Así me salvé del pistolero – Ana Maria Ortiz

Hubo un final feliz en el escalofriante suceso contado en el último «Crónica». El asesino de los 46 maristas, beatos el próximo domingo, no acabó con todos. A Peruchena lo salvó Companys. Este es su testimonio ANA MARIA ORTIZ

RECONOCIÓ AL ASESINO. Francisco Peruchena, 91 años, lee el Crónica de la semana pasada, donde descubrió el rostro de uno de los asesinos de sus hermanos maristas.

Un anciano de semblante lúcido y ademanes sorprendentemente diligentes para los 91 años que cumple mañana acude al vestíbulo a buen paso en cuanto oye que se pregunta por él.

-¿Francisco Peruche…?

-Aquí, aquí para servirle.

Por si la memoria le hace algún quiebro y necesita apuntalar su relato, Francisco Peruchena Ollacarizqueta -el hermano Policarpo Luis dentro de la orden marista- se acerca cargado de documentos. Trae un folleto con los rostros de los 46 maristas que, fusilados en Barcelona en octubre de 1936, serán beatificados el próximo domingo en Roma. Porta también una imagen remota de los verdugos, la cúpula anarquista que apresó a los religiosos y los mandó ejecutar por su sobreentendida comunión con el fascismo. Y sujeta además una decena de folios que conforman su diario de esos días donde detalla cómo escapó in extremis a aquella cacería de frailes. De no torcerse en el último momento los planes de sus carceleros, su foto también estaría impresa en el cartel junto a los martirizados.

La entrevista se celebra bajo la sombrilla, en un jardín inflamado por la eterna primavera de la costa malagueña. Francisco Peruchena se protege del sol con una gorra. Desde que se jubiló, hace más de dos décadas, convive con otros 18 hermanos en esta residencia que la orden marista compró en Arroyo de la Miel para alojar y atender a sus religiosos retirados.

En cuanto sus ojos enfocan el libro que Crónica le lleva -Diario de un pistolero anarquista, de Miquel Mir, editorial Destino-, se inclina con celeridad hacia la portada. «Este, éste es el tunante». El rostro que golpea insistentemente con la yema de su dedo índice es el de Josep Serra, el pistolero anarquista cuya historia, investigada y publicada por el documentalista Miquel Mir, desveló este suplemento la semana pasada. El diario de Serra, reproducido en el libro, es el único testimonio escrito del asesinato de los maristas. Y Peruchena, que escapó de aquello, es uno de los dos hombres que aún viven para contarlo.

Pese a los 70 años transcurridos desde que se vieron por última vez, Francisco reconoció en seguida la fotografía del pistolero impresa en estas páginas. Se enojó al ver al militante de las FAI -el brazo más violento de la CNT- que condujo a sus compañeros frailes hasta el cementerio de Montcada la madrugada del 9 de octubre del 36. En los muros del camposanto, Serra y unos cuantos de su cuerda ordenaron a los maristas ponerse de cara a la pared antes de propinarles unas ráfagas de metralla. Pensaban administrarles la misma medicina a Francisco Peruchena y a otros 60 frailes las noches siguientes. «Este, éste es el tunante», insiste con el dedo el religioso jubilado.

No lo contaba el pistolero anarquista en sus memorias, de las que Crónica se hizo eco el número pasado, pero sí está escrito en el recuerdo infalible de Francisco. Dos días antes de los fusilamientos, Josep Serra se encontraba en el muelle de Barcelona, donde la FAI había convocado con engaño a los maristas de la ciudad. La orden religiosa había pagado 200.000 francos a cambio de la bendición anarquista para abandonar el país.

Esa tarde -les mintieron- iban a embarcarlos en el barco Cabo San Agustín rumbo a Francia. «Lo vi con mis ojos. Entró en mi camarote y nos pidió que le entregáramos todo lo que teníamos de valor: “Para pasar a Francia es condición necesaria hacerlo sin nada de dinero, ni relojes… Ya que allí lo requisan todo”, dijo. Nos mintió y nos saqueó».

Peruchena es generoso en nombres y fechas que hilvana con una facilidad pasmosa. Se percibe que, ante nuestra visita, ha puesto en orden su pasado. La semana en la que el Gobierno libraba los últimos pulsos con el resto de partidos políticos para decidir qué parte de la Guerra Civil merece ser recordada y cuál es digna de enterrar, Francisco ha estado revisando su propia memoria histórica.

La Ley, que ya avanza camino de su aprobación definitiva en el Congreso, no es precisamente santo de su devoción: «Ley de Memoria Histórica. ¿Para qué? ¿Para remover tonterías? ¿Para enfrentarnos otra vez unos a otros? Mejor que las cosas queden como están», dice sin muchas ganas de seguir atizando la discusión.

Francisco ha digerido la contienda como un choque sin concierto en el que ni siquiera se sabía de qué color vendría vestido el enemigo. Verán: él comenzó la guerra con túnica de fraile y perseguido por unos anarquistas que entendían que ser religioso era sinónimo de fascista. Pero el final del enfrentamiento civil le sorprendió con el uniforme republicano puesto, el carné de la UGT en la cartera, y huyendo de los nacionales, que lo hubieran ejecutado por rojo. Así de caótica fue la cosa.

DOS PESETAS Y MEDIA

De vuelta al 7 de enero de 1936, al camarote en el que Josep Serra se disponía a vaciarle los bolsillos, Peruchena cuenta que obedeció la orden sin rechistar y le dio las dos pesetas y media que llevaba antes de encomendarse a Dios: «Ya se mascaba el engaño y la tragedia», cuenta. «Nos hicieron salir del barco y vimos como desvalijaban nuestras maletas. Unos anarquistas se probaban nuestra ropa mientras otros nos ponían en fila y nos dirigían a dos autobuses Roca de dos pisos».

