El germen del odio al clero que llevó al Frente Popular a asesinar en masa a religiosos en 1936 – Manuel P. Villatoro / ABC

En los años treinta, el rencor social exacerbado por los medios más extremistas de la Segunda República llevó a la persecución de sacerdotes y monjas tras el 18 de julio. Algunos de los ejemplos más sangrantes se vivieron en Castilla

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«Si en sus manos estuviera, desde los campanarios dispararían los frailazos contra los que osan soñar con una vida civil plena, libre y alegre». Las aseveraciones publicadas por «El Socialista» en febrero de 1936 bastan para entender (que no aprobar) la persecución en masa que padecieron los sacerdotes y monjas afincados en la zona de la Segunda República tras el estallido de la Guerra Civil. Y es que, como él, muchos otros periódicos llamaron a la clerofobia y al conocido como «odio al cura» durante los años treinta. Si por entonces se hubiera tomado la temperatura a los partidarios del anticlericalismo, no habría habido suficiente mercurio para dejar patente el ardor que les consumía.

En su mente, como había ilustrado el mismo periódico apenas un mes antes mediante una curiosa viñeta, la Iglesia era «un partido político más» aliado con el «capital» y el «fascismo». Sin embargo, y tal y como desvela el catedrático de Historia Fernando del Rey en «Retaguardia roja» (Galaxia Gutemberg, 2019), la realidad es que, en zonas como Castilla-La Mancha, «la implicación del clero regular en la política había sido casi nula». La ficción, no obstante, logró acabar con la verdad y llevó al estallido, el 18 de julio de 1936 (cuando se conoció el levantamiento del bando Nacional), de una violencia sistemática contra el clero que derivó en la quema de conventos, el fusilamiento de sacerdotes y el maltrato de monjas por parte de las milicias leales al Frente Popular.

El germen del odio

Según explica Del Rey en su monumental obra, es difícil hallar el origen concreto que provocó la clerofobia en el ala más extrema de la Segunda República. El español es partidario de que pudo llegar desde varios frentes. El primero de ellos habría sido el marxismo europeo que, desde finales del siglo XIX, había forjado la idea del odio al cura. Ya lo dijo el mismo Karl Marx: «La angustia religiosa es al mismo tiempo expresión del dolor real y la protesta contra él. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo descorazonado, tal como lo es el espíritu de una situación sin espíritu. Es el opio del pueblo». Esa idea fue esgrimida por otros filósofos como Immanuel KantLudwig Feuerbach o Bruno Bauer.

Desde el extremismo también se evocó la imagen del «cura trabucaire» de las guerras carlistas (dispuesto a armarse y a luchar por la causa) para poner en la diana al clero. Y otro tanto hicieron -según explica el profesor de Historia José Luis Ledesma en «De la violencia anticlerical y la Guerra Civil de 1936»– al recordar el apoyo de esta institución a los grupos más conservadores en la Restauración y la Dictadura de Primo de Rivera. Cada una de estas épocas derivó en un repunte de los movimientos contrarios a la Iglesia que tuvo su máximo exponente en la Semana Trágica de Barcelona de 1909, cuando la Ciudad Condal fue tildada de «Rosa de fuego» debido a la ingente cantidad de iglesias que fueron quemadas.

Milicias del Frente Popular custodian el Palacio del Duque de Medinaceli, incautado al enemigo
Milicias del Frente Popular custodian el Palacio del Duque de Medinaceli, incautado al enemigo

Ese fue el punto de partida de un odio que se convirtió en el signo característico de los grupos extremistas considerados de izquierdas. «La primera década del siglo XX, cuando el anticlericalismo se situó en el centro del espacio público, se convirtió en un punto de referencia fundamental para la protesta popular y para la vida política del país y se asoció definitivamente a la cultura política del republicanismo como un rasgo permanente de la misma», explica Ledesma. En resumen, el autor es partidario de que, «a lo largo de más de cien años antes de la guerra de 1936», se articuló y consolidó la misma mentalidad que, tras el 18 de julio, llevó a la matanza sistemática de sacerdotes y monjas.

Con todo, Del Rey no olvida que, ya en la época de la Segunda República, el anticlericalismo fue también un arma esgrimida por los partidos de izquierdas para lograr superar en las urnas a sus adversarios. Manuel Álvarez Tardío (autor de «La reacción de la Iglesia ante el Frente Popular de 1936») secunda esta idea. En sus palabras, «la cuestión religiosa se había instalado en la política española y formaba parte de los elementos de identidad ideológica». Desde que se alzó la bandera tricolor el 14 de abril de 1931, estos grupos intentaron convencer a la sociedad de que la Iglesia era una institución que buscaba desarticular la democracia. Y lo mismo sucedió en las elecciones generales de febrero 1936, aquellas en las que obtuvo la victoria el Frente Popular.

Tardío recuerda que las investigaciones «han ponderado el peso del anticlericalismo en el lenguaje de las candidaturas del Frente Popular». En sus discursos afirmaban que «la importancia del componente católico y la defensa de la fe y la Iglesia eran rasgos de identidad de la propaganda derechista». Para Del Rey, esta amalgama de causas provocó que, junto al estallido de la Guerra Civil, arribara también la explosión de la violencia contra el clero: «Los discursos anticatólicos de socialistasanarquistascomunistas republicanos más radicales amueblaron las cabezas de miles de ciudadanos con estereotipos, imágenes y mitos negativos que, a la postre, resultaron letales de la mano de aquellos grupos que más intensamente los interiorizaron».

