LAS CAUSAS DE LAS CRISIS – Laureano Benítez Grande-Caballero.

LAS CAUSAS DE LAS CRISIS

Por Laureano Benítez Grande-Caballero.

«Nosotros buscamos las causas de la crisis, pero la más profunda y la más evidente no se la nombra. A riesgo de provocar vuestras risas, de todos modos, yo os la cito: es Satanás, que está aquí en medio de nosotros» (Mons. François Nestor Adam, Obispo de Sion, en su intervención, el 2 de octu- bre de 1971, en el Sínodo que se realizó ese año).

Desde que empecé a incluir que la crisis del coronavirus nos llevaría al confinamiento en nuestras casas, con el fin de evitar la exposición al paso del ángel exterminador del maléfico virus, he tenido viva en mi mente la escena de aquella terrible noche en la que un ángel exterminador recorre las calles de Egipto asesinando a los primogénitos, salvándose únicamente quienes tenían en los dinteles de sus casas la sangre de un cordero.

Tremenda metáfora, dantesca escena plenamente aplicable a los desasosegantes tiempos actuales, donde una humanidad atemorizada se clausura en sus hogares por miedo a contagiarse con el maléfico virus.

Desde luego, no es la primera vez en la historia que el ser humano se enroca en su miedo a sufrir alguna pestilencia, ya que las plagas han sido un fenómeno recurrente en el devenir humano, pero la inmensa escala a la que está teniendo lugar la peste del coro- navirus en un mundo habitado por casi 8.000 millones de personas la convierten en un suceso único en la historia, con tintes verdaderamente apocalípticos.

Junto a su gigantesca expansión, destacan también en esa pandemia dos hechos muy significativos: estamos ante una epidemia de muy baja mortalidad, con un cuadro sinto- mático un leve ― comparada con otras muchas más mortíferas, que protagonizaron tre- mendos desastres demográficos―, y, especialmente, que en la actualidad el ser humano posee una tecnología perfectamente capacitada para crear el agente que la provoca, algo completamente inusitado en otras épocas históricas, donde los agentes patógenos eran perfectamente naturales.

Si a esto le añadimos que también poseemos en la actualidad unas mentes lo sufi- cientemente diabólicas como para emplear esos agentes mortíferos con la intención de causar daño a la humanidad, esta pandemia del coronavirus ―al igual que otras que la precedieron en menor escala― presenta unas características que la hacen altamente sos- pechosa de haber sido provocada.

¿Por quién? En un mundo donde no cae una hoja al suelo sin que lo dictamine la mafia luciferina que maneja el cotarro en este Planeta, es absurdo pensar que los aconte- cimientos catastróficos que afectan a la humanidad en su conjunto no están diseñados y planificados por la élite psico y sociopática obsesionada por el globalismo y el Gobierno Mundial.

La historia de la humanidad es muy sencilla de explicar, y se podría resumir con brevedad diciendo que es la lucha del Bien contra el Mal, de la luz contra las tinieblas, de ángeles contra demonios, de Dios contra Satanás. Esta conflagración apocalíptica puede revestirse de la apariencia de guerras, revoluciones, catástrofes naturales, hambrunas, cri- sis económicas, pandemias… pero el trasfondo es siempre el mismo: cielo contra infierno.

Y, de igual manera que Dios se sirve de sus santos para llevar adelante su plan salvador tendente a asegurarnos la bienaventuranza eterna, el Príncipe de las Tinieblas ha reclutado, desde el Big Bang, a un conjunto de personajes siniestros, absolutamente per- versos, que son los encargados de ejecutar sus planes destructores.

Es así como ha surgido la «Sinagoga de Satanás». Consistente en un contubernio de poseídos por las fuerzas infernales que, desde su origen en las cavernas babilónicas y las esfinges de Egipto, se han transmitido de generación en generación los ritos iniciáti- cos, mediante los cuales sirven al inframundo, ejerciendo de agentes del Tártaro a cambio de unas prebendas, de unos favores, consistentes en la conquista del poder y la riqueza.

