin partido, ni socialismo sin partido. En su ensayo ¿Qué hacer? Lenin expone sus ideas sobre cómo debe ser esa organización, que nada tiene que ver con los partidos burgueses o socialdemócratas clásicos.

Para entender el marxismo leninismo hay que partir de un axioma: desde la concepción materialista de la historia, «el socialismo no sólo es necesario, sino que es inevitable». El marxismo, en boca de Lenin, se convierte en una herramienta científica de interpretación de la realidad (materialismo dialéctico) y de la historia (materialismo histórico). En esa época había una admiración generalizada por la ciencia, que pugnaba por sustituir desde finales del siglo XIX a la religión como verdad absoluta. Al disfrazar al marxismo de «doctrina científica», Lenin lo situó por encima de cualquier corriente de pensamiento político.

Afirma Lenin en ¿Qué hacer?: «No puede haber un movimiento revolucionario sólido sin una organización de dirigentes estable y que asegure su continuidad… Dicha organización debe estar formada, en lo fundamental, por hombres entregados profesionalmente a las actividades revolucionarias». Lenin no se andaba por las ramas y no deja dudas sobre lo que él entendía como «revolucionarios profesionales»: «Todo agitador obrero que tenga algún talento, que ‘prometa’, no debe trabajar once horas en una fábrica. Debemos arreglárnoslas de modo que viva por cuenta del partido».

El partido que tiene en la cabeza Lenin para hacer la revolución, por tanto, no es una organización al uso en la que los afiliados pagan unas cuotas y se reúnen de vez en cuando para discutir de política o montar huelgas o manifestaciones. No. Es un partido de vanguardia, de profesionales que viven por y para la revolución. Esa concepción tiene otra implicación que después se demostraría crucial para la consolidación de una dictadura no de clase, sino de partido, en primer término y, finalmente, unipersonal: «En una palabra, la especialización presupone necesariamente la centralización, y, a su vez, la exige de forma absoluta».

Antonio Gramsci (uno de los fundadores del Partido Comunista italiano en 1921 y también un destacado teórico marxista) dio un paso más en la concepción del partido en sus cuadernos -convertidos en libro en 1948, once años después de su muerte- conocidos bajo el título:  Maquiavelo y Lenin, notas para una teoría política marxista. Para Gramsci, un leninista convencido, el partido juega el papel de El Príncipe de Maquiavelo: «El moderno príncipe, el mito-príncipe, no puede ser una persona real, un individuo concreto; sólo puede ser un organismo, un elemento de la sociedad complejo en el cual comience a concretarse una voluntad colectiva reconocida y afirmada parcialmente en la acción. Este organismo ya ha sido dado por el desarrollo histórico y es el partido político: la primera célula en la que se resumen los gérmenes de la voluntad colectiva que tienden a devenir universales y totales».

Hay, pues, según la teoría leninista, una «voluntad colectiva» (concepto común a todos los totalitarismos), cuyo único intérprete sólo puede ser el partido. Gramsci añade: «El Príncipe -el partido- ocupa, en las conciencias, el lugar de la divinidad o del imperativo categórico, deviene la base de un laicismo moderno y de una completa laicización de toda la vida y de todas las relaciones y costumbres».

El político italiano no sólo convierte al partido en «imperativo categórico», sino que teoriza su «ineludible transformación en Estado». En una sociedad sin clases, el partido es el Estado. Hasta que eso ocurra, el partido, según Gramsci, debe cumplir «una función de policía, vale decir, de tutela de un cierto orden político y legal».

La democracia parlamentaria no sólo no satisface las necesidades de la clase obrera, sino que ha sido pervertida por una burocracia que «ejerce un poder coercitivo y, hasta cierto punto, se transforma en casta». El concepto «casta», como puede verse no tiene nada de novedoso.

Gramsci deslegitima no sólo la separación de poderes, sino la propia concepción del derecho, que pasa a convertirse en un medio (como la educación y todas las instituciones), para lograr un fin: el socialismo. «El derecho será el instrumento para el logro de este fin y debe ser elaborado de conformidad con dicho objetivo, logrando el máximo de eficacia y resultados positivos».

Stalin, el continuador del leninismo

Lo que hay en el fondo del leninismo es una concepción totalitaria del Estado y de la política, en la que el partido juega el papel esencial.

