Recordatorios en el viaje parsimonioso al totalitarismo- Antonio Escohotado

El marxismo ha sido siempre mucho más abundante entre docentes que en cualquier otro sector profesional (¿y por qué ocurre esto?) Debido a su colosal prestigio en el pasado.

Cuando Raymond Aron publicó El opio de los intelectuales, en 1955, fue considerado enemigo del género humano, y diez años antes, cuando Koestler publicó El cero y el infinito, el PC francés organizó una quema de ejemplares en la Sorbona.

El marxismo es una religión política, mientras el liberalismo y el conservadurismo constituyen criterios laicos. Una de las ilusiones más infundadas y persistentes es contraponer bolcheviques y nazis cuando son gemelos univitelinos, tanto por su estructura de secta como por depender de rectores mesiánicos (https://parerga-und-paralipomena.blogspot.com/2020/01/antonio-escohotado-y-juan-j-molina.html ).

La condena a muerte y ejecución, el 26 de mayo de 1923, del teniente Schlageter, un militante de extrema derecha acusado de sabotaje por las autoridades francesas de ocupación, provocó un brote de nacionalismo, especialmente en Baviera, impulsado por una nueva organización extremista y un nuevo líder: el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán de Adolf Hitler.

Después de la ejecución llegan órdenes formales desde Moscú: los comunistas debe unirse a la oleada nacionalista para desestabilizar a los ocupantes franco-belgas y al gobierno de Berlín e incluso trabajar codo con codo con el partido nazi. Karl Radek pronuncia un inflamado discurso ante del Comité Ejecutivo de la Internacional exaltando la memoria de Schalageter para impulsar la primera (aunque no la última) colaboración rojo-parda: «el valeroso soldado de la contra-revolución merece de nuestra parte, soldados de la revolución, un homenaje sincero», proclama Radek. «Si los fascistas alemanes que desean lealmente servir a su pueblo no comprende el sentido del destino de Schalageter, entonces éste verdaderamente habría muerto en vano y ellos podrían escribir sobre su tumba: ‘peregrino de la nada’» (…) «Nosotros haremos todo lo que esté en nuestra mano para que hombres como Schalageter, que están dispuestos a dar su vida por una causa común, no se conviertan en peregrinos de la nada sino en peregrinos de un porvenir mejor para la humanidad entera (Pierre Broué, Historia de la Internacional Comunista)».

La mano tendida a los nazis –“quien quiera hacer una parte del comino con nosotros nos encontrará dispuestos”, escribe Die Rote Fahne– se traduce en un intercambio de artículos en los respectivos órganos de prensa de ambas organizaciones y en mítines conjuntos (Louis Dupeux, Nacional-bolchevismo en la Alemania de Weimar, 1919-1933).

Hermann Remmele, diputado comunista del Reichstag, se hace aclamar en una reunión nazi en Stuttgart cuando pretende que no es el comunismo el que amenaza con arrebatar todo a los alemanes, «sino el capitalismo que os lo ha arrebatado todo».

Unos días más tarde, siempre en Stuttgart, un orador nazi invitado a un mitin comunista defiende una tregua entre el Partido Comunista de Alemania y el Partido nacional-socialista, hasta conseguir la derrota de la democracia, aunque el orador lamenta que los comunistas estén dirigidos por los “Radek-Sobelsohn” (Karon Sobelsohn es el verdadero nombre de Radek) y otros judíos… esta expresión antisemita no molesta en absoluto a Remmele, que replica que para el Partido Comunista de Alemania una alianza con los nacional-socialistas es menos censurable que con los social-demócratas, siempre que el objetivo sea destruir el capitalismo (Louis Dupeux, Nacional-bolchevismo en la Alemania de Weimar, 1919-1933)

Durante estas semanas de entendimiento rojo-pardo Alemania está al borde de la guerra civil: 123 nacionalistas y 240 militantes de extrema izquierda son abatidos, ya sea por las fuerzas de ocupación franco-belgas, ya sea por la policía gubernamental (Margarete Buber-Neumann, La revolución mundial).

Finalmente los nazis terminan con esta alianza denunciando a los “jefes comunistas que, camuflados detrás de su nueva careta del amor a la patria, quieren arrastrar al movimiento detrás de la dirección judía nacional-bolchevique (información de Die Rote Fahne del 17 de agosto de 1923)”.

Comunistas y nazis, que más adelante tendrán otras ocasiones de ayudarse mutuamente, tienen muchos rasgos comunes. En su origen el nacional-socialismo es un movimiento de obreros, campesinos y marginados del capitalismo.

La doctrina oficial del movimiento denuncia abiertamente la ‘asfixia’ de los pequeños por los grandes. El programa del partido, elaborado en 1920, se inclina marcadamente a la izquierda con la nacionalización de los monopolios, la participación de los obreros en los beneficios de las empresas, incremento de las pensiones, etc..

El odio a la democracia liberal (con sus valores de libertad, diferencia, individualismo…) es común al nazismo y el comunismo; está anclado en la misma aversión a la burguesía, esa clase, portadora de la modernidad, chivo expiatorio de las desdichas del mundo tanto para Hitler como para Lenin. Se encuentran en el nazismo promesas del comunismo y viceversa.

La comunidad popular que desea construir Hitler, solidaria y fraterna, recuerda a la sociedad sin clases del marxismo-leninismo. Para los nazis el interés general va delante del interés particular y la liberación es una consigna del discurso nacional-socialista, ya se trate de liberar de la dominación extranjera, de la rapacidad capitalista internacional, del mercado mundial o de los especuladores… todas estas expresiones similares a las de la Intencional Comunista.

En estos años 1920, que son los de su ascenso al poder, Hitler es menos anti-bolchevique que anti-occidental, entendiendo bajo esta etiqueta a los países que derrotaron a Alemania en 1918. En cierta ocasión afirmó que prefería ser “ahorcado en una Alemania bolchevique que vivir feliz en una Alemania francesa” y en otro momento declaró que antes entregaría 500.000 fusiles a los comunistas alemanes que a las potencias de la Entente (Margarete Buber-Neumann,

La revolución mundial). Si esta danza nazi-comunista se interrumpió a finales de 1923, no por ello se renunció definitivamente a ella ni por una parte ni por la otra (Thierry Wolton, Une Histoire mondiale du communisme, tome 3, Les Complices).

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