Alexander Orlov (1895-1973) un comisario politico en la guerra civil

Alexander Orlov (1895-1973)
Jefe de la policía secreta soviética en España y máximo responsable de la muerte de Andreu Nin, en julio de 1938 huye de la Guerra por temor a las purgas de Stalin y se exilia en EEUU, donde renegará de su pasado comunista
Las cenizas en Mount Auburn (El enigma Orlov) | LA CRÍTICA
“No pertenezco a ningún partido ni grupo político. Así introdice León Lazarevich Feldbin, más conocido como Alexander Orlov, que viere al mundo en 1895 en Bobruisk, cerca de Minsk, su Historia secreta de los crímenes de Stalin. Un libro útil para reconstruir, con perspectiva histórica, la tragedia del estalinismo, y lamentablemente sesgado para hacer lo propio con su vida, de la que omite su trabajo como jefe de la NKVD -la policía de Stalin- en la Guerra Civil española. Él fue quien organizó el secuestro de Ardreu Nin, el líder del POUM, el pequeño partido de origen trotskista que se atrevió a cuestionar, junto con la CNT, la influencia de los estalinistas en la España leal a la República.
Pero la misión de Orlov en España no es la primera a la que tiene que enfrentarse este joven que antes de llegar a nuestro país ha recorrido ya muchos lugares. Con tan sólo 18 años se traslada a Moscú junto a su familia y en 1916 es llamado a ingresar en el Ejército ruso, en el que, por su origen judío, no puede aspirar al rango de oficial.
Tras la Revolución Rusa se afilia al partido bolchevique y, más tarde, comienza a trabajar como ayudante del fiscal del Tribunal Supremo Soviético. Su buen hacer le lleva directamente a la OGPU -el antecedente inmediato de la NKVD- y en 1925 se convierte en comandante de la Guardia fronteriza. Su trabajo en la policía soviética le lleva a realizar varias misiones fuera de la URSS con el nombre falso de León Nikolaiev. Su primer destino es París, donde permanece hasta 1928 y más tarde Berlín, Londres e incluso Estados Unidos.
En septiembre de 1935 regresa a Moscú y al año siguiente es nombrado miembro del comité de élite encargado de asesorar al Politburó en cuestiones de inteligencia internacional. Stalin ya dispone de referencias sobre su trabajo tiene en buena estima a este joven trabajador.
Es entonces cuando el jefe NKVD, Genrij Grígorievich Yagoda designa para una nueva misión en España. Su tarea principal en la península Ibérica consiste en poner en marcha un sistema de espionaje y contraespionaje para el Gobierno republicano, además de organizar grupos de guerrilla que luchen contra las líneas enemigas. Es entonces cuando decide adoptar el seudónimo con el que será recordado: Alexander Orlov, el nombre de un escritor ruso del siglo XVIII. El 10 de septiembre de 1936 sale con su familia hacia París, y cinco días después emprende el viaje hacia Barcelona.
Como señala el historiador Burnett Bolloten es “muy probable” que entre los altos oficiales soviéticos que a veces acompañaban a Rosenberg, el embajador en España, en sus visitas diarias a Largo Caballero, estuviese Alexander Orlov, “quien sin duda observaba atentamente las actitudes de los principales diplomáticos soviéticos. Hay que suponer que si Rosenberg no ejecutaba la política soviética con suficiente energía o se aventuraba a criticar los métodos de la NKVD en España, como -según Walter Krivitsky- habían hecho el general Berzín y Arthur Stashevsky, su conducta irregular sería comunicada a Moscú inmediatamente. Esto quizá explique por qué Orlov no hace ninguna referencia en su Historia secreta de los crímenes de Stalin, ni en ningún otro testimonio oral o escrito durante los 35 años que vivió exiliado en Estados Unidos, a la orden de volver a Moscú que recibieron éstos, después de la cual desaparecieron sin dejar rastro”.Porque en España, como no podía ser de otra manera, también hubo procesos de Moscú. Muchos de los militares que habían sido agregados al Estado Mayor del Ejército español en calidad de asesores, fueron llamados a Moscú y fusilados sin juicio de ninguna clase. Solo Stalin sabía quienes estaban en la lista negra.
Al acabar la Guerra Civil, las depuraciones afectaron a todos y cada uno de los testigos de la operación Nikolai. Así se conoció, en los archivos soviéticos, al proceso que acabó con el secuestro, tortura y asesinato de Andreu Nin. primero en la checa de la ronda de Atocha y después en la checa improvisada en un pequeño hotel del matrimonio Hidalgo de Cisneros-De la Mora Maura, en Alcalá de Henares. Como relata José María Zavala, “Orlov y su banda se cebaron con la enfermiza naturaleza de Nin. Emplearon con él el llamado método seco, un acoso brutal ininterrumpido en jornadas de 10, 20 y 40 horas, durante las cuales los verdugos proferían constantes amenazas e insultos a su debilitada víctima, intentando que claudicara y se confesase espía de Franco”.
Si Nin nubiese renunciado, Stalin habría abierto en España un proceso similar a los que acabaron en Moscú con la vida de los bolcheviques fieles a Lenin. Como Nin no capitulaba, “Orlov y sus secuaces se afanaron en despellejar el maltrecho cuerpo para seccionar mejor sus miembros en carne viva. Ni siquiera así pudieron subyugar su voluntad para arrancarle una falsa confesión”.
Llegados a este punto, la supervivencia de Nin, o el hallazgo de su cadáver, equivaldría a reconocer públicamente que Stalin y sus agentes de la NKVD “eran unos asesinos protegidos por sus cómplices comunistas del PCE y del PSUC”, en palabras de Zavala. Destacados dirigentes del PCE señalaron posteriormente que el caso Nin constituye “el capítulo más negro” de la historia del partido.
El Gobierno de Negrín -que no tuvo noticias de Nin hasta que fue demasiado tarde, prueba de la gran operatividad de la NKVD en zona leal después de los sucesos de mayo de 1937- había promovido, con el apoyo de Stalin, la celebración de un juicio contra los dirigentes del POUM. El proceso dictó sentencia el 29 de octubre de 1938, declarando culpables a Gorkin, Andrade, Adroher, Bonet y Arquer del delito de rebelión por su participación en las jornadas de mayo en Barcelona.
