Carlos III, un rey que daba las riquezas a los pobres y por el que se pegaban los catalanes – Miguel Zorita

Bajito, cuarentón, de ojos pequeños y nariz prominente, desembarcó en el puerto de Barcelona en 1759

La reciente visita del rey Felipe VI a Barcelona ha generado las más diversas reacciones, por ello, quizá sea oportuno recordar un episodio histórico de un rey y Cataluña. Hablamos de la llegada de Carlos III al puerto de Barcelona allá por 1759.

Pongámonos en situación. El 7 de octubre de aquel año, un rey bajito, cuarentón, de ojos pequeños y nariz prominente desembarcaba en el puerto de Barcelona. Habían pasado 45 años desde que su padre había limitado las libertades catalanas tras asediar Barcelona en 1714.

Con ese ambiente, lo lógico era imaginar que cuando, Carlos III se personase en Barcelona, el recibimiento no iba a ser precisamente cariñoso… Sin embargo no fue así. Cataluña se volvió loca por el rey.
Carlos III venía de Nápoles donde había alcanzado la suficiente experiencia en el trono como para reinar sin liarla tanto como sus antecesores y desde luego hacerlo francamente mejor que muchos de sus sucesores. Los gestos y actos simbólicos fueron su gran baza en este asunto.
Lo lógico y natural es que viniendo de Nápoles Carlos III hubiese desembarcado en Cartagena o Alicante pero puso rumbo a Cataluña. Este cambio en el viaje propició la alegría general en Cataluña.
Uno de sus primeros actos fue reunirse con la Junta de Comercio desarrollando así reformas muy favorables para España, pero sobre todo para la burguesía de Barcelona, a los nobles se les volvió a permitir llevar armas, e incluso se concedió un perdón en el pago de impuestos al catastro.

El ayuntamiento de Barcelona hablaba de cómo los nobles catalanes estaban “ansiosos de rendir servidumbre” al rey.

Esto generó vítores que decían: “¡Viva Carlos III, el verdadero!”, reconociendo así que el archiduque Carlos de Austria, enemigo del padre de Carlos III en la guerra de sucesión, era un rey de pacotilla y que el bueno era el borbón.
Por la correspondencia epistolar entre el monarca y su madre, Isabel de Farnesio, sabemos que el rey estaba: “muy satisfecho de todo este pueblo, que hace locuras”. Igualmente en las cartas que reina María Amalia de Sajonia, escribió al primer ministro napolitano Bernardo Tanucci, se insiste en que “Hace el país locuras de contento”.
Por si esto fuera poco, el ayuntamiento de Barcelona escribió una crónica de aquella visita en la que se comparaba a Carlos III con Jasón y los Argonautas y se describió el desembarco como “un perpetuo regocijo”, “constituyéndose en Barcelona un paraíso”.

La guinda del pastel llegó en Lérida, donde el rey rechazó con indignación un costosísimo regalo que el obispo de la ciudad le hizo en concepto de joyas y no porque semejantes riquezas no fuesen suficientes, sino porque según dijo “Los obispos no tienen que dar, que todo es de los pobres”.
Si la locura ya era general con aquel gesto se desató el fanatismo que llegó incluso a las manos cuando llegando a territorio aragonés se desató una bronca que ha pasado a la historia. El ayuntamiento de Barcelona lo narró así:
“en la misma bajada de Fraga se movió una reñida y gloriosa competencia entre los naturales de ambas provincias, que iban sirviendo con inmediación a los coches de las personas reales, porfiando unos y otros sobre a quién tocaba detener y contrabalanzar las ruedas del coche de sus majestades. Alegaban los aragoneses la propiedad del terreno, se apoyaban los catalanes en la posesión y en el destino que no se les había revocado (…) Dirimió con felicidad (el rey) que unos ocupasen las ruedas de una parte y otros los de otra.”
Cuesta creer, pero como vemos hubo un tiempo en el que los catalanes se pegaban por el rey y el rey daba las riquezas a los pobres.

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