El episodio de la guerra entre incas y chancas: una propuesta sobre su construcción e interpretación

El episodio de la guerra entre incas y chancas: una propuesta sobre su construcción e interpretación

Becaria Programa de Becas Posdoctorales, UNAM, Coordinación Humanidades, CIALC. Correo electrónico: cbattcock@yahoo.com.ar.

Recepción: 25 de mayo de 2011.
Aceptación: 12 de enero de 2012.

Resumen

El artículo analiza la versión proporcionada por el cronista soldado del siglo XVI, Pedro Cieza de León en su obra Crónica del Perú sobre la guerra entre incas y chancas. Esta famosa y particular contienda es relatada por diferentes cronistas andinos, ya que tras la victoria inca se inició el Tawantinsuyu o imperio inca. Específicamente, me enfoco a estudiar la perspectiva brindada por Cieza y los elementos particulares y significativos que proporcionó este relato sobre el episodio de dicho enfrentamiento.

Palabras clave: guerra incas-chancas, Pedro Cieza de León, Tawantinsuyu. 

Alrededor de la década de los cincuenta del siglo pasado, los .investigadores del área andina emprendieron una revisión exhaustiva de las fuentes tradicionales, básicamente de las crónicas elaboradas en los siglos XVI y XVII.1 La lectura que hicieron de esos textos se apartó de los cauces habituales -es decir, de su consideración estricta como vetas o filones informativos- y centró su atención en otros aspectos, por ejemplo en el discurso mítico o en las formas de oralidad en ellos contenidos. De ahí surgieron también nuevos temas que adquirieron un carácter interpretativo, tal fue el caso de “la visión de los vencidos”, o versión nativa de la conquista, que demandó la utilización de nuevas fuentes y métodos distintos para analizar tanto los documentos ya conocidos como los nuevos testimonios. A partir de entonces se concedió un papel protagónico a los escritos cuyo carácter, origen o autoría se vinculaban directamente con los naturales de América, rango en el que entraron desde las crónicas indígenas hasta las visitas.2

Justamente en dicha clasificación habrá que incluir la versión que sobre la guerra entre incas y chancas ofrece la Crónica del Perú, de Pedro Cieza de León (1553). Pero antes de referirme a ella, debo aclarar que de este célebre y particular conflicto hubo diversos relatos, debidos a las plumas de otros tantos cronistas, tempranos y tardíos.3 Y el hecho de que hubiera captado la atención de tantos autores se debe sólo al consenso de que a partir de la victoria inca surgió el Tawantinsuyu, voz quechua que significa “las cuatro partes” y que la posteridad ha denominado “Imperio incaico”.

En razón de la importancia del hecho, me propongo analizar la versión que ofrece Pedro Cieza de León y destacar los elementos particulares y significativos que presenta su relato. Si he elegido a este autor precisamente y no a otro, es porque su interpretación del episodio reviste cierta originalidad, pues no arraiga sólo en las tradiciones cusqueñas de los grupos dominantes, sino en las de diferentes comunidades que también ocupaban en Tawantinsuyu.

Para efectos del análisis, parto del supuesto teórico de que en el discurso hay una vinculación fundamental construcción-representación, toda vez que aquel está constituido por enunciados socialmente conformados y que es producto de una interacción verbal-social.4

En la primera parte del estudio esbozaré algunas consideraciones teóricas preliminares, luego trataré de los paralelismos y diferencias que ofrecen las crónicas sobre la guerra, así como las discusiones de los investigadores contemporáneos en torno a este mismo asunto. A ello seguirá una breve semblanza de Cieza de León, de su obra y de sus informantes y fuentes, que será sucedida por un análisis de su relato de la guerra, en el que se destacarán los elementos simbólicos y se explorará la perspectiva de hallar en él estructuras dicotómicas explicativas.

En la historia del país de los incas hay ciertos momentos capitales que marcan la pauta de su desarrollo. Los cronistas andinos que, entre los siglos XVI y XVII, recogieron su información nos dejan entrever por lo menos tres de ellos en la vida de los incas del Cusco: el de los orígenes, el de la guerra contra los chancas y el de la lucha final, suscitada tras la muerte del inca Huayna Capac,5 entre grupos rivales que aspiraban al poder. Este último hecho, el denominado incorrectamente “la guerra entre hermanos” o “la guerra civil”, es el que permitió estudiar a los investigadores diferentes aspectos de la vida andina, partiendo de los acontecimientos más próximos a los cronistas, pero sin perder de vista que estos sólo fueron testigos de los últimos eventos del drama de Cajamarca.6

Otro asunto que hay que ponderar cuidadosamente es qué ideas se forjaron estos primeros cronistas sobre aquello que vieron y qué interpretación y significado dieron a los hechos, a las prácticas y a los actos presenciados o a las historias escuchadas. En este sentido, al analizar las crónicas tempranas -las del XVI-advierto por un lado la presencia de distintas preocupaciones o inquietudes, que varían de cronista en cronista, y por el otro, una coincidencia general en el empleo de la modalidad occidental de la narrativa histórica, que es lineal. De esto último, ya me ocuparé en su momento; de lo primero hay que señalar desde ahora que hay evidencia de que cada autor “capitaliza” el hecho histórico en función de sus necesidades o intereses inmediatos y de su proyecto político particular.

Los españoles atestiguaron los últimos días del Tawantinsuyu y recogieron las diferentes versiones que los habitantes del área andina ofrecieron sobre su pasado anterior a Atahualpa, el último inca del Cusco. Lo importante aquí es advertir que los indígenas no necesariamente evocaban o entendían su pasado con lo que denominaríamos criterio histórico, sino más bien mediante lo que conocemos como criterios míticos. Así, los cronistas escucharon referir mitos, que luego transcribieron en forma de historias, de ahí que -a mi juicio- reconstruir la historia del Tawantinsuyu resulte una tarea arriesgada si sólo se trabaja con recursos tradicionalmente históricos y si se pasa por alto que ya no podemos dar a las viejas crónicas el valor absoluto que, en tanto fuentes, les concedió alguna vez la disciplina histórica.

Como sea, el corpus de crónicas tempranas (siglo XVI) y tardías (siglo XVII) ofrece una enorme riqueza cuyo adecuado aprovechamiento demanda también echar mano de otras vertientes analíticas de la realidad andina, sobre todo de la arqueología y la etnología, que complementan, corroboran, refutan o matizan los hallazgos o consideraciones históricas. Además no es posible soslayar el hecho de que estas crónicas tienen fundamento en una tradición oral indígena y en una ulterior reelaboración a cargo de sus autores europeos, lo que obliga a sus analistas contemporáneos a trabajarlas teniendo muy presentes los criterios que rigen el funcionamiento de las tradiciones orales, a la par del universo intelectual de los autores. Por citar un ejemplo de esto último, no gratuitamente se ha clasificado o agrupado a los cronistas en función de su pertenencia a un determinado contexto histórico, así es posible hablar de pizarristas o almagristas, de garcilasistas o toledanos, según la época y la perspectiva.

