El nacionalismo catalán hace cien años. una mirada rioplatense: José Enrique rodó en barceLona, 1916 – Maria Saavedra

josé enrique rodó en barceLona, 1916

maría saavedra inaraja

Universidad CEU San Pablo

msaavedra@ceu.es

RESUMEN: El crítico y escritor uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917), uno de los grandes defensores de la unidad cultural hispanoamericana, permaneció unos días del verano de 1916 en Barcelona, de paso hacia Italia, donde cubriría como corresponsal del semanario argentino Caras y Caretas el desarrollo de la Gran Guerra. Su paso por Barcelona, tierra de sus antepasados, le llevó a escribir tres crónicas acerca de la ciudad y del problema del nacionalismo, que enviaría a Buenos Aires. La minuciosidad del ensayista le llevó a penetrar en el sentir más íntimo de los partidarios del nacionalismo, para tratar de comprenderlo, y trasladar a América la realidad de un problema que veía como de suma importancia en la vida social y política tanto de España como de Cataluña.

María Saavedra Inaraja es Doctora en Historia de América por la Universidad Complutense de Madrid y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Ha realizado estancias de investigación en Lima, Montevideo y Buenos Aires. Entre sus más recientes publicaciones destacan: De indio a Peruano. El indígena peruano, entre las Cortes de Cádiz y el Congreso Constituyente del Perú. (2012). Entre el privilegio y la ciudadanía. Origen del marco de protección al indígena ameri- cano en la legislación virreinal (2012); Construyendo la comunidad iberoamericana: Brasil en el latinoamericanismo de Manuel Ugarte (Buenos Aires, 2013); (Ed.) Tan iguales, tan diferen- tes. La construcción de la identidad iberoamericana (Madrid, 2013)

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José Enrique Rodó fue uno de los grandes intelectuales uruguayos de princi- pios del siglo XX. Malogrado por su temprana muerte en Italia (1917) mien- tras cubría la Gran Guerra como corresponsal de la argentina Caras y Caretas, su huella quedó esculpida como maestro de una generación de intelectuales que traspasó fronteras políticas y naturales. Porque los escritos de Rodó se leían en cualquier lugar del amplio mundo hispanohablante. Muestra de su relación con la intelectualidad española es la abundante correspondencia mantenida con intelectuales de la talla y variedad de Clarín, Unamuno, Altamira, Pompe- yo Gener, Rafael Vehils, y tantos otros.

Rodó hizo del hispanoamericanismo su bandera. Soñaba con una gran América unida, en la que “los niños de hoy, los hombres del futuro, pregun- tados cuál es el nombre de su patria, no contesten con el nombre de Brasil ni con el nombre de Chile, ni con el nombre de Méjico porque contesten con el nombre de América”1.

El pensamiento de Rodó se puso de manifiesto en unos pocos libros, y en numerosos artículos. Entre sus escritos, posiblemente el más conocido sea su librito Ariel, en el que hace una defensa del ideal hispanoamericano, y vuelca en sus páginas su deseo de fomentar una unión espiritual entre todos los pue- blos de Iberoamérica, que superando fronteras políticas pueda contrarrestar el influjo cultural estadounidense.

En el sueño de “Patria Grande” de Rodó, había un espacio reservado a España. La común herencia basada en unidad de idioma, de religión y de his- toria, le llevaba a pensar que debía consolidarse un movimiento aglutinador para defenderse de la creencia en la superioridad de lo foráneo. Él admiraba a escritores europeos, fundamentalmente franceses, como Renan o Víctor Hugo, también al británico Carlyle. Pero tal admiración no le hizo perder de vista la realidad sustancial del ser hispano. Consideraba un error renunciar a lo propio para abrazar lo ajeno.

Y en su defensa de la propia y peculiar identidad hispanoamericana (que no debemos confundir con inmovilismo, o estancamiento), veía como un medio imprescindible la formación de una comunidad cultural.

Con estas premisas, resulta muy interesante acercarnos a la percepción que el autor uruguayo tuvo de Barcelona, ciudad que recorrió fugazmente, y del nacionalismo catalán, tema que consideró de suficiente interés como para de- dicarle dos de los artículos que envió al semanario argentino.

El interés del tema radica en que, si bien el movimiento catalanista ha sido ampliamente estudiando desde la perspectiva española, muy pocos son los es- tudios que se dedican a analizar la mirada americana sobre este fenómeno.

1 José Enrique RODÓ, “El Centenario de Chile” [1910], Obras Completas, Editadas, con introducción, prólogos y notas por Emir Rodríguez Monegal, Madrid: Aguilar, 1967, p. 571.

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Hemos de señalar que la fecha de 1898 marcó un hito que cambiaría la pers- pectiva del encuentro entre americanos y españoles. Una vez desaparecido todo rastro de vestigio hegemónico por parte de España, surgirá una generación de intelectuales americanos que buscan comprender a España, y de españoles que tienen ese mismo fin, en el sentido inverso.

Unas palabras de Unamuno, escritas en 1904, son elocuentes acerca de lo que venía sucediendo en las décadas anteriores, cuando el interés en España por las repúblicas americanas emancipadas era mínimo.

“La verdad es que aquí no nos interesamos gran cosa por lo que a América respecta, hasta tal punto, que la inmensa mayoría de los españoles que pasan por ilustrados ignoran los límites de Bolivia o hacia donde cae la República del Salvador, ni los americanos sienten ganas de venir acá”2.

Pero en la correspondencia de José Enrique Rodó encontramos atisbos de que esto estaba cambiando. Y precisamente el 98 es una fecha clave, ya que unos y otros lamentan que la ruptura de Cuba con España se haya convertido en un nuevo tutelaje de la isla, por parte de los Estados Unidos, en lugar de la tan ansiada independencia. La derrota española frente a la armada norteamericana despierta una corriente de simpatía en algunos entornos americanos hacia Es- paña, a la que ahora pueden mirar con ojos de complicidad, reemplazando así al resentimiento de tiempos de las independencias.

Tampoco queremos caer en la ingenuidad de pensar que en todos los pun- tos de Hispanoamérica se despertara esa simpatía, pero no cabe duda que en determinados sectores que propugnan la unidad espiritual de Hispanoamérica (y Rodó es abanderado de este movimiento), España cuenta como elemento a incorporar dentro de un proyecto.

Hay un suceso vinculado a la vida de Rodó. Se trata su nombramiento como miembro correspondiente de la Real Academia Española, en 1912. A la lógica alegría del uruguayo, se suman numerosas muestras de afecto y adhesión que celebran este nombramiento. Veamos dos de ellas.

Por una parte, el Diario Español publicaba así la noticia:

“Para nosotros la noticia es doblemente simpática: somos españoles y admiramos lealmente al maestro Rodó, gran pensador, gran literato y maestro de modestia. Además, Rodó es latino, y más que latino, español. Tiene algo de esa vigorosa sangre catalana, por su origen, y ello nos hon-

2 Miguel de Unamuno. Carta al director del Heraldo de Madrid el 28 de diciembre de 1904. APORTES, no85, año XXIX (2/2014), pp. 107-132, ISSN: 0213-5868, eISSN: 2386-4850 109

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ra a nosotros tanto como honra al pueblo que le vio na- cer, desarrollarse e imponerse, hombre de tan profundo talento”3.

Y en carta de Francisco Gómez Martín al escritor uruguayo, podemos leer:

“Yo me regocijo doblemente por esta designación tan sim- pática como justa, en cuyo honor habría batido palmas el mismísimo Leopoldo Alas (Clarin) gran admirador de Ariel; y me regocijo, primero, porque esa incorporación patentiza que no hay vallas de ningún género entre los españoles peninsulares y los españoles americanos, fu- sión hermosa que dará unidad y nuevas fuerzas al idioma hispanoamericano”4.

Presupuesto por tanto, el afecto de Rodó a España, y de muchos españoles por la persona y las ideas de Rodó, resulta de sumo interés ver cómo trató este hispanoamericanista el problema del catalanismo. El propio Rodó emplea ya el concepto de “nacionalismo catalán” para referirse al movimiento. Y si bien son muchos los estudios acerca de éste en la Península, todavía hay grandes lagunas en torno a la presencia de estudios americanos sobre el tema.

