Cómo ser conservador (Roger Scruton) – Ricardo Ruiz de la Serna

A Scruton se lo debe recibir en nuestra tierra con la calidez y el afecto debido al torero que se encierra con seis toros y los lidia con arte, coraje y gusto.

Los lectores españoles e hispanoamericanos estamos de enhorabuena porque la editorial madrileña Homo Legens ha publicado “Cómo ser conservador” del gran autor inglés Roger Scruton (Buslingthorpe, 1944). “Filósofo, especialista en Estética, autor de más de 30 libros, conferenciante, editor de revistas combativas, activista político tras el Telón de Acero y cazador del zorro” -así lo presenta la solapa- Scruton es, en resumidas cuentas, un escritor brillante y un humanista clásico a carta cabal. Además, la traducción al español que ha hecho Carlos Esteban justifica que se lea en nuestra lengua incluso si uno puede hacerlo en la original. Si Borges admitía la hipótesis de que los traductores hubiesen mejorado su obra, no veo yo por qué no habría de leerse también en la lengua de Garcilaso lo que uno ya ha leído en la de Chaucer. Llegados a este punto, al lector no se le escapa que “Cómo ser conservador” me ha gustado. Hagamos, pues, el elogio encendido de un libro tan necesario en nuestro tiempo.

Urge empezar con una aclaración. Scruton es inglés y escribe para un público anglosajón -empleemos el término que De Gaulle hizo popular- pecando de cierto anglocentrismo. Nuestro hombre exhibe una formidable erudición cuando se trata de las cosas de Europa Central, los Estados Unidos y su propia patria. Ahí está el florilegio de citas de poetas, filósofos y novelistas, el catálogo de artistas y los recuerdos de sus propias experiencias que despliega. Sin embargo, apenas se refiere en ella a España ni a la Hispanidad. Cuando se habla de Derecho constitucional, las cortes de Castilla están ausentes. Cuando se trata de literatura, sólo cabalga el Quijote -eso sí, junto a Shakespeare- y, cuando se invoca a las catedrales de Europa, la de León, Dama de las Catedrales Españolas, languidece olvidada por este inglés al que, definitivamente, hay que invitar más a menudo a España.

Hecha esta salvedad, a Scruton se lo debe recibir en nuestra tierra con la calidez y el afecto debido al torero que se encierra con seis toros y los lidia con arte, coraje y gusto. No hay charco de la cultura contemporánea desde la corrección política hasta la demolición de la familia que quede sin pisar ni tabú posmoderno que este hombre no transgreda con inteligencia, clase y una cultura humanística desbordante.

En efecto, a lo largo de sus trece capítulos, uno va descubriendo no sólo qué es ser conservador (“el conservadurismo es la filosofía del apego. Tenemos apego a las cosas que amamos y deseamos protegerlas contra la decadencia”) sino, sobre todo, cómo serlo en el tiempo de la corrección política, los piquetes moralistas y el sentimentalismo rampante. Scruton señala lo que otras líneas de pensamiento desde el socialismo hasta el internacionalismo pueden tener de salvable y apunta sus limitaciones a la hora de inspirar la vida pública y contemplar al ser humano. En ocasiones, es fácil reconocer el patriotismo o el amor a la naturaleza como virtudes deseables y aun necesarias en nuestra época. Otras veces, sin embargo, nos recuerda aspectos de la vida que van quedando arrinconados por la irrupción de la tecnología o el falso entretenimiento: la conversación, el disfrute de la belleza, la risa. No en vano, Gonzalo Altozano declaró que, en la presentación de este libro, había nacido la “derecha conversadora”. Poco tiempo antes, Kiko Méndez Monasterio había celebrado que José María Marco le hubiese invitado a un whisky “providencial”. Creo que Scruton hubiese sonreído complacido ante unos seguidores que celebraban la conversación, la convivialidad y la inteligencia.