En función de lo dicho y advertido hasta aquí, propongo considerar como ejes de estudio los tres ciclos míticos que recogieron los cronistas en el siglo XVI y que luego les sirvieron para componer una historia incaica. De estos tres, cuya naturaleza detallo un poco mejor abajo, me interesa particularmente ocuparme del segundo.

 

El ciclo de los orígenes

Que figura en primer lugar, y en las crónicas se identifica con la deidad de Viracocha en el Cusco y que incluye el mito de los Hermanos Ayar.7 Sobre este tema se han ofrecido diferentes interpretaciones, pero habría una coincidencia en cuanto se afirma que, tanto las versiones del mito de Viracocha como la de los hermanos Ayar representan elementos fundamentales de la memoria más antigua del Cusco y están claramente relacionados con el origen de los incas. Así, los elementos del ciclo de los orígenes reaparecerán en los otros dos, de tal modo que Pachacuti, personaje clave del ciclo de la guerra de los incas contra los chancas, puede ser un arquetipo similar a Manco Capac, fundador del linaje inca.8

 

El ciclo de la guerra inca-chanca

Que aparece en segundo término y que ubico nítidamente en las crónicas como el momento en que se produce la expansión histórica del Tawantinsuyu de los incas. Siempre se ha asumido que el mito relataba una confrontación real entre éstos y poblaciones que se suponían habitantes de la zona del río Pampas, en Ayacucho. Si esta postura se da por buena, la versión se limitaría a referirse al inicio de la definitiva expansión incaica, que los cronistas entendían como una serie de guerras de conquista. Sin embargo, la investigación reciente apunta en otras direcciones, por ejemplo, que la presencia de grupos identificables con los chancas en la región citada es mínima y que, a partir de elementos no estudiados sino hasta hace poco, es posible identificar a éstos con pobladores amazónicos, de quienes hay manifestaciones palmarias en el arte cusqueño de los kero y en las danzas contemporáneas.9

Para complicar más las cosas, el artículo relativo al tema de la guerra que en 1980 publicó Pierre Duviols10 influyó de manera decisiva en una generación entera de investigadores. Al paso de los años, sus hipótesis y conclusiones alcanzaron el estatus de “hechos” en cuyo entorno se construyó un consenso general en un amplio campo de estudios en la materia y esto conformó, durante mucho tiempo, una visión académica más bien estática del episodio.

Los argumentos torales de Duviols eran: uno, que a partir de las informaciones contenidas en las crónicas -obras escritas con posterioridad a la conquista española- no era posible reconstruir eventos y procesos históricos más remotos, dado que los incas eran un pueblo ágrafo y dada la inexistencia de fuentes escritas coetáneas. Luego entonces, la confiabilidad de esta información era cuestionable, entre otras cosas por la incertidumbre respecto del grado de penetración o “contaminación” en ella de ideas y creencias de origen europeo. Dos, que las aparentemente distintas “guerras” entre incas y chancas que figuran en las diversas crónicas, en realidad se remiten a una misma y única conflagración. Así, lo que hacía la mayoría de los investigadores se limitaba a elucidar cuál de las crónicas contenía la versión más confiable. Y tres, que el famoso conflicto bélico entre los mencionados grupos era un puro mito, algo que carecía de una base real.

Hoy, los enfoques de la crítica ya no son tan uniformes ni tan rígidos, y sin embargo, las nuevas discusiones no han puesto en tela de juicio que, específicamente para los cronistas del XVI y el XVII, la guerra contra los chancas constituyó el inicio de la gran expansión incaica del Cusco. Si bien es verdad que contamos con algunos materiales para reconstruir las tradiciones del bando inca, desafortunadamente, carecemos casi por completo de información relativa a las del bando contrario: el de los chancas, en realidad, casi no hay datos, ni tocantes a la guerra ni de otra índole. Entre lo poco que se sabe está la evidencia de que afirmaban haber salido en tiempos muy antiguos de las lagunas Urcococha y Choclococha. Es decir de la pacarina, o el lugar sagrado, donde habían aparecido sus primeros padres.

 

El ciclo de la “guerra entre hermanos”

Que representa el cierre de la línea explicativa de la historia incaica y que alude al conflicto entre Huáscar y Atahualpa por la herencia del poder tras la muerte de su padre, Huayna Capac. He dicho ya que como este ciclo fue el más cercano a la llegada de los españoles es también el mejor documentado en el registro de las crónicas y, en consecuencia, es igualmente el que ha recibido mayor atención de los expertos.11 Por estos motivos, así como por la complejidad que supondría su análisis detallado en el presente estudio, no abundaré más en él.

 

El episodio de la guerra entre incas y chancas

Este acontecimiento es, como se ha referido, un momento particular de transformación del Tawantinsuyu; reitero también que el resultado del encuentro fue favorable a los incas y que con ello se inició el dominio de este grupo en lo que conocemos hoy en día como los Andes Centrales.

Ahora bien, la información histórica disponible para la etapa que me propongo examinar aquí es ambigua y heterogénea, aunque hay que reconocer que en esa misma disparidad es posible encontrar algunas sugestivas interpretaciones concordantes. Entre las afinidades, la generalidad de los cronistas andinos, aún con sus matices, conviene generalmente en el peso histórico de la crisis chanca, en el tratamiento de los eventos y en el protagonismo de los personajes incas. Sin embargo, no todos ellos muestran coincidencias en la fijación cronológica de los sucesos y tampoco en la importancia específica de los distintos momentos del conflicto entre incas y chancas, según se verá.

Pasemos ahora a la matriz común del relato de la guerra. Aproximadamente en 1438 los chancas invadieron el territorio de sus rivales, los incas, con la intención de destruirlos. Este ataque obedeció a que los chancas suponían que sus enemigos atravesaban por una fase de debilidad, pues Viracocha Inca era un hombre viejo y se avizoraba el inminente final de su “reinado”. La fuerza invasora arrasó la resistencia inicial de los incas y logró poner sitio al Cusco. Viracocha Inca escapó entonces a las colinas detrás de la ciudad, llevando consigo a su hijo y sucesor, Inca Urco. Con ello, la responsabilidad de la defensa del Cusco recayó en manos de otro hijo suyo que no huyó ante el peligro, Cusi Inca Yupanqui, quien a la postre derrotó a sus adversarios, ascendió al poder y adoptó el nombre de Pachacuti.

