Un carlista singular: Juan Vázquez de Mella y el sociedalismo – Antonio Manuel Moral Roncal

En el centro de Madrid existió una plaza dedicada a Juan Vázquez de Mella que, en julio de 2015, el ayuntamiento madrileño decidió su cambio de nombre, dedicándola a Pedro Zerolo, concejal del PSOE y activista LGBT. El cambio no provocó, como en otros casos, ningún agrio debate entre los diferentes grupos políticos. Vázquez de Mella (1861-1928) apareció enclaustrado en un tiempo y espacio ya, definitivamente, histórico.

Pero en su época fue un conocido político carlista, llegando a ser tildado de “verbo de la Tradición”. Diputado por Navarra entre 1893 y 1919, este periodista y abogado asturiano consagró su vida a la concreción y exposición del pensamiento carlista pero, paradójicamente, no llegó a escribir compendios doctrinales. Su obra la expresó a través de artículos de prensa y en los discursos que escribió en sus cuarenta años de vida pública. Tras su muerte se publicaron sus obras completas en treinta volúmenes, en cuyas introducciones se le alabó por dotar al pensamiento tradicionalista de de unidad y carácter orgánico, al estructurar científicamente sus elementos.

En sus intentos por restaurar lo que denominó “la persona colectiva”, las clases sociales, mermando papel al Estado, Vázquez de Mella defendió el sociedalismo jerárquico con el objeto de que fuera la sociedad entera la que resolviera los grandes problemas pendientes del siglo XIX, como la cuestión social, la cual no podría jamás solucionarla el Estado. Afirmando la existencia de dos soberanías –la social y la política-, de acuerdo con la tradición escolástica y el pensamiento católico, los diversos entes sociales debían estructurarse dentro de una unidad jerárquica de la nación, que gobernaba el monarca, debidamente asistido por órganos competentes, según los usos de la tradición española.

Una sociedad así concebida no rechazaba la existencia de partidos políticos en principio aunque, al convertirse en escuelas permanentes y totales, habían dejado de ser corrientes sociales de opinión. En vez de trabajar por el bien de la nación, sus supuestos teóricos y doctrinales les enfrentaban, lo cual redundaba en perjuicio de España, clara evidencia del fracaso del sistema liberal. Mella defendió la idea de que las regiones eran entes sociales que, junto a las clases, debían interrelacionarse, integrándose en las más completas formas sociales que eran la Nación y el Estado. De ahí que, la verdadera representación en Cortes y la colaboración de la sociedad con sus gobernantes había de hacerse a través de grupos sociales, no de partidos políticos. Esta representación por clases fue uno de los pilares en los que apoyó su defensa de la democracia jerárquica frente a la democracia igualitaria. La primera, además, contaba para solucionar la cuestión social con la doctrina social de la Iglesia, en beneficio de los derechos de los trabajadores.

Mella criticó los nacionalismos catalán y vasco por presentar sus aspiraciones definidas siempre como “el problema de Cataluña” o el “problema vasco” cuando eran, básicamente, un problema español. Frente a ellos, Mella defendió el regionalismo nacional, que proclamaba la variedad de las regiones y la unidad de la nación, reservando a aquéllos el nombre de separatismo social, premisa del separatismo de Estado. Se opuso a los estatutos autonómico, defendiendo los fueros, al responder a la organización tradicional que armonizaba la libertad de los distintos grupos dentro de una unidad política superior. Defendió, para todas las regiones, la existencia de diputaciones y juntas, a modo de Cortes regionales, intermediarias entre el Estado y los municipios. Juntas que debían ser elegidas mediante el voto plural y por clases, de acuerdo con los intereses de los municipios.

A partir de 1919, se produjo una división del carlismo entre fieles al pretendiente don Jaime III y los seguidores de Vázquez de Mella. En el siglo XIX, la movilización popular contra el liberalismo y por la recuperación de un modo de vida idílico tradicional se había hecho más creíble al estar legitimada por la figura de un rey. Las ventajas que representaba el ideal monárquico, en su función cohesionadora del discurso político y de la misma comunidad militante, comenzaron a verse confrontadas con discrepancias estratégicas y con la creciente autonomía que reclamaban los compromisos ideológicos y las alianzas políticas del momento. Mella defendió siempre una unión de derechas, buscando la coincidencia con los afines como los mauristas, para implantar en España una serie de reformas que la sacarían de las dificultades en que se encontraba.

Esas reformas las tildó como programa de mínimos o programa parcial, que implicaba, de forma paulatina lo siguiente: la transformación del régimen parlamentario en representativo; la acentuación del principio regionalista; una reforma social, dentro del corporativismo (entendido como defensa de los grupos sociales frente a un Estado omnipotente), apoyada en los sindicatos; el establecimiento de un régimen de enseñanza neutro que no suprimiera la educación religiosa; la separación económica y administrativa de la Iglesia y el Estado. Ese posibilismo político, para algunos autores, fue el comienzo de su ruptura con la persona de don Jaime, lo que provoco la división del carlismo.

El pretendiente había apoyado la neutralidad de España durante la Primera Guerra Mundial y esperó que los carlistas también lo hicieran, pero, al estar aislado en Centroeuropa, sus órdenes no fueron totalmente conocidas. Mella arrastró a la mayor parte del partido hacia una posición favorable a los Imperios centrales frente a los Aliados. Don Jaime, al finalizar la guerra, exigió responsabilidades, lo que provocó la desafección mellista. Además, el político asturiano también rompió por desacuerdo con los pactos que había autorizado el pretendiente carlista con la Comunión Nacionalista Vasca, arrastrando a la mayor parte del carlismo vizcaíno al mellismo, provocando una serie crisis interna en el tradicionalismo.

Vázquez de Mella fue elegido para ocupar un sillón en las Reales Academias Española y de Ciencias Morales y Políticas, no llegando a tomar posesión en ninguna de las dos, por no haber redactado y leído el discurso de ingreso en el plazo reglamentario. A comienzos de 1925 le fue amputada una pierna, lo que le hizo recluirse desde entonces en su domicilio, falleciendo tres años más tarde, en medio de grandes penurias económicas, aliviadas por la ayuda de sus amigos.

El lector interesado puede acudir a:

-DE ANDRÉS, Juan Ramón: El cisma mellista. Historia de una ambición política, Actas, Madrid, 1999.

-MORAL RONCAL, Antonio Manuel, Las guerras carlistas, Madrid, 2006.

-MILLÁN, Jesús: “La retropía del carlismo. Referentes y márgenes históricos” en SUÁREZ CORTINA, Manuel (ed.), Utopías, quimeras y desencantos. El universo utópico en la España liberal, Santander, 2008. 

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

Fuente

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