Es por ello por lo que, a esta horrenda camarilla pertenecen las figuras más señeras de la humanidad, en el campo de la economía, la política, el entretenimiento, y los medios de comunicación. Ya que, al ser colocados en los lugares más relevantes de las actividades humanas, tienen el poder que ambicionan, pero, a su vez, desde sus altos cargos laboran incansablemente para llevar a la humanidad hacia el NOM, que entronizará al Anticristo, vicario de Satanás.

Es elemental: tenemos a un personaje que ambiciona fama, poder, riquezas, glo- ria… dominio, en una palabra, y para satisfacer estas pasiones hace un pacto mefistofélico con las tinieblas. Las cuales le otorgan estos dones, pero a cambio no sólo de su alma, ya que también le exigen a estos posesos que les consigan almas para llevárselas al reino del nunca-jamás.

Digámoslo sin reparos ni remilgos: la verdadera lucha que el Mal entabla con el Bien es la disputa de las almas, la contienda por ver si la luz se las lleva a las esferas celestiales, o la Oscuridad las abduce a los pozos infernales.

Y la estrategia luciferina para apropiarse de las almas es siempre la misma: sembrar el desorden, la confusión, el caos, el miedo, subvirtiendo los sistemas establecidos sobre valores naturales y morales, con el fin de dejar al individuo en una situación de total desamparo que le convierta en una fácil presa para el mundo, el demonio y la carne.

Porque el caos lleva a la muerte, y los episodios catastróficos de guerras y pande- mias producen un elevado número de víctimas, una mortandad considerable y muchas veces repentina que dificulta la reconciliación del alma un Dios, objetivo principal del Señor de las Moscas, que tiene así mucho más fácil poseerla.

Esta historia está magníficamente explicada en la Carta a los Efesios de San Pablo:

«Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Princi- pados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio».

Esta gigantesca refriega es la que opera entre bambalinas de los episodios más im- portantes de nuestra historia. Porque esos espíritus del mal que emponzoñan los espacios, que envenenan el aire, no son solamente esos engendros horribles que pueblan pesadillas y húmedas tentaciones, también se pueden incluir en esta categoría demoníaca a esos seres monstruosos que, a pesar de su aspecto microscópico, infectan con su pestilencia mortífera a la humanidad: los virus.

Dirán que soy conspiranoico, pero es un hecho para mí muy claro que los virus son seres maléficos, perversos, satánicos, totalmente malévolos, cuyo único objetivo es infec- tar las células inoculando en ellas su maligno ADN para matarlas reproduciéndose a su

costa. Hay bacterias buenas, pero los virus son de una malicia absoluta, y por eso pueden considerarse creación diabólica.

Virus los ha habido siempre, pero con el avance de la medicina ―en especial las vacunas―, su poder mortífero estaba en franca decadencia, como sucede con la viruela y el sarampión, dos pandemias de amplia raigambre histórica que han diezmado con fre- cuencia a la población mundial, junto con el cólera, el tifus…

Y la peste, la reina de las epidemias, de fulgurante malicia, que aniquila a un ser humano en dos o tres días ―incluso en horas―, cuya apoteosis tuvo lugar en la apoca- líptica pandemia iniciada a partir de 1348, que aniquiló a más de 100 millones de personas en todo el mundo, de los cuales 25 correspondieron a Europa ―un tercio de su pobla- ción―.

Pero, como ya no queda prácticamente ninguno de esos virus «históricos», asisti- mos al sospechoso fenómeno de la aparición en tiempos recientes de un conjunto de epi- demias causadas por extraños virus que surgen de la nada, y arrasan con todo lo que pue- den antes de desaparecer o quedar latentes. Vacas locas, grite aviar, gripe porcina, SIDA, Ebola, Zika, SARS… y ahora asistimos al dantesco espectáculo del coronavirus.