En líneas generales, tal es el recuento del conflicto, de sus pasajes cruciales y de la asunción de un nuevo gobernante. Tambien entre los puntos de confluencia de los cronistas es posible destacar varios. En el orden léxico, está por ejemplo, el término behetrías, con el que casi todas las crónicas se refieren a la forma de organización de las comunidades simples durante el largo periodo preincaico de los Andes. El vocablo es de origen medieval y se aplicaba a ciertas comunidades de labradores de Castilla que, libremente, se sometían al poder de un señor.12 En algún momento, esta especie de autodeterminación de los pobladores castellanos se consideró nociva y el sustantivo devino sinónimo de “desorden”. Por otro lado, si esta extensión del uso del vocablo castellano a las realidades andinas alude o no a alguna similitud en las prácticas políticas de las comunidades indígenas o si simplemente se les asignó dicho nombre para dar a entender que carecían de orden o de organización no es nada que quede claro, ni creo que pueda esclarecerse sin ayuda de prolijos estudios filológicos e históricos.

En otro rubro, es también notorio el consenso de las crónicas en considerar la grandeza del “noveno” Inca Pachacuti como la causa eficiente que, milagrosamente, desbarató a la fuerza chanca que atacó la capital, abrió el camino para la erección del “imperio” y reconstruyó el Cusco arruinado por las guerras. Y a este particular, resulta claro que estamos frente a un paradigma o modelo, que lo mismo puede tener un pie en la memoria y la tradición oral andinas que en los exempla del medioevo cristiano. Para saberlo, nuevamente, hace falta más análisis.

Como sea, hay coincidencia en que sólo a partir del “reinado” de Pachacuti se iniciaron las grandes expediciones de conquista, que se dirigieron primero a los espacios cercanos al Cusco, como el Collao y Charcas, y luego, a través de los Andes del centro del Perú actual hasta Cajamarca, hacia el norte. Igualmente hay acuerdo en que, a partir del conflicto con los chancas, empezó la reorganización del “Estado” cusqueño, se realizaron profundas reformas políticas, administrativas, religiosas y militares, que desembocaron en la constitución del Tawantinsuyu que los españoles encontraron al finalizar la segunda década del siglo XVI.

El protagonismo de Pachacuti en estas narraciones es lo suficientemente conspicuo como para suscitar encendidas controversias entre los historiadores de la posteridad, lo que en efecto ocurrió. Durante largo tiempo se pensó en él como un personaje histórico, más tarde se discutió tal individualización y se propuso que había que entenderlo como una caracterización del periodo andino y cusqueño; finalmente, la convención es que su presencia fundamental ejemplifica o encarna un ciclo mítico.

Y una vez expuestos algunos de los paralelismos de las crónicas, hay que señalar también sus divergencias que, necesariamente, habrá que someter al análisis. Por ejemplo, no hay uniformidad en cuanto al carácter y la personalidad de Inca Urco, por mucho que la mayoría lo represente en forma negativa, como hombre mujeriego, borracho, cobarde, mentiroso e intrigante. Y aquí otra vez cabe subrayar las dificultades de la crítica para sacar en claro si esto arraiga en una tradición indígena oral o en la caracterización político-moral cristiana de un mal príncipe.

Sobre el problema del derecho a la sucesión brotan también variedad de posturas: algunos autores señalan que Inca Urco era el primogénito de Viracocha Inca y, por tanto, el legítimo heredero al poder; otros, en cambio, aseveran que el heredero natural al título de inca era el hijo que más descollara en virtudes guerreras, e Inca Urco carecía totalmente de ellas. Además, respecto de este complejo régimen sucesorio andino, los analistas contemporáneos siguen lejos de llegar a un acuerdo cabal, pues por un lado están los que se decantan por la modalidad del correinado (que suponía que el inca, en vida, designara a su sucesor),13 y por el otro, quienes opinan que había un dualismo en el poder.14 Debo aclarar que el concepto dual en el mundo andino es uno de los principios básicos de su organización política, religiosa, territorial-espacial, etcétera.15

Salta a la vista que igualmente quedan pendientes de escrutinio diversos puntos, como por ejemplo, si Inca Urco llegó o no a gobernar en algún momento; del mismo modo, falta examinar las razones por las que Viracocha Inca e Inca Urco huyeron del Cusco, indagar sobre el posterior destino de ambos y determinar con mayor certeza cómo accedió al poder Pachacuti. Por si estos problemas de hermenéutica fueran pocos, he de señalar que los investigadores continúan discutiendo acaloradamente sobre la verdadera identidad de los denominados chancas y sobre la representación y el significado que este “gentilicio” pudo tener para los incas.

Mi posición respecto al relato de la guerra que ofrecen las crónicas y algunos de los problemas de la crítica especializada es que estamos en presencia no de la historia de un “reino” homogéneo cuyas dificultades fueron ocasionadas por grupos externos rivales, sino más bien ante una aguda situación antagónica interna entre grupos teocráticos y militares del Cusco. Así durante el tiempo en que prevaleció la hegemonía del grupo sacerdotal, los sinchis -o guerreros- les quedaron subordinados; sin embargo, ante la coyuntura de una invasión externa -la de los chancas- la situación se alteró y esta circunstancia puede haber permitido que los sinchis se hicieran con el mando. En ese preciso momento el sinchi Yupanqui, más tarde llamado Pachacuti, asumió la jefatura merced a una sufrida victoria sobre los chancas y con él se inicia el predominio de la élite militar en la zona del Cusco. Aun así y pese a que generalmente es aceptado que hay una íntima relación entre el triunfo de Pachacuti sobre el invasor chanca y la constitución del “imperio”, siguen estando ausentes los respaldos históricos que autentifiquen los referidos sucesos.

 

Cieza, su obra y sus fuentes

El conquistador extremeño Pedro Cieza de León (1518-1554) tuvo una distinguida carrera como explorador y pacificador en el área de la actual Colombia; sin embargo, en 1547 acompañó a Pedro de la Gasea en su misión al Perú. Su estancia aquí fructificaría más adelante en la elaboración de una gran historia del mundo andino. De sus escritos, sólo logró ver publicada la llamada Parte primera de la crónica del Perú (Sevilla, 1553), porque la Segunda,16 mejor conocida como Señorío de los incas, al igual que otros manuscritos, quedaría inédita a causa de su muerte, acaecida en Sevilla el 2 de julio de 1554. Según su estudiosa y editora, Francesca Cantú, Cieza escribió la obra por auspicios del presidente De la Gasea, entre 1548 y 1550, una etapa particularmente crítica en la historia del Perú.

