Esperanza para después de la enfermedad – Angel Mas

Al acabar esta tragedia, los que salgan de sus refugios tras este simulacro de invierno nuclear, emergerán mucho más sabios, más recios y clarividentes. Exigirán cambios y buscarán responsables. No aceptarán paños calientes ni milongas. Habrán tomado muchas matrículas. Quizá tengan dificultad en contener su ira. Quizá, en vista de las pérdidas humanas y materiales, no la debieran contener. Muchos habrán alcanzado la edad adulta de golpe y se sentirán estafados por otros.

Esos otros, los que manejaban el matrix lisérgico sobre el que se ha construido el entramado politico y social de nuestro país durante años, y también sus cómplices, los que los apoyaron por acción u omisión, deberían sentirse muy, muy preocupados porque la gente se acordará de su papel en todo esto.

Veamos algunas de estas categorías:

Los ciudadanos menores de edad, con la irresponsabilidad frívola e ignorante del adolescente, incapaces de comprender que el país no puede gastar por encima de sus ingresos y debe ahorrar para los días de lluvia. Embobados dispuestos a votar a cualquier charlatán que les venda el espejismo de la prosperidad sin esfuerzo.

Los resentidos, los que, sin haber trabajado ni producido en su vida, se permiten criticar a los que crean riqueza, sabotear su iniciativa, alimentar permanentemente la sospecha contra el que emprende y se arriesga. Los que buscan la igualdad (por abajo) sobre la erradicación de la pobreza.

Los que traficaban con la droga dura del gasto descontrolado, de la deuda ilimitada (mientras propugnaban dejar de pagar al que nos prestaba). Los que preferían un sector público tan adiposo como ineficaz con tal de seguir manteniendo a enormes clases pasivas. Todo a costa de confiscar lo que muchos han producido con trabajo.

Esos mismos que ahora prefieren soluciones de gasto, cuando no hay de dónde gastar, de deuda, cuando nadie nos va a prestar, en vez de ayudar a que los negocios no quiebren, no regalándoles limosnas, no difiriendo algunos pagos, sino condonando obligaciones fiscales para que puedan hacer frente a la situación. Pero quitarle el dinero a la gente que está hundiéndose para luego irle lanzando a algunas migas les da mucho poder y mantiene a la gente adocenada.

Y si no, los que creen que los países de la UE nos van a ayudar a salir de esta. Otra vez. Los países hormigas que tras la última crisis se empeñaron en alcanzar superávits a base austeridad mientras las cigarras del Sur se echaban una fiesta de improductividad a base de derrochar en causitas de millonarios.

Los que, por tanto, fomentaron el déficit público, la irresponsabilidad presupuestaria. Los que no tuvieron el coraje de explicar a los españoles la necesidad de ahorrar entre crisis. Los que nos han dejado sin resuello para más deuda.

Los empleados insolidarios del sector público, los funcionarios (añadan autoridades y cargos electos) que no trabajan pero se negarían a un ERTE: los que tienen el empleo más seguro, los que reciben el sueldo que les pagan los que andan asfixiados pero no ofrecen reducírselo para contribuir al esfuerzo general.

La red clientelar del entramado asociativo demostrando, estos días más que nunca, su carácter gorrón y sablista. Los liberados sindicales que no se incorporan al trabajo en sectores que siguen abiertos por ser esenciales. Las ONGs que ha visto desenmascarada la farsa de sus chiringuitos cuando una verdadera emergencia nos concentró en cuestiones importantes, pero no devuelven sus subvenciones para actividades que ni siquiera se pueden ya llevar a cabo. Los que nos vendieron emergencias, urgencias, crisis y apocalipsis de cuestiones como el calentamiento global, las políticas de genero e identidad sexual. Los que, pobres de nosotros, nos contaban que debíamos solucionar, sin tener dónde caernos muertos, el problema de millones de os refugiados…