La barbarie del Frente Popular

Fuera cual fuese la causa, la triste realidad fue que, cuando comenzó la Guerra Civil y se produjeron levantamientos en varias ciudades fuera y dentro de la Península, los religiosos se convirtieron en el blanco de la denominada «violencia caliente», aquella que no estaba programada y que nació del mismo fervor y repulsa ante el denominado Alzamiento.

En «Retaguardia roja», Del Rey ofrece datos fehacientes sobre el número de fallecidos en Ciudad Real (región cuyos datos, aunque no deben ser extrapolados, sirve como ejemplo de lo acaecido aquellos tristes días). Según sus investigaciones, entre el 19 y le 31 de julio murieron 157 religiosos. Un total que representaba el 38,85% de los represaliados en la zona. «Es un porcentaje elevadísimo si se tiene en cuenta que la población religiosa, compuesta por poco más de un millar de personas, apenas rondaba el 0,20% de los habitantes de la provincia».

Entre las historias con nombres y apellidos que recoge Del Rey se halla la de Francisca Ivars Torres (más conocida como sor Vicenta). Su caso volvió a ser alumbrado con el foco de la actualidad el pasado 2017 gracias a su proceso de beatificación. Natural de Alicante, la llegada de la Guerra Civil la pilló en el colegio de San José de Valdepeñas. Una vez que el edificio fue incautado por las fuerzas gubernamentales se retiró, junto al resto de sus compañeras, a un hospital de la región para ayudar a heridos y enfermos. Sin embargo, el crecimiento del odio contra los religiosos hizo que, ese mismo septiembre, decidiera tomar un tren hacia Alcázar de San Juan, desde donde pretendía volver a su tierra natal y esconderse con su familia. Pero nunca terminó el viaje planeado.

Un grupo de milicianos custodia a unas religiosas en Alcalá de Henares, durante los primeros días de la Guerra Civil
Un grupo de milicianos custodia a unas religiosas en Alcalá de Henares, durante los primeros días de la Guerra Civil – ABC

«Avisados por sus compañeros de Valdepeñas, los milicianos la estaban esperando en Alcázar», añade Del Rey. Todo ocurrió muy rápido. Con triquiñuelas, la engañaron para que subiera con ellos a un camión bajo la excusa de «conducirla a la casa que su orden tenía en Herencia». A los pocos kilómetros, los hombres armados detuvieron el vehículo, la obligaron a bajarse y «la mataron en la viña junto a otro hombre». Dejó este mundo con 68 primaveras a sus espaldas. Además del anticlericalismo, el autor recuerda que su fusilamiento pudo ser provocado porque, apenas unas jornadas antes, la aviación Nacional había bombardeado Alcázar para acabar con una estación de combustible republicana. Eso pudo generar una respuesta directa y brutal.

Otro caso igual de sangrante es el sucedido el 20 de julio de 1936 en Daimiel. Esa jornada, dos después del levantamiento, una turba se personó en el convento en el que residían ocho padres franciscanos. A punta de fusil, obligaron a sus integrantes a quitarse los hábitos y abandonar sus dependencias. Según explicó uno de ellos tras la contienda, Isidoro Álvarez Hernández, al frente de los soldados se hallaba Álvaro González Arias, el juez municipal desde la llegada del Frente Popular al poder. Entre gritos y abucheos de la multitud, los soldados llevaron a los reos a prisión y, cinco jornadas después, les fusilaron (junto a otra media docena de compañeros) cerca de allí.

Murieron todos menos el mencionado Álvarez Hernández, que consiguió huir en un descuido hacia los bosques. Así recordó aquellos momentos:

«Fuimos detenidos el día 22 de julio del 36 y conducidos a la Capilla del Cementerio de S. Juan habilitada para prisión. Después de sufrir toda clase de calamidades, el día 26 del mismo mes por la noche, en dos grupos […] fueron todos fusilados. Sin poder explicar cómo pude salir ileso del nutrido tiroteo, máxime teniendo del brazo a un compañero a quien manifesté mi deseo de morir con él y que murió a los pocos momentos, por natural instinto de conservación y aprovechando la oscuridad de la noche […] pude huir perseguido por los disparos, y sin que ninguno me tocara, a las afueras del pueblo».

También es tristemente recordada la matanza perpetrada el 24 de julio en Ciudad Real. Esa jornada, un grupo de milicianos armados, y dirigidos por el gobernador nombrado por el Frente Popular, se presentaron en la vivienda en la que residían una treintena de estudiantes de teología y varios monjes claretianos para informarles de que quedaban bajo arresto. A sabiendas de que la tensión iba en aumento, el padre superior logró que, el 28, les extendieran varios salvoconductos para que los seminaristas viajaran en tren a Madrid. Lo que no explicaron al religioso es que el ferrocarril al que subirían estaba cargado de soldados republicanos. «Al llegar a la primera estación, la de Fernán Caballero, unos milicianos ordenaron al maquinista detener la marcha», añade Del Rey. A continuación, obligaron a los religiosos a bajar y, frente a decenas de testigos, les hicieron una descarga.

Origen: El germen del odio al clero que llevó al Frente Popular a asesinar en masa a religiosos en 1936

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