Ciertamente, en la segunda década del siglo XX surgían los llamados “cata- lanes de América”, que van cobrando fuerza especialmente en Argentina. Este movimiento sí que ha sido estudiado, y algunas de las personas que fueron re- levantes en los orígenes del mismo, pueden relacionarse con el análisis realizado por Rodó, como Rafael Vehils5. Sin embargo, faltan estudios más amplios, que reflejen el conocimiento que en otras regiones se tenía de la cuestión catalana, o bien más específicos, que pongan el acento en el pensamiento de persona- lidades singulares de la intelectualidad americana de principios de siglo sobre este tema.

Con este estudio pensamos contribuir a ampliar el espectro de los estudios sobre catalanismo desarrollados en América, centrándonos en un personaje que, como ya se ha dicho, fue referente tanto en círculos americanos como en sectores del pensamiento y la literatura española.

3 Archivo Rodó, Correspondencia, doc. no 30248. Recorte de “El diario español”, 6 octubre de 1912. Sin firma.

4 Archivo Rodó, Correspondencia, octubre-diciembre 1912, documento no 30274. Carta de Francisco Gómez Martín a José Enrique Rodó.

5 Se vienen publicando interesantes trabajos sobre catalanes en Argentina, durante la primera guerra mundial, y en el siguiente período, haciendo en ocasiones énfasis en el tema del exilio o de la vinculación con el separatismo catalán peninsular. Cabría destacar los estudios de Marcela Lucci, de Gabriela Dalla Corte y Gustavo H. Prado.

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En cuanto a las lecturas que pudiera haber hecho Rodó sobre el catala- nismo antes de su viaje a España, cabe destacar algunos autores vinculados a esa corriente y que nos constan eran conocidos por el maestro uruguayo, por aparecer mencionados o bien en su correspondencia personal, o bien en sus artículos. Tal es el caso de Enric Prat de la Riba, Rafael Vehils o Juan Ventosa y Calvet, entre otros. Veremos a lo largo del estudio, y siguiendo el hilo de sus artículos, cuál es la línea de pensamiento catalanista a la que parece tener más simpatías José Enrique Rodó.

Por último, cabe mencionar a otros autores americanos que dejaron por escrito sus reflexiones acerca de Barcelona o de Cataluña. Es el caso de Rubén Darío, contemporáneo y amigo de Rodó, o del argentino Sarmiento, al que el uruguayo tanto admiraba6.

La raza y la patria grande en Rodó

Rodó no es el primero ni el único escritor americano que sueña y escribe acerca de la unidad intelectual iberoamericana. Se ha dicho que Bolívar pensó la Gran Patria política, que fracasó, y que Rodó en cambio, llegó a poner en marcha esa Gran Patria intelectual, que aglutinaría a las jóvenes repúblicas herederas de la tradición española y su fusión con los elementos prehispánicos. Pero además, el uruguayo da un paso más adelante que Bolívar: en esa gran fraternidad de los pueblos que hablan español incluye a la nación que llevó la lengua a todas esas naciones que pueblan el Nuevo Mundo: España.

Rodó inició su actividad editora en Montevideo promoviendo una publica- ción titulada Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales. Esta revista vio la luz durante dos fructíferos años (1896-1897). A pesar de su corta vida –carac- terística común a tantas publicaciones de su tiempo- la revista permitió a Rodó establecer iniciales contactos con muchos de los escritores de habla hispana, a uno y otro lado del Atlántico, a los que solicitó colaboraciones.

Cerrada la revista por problemas económicos, José Enrique Rodó pone de manifiesto sus dotes y su sensibilidad estética en tres libros que configura como una colección titulada “La vida nueva”. En el primer tomo de esta colección (1897) incluyó dos trabajos, titulados “El que vendrá” y “La novela nueva”. La segunda entrega es el estudio Rubén Darío: su personalidad literaria, su última obra (1899), en el que analiza las Prosas profanas del escritor nicaragüense.

6 Adolfo SOTELO VÁZQUEZ, “Viajeros en Barcelona, II”, Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid: Instituto de Cooperación Iberoamericana, no 556 (octubre 1996), p. 43-58. El autor resume las percepciones que Sarmiento, Darío y el propio Rodó tuvieron a su paso por Barcelona. En los tres casos destaca que los escritores americanos apreciaron en Barcelona un clima social, económico y cultural, diferente al de otros lugares de España. Sarmiento la ve como más europea, y Darío, fiel a sus gustos, disfrutará del “afrancesamiento” que intuye en la capital catalana.

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El tercer libro de la colección es la obra que logró su consagración como escritor, publicista o esteta, según quién los describa. Se trata de Ariel (1900). Para acercarnos a la “revolución arielista” en el mundo hispánico, basta leer unas palabras de Juan Ramón Jiménez, que años después de la muerte de Rodó evocaba con nostalgia:

“Una misteriosa actividad nos cogía a algunos jóvenes españoles cuando, hacia 1899, se nombraba en nuestros grupos de Madrid, a Rodó. Ariel, en su único ejemplar co- nocido, andaba de mano en mano sorprendiéndonos. Qué ilusión entonces para mi deseo poseer aquellos tres libritos delgados, azules, pulcros, de letra nítida roja y negra: Ariel, Rubén Darío, El que vendrá”7.

Hemos mencionado la bandera que asumió Rodó como objetivo de su vida: la salvaguarda de la identidad cultural hispanoamericana. Y si podemos con- siderar ésta su meta vital, es necesario ver la proyección de la misma hacia España. No se trata únicamente de la unidad de las naciones americanas de origen hispano, sino que debe abarcar a la propia España, que es responsable de los principales elementos de esa unidad: lengua, raza, religión. Sobre estos tres pilares se asienta la Magna Patria que soñó Bolívar, que deseó José Martí, y que en el tránsito del siglo XIX al XX va a lograr en parte Rodó con los lazos intangibles de la unión intelectual.

La correspondencia mantenida con intelectuales españoles desde los años de la Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales va a hacer que se ponga de manifiesto hasta qué punto incluye también como propios los logros de los españoles en el campo de la cultura. Se defiende de los reproches de Miguel de Unamuno, que no obstante felicitarle por Ariel, le hace sentir su malestar por cierto afrancesamiento que advierte en las páginas de Rodó. Contestaba así el uruguayo a Unamuno:

“Con esta afición a lo francés concilio perfectamente mi amor a todo lo que puedo comprender dentro de lo sep- tentrional, pues creo tener cierta amplitud de gusto y de criterio. Lo español me merece sincera y viva simpatía. Na- die más que yo admira a los representantes del verdadero mérito que quedan a la intelectualidad española. Nadie admiró más a Castelar, ni tiene más alta consideración por

7 Juan Ramón JIMÉNEZ, “Siluetas de hispanoamericanos”, Revista Iberoamericana, vol. II, no 4, noviembre de 1940, p. 353-357.

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Menéndez Pelayo, Leopoldo Alas, Valera, Galdós, Eche- garay, Pereda y tantos otros. Tengo los ojos puestos en la juventud de esa España para ver si algo brota de su seno. Si pudiéramos trabajar de acuerdo aquí y allá, y llegar a una gran armonía espiritual de la raza española, ¿qué más agradable y fecundo para todos?”8.

Habla de una “gran armonía espiritual de la raza española”. No tiene el em- pleo de este término el componente biológico que otros autores encuentran –o buscan- en lo hispanoamericano. Habría que especificar hasta dónde alcanza el concepto de raza en Rodó. Es más próximo a las “ínclitas razas ubérrimas” de Darío que a la “raza cósmica” de Vasconcelos. No estamos tanto ante una expresión de carácter biológico como ante la constatación de una realidad cul- tural que se ha forjado durante cuatro largos siglos, y continúa presente en el continente americano.

Por otra parte, la idea de raza de Rodó, desarrollada especialmente a partir del 98, tiene claro que no admite tutelajes ni hegemonías culturales. Lo his- pano es uno, con diversas manifestaciones, y en América se ha fusionado y enriquecido con elementos autóctonos.