La clase política que acumuló poder sin acumular aptitud, un sistema representativo endogamico que premia la mediocridad y la lealtad perruna a la capacidad y los valores. Y en particular, entre ellos, los que ahora nos gobiernan. Hoy nos damos cuenta que sus juegos de prestidigitación y sombras chinescas pueden actuar como narcótico de una sociedad adocenada. Pero cuando la realidad muerde, el placebo ya no seda y los expertos en marketing electoral no saben gestionar un país Las medidas que no se tomaron, la falta de estrategia, la irresponsable incapacidad de respuesta, el modo criminal de esconder la cabeza bajo el ala cuando ya el tsunami nos arrastraba, los planes de contingencia que no se planificaron, y mucho menos se ejecutaron. La negligencia y la incompetencia criminal que cuando pase esto sólo una sociedad desahuciada e irrecuperable sería capaz de perdonar.

Los medios aborregados. Los esbirros al dictado del poder. Los blanqueadores de los criminales. Los que por unas monedas intentarán que comulguemos con ruedas de molino. Los de la postverdad la posmodernidad, el ruido y las cortinas de humo. Los de las mentiras repetidas mil veces a ver si cuelan. Los felpudos, las escotillas del váter del poder. Los accionistas de esos que no despiertan ni cuando lo más básico, la vida y las libertades están en juego. Los que sesgaron la diversidad informativa. Y también los que, adormecidos, no se atrevieron a apoyar alternativas que contribuyeran a la calidad democrática de nuestro país.

Los golpistas miserables que, mientras la gente obedecía y se enclaustraba cediéndoles amplísimas competencias (a los incompetentes) y poder sin control por el bien común, intentaban abusar de la situación de excepcionalidad para avanzar su agenda política contra nuestra convivencia y nuestro orden constitucional

La casta, la nueva casta. La de los que aspiran a que perdamos la memoria de su demagogia y sus promesas. Los que se enriquecieron con la política, los que promulgan aislamientos que no van con ellos, los que tienen acceso a la medicina privada mientras la demonizan, aquellos para los que hay tests inmediatos, tantos cuantos sean necesarios. Sí, esos.

Una sociedad civil que no es tal, sólo una costra extractiva, a sueldo, apesebrada, sin capacidad de reacción, de proposición, de resolución, mucho menos de fiscalización.

La clase empresarial catatónica, la que en la indolencia y la comodidad de sus poltronas prefiere chapotear en el fango de la incompetencia con el poder político que nos hunde. Los que prefieren quedarse como están, y a ver si de paso sacan algo a rio revuelto, antes de demandar mejor gestión. Los que pagan obedientes a los medios que los vituperan y llaman a su linchamiento. Los que son incapaces de rebelarse ante los que incluso planean arrebatarles sus empresas.

Los intelectuales españoles. Perdonen el oximoron. Esperando su paguita, su subvención, su carguito.

Europa. El europeismo. Los europeistas que siguen intentando vendernos esa mercancía averiada de una falsa solidaridad, de unas estructuras supranacionales que, aunque adolecían de contabilidad democrática, debían de colchón ante los vaivenes y las crisis. Cuando llegó el momento, todos salieron corriendo para salvar su pellejo. Nos habían engañado. No había ideal. Los burócratas que vivían de vendernos esa farsa y los que nos defendían esa mascarada. La Unión Europea está muerta. La mataron ellos

Todos ellos deberían estar muy preocupados, sí. Ojalá que tengan motivos. Porque si el manguerazo no llega, será mucho peor. La desafección contra nuestro sistema democrático y representativo no tendría vuelta atrás.

Pero yo confío en el efecto catártico y regenerador de la enfermedad. Es la hora de prepararse, no nos vayan a intentar birlar la renovación. Es la hora de asegurarnos el cambio a una España mejor.

2 comentarios en “Esperanza para después de la enfermedad – Angel Mas

  1. Excelente escrito. Confío en que los españoles se den cuenta de esa gigantesca estafa del Estado de partidos, en la que una nomenklatura chulea, se aprovecha y vive de abusar de ellos.

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