Franco: “El militar debe servir a España y no a un régimen determinado” – Manuel Morales / El Pais

Franco, a la derecha, conversa con el general Mola, al comienzo de la Guerra Civil, en julio de 1936.

“El militar, por encima de todo, debe servir a España y no a un régimen determinado”. Es la declaración de principios del general Franco el 14 de julio de 1931, justo tres meses después de la proclamación de la Segunda República. Estas premonitorias palabras las dirigió en un discurso a los cadetes con motivo del cierre de la Academia General Militar de Zaragoza, que él dirigía, ordenado por Manuel Azaña, ministro de Guerra, que la veía como un centro que propagaba ideas contrarias a su intención de un Ejército que no se metiera en política. Esa proclama de despedida tras tres años en Zaragoza, un canto a su gestión, a la disciplina y el honor forma parte del libro Guerra de Liberación.Franco inédito, publicado por la editorial Almuzara, en el que se recogen varios escritos suyos, además de cartas y discursos casi desconocidos.

El volumen tiene el título que Franco, como uno de los cabecillas del fracasado golpe de Estado del 18 de julio de 1936, dio a la contienda. “Nuestra Guerra de Liberación es un manantial fecundo de enseñanzas militares de todo tipo”, escribe en el texto ABC de la batalla defensiva, incluido en el libro. Este pertenece a la colección La Guerra Civil contada por sus protagonistas, con la que, a lo largo de 2019, en el 80 aniversario del fin de la contienda, la editorial Almuzara ha recuperado testimonios de sus protagonistas, como el socialista Indalecio Prieto, la anarquista Federica Montseny, la líder comunista Dolores Ibárruri, Pasionaria; o el falangista Rafael García Serrano. “Seis de cada bando y con los matices ideológicos que había en cada uno de los dos”, dice el director de la colección, el historiador Fernando Calvo, especializado en la Guerra Civil.

En el caso de Franco, se ha buscado “más al militar que a la figura política o al jefe de Estado”, según Calvo. El volumen comienza con su Diario de Alhucemas, que narra la operación militar española, con ayuda de Francia, que acabó en 1925 con la revuelta liderada por Abd el-Krim en el Rif, el territorio que se había independizado del Marruecos español. Uno de los artífices de la victoria fue Franco que, como declara en 1938: “Sin África, yo apenas puedo explicarme a mí mismo”.

Ese relato “no es una exaltación hagiográfica, sino un diario de lo que Franco ve”, añade Calvo. “El enemigo hace fuego de cañones y ametralladoras sobre las barcazas intentando contener el avance”, escribe. Aunque añade momentos de épica, como el relato sobre el teniente Casado: “Animoso, ríe ante la amenaza de las granadas. La muerte le ha rodeado tantas veces que ya le es familiar y no la teme”.

Calvo apunta, sobre el estilo de Franco, que “hay una visión de este como el militarote que impone su voluntad a sangre y fuego, lo que en lo político fue cierto, pero no era tan bruto como nos lo han pintado, era más leído”, por lo que se deduce de sus escritos.

Complot contra la República

El recorrido prosigue con la variante y ambigua posición de Franco hacia la República. Se pasa de la confesión a su primo y ayudante, Francisco Franco Salgado-Araujo: “Algunos jefes propalaron por Madrid en 1932 que yo estaba metido en un complot contra la República… Les increpé, amenazándoles con tomar medidas enérgicas si seguían propalando esta clase de calumnias”. A la carta que dirige, en tono de advertencia, al presidente del Consejo de Ministros y responsable de la cartera de Guerra, Santiago Casares Quiroga, tras el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936. En ella habla de “la inquietud en el ánimo de la oficialidad”, aunque asegura que “faltan a la verdad quienes presentan al Ejército como desafecto a la República”. Solo cinco meses después redacta el bando que declara el estado de guerra en Canarias, donde estaba destinado: “La anarquía reina en la mayoría de los campos y pueblos; a tiro de pistola y ametralladora se dirimen las diferencias entre los ciudadanos”.

Ya en guerra, a Calvo le llama la atención las cartas que Franco se cruza con el general Mola: “Seguimos transportando fuerzas no tan rápido como esperábamos. / Situación Andalucía dura. Aviación enemiga bastante actividad […]”, le transmite al que había sido la cabeza más visible de la insurrección. Del avance sobre Madrid, escribe el 11 de agosto de 1936: “Siempre consideré como tú que problema capital es ocupación de Madrid, y a ello deben encaminarse todos los esfuerzos”. Esta acción “debe consistir en apretarle cerco y privarle agua y aeródromos”.

Por supuesto, se incluye el célebre último parte de la guerra, así como el borrador que previamente había redactado un Franco griposo en su cuartel general de Burgos. El “cautivo y desarmado el Ejército Rojo” fue en principio “después de haber desarmado a la totalidad del Ejército rojo”.

Casi 30 años después, Franco escribe sobre otro conflicto, el de Vietnam, por carta al presidente estadounidense Lyndon B. Johnson, que ha pedido ayuda a sus aliados. En este caso, supo ver lo que ocurrió. Franco le advierte de “las grandes dificultades” de esa empresa. “La guerra de guerrillas en la selva ofrece ventajas a los elementos indígenas subversivos”.

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