Años después, sometido al interrogatorio del FBI, Orlov negó bajo juramento su participación en el asesinato de Nin. A la pregunta de si él haba dispuesto la muerte del cerebro mediático del POUM, Orlov dijo que no, pues “en ese caso Rusia habría resultado desacreditada a los ojos del mundo”. Y añadió que “Stalin había ordenado el asesinato de Nin, la orden fue ejecutada por un ruso llamado Bolodin”, quien, supuestamente, había sido condecorado con la Orden de Lenin nada más llegar a Moscú. Como señala Zavala, «”declaración de Orlov revelaba que fue Stalin quien firmó de su puño y letra la sentencia de muerte de Nin, pero Orlov mintió cuando trasladó la responsabilidad del crimen al supuesto agente Bolodin, cuyo nombre no aparecía además en los archivos del KGB”.
La prueba definitiva de la implicación de Orlov es el informe que él mismo envió a Moscú el 24 de julio de 1937, en el que describía los detalles de una operación cuyo nombre clave era Nikolai. Orlov se refiere a Nin como el “objeto” o la “mercancía” que había que transportar desde el chalé de Alcalá de Henares hasta el lugar donde fue enterrado. Los agentes de la NKVD implicados aparecen identificados por sus iniciales. Entre ellos había, al menos, dos agentes de la Brigada Especial de Madrid cuyos nombres completos -pese a pistas notorias- permanecen todavía hoy en el anonimato.
El 9 de julio de 1938, un año después del asesinato de Nin, Alexander Orlov recibe un telegrama de Yekhov desde la central de la NKVD en Moscú. El nuevo jefe de la policía secreta -Yagoda ha sido eliminado- le ordena que se presente de inmediato en París. Allí, habrá de tomar un coche de la embajada soviética y dirigirse hasta Amberes para encontrarse con el barco ruso Svir el 14 de julio, a bordo del cual mantendría una importarte reunión con un visitante de Moscú. A Orlov, como dice Zavala, “algo le olía mal”.
Incluso el propio Orlov señala en sus memorias: “La llamada no tenía ningún sentido operativo y leí bien claro que se estaba preparando una trampa para atraparme, cuando yo era inocente. La purga del aparato que estaba en marcha buscaba sacrificarme. Sabía que mi destino había sido decidido y que me aguardaba la muerte. Y todo ello, pese a haber puesto en peligro mi vida por el partido y la causa”.
El 11 de julio, Orlov y su traductora, Soledad Sancha, se dirigen desde Barcelona al sur de Francia para recoger a la señora Orlov y a su hija, que residían allí. Luego parten todos juntos hacia París, donde se registran en un hotel. Orlov ya había puesto al corriente del peligro a su esposa y le había confiado su decisión de romper con Stalin. Después acuden a la embajada norteamericana, pero el ministro plenipotenciario William Bullitt se encuentra fuera de la ciudad, al ser la víspera del aniversario de a toma de la Bastilla.
“Los Orlov necesitaban que alguien les diese asilo cuanto antes. Sus vidas estaban en juego tras desafiar al mismísimo Stalin”, resume Zavala. Así que se dirigen a la embajada canadiense, donde Alexander Orlov presenta su pasaporte soviético -pese a la inexistencia de relaciones diplomáticas entre les dos países- y alega que pretende viajara Estados Unidos para hacer negocios oficíales y que desea entrar a través de Canadá. Desde París, los Orlov viajan hasta Cherburgo y embarcan en un buque canadiense. Apenas transcurrida una semana, el 21 de julio llegan a Quebec y toman un tren hacia Montreal.
Una vez allí, Alexander Orlov redacta una carta manuscrita de 37 páginas dirigida a Stalin, con copia para Yekhov.
Dice Orlov en sus memorias: «Le decía a Stalin -quien me conocía personalmente desde 1924- todo lo que yo y cualquier persona honrada pensábamos de su régimen. Pero el principal propósito de mi carta era salvar la vida de mi madre y la suegra. Esto no lo podía lograr apela sentimientos humanitarios de los que carecia por completo el tirano. Recurrí a otro procedimiento que -estaba seguro de ello— entendería perfectamente Stalin: le previne de que si se atrevía a vengarse de mi utilizando a mi madre o a la madre de mi mujer, publicaría todo lo que sobre él. Para demostrarle que mi intención era verdadera, escribí una lista de sus crímenes y la añadí a la carta. También le advertí que si sus esbirros me asesinaban, sus crímenes serían publicados inmediatamente en todo el mundo por mí abogado. Conocía bien a Stalin y estaba convencido de que mi advertencia surtiría efecto”.
El 13 de agosto de 1938, un mes después de su fuga de España, Orlov entra en Estados Unidos cor visado diplomático que le fue concedido por el jefe de la legación norteamericana en Ottawa, al que refirió su ruptura con Stalin.
“Durante 14 años prosiguió la gran cacería en la que yo debía debía de haber sido la víctima. De parte de Stalin había una colosal influencia política y jaurías de agentes secretos que me seguían la pista. De mi parte sólo contaba con mí propia habilidad para prever y descubrir sus tretas, y la devoción y el valor de mi esposa y de mi hija”, escribe el hombre que a asesinó a Nin por orden de Stalin.
A principios de 1953, el matrimonio Orlov considera que sus madres habrán fallecido y que, por tanto, es posible publicar unas memorias. En febrero entablan conversaciones con uno de directores de la revista estadounidense Life sobre la publicación de una parte del relato. Y entonces muere Stalin.
“Me decepcionó enormemente que no hubiera vivido un poco más para que hubiese visto cómo se enteraba el mundo entero de la historia secreta de sus crímenes y que se hubiera dado cuenta de que todos sus esfuerzos por ocultarlos habían resultado inútiles”, dice. En Life se publican cuatro fragmentos de las memorias de Orlov en abríl de 1953. Veinte años después de haber comenzado a depurar por encargo, retirado del escenario del terror desde 1938, Orlov agradece “la oportunidad que les ha dado Life a las víctimas inocentes de los procesos de Stalin de expresarse en voz alta y dejar en estas páginas sus últimas palabras que habían sido asfixiadas por los impenetrables muros de la prisión de Lubianka”.
Añade que la muerte de Stalin “no ha disminuido la amenaza que pesa sobre mi vida. El Kremlin guarda celosamente sus secretos y hará todo lo que esté en su poder para destruirme, con objeto de amedrentar a otros altos funcionarios que pudieran sentir la tentación de seguir mi ejemplo”.
Los Orlov se asentaron finalmente en Massachussetts. Alexander adoptó el nombre de William Goldin, de profesión comerciante. El miedo le persiguió toda su vida, desde Boston a Cleveland en una huida constante que concluyó, para Maria Orlov, en 1971, después de un ataque al corazón. Como escribe Zavala, “era la primera vez que Orlov se encontraba a solas con sus propios remordimientos”. El 7 de abril de 1973, el delicado corazón de Orlov dejó de latir.

