Papel de la televisión y la política en la banalización de la muerte en la epidemia del coronavirus: 24.275 fallecidos en España a 29 de abril de 2020 – Dr. Jaime Fdez. De Bobadilla

Dr. Jaime Fernández de Bobadilla Osorio. Licenciado y doctor en medicina. Cardiólogo. Diplomado en investigación y farmacoeconomía. Máster en tabaquismo. Acreditado profesor de universidad por ANECA. Escritor. Trabaja en Hospital Universitario La Paz.    El criterio expresado en este artículo es exclusivamente del autor a 30 abril 2020. No representa el criterio de ninguna institución. 

Iba a escribir un artículo técnico sobre la necesidad de la mascarilla obligatoria. ¿Cómo no?: siempre ando a vueltas con ese tema. Intentando convencer a alguien con capacidad de decisión, a base de argumentos técnicos de lo importante que sería para controlar el desconfinamiento. El peso de la evidencia enredado en números y curvas y tablas y bla, bla, bla. Pero el día comenzó multimedia con un vídeo en twitter: la Dra Casado, habla de compañeros muertos y no puede contener las lágrimas. Sigue la tarde con el audio de una compañera de primera línea “hemos vivido situaciones de verdad dramáticas en las plantas COVID, era sobrecogedor” (…)  “y todavía tenemos eso ahí como en una especie de cajón en nuestra memoria que no abrimos mucho porque estamos ocupados” (…) “Pero de verdad, lo que peor llevo es eso, esa falta de humanidad…” Así que he tenido que escribir esto, por eso y porque ya no cabe en el corazón tanto muerto de estos días.

Tengo la impresión de que se ha banalizado la muerte en la televisión. Hoy van ya 24.275 fallecidos oficiales. Lo que de verdad quería decir es que quizá no hemos dejado suficiente espacio para llorar. Un poco como si fuera una vergüenza, un estigma haber perdido a alguien. Algo muy sutil “hay que avergonzarse de morir, porque hay que vencer a la pandemia” resuena como un mantra “aplacemos el luto”. Algo como “La Hija del General”, una película de John Travolta en su papel canalla-bueno que quiere atrapar al “hijo de puta” que la mató. Y resultó que, para aquella víctima, peor que la violación había sido el silencio cómplice que vino después.

Y siento la necesidad de decir lo obvio: que hay muchos muertos. Infinitos muertos con su nube de dolor. Que no es una curva que sube y baja como por azar. Creo, humildemente, que hace falta el duelo para cicatrizar las pérdidas, para cubrir un poco el vacío del que se va. Para que no quede la herida abierta. En la televisión nos hablan de la curva, pero el dolor apenas sale. Apenas ondean las banderas a media asta y el luto se interpreta como un signo de cierto derrotismo. Se quiere pasar de puntillas sobre los muertos (que es también como pisar a los vivos), para que los muertos no lo sepan, pero ellos sí saben que ya no están. Es como para no sentir su peso. Pero la ceniza pesa más que el plomo. No sirve una curva, como la curva de una carretera, de una clase de geometría, de una exponencial, de la orilla del mar. Yo creo que no es bueno dejar a los muertos sin llorar, porque eso es un poco como si no hubieran existido. Hay que darles rienda suelta, quererlos, recordarlos, velarlos, revivirlos. Hacer el duelo para que no cristalice el dolor. No podemos ir de puntillas sobre los muertos y hablar con triunfalismo de curados, como si todos lo estuvieran de verdad y no tuvieran cicatrices (y no solo en el pulmón). Van 24.275 muertos y pico (el pico de la curva y el pico de unos pocos miles mal contados), y sus familias, y amigos, y compañeros y colegas. Demasiados. Y no es solo para mitigar el dolor. Es porque es muy importante que la gente conozca la verdadera magnitud de la tragedia viendo su dimensión concreta en la televisión.

Hay fiesta en la tele. Y chistes. Y, de verdad que eso está muy bien. Estoy seguro: hay que cantar y reír y brindar y bailar la cuarentena para no volverse loco ¿Por qué no? Y muchísima gente llora en el silencio de su hogar. Pero también creo, humildemente, que hay que dejar un espacio público, no tan íntimo y recóndito, para llorar. Sobre todo en las televisiones que es lo único que ven muchos ancianos. Para que el latido que se para, no quede sostenido en el tiempo como un “No” sostenido. Un no estuve vivo. Nunca estuve vivo. Imaginad, por favor, a una pobre mujer que ha enviudado ayer. Vacía y confinada y sola en su piso vacío. Enciende el televisor y ve un presentador que, muy profesionalmente, sonríe (como malaprendió en alguna facultad) mientras muestra la curva. Para ser justos, si tienen mucha suerte verán a Vicente Vallés, con su cara seria y gris y de luto, hablando como se tiene que hablar de estas cosas y eso le honra. Tal como yo lo veo, para reír en medio de este desastre, hay que hacerlo quizá con la risa deliberada del olvido, del que ya ha llorado mucho, y no con la del que no sabe llorar.