Las fuentes de Cieza tienen un fuerte componente oral y se escinden en dos ramales básicos: la tradición indígena y las declaraciones de funcionarios españoles. Por el primero destacan las informaciones que le proporcionaron los llamados orejones17 del Cusco, a las que se suman los datos aportados por otros informantes indígenas, como los intérpretes. En el capítulo XXXVIII el cronista explica: “Yo lo pregunté en el Cuzco a Cayo Topa Yupangue y a otros más principales que en el Cuzco me dieron la relación de los Ingas que yo voy escribiendo…”.18 Y, más adelante, en el capítulo XLI, reitera su dependencia de las declaraciones de los naturales: “.mas como yo tengo por costumbre de contar solamente lo que tengo por cierto según las opiniones de los hombres de acá y de la relación que tomé en el Cuzco, dexo lo que ygnoro y muy claramente no entendí y trataré lo que alcancé…”.19

No deja de destacar en sus líneas la importancia de la oralidad en la preservación de la memoria entre la sociedad incaica y de dar cuenta de la forma en que registraban sus historias, alardeando, muy de paso, de su penetración y familiaridad con las cosas de los indígenas.

Como estos indios no tienen letras, no quentan sus cosas sino por la memoria que dellas queda de hedad en hedad y por sus cantares y quipos: digo esto, porque en muchas cosas varían, diciendo unos uno y otros otro, y no bastara juicio umano a escrevir lo escrito si no tomara destos dichos lo que ellos mismos dezían ser más cierto en contar. Esto apunto para los españoles que están en el Perú que presumen de saber muchos secretos destos, que entiendan que supe yo y entendí lo que ellos piensan, que saben y entienden y mucho más y que de todo convino escrevirse lo que verán y que pasé el trabajo en ello que ellos mismos saben.20

El segundo ramal histórico informativo de Cieza de León -los funcionarios españoles- quedó representado en las figuras de dos oidores limeños: Melchor Bravo de Saravia y el licenciado Hernando de Santillán. Bravo de Saravia ocupó su cargo en el la Audiencia del Perú desde 1549, en tanto que Santillán -letrado y antiguo ministro de las cancillerías de Granada y Valladolid- lo hizo en 1548. La intervención de ambos en el sofocamiento de la rebelión de los encomenderos peruanos y su trato directo con los problemas de la administración de justicia a los indígenas les dieron conocimiento de primera mano respecto del mundo andino y de la nueva sociedad que sobre él se iba gestando. Y ésa fue la información que, tanto Bravo como Santillán, dieron a Cieza para su obra.

En torno a los métodos para ordenar y elaborar su relato, el cronista organizó su información según principios críticos y, hasta donde le fue posible, cotejó la veracidad de los datos contra los restos materiales palpables del pasado. Su narración no fue sólo una disposición lineal o acumulativa de lo que sabía y le habían dicho, sino que se construyó a partir de una reestructuración de su masa informativa, con el fin de que fuera comprensible para el público hispano al que iba dirigido. La disposición se articuló de acuerdo con el triple ciclo al que ya hemos hecho referencia: los inicios, la guerra entre incas y chancas y la llegada de los españoles.

Específicamente en esta crónica, las guerras contra los chancas, es decir, los capítulos dedicados al asedio que sufrieron los incas se contextualizaron bajo el gobierno de Inca Yupanqui. Así, desde el inicio del pasado histórico del mundo andino, se abre paso el segundo hijo de Viracocha Inca, Inca Yupanqui, el futuro Pachacuti, personaje identificado con el inicio de la expansión cusqueña y la reorganización que él simboliza. Podemos decir entonces que la de Pachacuti es una figura arquetípica, amasada a partir de la repetición y la elaboración.21 Para Pease, esta condición arquetípica, este carácter divino obedecía a que la memoria oral se prestaba al proceso de idealización que sentaba la base idónea para ir añadiendo atribuciones y virtudes al personaje. De ahí que Pachacuti no sólo hubiera sido el restaurador y reivindicador de la autoridad del inca luego de la vergonzosa huida de Viracocha Inca e Inca Urco del Cusco, sino también el salvador de la capital, el reconstructor de ella, el conquistador de nuevos dominios y el reformador de la religión ancestral, que trajo el culto solar y le construyó un templo.

De esta perspectiva hizo eco la crónica de Cieza, como puede corroborarse a lo largo del relato en las descripciones de las proezas heroicas y civilizatorias de este gobernante inca. El cronista no discute ni analiza las acciones creadoras y fundadoras de Pachacuti; lo que le interesa es realzar su figura guerrera y carismática. Como en la obra la guerra marca el inicio de un nuevo orden en los Andes centrales, Cieza hace hincapié en el papel fundador de Pachacuti en el incario.

 

La figura de Viracocha Inca

El capítulo XXXVII de Cieza refiere cómo los quechuas, señores originales de la provincia de Andaguaylas, fueron vencidos por los chancas.22 Los líderes de estos eran Guaraca y Basco;23 personajes violentos y agresivos, cuyas conquistas suponían maltratos y crueldades sobre las poblaciones vencidas.

El capítulo siguiente trata de la elección del futuro gobernante inca y de las facciones que entraron en disputa por la sucesión del poder. Así, una mujer perteneciente a la parcialidad de Hanan Cusco es quien sugiere la elección de Viracocha Inca, que era sobrino de Inca Yupanqui.

De sumo interés en estos pasajes resulta la descripción de las prácticas y ceremonias relacionadas con el poder y su legitimación:

Viniendo Viracocha Ynga en ello, se entró a hazer el ayuno; encargó la ciudad a Ynga Roque, Inga pariente suyo, y salió al tiempo con la corona muy adornado, y se hizieron fiestas solemnes en el Cuzco y que muchos días duraron, mostrando todos gran contento con la elección del nuevo Inga. Del qual algunos quisieron decir queste Inga se llamó Viraccha por venir de otras partes y que traya traje diferenciado y que en las fayciones y aspecto mostró ser como un español porque traya varbas.24

En estas mismas páginas el cronista apunta a la existencia de diferentes versiones que sobre esos hechos y sus métodos para confrontarlas:

Quentan otras cosas que me cansaría si las oviese de escrevir. Yo lo pregunté en el Cuzco a Cayo Topa Yupanque y a los otros más principales que en Cuzco me dieron relación de los Yngas que yo voy escriviendo y me respondieron ser burla y que nada es verdad, porque Viracocha Ynga fue nacido en el Cuzco y criado y que lo mismo fueron sus padres y abuelos y que el nombre de Viracocha se lo pusieron por nombre particular, como tiene cada uno.25

En el párrafo arriba citado queda de manifiesto que el cronista se sirvió de las tradiciones orales y se indica claramente la identidad de sus informantes en el registro de la historia de los incas. A estas cuestiones sucede el relato de las proezas de Viracocha Inca en el pueblo de Caytomarca que, al tiempo que realzan su papel de conquistador, también se asocian con la intervención de los dioses, como por ejemplo, en el uso de la honda, atributo de la deidad Illapa. Curiosamente, uno esperaría que dicha arma no estuviera en manos de él, sino de Inca Yupanqui, quien precisamente tiene una estrecha relación con el dios del Trueno. Sin embargo, quizá Tom Zuidema tiene razón a este respecto cuando afirma:

Por una parte, Viracocha Inca tenía que ser un soberano, un conquistador y el padre de Inca Yupanqui en la dinastía real. Por otra parte, debía representar el elemento forastero, no inca, que fue conquistado por Inca Yupanqui como verdadero fundador del Cusco. Aquí la estratagema de la epopeya era describir al padre cuando era joven conquistador, utilizando atributos que pertenecían al hijo.26

Como fuese, la idea es que de todo lo que emprendía o acontecía a este inca la ciudad de Cusco estaba al corriente. Así, cuando -en el capítulo XL- se afirma que Capac, hermano de Viracocha Inca, junto con una parcialidad del Cusco, denominada “Oren-cuzcos”, se alzó contra el gobernante y tomó la ciudad, Viracocha hizo acto de presencia y sofocó la revuelta.