Lo hispano de América y lo hispano europeo marcharán juntos, en la misma dirección, pero no es necesario ningún liderazgo que conduzca ese avance. Así se lo hacía saber a Clarín, en carta de 30 junio 1897:

“Por lo mismo que soy americano apasionado9, convenci- dísimo de la grandeza del porvenir de esta tierra bendecida por la Naturaleza, y por lo mismo que mi sentimiento pa- triótico es vivísimo, amo a España y la creo indisoluble- mente vinculada a nosotros en el pasado, en el presente y en el provenir, hasta el punto de que las glorias de España me enorgullecen como cosa propia y me entristecen sus infortunios como los de los míos”10.

Desde esta perspectiva de la unión espiritual con España, y del deseo de ver surgir savia fresca en la intelectualidad española, enfoca Rodó el complejo tema del nacionalismo catalán.

8 Carta de José Enrique Rodó a Unamuno, Montevideo, 12 de octubre de 1900, en RODÓ, Obras completas, Madrid: Aguilar, 1967, p. 1379. La cursiva es mía.

9 Subrayado en el original.

10 Archivo Rodó, Correspondencia, sección II. Carta de José Enrique Rodó a Leopoldo Alas. Montevideo, 30 de junio de 1897. Copia mecanografiada de borrador original. Sin numeración.

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La relación de Rodó con Cataluña

La vinculación entre el uruguayo y las tierras catalanas tiene origen ancestral, puesto que de allí fueron sus antepasados, realidad que muchas veces mencionó en sus cartas personales, y en algunas de sus publicaciones. No cabe duda de que se enorgullecía de poseer sangre catalana en sus venas. De allí procedía la familia de su padre, José Rodó Janer, que había nacido en Tarrasa.

Esa conciencia de arraigo propicia algunas actitudes de nuestro escritor, como el deseo de conocer la tierra de sus antepasados, largamente acariciado y que no se hizo realidad hasta 1916.

Ya se ha dicho que Rodó, desde su juventud, quiso aproximarse a la rea- lidad española a través de la correspondencia mantenida con intelectuales o publicistas de nuestro país. Entre sus corresponsales destacan algunos de origen catalán, con lo que trató de crear vínculos estrechos. Entre ellos encontramos a Pompeyo Gener, Antonio Rubio y Lluch o Juan a Maragall, o Rafael Vehils, del que hablaremos en este artículo.

Con Antonio Rubio y Lluch se carteó desde la temprana fecha de 1898. En las misivas se intercambian opiniones sobre temas literarios, aunque a ve- ces surge también la temática política, que a Rodó preocupaba como buen humanista que era. Así, escribía el uruguayo en 1902: “Ya que tengo la pluma en la mano, no quiero cerrar esta carta sin manifestarle el pesar con que leo en la prensa las noticias telegráficas recibidas de España sobre la agitación, ya sangrienta de los obreros de esa valerosa y culta Barcelona11”.

Algo más tarde, escribía a su amigo Juan Francisco Piquet, residente en Barcelona, anunciándole un próximo viaje a España, en el que contaba con terminar “mi jira [sic] por Barcelona, sólo a fin de conocer la tierra de mis antepasados12”. Aquel viaje aún tardaría en ser llevado a cabo, pero el deseo de conocer Barcelona permaneció en el hondón de Rodó, a la espera de que se dieran las condiciones oportunas. Uno de sus deseos era publicar la primera edición de alguno de sus libros en la capital catalana. El editor de las obras completas de Rodó13 ha encontrado entre los papeles del Archivo de Rodó un borrador de portada de su libro en el que se indica:

JOSE ENRIQUE RODO

PROTEO

11 Carta de José Enrique Rodó a Antonio Rubió y Lluch. Montevideo, 23 de febrero de 1902, en RODÓ, Obras completas, p. 1330. La cursiva es mía.

12 Carta de José Enrique Rodó a Juan Francisco Piquet. Montevideo, 19 de enero de 1904, en RODÓ, Obras completas, p. 1351.

13 Emir RODRÍGUEZ MONEGAL, Obras Completas de José Enrique Rodó, Madrid: Aguilar, 1967. 114 APORTES, no85, año XXIX (2/2014), pp. 107-132, ISSN: 0213-5868, eISSN: 2386-4850

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… para los que están de la parte de afuera, todo se hace por vía de parábolas.

San Marcos, cap. IV, v. 11 BARCELONA

190514

El libro no se editará finalmente en la ciudad condal, pero Rodó sigue muy interesado en que se difunda en el entorno intelectual barcelonés, y en este sentido instaba a su amigo Piquet a promocionar, en la medida de sus posibili- dades, la difusión de la obra.

“Quizá esté Ud. En condiciones de mover un poco el am- biente, en Barcelona, a favor de mi libro. Allí le [sic] tienen –porque se los he enviado- Ramón D. Perés, Maragall y Pompeyo Gener. Si cree usted conveniente que lo mande a algunos escritores catalanes, le estimaría me los citase. ¿Sabe Ud. La dirección de Gabriel Alomar?”15.

Y en la misma carta, tras instarle a que ejerza cierto “padrinazgo” sobre Proteo, expresa el que de verdad sería su deseo: “Mejor sería sin duda, que pudiese yo atravesar el charco y estrecharle la mano en nuestra común patria de origen, la brava Cataluña”16.

Pocos días más tarde, volvía a dirigirse a Piquet para solicitar datos de otros autores, a los que quería enviar ejemplares de su obra. Cita con esta petición los nombres de Gabriel Alomar, Víctor Catalá, Ángel Guimerá, Ignacio Iglesias, Eduardo Marquina, Eugenio D ́Ors y Santiago Rusiñol17.

De la lectura de estas cartas pueden deducirse varias conclusiones. Por una parte, el afecto real que profesaba Rodó al “terruño”, a la patria chica de sus antepasados paternos. Por otra, la convicción de que Barcelona se encontraba a la vanguardia tanto de la lucha por los derechos sociales como de la creación intelectual (de ahí su interés en publicar una de sus obras en Barcelona). Y,

14 Ibídem, p. 35.

15 Carta de José Enrique Rodó a Juan Franciso Piquet. Montevideo, 20 de agosto de 1909, en RODÓ, Obras completas, p. 1351.

16 Carta de José Enrique Rodó a Juan Francisco Piquet, Montevideo, 20 de agosto de 1909, en RODÓ, Obras completas, p. 1352.

17 Carta de José Enrique Rodó a Juan Francisco Piquet, Montevideo, 12 de setiembre de 1909, en RODÓ, Obras completa, p. 1352.

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por último, deja también constancia de cómo Rodó dominaba el panorama intelectual español, no “a bulto”, sino siendo consciente de las regiones donde se desarrollaban las diversas ideas.

Esto no quiere decir que su amor a Cataluña le llevara a despreciar o ningunear otras regiones de España. Habla con cariño de esa “otra Andalu- cía”, que quiere entrever en Juan Ramón Jiménez, y agradece enormemente la invitación de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras que le fue cursada para formar parte de ella, y cuyo nombramiento se hizo efectivo en 1902.

Por otra parte, una de las alegrías mayores que recibió Rodó en los últimos años de su vida, precisamente cuando el ambiente político uruguayo se le tornaba hostil y por tanto incómodo para desarrollar su actividad literaria, fue recibir el nombramiento como miembro correspondiente de la Real Aca- demia Española en 1912.

Queda así dibujado un rasgo de la peculiar visión que Rodó se iba forjan- do acerca de España. Amaba lo español porque lo sentía parte de su propia identidad. Y este sentimiento no lo hacía incompatible con un verdadero interés por todo lo catalán, región de sus antepasados, en la que intuía una fuerza y energía peculiares, en la que también buscaba arraigo personal, lo que le llevaba al deseo de comprender mejor la realidad de la sociedad e inte- lectualidad catalanas de su tiempo.

Encontramos otra referencia interesante en su correspondencia privada. En una carta dirigida a Eugenio Villagrán, que le ha hecho una consulta precisa- mente acerca de la lengua catalana, le responde así:

“Estimado amigo: No hay límites exactos que diferen- cien lo que es un dialecto de lo que es una lengua; pero generalmente se reserva el primer nombre para aquellas modificaciones de una lengua que no han pasado del uso popular, sin servir de medio de expresión a una cultura literaria persistente y autónoma.