A lo largo de sus 283 páginas, “Cómo ser conservador” da claves para defender, en clave conservadora, la pertenencia un hogar común abierto al mundo, pero firme en sus fundamentos cívicos y culturales. Gracias a Scruton, identificamos lo que él llama “dominios de valor”, es decir, aquellas “tradiciones, costumbres e instituciones que consagran y promueven nuestra mutua responsabilidad” y a través de las cuales los humanos creamos valor. Entre aquéllas destacan la religión, la familia, el trabajo “significativo”- un concepto profundísimo-, el ocio y las festividades, la risa, el arte y la belleza.

Este libro, además parece concebido para actuar, es decir, para mover a una acción reflexiva y decidida. De ahí que dedique el capítulo XII a las “cuestiones prácticas” que parten del regreso a la economía partiendo del “oikos”, es decir, del hogar. La defensa de la soberanía, la libertad de expresión, la sociedad civil y la enseñanza son algunos de los hitos que jalonan el camino a la salvación de lo que merece ser preservado.
El último capítulo es “un discurso de despedida que proscribe el duelo, pero admite la pérdida”. Hay cierto tono nostálgico que encontramos en otros pasajes -el recuerdo de cómo las vías del tren en Inglaterra estaban antes flanqueadas por verdes praderas y ahora lo están por basura, botellas y envoltorios abandonados-, pero en modo alguno derrotista ni melancólico. Scruton añora la civilización cristiana que inspiró las catedrales y que ya echaba de menos Ruskin en las “Siete lámparas de la Arquitectura” y “Las piedras de Venecia”. Es un corolario coherente a un volumen que rescata la importancia de resistir y conservar frente a los “desnudos guijarros del mundo” que evocó Matthew Arnold.

Añadamos una coda sobre la Declaración de París que acompaña al libro. Su importancia sólo es pareja al triste silencio que la ha rodeado en nuestro país. Este manifiesto, firmado por grandes intelectuales europeos como Robert Spaemann, Dalmacio Negro y el propio Scruton, es, como señala Enrique García-Máiquez, una “declaración de amor” a “nuestros diversos países, a la idea común de Europa y a la cultura occidental”. Hagamos de nuevo una precisión. El hogar de un español se abre siempre a la Hispanidad. Por fortuna, España no quedó enclavada en el extremo occidental de la Península Ibérica, sino que se proyectó sobre el mundo de un modo fecundo y originalísimo. Como decía Julián Marías, en Hispanoamérica, un español puede ser “forastero”, pero nunca “extranjero”. La relación especial que España mantiene con los países hispanoamericanos obliga a cierto “grano salis” cuando aquí hablamos de identidad, historia y futuro.

En efecto, de eso trata la Declaración de París: de salvar Europa de “la superstición de un progreso inevitable” que amenaza con asfixiar el hogar de todos los europeos y fuera del cual España misma sería incomprensible. Algunas de sus frases son, a la vez, voces de alarma y veredictos: “Hoy, Europa está dominada por un materialismo vacío”, “necesitamos librarnos de la tiranía de la falsa Europa”. En la mejor tradición del pensamiento conservador de ambos lados del Atlántico, la Declaración advierte que “la tarea de renovación empieza con la reflexión teológica” y el reconocimiento del “carácter particular de las naciones europeas y su identidad cristiana” frente a las “falsas pretensiones de los multiculturalistas”. Insisto en que, con todos los matices que se quieran, esta Declaración pone el dedo en la llaga de algunos de los problemas más acuciantes que sufre el continente y debería inspirar toda una reflexión colectiva. Habrá tiempo de escribir más sobre ella. Baste ahora señalar su interés y su urgencia.

En suma, pues, la publicación de “Cómo ser conservador” (Homo Legens, 2018) es una gran noticia para todos los que creemos, como decía Bill Buckley, que a veces hay que alzarse frente a «la historia gritando “¡alto!” en un tiempo en que nadie se inclina a hacerlo». Vayan corriendo a comprarlo.

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