Ya entrado en años, Viracocha Inca designó por sucesor a su hijo mayor, Inga Urco, que no era precisamente un modelo de virtudes, pues “.. .tenía malas costumbres y era viciosos y muy cobarde…”. Y pese a la selección, Viracocha en realidad hubiera deseado heredar al menor de sus hijos, llamado Ynga Yupangue.27

 

Sobre el primer enfrentamiento y la elección de Urco Ynga

El capítulo XLII da cuenta de cómo Viracocha Inca partió hacia el Collao para sofocar las rebeliones suscitadas en esta región. Al saberlo, los chancas28 acordaron aliarse y enfrentar al poderío del inca. Se trata del primer enfrentamiento entre incas y chancas, que culmina con la derrota de estos y su solicitud de perdón al Inca. Viracocha Inca aceptó la sumisión y les impuso como gobernantes a algunos señores del Cusco, amén de exigirles, como a otros grupos dominados, el pago de tributo.

Pero Viracocha no se detuvo aquí por el hecho de haber triunfado, su avance hacia el Collao continuó y el esparcimiento de la noticia de su victoria sobre los chancas hizo que otros pueblos se sometiesen a él sin ofrecer resistencia. Su imagen en esta campaña es la del héroe guerrero y conquistador.

Estando, pues, en Xaquixaguana Viracocha transfirió el poder, enviando la borla29 a Urco Inga al Cusco. Lo que da pie a que, desde el inicio del capítulo XLIV vuelva a tratarse sobre la deleznable personalidad del heredero, circunstancia que el propio Cieza no considera suficiente para omitir el relato de sus acciones.

Los orejones y aun todos los más naturales destas provincias, se ríen de los hechos deste Ynga Urco. Por sus poquedades quieren que no goze de que se diga que alcanzó la dinidad del reyno, y ansí vemos que en la quenta que en los quipos y romances tienen de los reyes que reynaron en el Cuzco callan éste, lo qual yo no haré, pues al fin, mal o bien, con vicios o con virtudes, gobernó y mandó el reyno algunos días.30

Desde luego, Inca Urco es la antítesis del héroe: se le pinta como deshonesto, dado a enredarse con mujeres “vaxas e con mancebas” y aun a corromper a algunas de las mamaconas.31 También tenía el vicio de la embriaguez; gustaba de pasear borracho por Cusco y “sin vergüenza descubría las partes vergonzosas y echaba la chicha convertida en orina.” No tenía virtudes bélicas, pues “era enemigo de las armas”, ni constructoras ya que no levantó en la ciudad edificio alguno. Se dice que ni bien se convirtió en inca, Urco abandonó la ciudad para instalarse en las “casas de placer” y que dejó su lugar en el gobierno a Inca Yupanqui.

Hasta aquí el relato presenta dos personajes claramente antitéticos: el conquistador y el conquistado que, de manera respectiva, encarnan Viracocha Inca y Urco Inca. En principio, detrás de ello hay un patrón basado en una unidad indivisible de opuestos complementarios, pero también una justificación del derecho de conquista. Y el esquema que inicialmente ejemplifican Viracocha y Urco, se trasladará en la sucesión a Inca Urco-Inca Yupanqui, esquema que, por otro lado, no es circunstancial o casual, sino que responde a las particularidades del relato y, además, sirve para explicitar la asunción al poder de Inca Yupanqui mediante un proceso de reconocimiento y legitimación.

En cierto modo, por esta razón hay que dejar de lado el principio de la primogenitura, que destaca Cieza y que es, evidentemente, de raíz europea,32 al tiempo que se le empleó para explicar el problema de la sucesión. Éste, sin duda, es un tema secundario, pero no menor, dentro de la trama principal que es la guerra contra los chancas.

 

Los chancas y su oportunidad

Siendo los chancas informados de que el nuevo Inca había abandonado la ciudad, decidieron atacarla. Así, Hastu Guaraca y su hermano, Oma Guaraca, curacas chancas, avanzaron hacia Cusco, y en el camino fueron conquistando otros pueblos. Las noticias también llegaron a oídos de Viracocha Inca, quien rápidamente se trasladó de Xaquixaguana al valle del Yucay, y esto mientras Inca Urco no acertaba a hacer nada.

Finalmente, tras realizar sacrificios en Apurima, los chancas arribaron al Cusco, de donde Inca Urco había salido huyendo. Para entonces, los orejones habían suplicado a Ynga Yupanque que se hiciera cargo de la crítica situación y aquí se vieron obligados a confesarle que cuando su padre pretendió entregarle a él la borla, ellos se habían opuesto y habían preferido a Inca Urco. El pasaje, obviamente, aborda un contexto sucesorio que plasma con claridad las modalidades del proceso y las identidades de las facciones que intervinieron en él. Cabe destacar, pues, que era el Inca quien elegía a su sucesor, aunque su determinación estaba fuertemente condicionada por los intereses de las panacas.33 Por otro lado, en la trama del relato no resulta sencillo sacar en claro por qué las facciones de los panacas apoyaron a Inca Urco y no a Yupanqui, sin embargo, posiblemente haya que considerar que en el esquema de la lucha de contrarios y de la legitimación del poder es indispensable presentar una parte y una contraparte; de ahí también el notorio subrayado de las virtudes de Inca Yupanqui y de los vicios de Inca Urco. Y encuentro además que la presentación de todas las figuras protagónicas de la narración: Viracocha Inca, Inca Urco e Inca Yupanqui, responde a un juego de opuestos complementarios, binarios y antinómicos: padre-hijo, cobarde-valiente, vicioso-virtuoso, etc.