Con arreglo a este criterio, el catalán es considerado como verdadera lengua o idioma, puesto que, como instrumento de cultura, tiene una tradición propia y mantenida en es- tos días por una literatura original e importante.

Otra cosa sucede, por ejemplo, con el dialecto gallego, que no ha trascendido del uso popular sino en algunas ma- nifestaciones literarias del género lírico, muy interesantes sin duda, pero que no bastan a caracterizarlo como ins-

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trumento usual de una cultura. El gallego es dialecto, el catalán es idioma”18.

Así pues, partimos de una apreciación de la cultura catalana que pasa por el reconocimiento de su lengua específica como idioma, lo que supone una inicial postura de comprensión hacia la especificidad cultural catalana.

En Barcelona: Ciudadano Catalán

Rodó pasa su vida esforzándose porque la cultura iberoamericana traspase fronteras políticas, huye de la “sombra de campanario”, como denominaba el argentino Manuel Ugarte a aquellas visiones reductivas de las patrias chicas. Busca afirmar lazos que universalicen la realidad americana, y uno de ellos sin duda es la lengua, como se aprecia en sus reflexiones acerca del Quijote, perso- naje muy presente en sus escritos.

Probablemente por esa resistencia a los particularismos que empequeñecen, hace un esfuerzo por comprender el nacionalismo catalán, “bien poco conoci- do en América. Por lo general, se le atribuye allí una importancia y una exten- sión muy inferiores a las que tiene en realidad”19. A pesar de esta afirmación según la cual el problema del nacionalismo catalán es desconocido en América, no lo era tanto para el propio Rodó. Hablando de sus paseos por Barcelona, menciona “la milenaria barretina de la que habla Prat de la Riba”20. Esa alusión a la “milenaria barretina” se encuentra en la obra del autor catalán La nacionali- tat catalana, publicada en Barcelona en 1906. El hecho de que Rodó conociese algunos de sus textos implica un interés claro por el tema.

De su viaje a España contamos con tres artículos fruto de su tránsito por Barcelona, donde apenas pudo permanecer unos pocos días. El primero de ellos, que titula “En Barcelona”, tiene el sabor de un diario personal, en el que refleja sus impresiones de la ciudad, mostrando especial admiración por su cas- co histórico, que recorre acompañado por Rafael Vehils. Es llamativo que casi al inicio de este artículo señala que a su llegada a Barcelona recibe “la impresión de haber pasado una frontera internacional”21.

Antes de dejarse conducir por su cicerone particular, nuestro escritor vaga por las calles, buscando el sabor, el ambiente, las gentes de la ciudad. Tiene cierto ca- rácter íntimo su paso por la capital catalana, donde encuentra una tienda que lle- va por nombre su apellido, y le hace recordar los orígenes catalanes de su familia:

18 Carta de José Enrique Rodó a Eugenio Villagrán Bustamante, Montevideo, octubre de 1911, en RODÓ, Obras completas, p. 1011-1012.

19 “El nacionalismo catalán” [1916], en RODÓ, Obras completas, p. 1254. 20 “En Barcelona” [1916], en RODÓ, Obras completas, p. 1250.

21 Ibídem, p. 1250.

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“Sigo donde me indica el paso de la muchedumbre; pero, como veréis, no sin fruto provechoso. He aquí que descu- bro mi apellido en la muestra de una casa de comercio, y por primera vez, aprendo a pronunciarlo bien… Parece ser, según me explica concienzuda y prolijamente mi ho- mónimo, que, en buena prosodia de esta lengua, la prime- ra o no suena como la clara y neta vocal castellana, sino de una manera que participaría de la o y de la u. Agradezco la revelación de mi homónimo y pienso cuán cierto es que cada hora trae su enseñanza”22.

Movido por su amor a la cultura escrita, sus pasos le conducen al Instituto de Estudios Catalanes, creado precisamente por Prat de la Riba en 1907, y a su biblioteca. Allí descubre, con entusiasmo, “la copiosa colección cervantina, la primera del mundo, rica de ediciones primitivas, de ejemplares únicos y raros, y primores de imprenta y encuadernación, de esos que son golosina del bibliófilo”23. A raíz de la visita a esta institución, hace unas observaciones que son muy sugerentes para analizar la perspectiva desde la que contempla el nacionalismo catalán. Admira el trabajo de quienes, a pesar del calor ve- raniego, están en las salas de la biblioteca, dedicados a diversos quehaceres o investigaciones.

“La parte más interesante de la institución es aquella en que se realiza, por medio de una sabia organización de es- tudios, obra intelectual relacionada siempre con los des- tinos y el interés de Cataluña. Este es un taller de trabajo sincero, sano, abnegado, que yo señalaría a la emulación de la juventud de nuestra América. A todo preside un sen- timiento augusto: el sentimiento de la patria, de la patria natural, de la ‘patria chica’, que en este pueblo veo que es la que verdaderamente toca a lo íntimo del corazón”24.

Aquí deja traslucir Rodó, desde la mirada a Barcelona, uno de los temas que le cuesta resolver: la conjunción de la patria chica y la patria grande. Él, que busca la unidad hispanoamericana, también entiende el orgullo de ser chileno, argentino o uruguayo, pero por encima del localismo, está la grandeza del todo unido, más poderoso que lo atomizado.

22 Ibídem, p. 1250. 23 Ibídem, p. 1252. 24 Ibídem, p. 1253.

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El nacionalismo catalán hace cien años. Una mirada rioplatense: José Enrique Rodó en Barcelona, 1916

Entre las personas que encuentra trabajando en el Instituto, se precia de saludar al marqués de Montoliú, “un joven de la primera nobleza catalana que, trocando sus títulos heráldicos por los del esfuerzo personal y fecundo, emplea aquí la vida en una meritísima labor de filólogo: acumula, pule, relaciona las piedras que un día servirán para erigir el gran léxico de su lengua”25.

Don Manuel de Montoliú, al que admiraba Rodó, fue un intelectual cata- lán, polifacético, como todos los grandes humanistas. Estudió en Barcelona, Madrid y en la alemana universidad de La Halle. Desarrolló su actividad inte- lectual como ensayista, publicista, crítico literario, profesor universitario… Lo destacable en el tema que nos ocupa es que la afinidad con Rodó posiblemente se deba a esa búsqueda por conjugar lo universal con lo particular. Tal y como lo describe Rodó, ciertamente realizó una gran tarea en el campo de las letras catalanas. Pasado el tiempo, por encargo de Cambó escribió una obra mag- na de ocho volúmenes sobre Les Grans Personalitats de la Literatura catalana (1957-1961). Pero ello no fue obstáculo para que también profundizara en el alma española a través de su literatura, con trabajos como Manual de literatura castellana (1929) y -entre otros muchos títulos notables- El alma de España y sus reflejos en la literatura del Siglo de Oro (1942). Incluso escribiría una biografía de Francisco Pizarro.

Necesariamente tenía que congeniar Rodó con este noble catalán. Se en- tiende que a pesar de la brevedad del encuentro, el uruguayo encontrará en Montoliú un alma con sus mismas inquietudes en lo que se refiere al amor a la propia identidad, resaltando sus peculiaridades, pero haciéndolo compatible sin conflictos con el respeto y admiración a la “gran patria”. Podemos ver en la catalanidad-españolidad de Montoliú un reflejo del uruguayismo-americanis- mo de Rodó.

También es interesante conocer la relación existente entre Rodó y el otro barcelonés mencionado en la crónica, Rafael Vehils. En su paso por Barcelona, dice Rodó haber encontrado la ciudad prácticamente vacía, como había suce- dido en Madrid, consecuencia del calor del estío. Sin embargo, goza de buena compañía, según él mismo narra: “Encuentro, sin embargo, entre otros de los mejores, a Rafael Vehils, que, con cariñosa solicitud, se afana por hacer doble- mente interesantes y gratos los breves días que paso en Barcelona”26.

