Operación Keelhaul – Javier Soriano

Cuando se cumple el 75 aniversario de la rendición de Alemania en la Segunda Guerra Mundial y, con ello, el fin de esta guerra en Europa, es conveniente recordar a aquellos que se sienten orgullosos de los cien años de comunismo que uno de los crímenes más controvertidos en los últimos compases de esta guerra e inicios de la Guerra Fría fue el cometido por el régimen comunista de la Unión Soviética entre 1945 y 1947, con el asesinato de alrededor de un millón de rusos, ucranianos, bielorrusos y otros eslavos, y que se llevó a cabo con la colaboración de las autoridades estadounidenses, británicas y francesas, en la conocida como “Operación Keelhaul”.

En Febrero de 1945 tuvo lugar la Conferencia de Yalta entre los líderes soviético, estadounidense y británico. De los asuntos acordados en esta reunión, el más polémico fue el de la devolución de sus respectivos compatriotas en suelo del Tercer Reich, que se encontrasen en la zona controlada por otro de los ejércitos vencedores. El objetivo de estadounidenses y británicos era repatriar a sus soldados liberados de los campos de prisioneros en la Europa del Este, en tanto la URSS exigió también incluir en este intercambio a sus ciudadanos que hubiesen abandonado su territorio antes de 1938, se encontrasen donde se encontrasen, y hubiesen colaborado o no con las fuerzas del Eje. Los gobiernos occidentales, temiendo que sus soldados en manos soviéticas pudiesen sufrir represalias, decidieron llevar a cabo con el gobierno comunista la “Operación Keelhaul”, que posiblemente ha sido hasta ahora la mayor redada para una repatriación forzosa de la Historia. Con este acuerdo, las potencias aliadas se convirtieron en colaboradoras necesarias de los comunistas en la implantación del “Terror Rojo” al final de la Segunda Guerra Mundial. 

Durante el año 1945, barcos cargados de refugiados rusos, ucranianos y bielorrusos, partieron (a la fuerza) de puertos estadounidenses y británicos rumbo a Odessa y a la Península de Crimea. Una vez en su destino, agentes de la policía política (NKVD), desembarcaron a los repatriados forzosos para ejecutar directamente a los considerados peligrosos y deportar al resto a campos de trabajo. Fue tal la violencia empleada que incluso se llegó a fusilar a repatriados estando aún embarcados, como así ocurrió concretamente en los buques británicos SS Almanzora y SS Empire Pride. Francia fue la potencia aliada que más intervino en la “Operación Keelhaul”, porque albergó hasta setenta campos de prisioneros en su territorio, permitiendo que los agentes del NKVD tuvieran libertad de movimiento para entrar en los campos e incluso llegar a fusilar a disidentes, como así sucedió en el campo de Beauregard, siendo posiblemente el único episodio en la historia del siglo XX en el que los soviéticos cometieron crímenes al otro lado de su frontera occidental europea bajo el amparo legal de un gobierno democrático. 

A finales de 1947, las tensiones con la URSS, que derivaron en la conocida como Guerra Fría, pusieron fin a la “Operación Keelhaul”. Hasta entonces, más de 2 

millones de antiguos ciudadanos soviéticos habían sido repatriados a la fuerza, de los cuales alrededor de un millón fueron asesinados por el NKVD o murieron en los campos de trabajo. Y a pesar de que los aliados occidentales cumplieron con lo acordado en la Conferencia de Yalta, la URSS devolvió a muy pocos soldados a su patria, quedando en su territorio unos 30.000 británicos, 23.500 estadounidenses y algunos franceses. Sólo al producirse el colapso de la URSS en 1991, los estadounidenses y británicos pidieron perdón oficialmente a las víctimas por su colaboración con los soviéticos en esta Operación.

Como consecuencia de estos crímenes, masacres como las de Judenburg o de Bleiburg, y tantas otras cometidas por los comunistas, con millones de personas asesinadas, el Parlamento Europeo aprobó el pasado 19 de septiembre de 2019 una Resolución sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa, que condena tanto los crímenes cometidos por el régimen nazi como el comunista, equiparando a ambos regímenes totalitarios y genocidas. Y aunque es cierto que las Resoluciones del Parlamento europeo no son vinculantes, sino meras declaraciones políticas, los comunistas, si tan demócratas se consideran, no deberían enorgullecerse de sus 100 años de historia cimentados sobre acciones criminales y vergonzosas, y pedir perdón.

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