Así, ante la inminente llegada de los chancas, Inca Yupanqui quedó a cargo de la defensa de Cusco; por su parte, los orejones se comprometieron a que, una vez que se superara el trance de la guerra, decidirían quién era el mejor o el más apto para gobernar. Inca Yupanqui salió al encuentro del enemigo tocado con “una piel de león” atuendo que, según Cieza, simbolizaba que su fuerza era la misma de ese animal. La expresión “león andino”, común a los cronistas de la época, alude al puma, felino que se asocia con tiempos, lugares y situaciones de transición y transformación. Así, el uso de su piel en un contexto ritual apunta a transiciones entre etapas, regiones o espacios, y estados en la sociedad.34 Por tanto, resulta de sumo interés corroborar que el intervalo en que Inca Yupanqui se identificó con dicho animal, fue el que lo condujo a la victoria sobre los chancas, aun sin ser el gobernante legítimo.

Los chancas se habían fortificado en el cerro de Carmenga, Inca Yupanqui envió embajadores a Astu Guaraca para evitar la guerra, pero su oferta fue rechazada, aunque el curaca solicitó una entrevista personal con él. En su transcurso hubo un intercambio de insultos y luego el desencadenamiento de la guerra. A la postre, el triunfador fue Inca Yupanqui y Astu Guaranga tuvo que huir hasta Andaguayllas.

 

Tras la victoria inca

Cieza inicia el capítulo XLVI con el regreso triunfal al Cusco de Inca Yupanqui, al que siguió una entrevista con los orejones. En ella, y a la vista del comportamiento vergonzoso de su padre y su hermano, se convino en que el nuevo gobernante sería Inca Yupanqui. Aunque Inca Urco quiso volver a Cusco a explicar e intentar justificar sus actos, se le prohibió la entrada. Por su lado, la Coya (o mujer) de Inca Urco, lo abandonó y retornó a Cusco y esto sin haberle dado heredero ninguno, lo que también resulta sintomático y destaca adicionalmente el sentido del inicio de un nuevo orden.

En sus funciones de jerarca, Inca Yupanqui dispuso el entierro de los caídos en la guerra y se indica una distinción en las ceremonias respectivas para incas y chancas. Se mandó que los incas se enterraran a la “usanza”, aunque en la crónica no hay una descripción puntual de esta modalidad; en cambio, respecto de los chancas sí la hay:

… a los chancas mandó que se hiziese una casa larga a manera de tanbo en la parte que se dio la batalla, adonde para memoria fuesen desollados todos los cuerpos de los muertos y que hinchesen los cueros de ceniza o de paja de tal manera que la forma umana pareciese en ellos, haziéndolos de mill maneras, porque a unos, pariendo hombre, de su mismo vientre salía un atambor y con sus manos hazían muestra de tocar, otros ponían en las bocas.35

En este mismo capítulo, reaparece la figura del señor de los chancas, Astu Guaraca, invitado por Inca Yupanqui a integrarse a su servicio. Siendo ya los chancas aliados del Inca, quedaban obligados a aportar efectivos para las guerras. Y guardaron un estatus especial en la organización inca, puesto que no tuvieron que concurrir al Cusco, como el resto de los grupos, sino que se sumaron a la fuerza incaica en el curso de la travesía. Por estos datos, Amnon Nir concluye que cronológicamente esta guerra se ubica después del primer encuentro bélico entre incas y chancas, pero es anterior a la conquista que los primeros hicieron de los segundos. Y el autor consigna que el centro político-religioso de Andahuaylas siguió funcionando mientras los chancas gozaron de un estatus particular en la alianza inca.36

Por esta misma etapa murió Viracocha Inca, aunque no se le dispensaron funerales con los honores debidos a su rango, ya que había abandonado su capital en el momento del ataque chanca. Algún tiempo después, delegando en su hermano Lloque Yu-panque del Cusco, Inca Yupanqui emprendió el sometimiento de distintas regiones del Condesuyu,37 avanzó hacia el río Apurima, y se instaló en los aposentos de Curaguaxi, en donde entregó una “mujer palla del Cuzco” a un capitán chanca llamado Tupa Vasco. En las ulteriores batallas y escaramuzas que luego entabló el Inca recibió la asesoría de los jefes chancas, Astu Guaraca y Tipa Vasco38 gracias a lo cual, se conquistó y controló el Collao. Finalmente, se sometieron las regiones de Condesuyu y Collasuyu.39

A partir de aquí, Inca Yupanqui dispuso normas y protocolos para el trato a su persona, no sólo observables en las campañas bélicas, sino también en el Cusco:

Quando le yvan a hablar, yvan cargados livianamente; miránvanle poco al rostro; quendo él hablaba, tenblavan los que le oyan de temor o de otra cosa; salía pocas vezes en público y en la guerra siempre hera el delantero; no consentía que ninguno, sin su mandamiento, tuviese joyas no asentamiento ni anduviese en andas. En fin, éste fue el que abrió camino para el gobierno tan ecelente que los Yngas tuvieron.40

Pero no sólo fue precursor en formas ceremoniales, pues, de acuerdo con Pedro Cieza, “…otras cosas ynventó este rey, de quien dizen que entendía mucho de las estrellas y que tenía quenta con el movimiento del sol, y así tomó él por sobrenombre ‘Yupanque’, ques nombre de quenta y de mucho entender”.41 Es decir, que en su persona se conjuntaba grandeza y sabiduría.

Junto con las incontables conquistas realizadas durante el régimen de Inca Yupanqui, la crónica relata los continuos levantamientos de las comunidades contra el Tawantinsuyu. Y estos acontecimientos son muy dignos de tenerse en cuenta, pues rompen con el esquema clásico de la hipotética pax incaica impuesta en el territorio andino.

La versión de la historia que ofrece Cieza nos entrega -en el capítulo L- una visión particular de los chancas, como competentes guerreros, acaudillados por su “capitán” Anco Alio. Su descollante actuación suscitó la envidia de los incas, quienes urdieron una emboscada en Cusco para asesinarlos. Sin embargo, los chancas la descubrieron y escaparon rumbo a una región desconocida. Cieza de León opina que el lugar de refugio debió ser El Dorado.42 En esta parte, dada la aparición de la mítica ciudad, nuevamente cabe introducir diversas conjeturas sobre si el cronista escuchó alguna versión al respecto, si los informantes indígenas así se lo sugirieron o si él mismo entreveró su imaginario geográfico mítico del Medioevo con la historia de suspenso que escuchaba de sus relatores indígenas. Aunque, por ahora, nada puede sacarse en claro.

Volviendo a la historia que nos ocupa: al enterarse Yupanqui Inca de la tentativa de homicidio contra los chancas manifestó cierta tristeza. Sin embargo, de acuerdo con Cieza, esto sólo fue disimulo, pues al poner la emboscada, sus capitanes se limitaban a cumplir y ejecutar sus propias órdenes. Con ello, el cronista deja el tono neutral de la narración, toma partido y juzga las acciones y el fuero interno del gobernante inca.