El conocimiento de ambos intelectuales, como sucedió con tantos otros, se había iniciado por vía epistolar. En mayo de 1911 Rodó recibió una carta con información de la recién creada Casa de América de Barcelona, y se ad- juntaban los estatutos, el primero de los cuales decía: “queda constituida en Barcelona una corporación, cuyo objeto es el fomento de las relaciones entre

25 Ibídem, p. 1253. 26 Ibídem, p. 1250.

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americanos y españoles en todos los órdenes”27. En agosto del mismo año, el uruguayo escribía personalmente al Presidente de Casa de América, don Alfredo Goycoolea en estos términos, según un borrador encontrado entre los papeles del uruguayo:

“La aproximación moral e intelectual de los pueblos his- panoamericanos, -incluyendo dentro de ellos a su antigua metrópoli, que tiene imprescriptibles derechos a que se la considere, además de española, americana,- es un ideal a cuya progresiva realización deben su concurso cuantos tie- nen algún medio de influir en la opinión; y por mi parte, nunca escatimaré la ayuda que sea capaz de prestarles”28.

Finalmente, será Rafael Vehils, entonces Secretario de la Casa de América de Barcelona, quien le escriba en septiembre de ese mismo año 1911, agradecien- do su carta de apoyo, a la vez que le pedía el favor de enviarle algunos libros para escribir un texto sobre el Uruguay contemporáneo29. No parece aventu- rado afirmar que se inicia aquí una relación basada en la afinidad de intereses, que culmina en el ofrecimiento del propio Vehils para acompañar a Rodó en sus paseos por Barcelona.

Poco antes de su viaje a Europa, la Casa de América de Barcelona enviaba a Rodó una invitación a participar en un ciclo de conferencias que se celebraría en abril o mayo de 1916, con motivo del Centenario de Cervantes. Rodó de- clinó la invitación, argumentando que “razones ajenas a él” le impedían viajar a Barcelona en aquellas fechas.

Otros autores han tratado el movimiento americanista catalán del primer cuarto del siglo XX haciendo de Vehils su protagonista, enfrentándolo con otro paradigma del americanismo, que giraría en torno a Rafael Altamira30. Es significativo que sean dos de los corresponsales de Rodo quienes ejerzan como cabeza de sendos movimientos americanistas, que arrancan de distintos lugares de la Península. Y Rodó ve con optimismo la unión de fuerzas en una publicación que llevará contenidos americanistas. Hablando de su encuentro con Vehils, continúa diciendo de él que

27 Archivo Rodó, Correspondencia, doc. no 29463 Carta fechada en Barcelona el 6 de mayo de 1911.

28 Archivo Rodó, Correspondencia, doc. sin no. Borrador de carta de José Enrique Rodó a Alfredo Goycoolea. 20 de agosto de 1911.

29 Archivo Rodó, Correspondencia, doc. no 29666. Carta de Rafael Vehils a José Enrique Rodó. Barcelona, 16 de septiembre de 1911.

30 Gabriela DALLA CORTE y Gustavo H. PRADO, “Luces y sombras de dos paradigmas del americanismo español en la renovación del diálogo hispanoamericano (1902-1912)”, Anuario de Estudios Americanos 63 (2/2006), p. 195-216.

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“prepara aquí, acompañado desde su cátedra de Oviedo por Rafael Altamira, una publicación de la mayor opor- tunidad e interés: una revista de estudios internacionales, donde, anticipándose a la solución del actual conflicto eu- ropeo, con las transformaciones que probablemente deter- minará y el nuevo orden que ha de resultar de él, se tende- rá a señalar un ideal de política exterior para España, una dirección consciente y sistemática de sus relaciones con el resto del mundo, incluyendo como parte preferente de ellas las que se refieren a los pueblos hispanoamericanos”31.

Por otra parte, un artículo escrito por Vehils en 1917 permite entrever la im- pronta dejada en su pensamiento por la persona y la obra de Rodó. Se trata del texto “El proceso ideológico de América”, publicado en La Lectura. Revista de Ciencias y de Artes32. El autor hace un recorrido por el pensamiento hispano- americano, desde los tiempos de la colonización hasta el momento en que él escribe. Cuando habla del pensamiento contemporáneo encontramos dos refe- rencias expresas a Rodó, pero subyace en las líneas la influencia del uruguayo, más allá de las menciones explícitas.

Dice Vehils que “iniciado el desvío de la tendencia romántica, anterior a 1875 (…) fue abierta el alma de América a los vientos filosóficos contempo- ráneos, deseosa de modernidad (…) según aparece claro en José Enrique Ro- dó…”33. Más adelante insiste en la figura de nuestro escritor, con una cita que merece la pena transcribir, por ser interesante reflejo del pensamiento arielista. Menciona unas palabras de otro uruguayo, Carlos Reyles, que afirmaba la su- pervivencia del ideal, “portaestandarte de la ilusión y de la esperanza necesarias a los hombres”. Afirma Vehils que es posible la compatibilidad entre el ideal y el materialismo, en una forma de “ideal práctico”.

“Todo lo cual bien puede compaginarse con lo dicho por Rodó en su Ariel inimitable, donde se defiende y pondera la integridad de la condición humana como lema funda- mental de la existencia, integridad contraria al desarrollo unilateral de nuestra actividad, ya sea guerrero, o místico, o mercantil o de cualquier otra laya”34.

31 “En Barcelona”, en RODÓ, Obras completas, p. 1250.

32 Rafael VEHILS, “El proceso ideológico de América”, La Lectura. Revista de Ciencias y de Artes, Madrid, enero de 1919, Año XIX, no 217. El artículo está firmado en julio de 1917, un año aproximadamente después del encuentro entre Rodó y Vehils en Barcelona.

33 VEHILS, “El proceso ideológico…”. 34 Ibídem, p. 141.

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Vehils escribía estas páginas muy pocos meses después de su encuentro con Rodó en Barcelona. Queda claro que, si ya lo admiraba en la distancia, el co- nocimiento del escritor no hizo sino consolidar la admiración que sentía hacia su pensamiento.

Termina su recorrido por la ciudad empapado de “catalanidad”:

“Toda esa suma de energías que el ambiente pone ante los ojos se concentra y resuelve en una idea, en un sentimien- to inspirador: la idea de que Cataluña es la patria, la patria verdadera y gloriosa, y el orgullo de pertenecerle, Civis ro- manus sum! Y esto, que es el más íntimo fondo, trascien- de y bulle en la superficie con un fervor de fuente termal (…) Cualquiera que haya de ser el final resultado de esta inquietud espiritual, nadie puede desconocer que un sen- timiento colectivo de intensidad semejante, es una fuerza, y una fuerza que no es probable que acabe en vacío”35.

Y toca un punto clave, entonces y ahora, cuando dice que “hasta ayer se habla- ba de regionalismo. Hoy se habla a boca llena de nacionalidad. Justo es agregar que, en los más reflexivos y sensatos, esto se interpreta de un modo que no importa propósitos de separación absoluta”36. Y termina esta reflexión de una manera casi profética: “Todo ello plantea, para el porvenir de la comunidad española, problemas de la más seria entidad”37.

El asunto Ferrer

Otro tema interesante que aparece reflejado en su relato de paseos por Barce- lona es la velada referencia a un suceso acaecido pocos años antes. Dice así su crónica:

“Allí también veo, bruscamente erguida sobre el mar, la adusta mole de Montjuich, con su famoso castillo, y com- parece en mi recuerdo la imagen del infortunado y me- diocre agitador a quien tan deplorable torpeza política dio universal aureola de mártir y consagraciones que ya se han perpetuado, por ahí fuera, en bronce de estatua”38.

35 “En Barcelona”, en RODÓ, Obras completas, p. 1254. 36 Ibídem, p. 1254.

37 Ibídem, p. 1254.

38 Ibídem, p. 1251.

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Creemos encontrar en estas líneas una alusión un tanto velada a Francisco Ferrer i Guardia, condenado y ejecutado por su supuesta participación en los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona, en 1909. Coinciden los datos, ade- más, con el hecho real de que se había levantado en 1911 un monumento en bronce al activista catalán en una plaza de Bruselas.