Pero no es solo la televisión. En segundo lugar y por encima está la política y quizá la primera sea consecuencia de la segunda. No sería raro que, al encender el televisor escucharan al presidente diciendo con voz hueca: doblegar, vencer, triunfar, derrotar, como si los muertos no estuvieran muertos y como si las curvas de todas las epidemias del mundo no subieran y luego bajaran. Como si el objetivo no fuese, precisamente, que cuando baje no deje tantos muertos. Y me da por pensar que, tal vez, el luto no encaja en el relato redondo, tan vacío, que desgrana sus cálculos donde las comas cambian de sitio, como el avaro cuenta-monedas en un cuento de Dickens. Y lo peor es que al presidente le han contado que llorar no encaja en el relato y se lo ha creído. Igual que se ha creído esa otra estupidez esférica y perfecta: nunca se pide perdón.

Y aún con la televisión de su lado, el político se puede equivocar (sanitarios desprotegidos, manifestaciones a destiempo, mascarillas huérfanas, test que no son etc.), porque cualquiera puede equivocarse de buena fe. Y luego va, lo siente y llora. Y ahora resulta que somos el primer país del mundo en muertos por habitante, y, probablemente, el primer país del mundo en contagiados por habitante, y el primer país del mundo en sanitarios contagiados y vamos muy atrás en los test. Así que sí parece que estaría bien pedir perdón y luego irse ¿Y si todo fue mala suerte y, en realidad, no hubo errores? No hay diferencia. En ese caso, hay que hacer lo que hace la gente responsable cuando lo hace todo bien pero todo le sale mal: pedir perdón y luego irse.

Pero este gobierno no quiere irse. Han encontrado la solución. La cuadratura del círculo (la redondez del cuadrado). Marketing político. Hay que “conjurarse” contra el enemigo exterior, el verdadero enemigo: “el coronavirus”. Necesitamos una guerra. Como Argentina cuando declara la guerra a Reino Unido por las Malvinas. Como la guerra de Charlie Wilson pero en coronavirus. Y en la guerra la primera víctima es la verdad. Y se emplea lenguaje bélico: los derrotistas son muy mal vistos. Las bajas se ocultan. El dolor se esconde ¿Quizá por eso el luto no está del todo bien visto? ¿Quizá por eso a los velatorios no pueden ir más que tres familiares? Pero resulta que el coronavirus no es un país al que se puede declarar la guerra. Es un virus que causa una enfermedad. No siente. No piensa. No sueña. No tiene conciencia. Se replica cuando puede y en su camino mata o hiere. Resulta que los médicos no somos soldados. No hay (ni había) una guerra. Simplemente había que hacer unas cuantas cosas sencillas: las mismas que hacían los que tenían buenos resultados con algún matiz local. No hay (ni había) que hacer propaganda. No había (ni hay) que buscar un relato. Pero la consecuencia de esta nueva necedad estratégica, es que el luto y las cicatrices y el dolor no salen en la tele y eso para mucha gente, por desgracia, significa que no existen.

Como a nadie le han salido tan mal las cosas, tienen que irse. Aún así estoy convencido de que no será por sus innumerables errores técnicos (o si alguien prefiere, su mala suerte). Será más bien por no saber llorar, por aplazar el luto mediático sine die. Y aquí otra justa y rara excepción: la de Margarita Robles en el cierre del Palacio de Hielo, cuando llora. Llorar a los muertos no tiene que ver con Dios, ni con la religión, ni con la política. Tiene que ver con que los muertos duelen y si son treinta mil duelen treinta mil veces. Multiplicados por padres, hijos, hermanos, amigos, compañeros, compatriotas de los muertos que ya se han ido y de los por venir. Multiplicados por el dolor de los sanitarios que los ven morir.

Y termino refiriéndome, no a los individuos concretos del gobierno con sus nombres y apellidos (que de todo habrá: mala y buena gente y no voy a juzgar sin conocer), sino a la resultante final de todos esos pequeños vectores que dan lugar a este gobierno deshumanizado. Creo que después de todo, este gobierno no va a irse por sus errores técnicos, sino por su atronadora falta de empatía. Tendrá que irse, en palabras de Becquer, por dejar tan tristes, tan solos los muertos. Tan creo yo, sin llorar. Tan sin media asta y sin bandera. Como “El extranjero” de Camus, condenado por no llorar en el entierro de su madre. Por no saber entender el dolor de tanta gente. Tendrá que irse porque no tiene corazón. https://jaimecardio.wordpress.com/2020/04/30/la-television-y-la-politica-como-promotoras-de-la-banalizacion-de-la-muerte-en-la-epidemia-del-coronavirus-24-275-fallecidos-en-espana-a-29-de-abril-de-2020/

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