De los 107 frailes maristas que subieron a aquellos autobuses pintados de gris, sólo Francisco Peruchena estará presente en la ceremonia de beatificación de los 46 asesinados que se celebrará el próximo domingo 28 en el Vaticano. Quitando al hermano Daniel Gutiérrez, a quien una reciente operación de corazón le impide afrontar un viaje excesivamente fatigoso para quien ya ha cumplido 90 años, es el único superviviente de aquella emboscada.

Gutiérrez tendrá que ver por televisión cómo ascienden a mártires 498 religiosos españoles -los 46 maristas fusilados en Montacada más otro ejecutado en Asturias entre ellos- asesinados por los defensores de la República durante los años de Guerra Civil. Peruchena lo contemplará in situ. Asistirá a la beatificación más numerosa y también la más concurrida de la historia de la Iglesia. Se espera la presencia en la plaza de San Pedro de una delegación española conformada por entre 20.000 y 30.000 fieles, 500 maristas -con Peruchena como testigo de excepción- y 74 obispos -más prelados incluso que cuando la muerte de Juan Pablo II-, con el ministro Fernando Moratinos como representante del Gobierno.

Hay quien ha interpretado la cita como un acto de contraprogramación de la Conferencia Episcopal Española a la Ley de Memoria Histórica de Zapatero. Peruchena no ve más que la justa redención del sufrimiento padecido. «Aquello fue muy duro, muy duro… No pensaban nada más que en coger curas, frailes y cristianos…», dice contemplando las fotografías de los mártires impresas en el folleto.

Se detiene en el hermano Baudilio. Lo recuerda con claridad, con aquellas gafas diminutas incrustadas en el rostro anguloso. Baudilio bajó atenazado del autobús y entró llorando al convento San Elías, que la FAI había expropiado a las monjas clarisas y donde encerraron a los maristas antes de ejecutarlos. «¡Nos van a matar, nos van a matar!», sollozaba Baudilio en el que había sido el lavadero de las religiosas, reconvertido en aquel momento en celda de frailes.

Reconoce también a Epifanio, el mayor del grupo de asesinados con 62 años. Es el fraile que propició el acuerdo -200.000 francos a cambio de las vidas de los maristas- del que se acabaron burlando Serra y los de la FAI.

Los ojos de Peruchena se tornan acuosos cuando señala al hermano Ismael, su primer profesor. Lo conoció en 1929 en el colegio marista de Villafranca de Navarra donde Peruchena ingresó cuando decidió ordenarse fraile con sólo 13 años. Le duelen aún más las ausencias del Félix León -retratado con cara de adolescente- y Frumencio -siempre muy circunspecto-, profesores del colegio barcelonés de Sants donde él también impartía clases cuando estalló la guerra y se desató la persecución anarquista contra cualquiera que portara un crucifijo. Según datos de la Generalitat, 8.352 personas fueron asesinadas en la retaguardia catalana entre 1936 y 1939. Entre las víctimas de la represión, 2.441 religiosos.

Peruchena comenzó su particular éxodo un domingo 19 de julio, después de misa, al día siguiente del alzamiento militar. El director del colegio marista les había buscado casas amigas donde refugiarse. A él le tocó con los Garbayo en un piso con vistas al colegio, desde donde contempló cómo los de la CNT vaciaban las dependencias y prendían fuego a una pira que tardaría un día en arder. Sufrió también un registro anarquista donde tuvo que hacerse pasar por un pariente que jugaba a las cartas y, aunque dio el pego, decidió no comprometer más con su presencia a los Garbayo y se buscó una posada. No tardarían en dar con él.

DETENIDO Y JUZGADO

«Este es Valencia, el que me detuvo, y este Ordaz, el que me juzgó», dice echando de nuevo mano de una fotografía, esta vez fotocopiada de un viejo libro. Antonio Ordaz, uno de los jefes de las patrullas de la FAI, le leyó su sentencia mientras devoraba un plato de chuletillas regadas con vino. «Te perdonaré la vida», le dijo, «pero te encargarás de pelar patatas, fregar, barrer…». A ello se dedicó Peruchena hasta que lo empujaron a aquel barco ratonera donde le vio la cara a Serra el 7 de octubre de 1936.

Y hubiera sido fusilado la noche siguiente a la ejecución de los amigos Frumencio, Félix León y compañía -quizás por la metralleta del propio Serra- de no ser por la intervención de Lluís Companys. El presidente de la Generalitat supo de la situación de los frailes y montó en cólera. De su mano, Peruchena y otros 60 maristas abandonaron aquel corredor de la muerte. El ingresó en la prisión de la Modelo.

Liberado en noviembre de 1937, Francisco Peruchena se agenció una identidad falsa -Juan Almirall Font- con la que se afilió a la UGT. «Entonces respondí a un anuncio en el que se pedían voluntarios carabineros para trabajar como enfermeros en el frente». Fue así como acabó vistiendo el uniforme republicano, asistiendo a sus heridos y huyendo a Francia ante el avance del Ejército Nacional.

Lo que siguió al 39 daría para otro largo día de charla. Quién sabe, dice, si entre que da de comer a las gallinas de la residencia y cumple con sus lecturas y su paseo diario de una hora no saca él también tiempo para contarlo en unas memorias

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