Por otro lado, Yupanqui Inca había despachado a Topa Guasco y a otros chancas a someter el alzamiento registrado en la provincia del Collao y, con el fin de ocultarles o tergiversar la versión de lo ocurrido en Cusco, les remitió emisarios. De modo que cuando Topa Guaseo retornó al Cusco, el Inca le refirió los sucesos, encubriendo algunos detalles puntuales y su encono contra Anco Alio.43 Pese a todo, los chancas entendieron cabalmente la situación y el peligro, de ahí que solicitaran permiso para volver a su provincia originaria. En el capítulo LIV, Cieza refiere un nuevo levantamiento en el Collao, frente al que el Inca recurrió a los chancas y a los canas “para que estuviesen firmes en su amistad” y acudiesen a combatir a los alzados.44 Con sus altibajos, los acontecimientos referidos dejan ver que después de la primera guerra inca-chanca que culminó con la derrota de los últimos, estos pactaron y sostuvieron una alianza con sus vencedores y acompañaron la política de conquistas y expansión de Inca Yupanqui.

La crónica aborda después temas relativos a las reformas y medidas que implantó Yupanqui, por ejemplo, el remozamiento del templo de Coricancha, la instalación de postas en los caminos, la disposición para que se hablase una sola lengua en sus dominios y otras. Una nueva rebelión en el Collao y el Andesuyo45 obligó a Inca Yupanqui a marchar sobre ellas. Sin embargo, en la campaña contra el Andesuyo se presentaron ciertas dificultades: las mordeduras de las culebras. Cieza se detiene en la descripción de los enormes ofidios y de los estragos y muertes que ocasionaron en el ejército del inca y su relato está preñado de cargas simbólicas. Así, asevera que fue una hechicera46 la que remedió el ataque a través de un “encantamiento”, lo que no sólo evitó que murieran los hombres del inca, sino que trocó la terrible amenaza en un factor propicio, pues los reptiles47 sufrieron una transformación y actuaron a favor del incario.

Y si el episodio no pertenece formalmente al acervo de la crónica andina, sí las serpientes, ya que es Garcilaso de la Vega, cronista del siglo XVII, quien habla y describe a estos singulares animales:

A las culebras grandes por su monstruosidad y fiereza, que las hay en los Antis de a veinticinco y de treinta pies y más y menos de largo y gruesas muchas más que el muslo- También tenían por dioses a otras culebras menores, donde no las había tan grandes como en los Antis…48

Al conseguir la victoria, el inca continuó avanzando hasta llegar a la laguna del Titicaca, el supuesto lugar de origen de los incas. Ahí dispuso que en la isla más grande se levantara un templo del Sol y otros aposentos para él y sus descendientes. Se diría que en este relato se destaca el significado de la cuenca lacustre del Titicaca como lugar mítico de origen y de una estrecha vinculación con la deidad solar. Con ello, nuevamente los sucesos se exponen de tal forma que hagan explícito al lector europeo el sentido de los hechos y ofrecerle una plataforma de justificación sobre los actos y la legitimación que subyacen en ellos.

Al analizar la versión de Cieza de León sobre los sucesos de la guerra entre incas y chancas y los acontecimientos que se desarrollaron en torno a ellos no me propuse preguntarme si los relatos que él recogió eran verdaderos o falsos, simplemente traté de comprender su posible significado.

La narración de la guerra no ocupa un solo capítulo, sino que se extiende a varios y se presenta en fragmentos. Es como una historia “por entregas”, conflictos que se presentan en etapas y en los que se repiten las victorias incas encabezadas por el octavo gobernante, Inca Yupanqui, a quien se asocia directamente con el inicio de la expansión cusqueña. En este sentido, la guerra de Cieza es un episodio épico-heroico con muchos elementos simbólicos que continuamente intervienen e inciden en el relato. Así, el simbolismo que subyace en la narración y su carga sobre los hechos y personajes involucrados es como un hilo conductor que hace posible avanzar de manera cautelosa en el escrutinio y en las posibles significaciones de lo registrado, como el ejemplo del puma, que figura en distintos pasajes.

Como lo advirtiera el propio Cieza de León, en la historia de la guerra entre incas y chancas es imposible suprimir a Inca Urco, personaje capital, con un papel bien definido en tanto que es la figura antitética del futuro gobernante inca y contraparte indispensable para construir la argumentación sobre la legitimidad del gobernante inca.

En suma, lo que propongo es que el episodio de la guerra entre incas y chancas, según la versión de Cieza de León, debe leerse como un reflejo de la necesidad de los triunfantes incas de relatar sucesos significativos y altamente valorados que se desarrollaron antes de la llegada de los españoles, no sólo para justificar su legítimo ascenso al poder en los Andes centrales, sino también para explicar y validar la transición política interna que se dio en el grupo de poder inca.

 

Notas

1 Liliana Regalado de Hurtado, “La historiografía del siglo XXI y las nuevas posibilidades para el estudio de las fuentes coloniales”, en: Liliana Regalado de Hurtado y Hidefuji Someda (eds.), Construyendo historias. Aportes para la historia hispanoamericana a partir de las crónicas, Lima, Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Universidad de Estudios Extranjeros de Osaka, 2005, pp. 245-252.         [ Links ]

2 Véase al respecto, entre otros autores, Liliana Regalado de Hurtado, “Las crónicas indígenas y el recurso del texto”, en: Grupo de Estudios e Investigaciones Clío, Diálogos en Historia, Núm. 2, Lima, Universidad Nacional de San Marcos, 2000, pp. 3-18.         [ Links ]

3 Cabe señalar que este episodio no se circunscribió a la historia oral o escrita, sino que también se convirtió en tema iconográfico a fines del siglo XVII y a lo largo del XVIII, representado en cuatro keros o vasos rituales. Véase al respecto Luis Ramos Gómez, “El choque de los incas con los chancas en la iconografía de vasijas lígneas coloniales”, en: Revista Española de Antropología Americana, Núm. 32, Madrid, 2001, pp. 243-265.         [ Links ]

4 Tania Navarro Swain, “¿Vocé disse imaginario?”, en: Tania Navarro Swain (comp.), Historia no plural, Brasilia, Universidad de Brasilia, 1993, p. 46.         [ Links ]

5 Sabemos que Huayna Capac murió antes de que Pizarro llegara a Cajamarca en 1532.

6 Aludo a los hechos ocurridos en esta localidad, donde Francisco Pizarro hizo prisionero al inca Atahualpa. Y entre la vasta historiografía al respecto, puede verse a Franklin Pease, Los incas, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2007, pp. 159-168.         [ Links ]

7 Respecto de las diferentes versiones halladas en las fuentes sobre este mito de origen, véase Silvia Limón Olvera, Las cuevas y el mito de origen, México, Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe, Universidad Nacional Autónoma de México, 2009.         [ Links ]

8 Véase la propuesta de Franklin Pease sobre este problema en particular. Franklin Pease, Los últimos incas del Cuzco, Alianza, Madrid, 1991.         [ Links ]

9 Ramos Gómez, op. Cit., pp. 243.

10 Pierre Duviols, “La guerra entre el Cuzco y los chanca: ¿historia o mito?”, en: Revista de la Universidad Complutense, Vol. 28, Núm. 117, 1980, pp. 363-371.         [ Links ]

11 Los estudios al respecto son numerosos, pero para efectos de una aproximación puede verse Pease, Los últimos…, op. Cit., passim.