El hecho no era desconocido en absoluto para Rodó. De la misma manera que en muchas ciudades de Europa se promovieron manifestaciones en contra de aquella ejecución, en Montevideo se habían organizado actos de protesta por lo que se consideraba una acción arbitraria e injusta por parte del gobierno es- pañol. En ellas tomó parte nuestro escritor que, además, publicó una breve nota en la que condenaba la decisión del gobierno. Entre la correspondencia recibida por Rodó, encontramos una carta y un telegrama fechados en octubre de 1909 en los que se instaba al escritor a manifestar su repulsa ante la ejecución.

La revista argentina Ideas y Figuras publicó una encuesta en la que se plan- teaba la siguiente pregunta: “Frente a la civilización moderna, ¿qué significado tiene para Ud. el fusilamiento de Francisco Ferrer ordenado por el gobierno de España?”. La encuesta, tal y como explicaban los responsables del semanario, respondía a la necesidad de “que la intelectualidad argentina y extranjera, todos los hombres que en este fecundo suelo de promisión ejercen su actividad, bus- cando en las regiones del pensamiento altas complacencias íntimas, todos ellos se manifestaran sobre este asunto, uno de los más graves que hasta hoy se han presentado a la conciencia latina”39. Estas palabras introducen las respuestas de varios intelectuales a la encuesta, entre los que se encuentra José Enrique Rodó. Estas eran las palabras del texto enviado por Rodó a la revista:

“La injusticia y la crueldad en la represión sangrienta, han sido siempre señal segura de que el poder que recurre a ellas, siente el anuncio, más o menos claro y consciente, de que la hora de su caducidad se aproxima, porque no con- cuerda ya con las condiciones, esenciales de su sociedad y de su tiempo, condiciones que, cuando tienen su adecuada expresión en la fuerza que dirige los destinos, sociales, son suficientes por sí solas para asegurarla y mantenerla, sin necesidad de los extremos violentos que sugiere el estravío [sic] de la desesperación.

La desatentada política que hoy conmueve con un acto de bárbaro rigor el corazón de la humanidad civilizada no hace con ellos sino agregar una esperanza más a la que nos daban los signos, continuados y crecientes, que auguran el

39 Ideas y Figuras, Buenos Aires, 24 de octubre de 1909, Año I, no 18, p. 2.

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próximo resurgimiento de una España transformada por la libertad, henchida de su propio generoso espíritu y que busque la confirmación de sus históricas glorias, no en va- nas empresas de guerra, sino en la participación activa y fecunda en la obra humana de la civilización”40.

Este último párrafo pone nuevamente de manifiesto una de las características del pensamiento de Rodó. Quiere a España, porque se siente ligado por la tradición, y jamás renegaría de esa herencia. Pero critica lo que de fanatismo o falta de libertad encuentra entre los españoles. De esta postura tan rodoniana -puesto que es la misma que defendió en su actividad política en el Uruguay- deriva el hecho de que las palabras de condena terminen con una evocación a la esperanza, a la posibilidad de que los españoles labren un futuro mejor: “au- guran el próximo resurgimiento de una España transformada por la libertad, henchida de su propio generoso espíritu…”. No es España, sino determinados dirigentes de su gobierno quienes han cometido un acto de injusticia. Pero el “genio” español, la raza, sabrá sacar de este hecho injusto energía para dar un paso adelante en la conquista de la libertad.

Poco después de la publicación de la encuesta mencionada en el semanario argentino, se publicaba en el Diario Español de Montevideo una carta abierta a José Enrique Rodó, en la que su autora, Eva Canel, le recriminaba su apoyo a una causa injusta41. La autora de la carta criticaba la participación de Rodó en la manifestación convocada para protestar contra la ejecución del catalán. Asimismo, le mostraba una nueva perspectiva del hecho, tratando de hacerle ver quién era a su juicio Ferrer i Guardia, así como lo que realmente representaba el anarquismo. De igual forma, le señalaba que la “prensa sensata” en España no había criticado la ejecución de aquel que fuera cabeza del atentado cometido en la calle Mayor años atrás contra la persona de Alfonso XIII. Ciertamente, ninguno de los escritores rioplatenses que criticaron la decisión del gobierno de Maura mencionaba la relación existente entre la figura de Ferrer i Guardia y la de Mateo Morral, autor material del atentado que a punto estuvo de causar la muerte del rey Alfonso XIII el día de su boda. En el texto de la carta, Canel especificaba que se dirigía en concreto a Rodó por considerar que, entre los que se sumaron a la propuesta, era él, “que yo sepa, el de más categoría intelectual”42.

40 José Enrique RODÓ, “Encuesta Ferrer”, Ideas y Figuras, Buenos Aires, 24 de octubre de 1909, Año I, no 18, p. 4.

41 Archivo Rodó, Correspondencia, sin signatura. Es una transcripción mecanografiada de la carta original publicada en el Diario Español, Montevideo, viernes 22 de octubre de 1909, p. 1, columnas 1, 2, 3, 4.

42 “Carta abierta de la Sra. Eva Canel a José Enrique Rodó”, Diario Español, Montevideo, 22 octubre de 1909, p. 1.

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Todavía entre los escritos de Rodó encontramos una mención a la muerte de Ferrer. En carta al ecuatoriano Alejandro Andrade Coello, comentando una obra suya, le dice:

“Sus censuras de la ejecución de Ferrer interpretan, en lo esencial, mi propio sentir: he encabezado en mi país, pro- testas por ese hecho injustificable; sólo que, en cuanto a los méritos y condiciones personales de aquel infortunado, no me considero aún en aptitud de juzgar con pleno conoci- miento. Basta para mi protesta e carácter y la forma de su condenación”43.

Ha pasado el tiempo, y en su deambular por Barcelona, Rodó parece haberse hecho una idea más certera de la personalidad de Ferrer i Guardia, al que llama “infortunado y mediocre agitador a quien tan deplorable torpeza política dio universal aureola de mártir”. Sigue deplorando la actuación del gobierno que años atrás condenaba a muerte a Ferrer, pero parece haberse hecho una idea del condenado más real, ya despojada del aura de mártir que, según el uruguayo, le ha proporcionado precisamente el juicio inicuo y la injusta condena.

Rodó intenta comprender el nacionalismo catalán

En su recorrido por la ciudad, no le faltan alabanzas para los catalanes, en los que descubre “aquella entidad que es la raíz de todas las grandezas y el secreto de todos los triunfos: la energía”44. Termina su artículo acerca de Barcelona anunciando un escrito próximo, que versará sobre el nacionalismo catalán, que “plantea, para el porvenir de la comunidad española, problemas de la más seria entidad”45.

Efectivamente, escribió ese artículo, dividido en dos entregas, en el que tra- taba de comprender sobre qué bases se apoyaba ese nacionalismo catalán, y qué beneficios pensaban los nacionalistas que podrían seguirse de la consecución de sus ideales.

Como punto de partida se pregunta – ¿cómo no?- sobre la conveniencia de un idioma común. “¿No ofrecería grandes ventajas para todos que mantuvié- ramos la unidad de nuestro mundo hispano parlante?”46. Añade que él mismo hizo esta pregunta tiempo atrás a Santiago Rusiñol, durante la estancia del ca-

43 Carta de José Enrique Rodó a Alejandro Andrade Coello, Montevideo, 21 de enero de 1910, en RODÓ, Obras completas, p. 1451.

44 RODÓ, Obras completas, p. 1253.

45 “En Barcelona”, en RODÓ, Obras completas, p. 1254.

46 “El nacionalismo catalán (II)”, en RODÓ, Obras completas, p. 1258.

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talán en Montevideo. Sus esfuerzos por mantener los lazos hispanoamericanos basados precisamente en una lengua y una cultura común, le llevan a cuestio- narse lo acertado de la propuesta catalanista.

Desarrolla su texto de manera original, con la forma de un diálogo simula- do en el que el escritor hace preguntas, y se responde poniendo en boca de un interlocutor anónimo afirmaciones que ha escuchado o leído en los entornos nacionalistas. Los dos artículos resultan de enorme interés para conocer cómo era percibido el nacionalismo catalán por un uruguayo en 1916, que reconocía un gran desconocimiento de ese problema por parte de los americanos.