En un mundo altamente tecnificado, donde existen laboratorios de biotecnología capaces de crear microorganismos en sus siniestras retortas para usarlos como armas bac- teriológicas y virológicas, y donde el mal que infecta a las élites satánicas que controlan el mundo es absolutamente pasmoso, no hay que caer en la conspiranoia para sospechar que esa nueva generación de virus puede haber sido creada a propósito para conseguir oscuros fines, que, por supuesto, van encaminados a la facilitación del NOM.

Y no es que esto sea una mera sospecha o posibilidad, ya que es un hecho plena- mente demostrado y documentado que todos los virus que antes hemos mencionado tie- nen su patente respectiva, lo cual quiere decir que han sido fabricados. Otro factor impor- tante a tener en cuenta es que los prebostes de las empresas multinacionales en el campo de la farmacéutica, del material sanitario, y de las dedicadas a la biotecnología forman parte de esta casta luciferina correveidile de Lucifer.

La élite diabólica del NOM siente un profundo asco por las masas, una patológica falta de empatía por la humanidad, pues para ese perverso contubernio somos un despre- ciable rebaño, una muchedumbre de esclavos lobotomizados, pura mercadería, carne de cañón para sus experimentos apocalípticos, una fauna molesta que hay que reducir al má- ximo.

Basta solamente con utilizar el sentido común para comprender que, unos persona- jes absolutamente malvados que han sido capaces de construir armas nucleares que pue- den destrozar la humanidad varias veces, que han diseñado y ejecutado guerras devasta- doras, que han protagonizado sangrientas revoluciones para liquidar el orden natural del mundo y la civilización cristiana occidental, que provocan crisis económicas demoledoras que llevan a la ruina y al hambre a amplias capas de la población, que fumigan los cielos con sustancias ponzoñosas para cambiar el clima en orden a causar sequías y para ―dicen algunos― hacer menos fértil a las poblaciones, que ya conspiran directamente y sin ta- pujos con la manipulación de las mentes y la liquidación física de las personas a través del letal 5G que asoma ya en el horizonte…

Es suficiente, en suma, tener un poco de sentido crítico para comprender que a este siniestro contubernio le importa una higa la suerte de la humanidad, y no solamente eso, sino que están haciendo todo lo posible desde hace mucho tiempo para liquidarla.

Este odio a la humanidad tiene sus ideólogos, sus tecnócratas, sus libros, sus fo- ros… un conjunto de personajes siniestros imbuidos de un odio obsesivo a la humanidad, que podemos catalogar como «nutjobs» ―«chiflados»―, capaces de hacer afirmaciones que producen a la vez pasmo y terror.

En 1955, Alan Gregg, de la Fundación Rockefeller ―¡cómo no!―, describió, por primera vez, el género humano como un «crecimiento cancerígeno» sobre el planeta Tierra que podría con el tiempo destruirse: «La superpoblación es un cáncer; nunca he oído que un cáncer se curara alimentándolo».

Christopher Manes, aspirante a «¡Earth First!», afirma que «La extinción de la es- pecie humana no sólo es inevitable, es una buena cosa». En esa misma línea, Maurice Strong sentencia que «¿No es la única esperanza para el planeta que las civilizaciones industrializadas colapsen? ¿No es nuestra responsabilidad que eso suceda?».

Y observen esta frasecita del demente genocida Robert MacNamara, obsesionado por el control de la población, que fuera secretario de defensa con Kennedy y con John- son, responsable principal de la guerra del Vietnam, un ser de una malignidad imposible de describir: «Creo que la raza humana tiene que pensar en los asesinatos. ¿Cuánto mal se debe hacer con el fin de hacer el bien?».

Estos gurús antropófobos, imbuidos de neomaltusianismo y ecologismo exacer- bado, lanzan sus manifiestos de odio impunemente, con el aplauso de los poderes globa- listas a cuyo servicio bailotean impúdicamente:

«Si no hay suficiente comida para alimentar el excesivo número de gente (los po- bres, las masas) ellos deben ser lanzados fuera de la borda (asesinados por guerras o epidemias). Estos “razonamientos” proveen una justificación para controlar la curva del crecimiento poblacional y la destrucción del exceso de población por cualquier medio, incluyendo las guerras, los genocidios, las epidemias, las hambrunas, las depresiones económicas y hasta el terrorismo». (Pearce and Turner, 1995).