4 comentarios en “Alexander Orlov (1895-1973) un comisario politico en la guerra civil

  1. Tras la “desaparición” de Andreu Nin, sus correligionarios hicieron manifestaciones callejeras donde preguntaban a gritos: ¡¡¡donde está Nin!!!
    a lo que la prensa roja controlada por los esbirros de Stalin respondían: En Roma o en Berlín. Dando a entender que se “había pasado al enemigo fascista”
    Este artero procedimiento de intoxicación, es una prueba concluyente de la intervención de los servicios secretos soviéticos en la desaparición.
    Creo que hace unos años, en unas obras efectuadas en terrenos de la Brigada Paracaidista en Alcalá de Henares, aparecieron unos restos que podían pertenecer a Andreu Nin. Y en lugar de investigarlo, y que un estudio forense pudiera de terminar las circunstancias de su atroz muerte, se echó tierra sobre el asunto -en la doble acepción del concepto- una vez que se tuvo la seguridad que aquellos restos no eran de una “víctima del franquismo” y por ello no tenía interés para los bien subvencionados sabuesos de la “Memoria Histórica”
    Al igual que ha sucedido en otras muchas ocasiones, cuando se comprobaba que los restos aparecidos eran de víctimas asesinadas por el Frente Popular.

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  2. Lo más desconcertante es que el PCE de Santiago Carrillo – auténtico brazo de Stalin en España – haya sido considerado por tantos españoles como luchador por la democracia contra la dictadura franquista

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