“No estaba en Barcelona Cambó, pero hablo con hom- bres de representación semejante, entre ellos uno de los más conspicuos oradores de la diputación catalanista: el señor Ventosa y Calvell. No desdeño, por otra parte, la opinión de los anónimos; promuevo la conversación en el café y en la rambla; busco algún libro, hojeo algún folleto de combate, atiendo a lo que dicen los diarios… Y con lo que leo, con lo que oigo y con lo que induzco, forjo para los fines de mi crónica un interlocutor ideal, a quien haré converger las preguntas que a muchos he propuesto, y en quien me atrevo a esperar que quedará fielmente reflejado, el sentido común del catalanismo”47.

Ardua tarea para quien ha reconocido previamente su poco conocimiento del problema. Y, no obstante, se lanza a afrontarla por considerarlo uno de los aspectos de la política española que mayor importancia tiene y puede llegar a tener en el futuro. La claridad de mente de Rodó se funde aquí con su meticulosidad de investigador, para ofrecernos una síntesis de la cues- tión. Recordemos que entre su correspondencia hemos encontrado cartas de intelectuales catalanes, algunos de ellos afines al pensamiento nacionalista, como Pompeyo Gener. Pero no se habían tratado estas cuestiones en la co- rrespondencia mantenida, que se centraba en aspectos literarios o culturales de carácter más general. Ya hemos visto, sin embargo, que el tema le atraía desde tiempo atrás, como pone de manifiesto al mencionar su encuentro con Santiago Rusiñol cuando éste se encontraba en Montevideo, y sus conoci- mientos de la obra de Prat de la Riba.

Las conclusiones que Rodó extrae de sus pesquisas le llevan a afirmar que los más destacados nacionalistas son verdaderamente separatistas. Y no pare- ce terminar de comprender –o más bien comprende, pero no comparte- esta

47 “El nacionalismo catalán (I)”, en RODÓ, Obras completas, p. 1255.

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postura. De hecho, su argumentación es precisa en un punto: el de la unidad cultural. Si su vida casi se ha convertido en una cruzada a favor del hispanoa- mericanismo, ¿cómo aceptar que una parte del conjunto de la nación española busque la separación? A José Enrique Rodó, continuador de la obra de Bolívar y Andrés Bello, que quiere una gran América unida, y con esa unión basada en la realidad común que es la herencia hispana (lengua, raza, cultura), le cuesta entender cómo es posible que alguno de los espacios que constituyen parte del origen común, y por lo tanto forman parte de la anhelada unidad, busque ca- minar por sí mismo, manteniendo una lengua y cultura particulares. Por eso se pregunta “¿No favorecería grandemente la difusión del pensamiento de ustedes el hecho de que lo expresaran en una lengua que es medio de comunicación de ochenta millones de almas?”48.

Esa aparente ingenuidad en las preguntas formuladas por Rodó a un in- terlocutor ficticio (pero de base muy real, pues el uruguayo encontró muchos catalanes que habrían respondido a su pregunta desde una óptica nacionalis- ta) obtiene su respuesta. Y es el propio Rodó quién nos lleva a plantearnos la legitimidad de aquellas exigencias, en las respuestas que pone en boca de su imaginario interlocutor: “En la expresión literaria, menos que en ninguna otra, es posible prescindir de la lengua que aprendimos en la cuna y está como entre- tejida con la urdimbre de nuestra sensibilidad. No es posible señalar el matiz, lo preciso, lo recóndito, el timbre de la emoción, el relieve de la imagen, sino en el habla que se hereda por naturaleza”49. Continúa la respuesta dejando al puro devenir el futuro de las lenguas habladas en España:

“Pero, en último término, tampoco nos encastillamos no- sotros por lo que toca al porvenir, en posiciones absolutas. La libre competencia, la natural y espontánea operación de la vida, harán que definitivamente prevalezca el idioma que demuestre mayor energía vital, que mayores ventajas asegure para los fines de la utilidad y para los del arte. Si ha de ser este idioma el de Castilla, séalo en buena hora. Lo que nosotros resistimos es que esto se resuelva de ante- mano y como imposición política”50.

Unos años antes de su viaje a España, quizá más desconocedor de la realidad peninsular, pero muy consciente de su propia raíz catalana, había escrito Rodó a su amigo Juan Francisco Piquet:

48 “El nacionalismo catalán (II)”, en RODÓ, Obras completas, p. 1259. 49 Ibídem, p. 1259.

50 Ibídem, p. 1259-1260.

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“Yo me lo figuro a usted con la roja y elegante barretina hablando en el dulce y delicado idioma de Ausías March y Raimundo Lulio, vocalizando en el tono bajo, velado y discreto que pone en sus conversaciones ese pueblo suaví- simo y afeminado, y quizá uniendo su destino al de alguna etérea y lánguida ninfa de los bosques de Montserrat, de esas de exiguo pecho, breves pies y modales parisienses”51.

Es posible que con el tiempo matizara su lírico pensamiento sobre la realidad catalana, y pasara a valorar más la eficacia y energía del pueblo catalán. A lo largo de sus crónicas se advierte un conocimiento profundo, y una rigurosa búsqueda de las raíces del problema. Las raíces históricas, culturales e, incluso, sentimentales. Pone en boca de sus interlocutores estas palabras:

“Nuestro fin es patriótico, pero nuestra razón es humana. Nosotros afirmamos el derecho de las nacionalidades, en nuestra aspiración de autonomía, como lo afirmamos en el fuerismo de los bizkaitarras y en las reivindicaciones de los campesinos gallegos. Como lo afirmaríamos igualmen- te en Irlanda, en Alsacia o en Polonia, dondequiera que exista una entidad nacional sacrificada a la unidad de un Estado opresor…”52.

Afirma que el movimiento nacionalista es recentísimo, en lo que tiene de rei- vindicación política, que apenas alcanza treinta años, pero ha estado precedido por un movimiento cultural -la Renaixença- aparecido ya a principios del siglo XIX. No obstante su corta existencia, el movimiento político está sumamente arraigado en la sociedad catalana, posiblemente por esas bases puestas en el ámbito de la cultura. Y dentro de la cultura, una peculiar visión de la historia, en la cual Cataluña aparece como víctima secular de los intereses de castellanos. Incluso se rechaza la presencia de la estatua de Colón en la ciudad, puesto que el descubrimiento solo trajo a Cataluña la quiebra económica, en tanto que dejaron de centrar sus miras en el Mediterráneo, a medida que el Atlántico cobraba protagonismo. Se compara la suerte de Cataluña con la de los dos es- tados nación surgidos a mediados del siglo XIX: Italia y Alemania. Y –siempre siguiendo a los informantes de Rodó- en la medida en que se buscó fomentar una cultura propia, peculiar, el Estado se empeñaba en negar cualquier elemen-

51 Carta de José Enrique Rodó a Juan Francisco Piquet, Septiembre 1904, en RODÓ, Obras completas, p. 1350.

52 “En Barcelona”, en RODÓ, Obras completas, p. 1256.

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to que se alejase de la hegemonía castellana. La consecuencia lógica fue que, a más prohibiciones, se respondía con mayores reclamaciones de una identidad particular. De esta manera, las reivindicaciones culturales fueron adquiriendo forma política, cada vez más fuerte.

Rodó va describiendo los sucesivos pasos dados por el catalanismo, desde la organización universitaria que puso en marcha el Centre Escolar Catalanista, pasando por la fórmula de las Bases de Manresa, y sobre todo el impulso que adquirió esta ideología a raíz del desastre de Cuba, que se percibía como el fracaso de la secular ambición castellana.

También hace Rodó un esfuerzo por penetrar en las peculiaridades jurídicas de la región. Y se le explica cómo hay tradiciones legislativas bien arraigadas, que el centralismo castellano no ha conseguido borrar a pesar de imponer leyes que les resultan extrañas, por no tener ninguna vinculación con su derecho consuetudinario.

Al preguntar, finalmente Rodó, cuál sería la fórmula deseada por los nacio- nalistas catalanes en aquel momento, la respuesta es bastante concreta:

“Nuestra última finalidad es la autonomía; la autonomía entera y cabal, con libertades comunales, parlamento pro- pio, legislación civil fundada en la tradición y en la cos- tumbre, y uso oficial de nuestra lengua”53.