En su monumental obra Los orígenes del totalitarismo (1951), la escritora y filósofa Hannah Arendt coloca al mismo nivel el nazismo y el estalinismo, a Hitler y a Stalin. Con sus peculiaridades, los dos regímenes totalitarios más dañinos de la historia comparten una concepción parecida del Estado, se creen intérpretes de una «voluntad colectiva», persiguen un modelo perfecto de sociedad sobre la base de un hombre nuevo, utilizan a la policía secreta para limpiar todo aquello que suponga un estorbo y dan prioridad a la construcción de una poderosa maquinaria militar con el objetivo de dominar al mundo. Al final, los campos de exterminio nazis no se diferencias mucho de los gulags soviéticos. «El único hombre por quien Hitler sentía un ‘absoluto respeto’ era ‘Stalin, el genio’ y aunque en el caso de Stalin y del régimen ruso no poseemos el rico material documental del que disponemos en el caso de Alemania, sabemos, sin embargo, desde el discurso de Jruschov ante el XX Congreso del Partido, que Stalin confiaba únicamente en un hombre y que este hombre era Hitler» (Los orígenes del totalitarismo).

Arendt profundiza en los elementos comunes de los dos regímenes totalitarios y también en las características comunes de sus líderes: «El efecto propagandístico de la infalibilidad, el sorprendente éxito de presentarse como un simple agente interpretador de fuerzas previsibles, ha fomentado en los dictadores totalitarios el hábito de anunciar sus intenciones políticas bajo forma de profecías».

En 1940, cuando el estalinismo vivía momentos de esplendor tras la última y sanguinaria purga llevada a cabo en 1937-38, el intelectual ex comunista Arthur Koestler, escribió El cero y el infinito, un inquietante relato que narra la detención y confinamiento de un dirigente del PCUS (Rubachof, un personaje que, probablemente, representaba a Nikolái Bujarin, ejecutado en 1938) que acaba confesando crímenes que no ha cometido y que lo hace porque el partido está por encima de todo. Incluso, de la verdad. Incluso, hasta de la propia vida. He aquí una de sus sentencias: «El partido no se equivoca jamás. Tú y yo podremos equivocarnos. Pero el Partido no. El Partido, camarada, es algo más grande que tú y que yo y que otros mil como tú y como yo. El Partido es la reencarnación revolucionaria de la Historia. La Historia no tiene escrúpulos ni vacilaciones. Inerte e inefable corre a su fin. A cada curva de su carrera deposita el fango que arrastra y los cadáveres de los ahogados. La Historia conoce su camino. Nunca se equivoca. El que no tiene una fe absoluta en la Historia no debe estar en las filas del Partido».

El partido como nueva iglesia

La Tercera Internacional (o internacional comunista) fue el instrumento que utilizó Moscú para teledirigir a los distintos partidos comunistas que habían surgido en todo el mundo a partir de la revolución de octubre.

Ninguno se salvo de su férrea tutela, al menos hasta bien entrada la década de los 60. El modelo estalinista no permitía disensiones. Nada mejor que echar una ojeada al relato Autobiografía de Federico Sánchez, publicado por el ex ministro, escritor y ex dirigente del Partido Comunista de España (PCE) Jorge Semprún en 1977. Algunos interpretaron este libro como un ajuste de cuentas de Semprún con el ex secretario general del PCE, Santiago Carrillo. Sin embargo, su autobiográfica novela es mucho más que eso, es una enmienda a la totalidad al estalinismo, del cual se había alimentado ideológicamente el propio Federico Sánchez (Jorge Semprún). Carrillo solía decir: «Más vale equivocarse en el partido, dentro del partido, que tener razón fuera de él o contra él». Federico Sánchez desarrolla ese pensamiento: «Tener razón contra el partido significaba tan sólo que se poseía una diminuta parcela de verdad, que al verse desgajada de la Verdad global, histórica y concreta, del Espíritu-de-Partido, se transformaba dialécticamente en falsedad global».

Koestler cita en El cero y el infinito una frase atribuida a Dietrich von Nieheim, Obispo de Veren (1411), que es perfectamente aplicable a la forma en la que los estalinistas veían y sentían al partido: «Cuando está amenazada su existencia, la Iglesia queda libre de toda restricción moral. Con el fin de la unidad de todos los fieles, todos los medios están santificados, todos los ardides, traiciones, violencias, simonías, encarcelaciones y muertes, puesto que las reglas protegen al grupo, y el individuo debe sacrificarse para garantizar el bien común».

En 1937 el filósofo y escritor ruso Nikolai Berdiaev (The origin of Russian Communism) ya había hecho esa misma interpretación: «La revolución era una religión y una filosofía y no simplemente un conflicto relacionado con el aspecto social y político de la vida».

En la concepción marxista-leninista, la revolución (la ideología comunista) acaba, en efecto, convirtiéndose en una religión, de la que el partido es su iglesia. «Fuera de la Iglesia no hay salvación. Fuera del partido tampoco» (Autobiografía de Federico Sánchez).

Cien años después de la Revolución de octubre, la religión comunista sigue contando con millones de fieles y continua venerando a su infalible profeta: Lenin

Origen: Revolución rusa: Lenin, el profeta revolucionario de la fe marxista

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