Como se puede observar en esta tremenda declaración, las epidemias también están incluidas en la estrategia de las carnicerías, porque ¿le temblará acaso el pulso a estos psicópatas para crear virus letales que sirvan a sus fines conspiradores?

Una mente tan pervertida y corrupta como la que tienen estos gerifaltes diabólicos, ¿renunciará acaso a la posibilidad de utilizar sus perversas creaciones de laboratorio para crear pandemias que contribuyan a la instauración de su maquiavélico Gobierno Mun- dial?

El coronavirus actual fue elaborado en Wuhan, al parecer con tecnología francesa y canadiense.

Resulta asimismo esclarecedor que en esa ciudad de 11 millones de personas haya laboratorios de bioingeniería ligados al omnipresente George Soros y a Bill Gates, del que es ampliamente conocida su actividad en el campo de las vacunas, los transgénicos y la agroquímica: ¿casualidad?

¿Es también casualidad que el Foro de Davos, que tuvo lugar en octubre de 2019 en nueva York, realizara el 18 de ese mes un simulacro de una epidemia de coronavirus, con la participación del Johns Hopkins Center for Health Security y de la Bill & Melinda Gates Foundation?

El objetivo explícito del ejercicio realizado en Nueva York era planificar la res- puesta de ciertas transnacionales y gobiernos ante una pandemia de coronavirus, cuando nada permitía predecir el inicio de la epidemia detectada en la ciudad china de Wuhan a inicios de diciembre.

En el simulacro participaron destacadas personalidades de varias instituciones y or- ganismos, como Sofía Borges ―vicepresidenta de la Fundación de las Naciones Unidas, Brad Connet, ―presidente del grupo Henry Schein, líder mundial de la producción de material médico―, George Gao ―director del Centro de Control y Prevención de Enfer- medades de la República Popular China―, Avril Haines ―ex directora adjunta de la CIA y ex miembro del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, bajo la administra- ción Obama, etc… y la Fundación Bill&Melinda Gates, por supuesto.

¿Es un hecho simplemente anecdótico que en un capítulo de los Simpson también apareció un contubernio que planificaba un ataque viral a humanidad? ― recordemos que esta famosa serie también mostró en un episodio la destrucción de las Torres Gemelas, como telón de fondo un tanto disimulado―.

Las sospechas se hacen realmente desasosegantes si se tiene en cuenta que el virus ha ido a aparecer en el país más poblado del mundo, y justamente en vísperas de la fiesta del Año Nuevo chino, la cual produce millones de desplazamientos a lo largo de todo el país. ¿Más casualidades?

Las preguntas saltan por sí solas. Para empezar, se nos dice que la culpa es de los chinos, que comen murciélagos, pangolines, y no sé qué especies exóticas más.

Y bien, ¿los chinos siempre han comido esos animales, o han empezado a hacerlo ahora, justo cuando disponen de mayor bienestar, y no les hace falta incluir especies as- querosas en su dieta? Si llevan siglos comiéndolos, ¿por qué justo ahora resulta que un pangolín infectado origina el caos mundial? ¿Por qué el virus del SIDA también se asoció a otro animal ―el mono―, y luego tenemos a las vacas locas, la gripe aviar, la gripe porcina…? ¿Por qué estuvo en el simulacro pandémico del Davos pasado el director del Centro de Control y Prevención de Enfermedades de la República Popular China?

Con todo lo expuesto, tenemos unas mentes criminales, y un arma de destrucción masiva ―aunque creará más caos y crisis económica que mortandad―, creada por ellos mismos.

Todo encaja a la perfección, y más cuando, en un artículo posterior, expongamos los motivos que tienen estos personajes para lanzar la pandemia del coronavirus y qué es lo que pretenden conseguir con ella.

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