Aún no satisfecho nuestro autor con las respuestas, quiere ir al fondo, indagar sobre una eventual postura separatista, partidaria de configurar un estado in- dependiente del español. Aquí se encuentra discrepancias en las respuestas. Así como el respeto a su identidad dentro del estado parece un objetivo común a gran parte de la sociedad catalana, encuentra respuestas menos firmes, pero que finalmente le llevan a esta conclusión:

“Creo, sin embargo, que el pensamiento de los más repre- sentativos e influyentes, sobre este delicado punto, podría concretarse de este modo: -No deseamos la separación; pero la separación llegará a ser inevitable si las resisten- cias a nuestro ideal de autonomía no ceden de su presente obstinación”54.

Y cita las palabras (sin mencionar al autor de las mismas, pero al que considera uno de los “más reflexivos y serenos dentro del catalanismo”), con la siguiente

53 “El nacionalismo catalán (II)”, en RODÓ, Obras completas, p. 1261. 54 Ibídem, p. 1261.

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afirmación: “o gobernamos en España, o nos separamos de España55”. Es decir, se exige que el catalanismo, con todo lo que tiene de peculiar, sea un elemento de peso en las decisiones de la vida política española. Aunque en este momen- to no lo mencione, en otro momento de su crónica dice que ha estado con Juan Ventosa y Calvell, al que considera de igual representación que al propio Cambó. Por la orientación política de Ventosa, podría ser éste el autor de las palabras citadas por Rodó. Juan Ventosa, lo mismo que sus correligionarios de la Lliga Regionalista, apostaban por intervenir como catalanes en la política de España. De hecho, el propio Ventosa fue ministro durante el reinado de Alfon- so XIII, y diputado regionalista durante la segunda república española.

Por último, a sus preguntas acerca del régimen político que mejor se adecúe a sus exigencias, la respuesta es que tanto da una monarquía que una república, mientras que sean respetadas sus reivindicaciones. Y en cuanto a las posturas sociales de los partidos políticos, se rechaza la afinidad con

“los partidos dogmáticamente revolucionarios, socialistas y anarquistas (…) principalmente porque ellos niegan o desvirtúan lo que hay de inmortal en la idea de la patria, mientras que toda la razón de ser de nuestras reivindica- ciones descansa sobre la realidad indestructible del senti- miento patriótico, del sentimiento de nacionalidad”56.

Al final de sus crónicas catalanas, vemos una valoración del propio Rodó que -siguiendo su línea de pensamiento habitual- tiende a buscar el argumento que justifique las diversas posturas que ha encontrado acerca del problema catalán, y que parecen haber matizado su juicio inicial:

“De tal manera alcancé a interpretar las ideas capitales del nacionalismo catalán. Y mientras reflexionaba sobre eso que había oído, y me parecía como que lo repitiera y co- mentara la voz de la Rambla populosa, un doble clamor sentí levantarse en mi conciencia de espectador sereno pero no indiferente: ¡Hombres de Cataluña! Equilibrad vuestro entusiasmo con una reflexiva abnegación. Mante- ned, amad la patria chica, pero amadla dentro de la gran- de. Pensad cuan dudoso es todavía que el sentido moral de la humanidad asegure suficientemente la suerte de los Estados pequeños. No os alucinéis con el recuerdo de las

55 Ibídem, p. 1261. 56 Ibídem, p. 1262.

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El nacionalismo catalán hace cien años. Una mirada rioplatense: José Enrique Rodó en Barcelona, 1916

repúblicas de Grecia y de las repúblicas de Italia. Consi- derad que no en vano han pasado los siglos y que hoy son necesarias las capacidades de los fuertes para influir de veras en la obra de civilización. ¡Hombres de Castilla! Atended a lo que pasa en Cataluña. Encauzad ese río que se desborda, dad respiro a ese vapor que gime en las cal- deras. No os obstinéis en vuestro férreo centralismo. No dejéis reproducirse el duro ejemplo de Cuba; no esperéis a que cuando ofrezcáis la autonomía se os conteste que es demasiado tarde”57.

Nada de lo español le resulta indiferente, como él mismo ha escrito tantas veces. Y en el caso de la cuestión catalana, aunque comienza diciendo que le resulta un tema complejo para explicar, llega a penetrar con finura en los distin- tos matices que adquiere el movimiento, permitiéndose incluso concluir con una llamada al sentido común y al sentido histórico de castellanos y catalanes, para evitar una ruptura que tendría, a su entender, nefastas consecuencias para unos y otros.

Consideraciones finales

En primer lugar, habría que enfatizar el hecho de que estamos ante unas pági- nas de Rodó escritas en su madurez, y a pocos meses de su fallecimiento. Esto conduce inmediatamente a la conclusión de que el autor ha ido gestando y madurando ideas que plasma al describir el movimiento nacionalista catalán, pero que reflejan todo un universo de pensamiento referido a temas culturales, sociales y políticos.

Rodó se acerca al objeto de su estudio como de puntillas, como si quisiera desvelar una parte del complicado entramado nacionalista, aunque partiendo de que solo será una aproximación, que cada lector debería completar si quie- re profundizar en esta realidad. Pero lo cierto es que es tan meticuloso como en cada uno de sus trabajos, a la hora de buscar información, testigos, senti- mientos incluso no expresados. En una ocasión, Rodó dijo de sí mismo que se consideraba un “re-lector”, puesto que los libros que le parecían interesantes los leía y releía. Pues aquí cabe decir que estamos ante un re-escritor: cada línea está muy pensada, y no parece inverosímil imaginar unos cuantos borradores antes de terminar el texto definitivo que enviaría al semanario Caras y Caretas.

De lo escrito en los tres artículos sobre Barcelona y el nacionalismo catalán, se desprende una honda preocupación por mirar a España de la misma mane-

57 Ibídem, p. 1263.

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María Saavedra Inaraja

ra que miraba a América: la diversidad, la pluralidad, no deberían romper la armonía cultural que hace fuerte al todo. Igual que trabajó toda su vida por lograr el ideal de una “gran patria cultural hispanoamericana”, se empeñó en buscar una vía de integración de las distintas realidades regionales dentro de un todo fuerte que sería el Estado español.

Su visión del nacionalismo está influida por los elementos más moderados del movimiento. Aunque trata de recoger diversas opiniones –casi todas anó- nimas-, la realidad es que parece tener mayor facilidad para comprender, para empatizar con los regionalistas vinculados a la Lliga. Es decir, aquellos que bus- can el respeto y el reconocimiento a las particularidades culturales e históricas, pero siempre dentro del marco del Estado español. Esta afinidad no le impide ver la posibilidad de que ese “regionalismo” termine evolucionando hacia un separatismo radical si el gobierno español no reconoce lo que hombres como Cambó o Ventosa pedían.

Estamos, por tanto, ante la mirada de un crítico que mira un problema desde una doble perspectiva. Por una parte, le mueve un profundo sentimiento de amor a lo español y un interés por comprender esa España que tiene raíces comunes a las suyas propias. Y a la vez, quiere acercarse a una realidad compleja desde la perspectiva que da el no formar parte de aquello, el ser independiente de los intereses representados por los distintos agentes involucrados en el pro- blema.

Su llamada final a la moderación en ambas partes es fiel reflejo no solo de su análisis del problema sino, de alguna manera, una expresión de su peculiar forma de acercarse a cualquier tema, rechazando toda forma de radicalismo, fuera del signo que fuera, y buscando el ideal de la conciliación. Porque Rodó fue, ante todo, un idealista. Y a la vez, un hombre que pasó su vida tendiendo puentes: entre Europa y América, entre las diferentes naciones americanas… y en este artículo trata de tender un puente –aún no levantado- entre las distintas posturas con que se enfoca el problema del nacionalismo.

En el verano de 1916, atravesaban el Atlántico tres crónicas sobre Cataluña y los catalanes. Describían un problema y trazaban cauces posibles de resolu- ción. Casi un siglo después, seguimos enfrentándonos a muchos de los interro- gantes que un uruguayo que amaba a España trató de responder.

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