La emboscadura – Jünger

La emboscadura

Antonio Escohotado, uno de los primeros pensadores españoles en divulgar la obra de Jünger, describió La emboscadura en una reseña disponible (bajo dominio público) en su web que se cita a continuación:

“Abrumados por la derrota y la miseria, no menos que por su responsabilidad en el Holocausto, los alemanes inauguraban una democracia muy vigilada, escindidos en hermanos irreconciliables por exigencias de la Guerra Fría. Y en ese clima –de terror, confusión, verguënza y baño propagandístico- Jünger redacta un majestuoso himno a la dignidad humana: La emboscadura (1951).

Desde los antípodas del ánimo patético y el victimismo, recuerda que el tema de nuestra vida sigue siendo resistir a la opresión, sean cualesquiera sus formas, y que de mantener dicha resistencia se derivan innumerables alegrías y cumplimientos. Dicha respuesta recae ahora sobre una figura que Jünger bautiza como el Emboscado, cuya esencia es “la persona singular soberana”.

“El auténtico problema es que una mayoría no quiere la libertad y aun le tiene miedo. Para llegar a ser libre hay que ser libre, pues la libertad es existencia, concordancia consciente con la existencia, y es el placer, sentido como destino, de hacerla realidad. (La emboscadura).”

Esta obra expone que la libre acción es el único poder que vence al miedo, si bien sólo allí donde además de resistencia al soborno o a la coacción es también “placer”, disfrute de sí misma. La emboscadura examina diversas estrategias de guerrilla para oponerse a lo intolerable -aliado primario del miedo-, llamándolo “crueldad” o violencia gratuita. Estas premisas son una declaración de guerra al gregarismo y a la propaganda, por no decir que una declaración de guerra a la autoridad coactiva en general. Pero resistir viene de que los emboscados se vacunaron contra el nihilismo –al expulsar de sus pechos el resentimiento ante la necesidad de morir-, y gracias a ello topan con fuentes de vida que ofrecen “manantiales de abundancia, veneros de poder cósmico”. Fuere cual fuere su suerte particular, “son conscientes de la inatacable profundidad […] y la plenitud del mundo”. Eso funda en ellos ánimos de benevolencia, como funda el amor de los padres propia estima en los hijos. Las líneas finales del libro, que resumen el paisaje deparado por el bosque, dicen así: “Lo grisáceo, lo polvoriento, se adhieren únicamente a la superficie. Quien cava más hondo alcanza en cualquier desierto el estrato donde se halla el manantial. Y con las aguas sube a la superficie una fecundidad nueva”. (Goce y exigencias de la libertad, 2003).

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