12 Véase a este respecto la interesante exposición etimológica e histórica del concepto que hace Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana, Madrid, Luis Sánchez, 1611, p. 90.         [ Links ]

13 Como María Rostworowski (Pachacuti Inca Yupanqui, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2001, pp. 256-274.         [ Links ])

14 Que es el caso de Franklin Pease (Los últimos…, op. Cit., pp. 95-98.)

15 En este caso, se indica en las fuentes que existía un inca de Annan (arriba) y un inca de Urin (abajo).

16 Pedro Cieza de León, Crónica del Perú. Segunda parte, edición, prólogo y notas de Francesca Cantú, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú-Fondo Editorial, 1996.         [ Links ] Decidí trabajar con ésta, la tercera edición, porque se basa en el manuscrito hallado en la Biblioteca Apostólica Vaticana. Ésta ofrece una versión más clara y detallada que las previas, que se hicieron a partir de copias de segunda mano.

17 Miembros de la nobleza inca a quienes los peninsulares denominaban así por la deformación de sus orejas, de las que pendían grandes aros.

18 Cieza, op. Cit., cap. XXXVIII.

19 Ibid, cap. XLI, p. 121.

20 Cieza, op. Cit., cap. LII, p. 150. El quipu era un sistema de cuentas de origen prehispánico que tenía como soporte una cuerda principal de la que colgaban hilos con nudos que representaban categorías y números.

21 Pease, Los últimos…, op. Cit., passim.

22 En relación al origen de este grupo, González Carré es quien ha recogido las diversas referencias que existen en las fuentes, indicando que eran un conjunto de varios grupos que si bien reconocían como pacarína principal a la laguna de Choclococha, algunos de ellos también reconocían un origen diferente. Enrique González Carré, Los señoríos chankas, Lima, Universidad de San Cristóbal de Huamanga e Instituto de Estudios Arqueológicos, 1992, p. 77.         [ Links ] También el clásico y valioso trabajo de María Rostworowski nos proporcionó varios datos sobre este grupo, las etimologías que presentarían y sus posibles significados. Rostworowski, Pachacuti…, op. Cit., pp. 63-77.

23 Sobre los nombres de los curacas chancas, véase al respecto entre otros a Henrique Urbano, Wiracocha y Ayar. Héroes y funciones en las sociedades andinas, Cusco, Centro de Estudios Rurales andinos “Bartolomé de las Casas”, 1981, pp. XLI-XLV.         [ Links ]

24 Cieza, op. Cit., cap. XXXVIII, p. 112.

25 Ibid., cap. XXXVIII, pp. 112-113.

26 Tom Zuidema, “El león en la ciudad. Símbolos reales de transición en el Cusco”, en: Reyes y guerreros. Ensayos de cultura andina, Lima, Fomciencias, 1989, p. 340.         [ Links ]

27 En relación al problema sucesorio véase nota 13.

28 Curiosamente, al referirse a los chancas Pedro Cieza de León utiliza el vocablo “canches”.

29 Se hace referencia a lo que conocemos como la mascapaicha, símbolo del poder del inca, que era una borla de fina lana roja con incrustaciones de hilos de oro y plumas de corequenque.

30 Cieza, op. Cit., cap. XLIV, p. 129.

31 Una clase de mujeres escogidas para el servicio de los templos.

32 Puede haber aquí una evocación de la historia bíblica de los hijos de Isaac: Esaú y Jacob.

33 Las panacas eran las familias de los gobernantes incas muertos.

34 Zuidema, op. Cit, p. 207.

35 Cieza, op. Cit., cap. XLVI, pp. 135-136.

36 Amnon Nir, “Ancauallo Chanca: ¿mito o historia?”, en: Iberoamérica Global, vol I, Núm. 2, Especial/Special, The Hebrew University of Jerusalem, 2008, p. 29.         [ Links ]

37 El Condesuyu o Contisuyo se ubicaba al sudoeste y ocupaba parte de la costa peruana hasta el Río Maule en Chile.

38 Aunque se registran dos variantes del nombre, Tupa Vasco y Tipa Vasco, considero que se trata de una única y misma persona.

39 El Collasuyu se ubicaba al sudeste y ocupó gran parte del actual territorio boliviano, llegando hasta Tucumán, en el Norte de Argentina.

40 Cieza, of. Cit., cap. XLVIII, p. 141.

41 Ibid., cap. L, p. 146.

42 Evidentemente hace referencia a la ciudad inca perdida, Paititi, la cual a veces es ubicada en el área de la selva amazónica, al este de la Cordillera de los Andes. El mito relata que a raíz de la conquista española un grupo de incas emigró hacia Paititi, donde vivieron según su cultura y sus reglas. Paititi se describe como un área rica en alimentos y en metales preciosos.

43 El trabajo de Amnon Nir compara las informaciones que aparecen de dicho curaca chanca en tres crónicas: Cieza de León, Sarmiento de Gamboa y Huaman Poma, y contrasta los resultados obtenidos. Nir, op. Cit., pp. 25-31. Es de advertir que la primera parte del nombre de Anco Allo forma parte del malqui de los urinchancas, es decir, Ancovilca.

44 Cieza, op. Cit., cap. LIV.

45 El Antisuyu se ubicaba al noreste y se localizaba en los valles subtropicales, ocupando parte de la selva baja amazónica.

46 Entre otros autores, véase Bonnie Glass-Coffin, “La perspectiva de género en el curanderismo en el norte del Perú: metáforas, modelos y manifestaciones de la diferencia”, en: Hiroyasu Tomoeda, Tatsuhito Fujii y Luis Millones, Entre Dios y el Diablo. Magia y poder en la costa norte del Perú, Lima, Instituto Francés de Estudios Andinos-Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2004, pp. 93-119.         [ Links ]

47 Sobre las características de las culebras y su clasificación, véase al respecto, Bernabé Cobo, Historia del Nuevo Mundo, Madrid, Gráficas Bachende, 1956, capítulo XXXIII, pp. 354-358.         [ Links ]

48 Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios Reales, Lima, AMC Editores, 2008, Libro 1°, cap. IX, p. 44.         [ Links ]

Origen: El episodio de la guerra entre incas y chancas: una propuesta sobre su construcción e interpretación

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