Autos de fe por llamar negro a un negro: la sociedad mediática, enloquecida – Rubén Arranz

Rubén Arranz

Lo que ocurrió el pasado martes en un partido de fútbol no es una mera anécdota, sino el vivo ejemplo de que Occidente ha perdido el norte, sus sociedades se han polarizado y la tensión se ha disparado.

En resumen: el árbitro de un partido llamó ‘negro’ a un camerunés que estaba en el banquillo y eso obligó a suspender el encuentro, pues el aludido se ofendió. No le llamó nigger -que tiene connotación despectiva-, sino negru -en rumano-, pero el exfutbolista consideró aquella palabra como ‘racista’ y se montó la marimorena. Curiosamente, blandió el arma de la corrección política para evitar su expulsión. El victimismo como granada de mano.

Volvimos a caer en la trampa al pensar que el progreso era sinónimo de paz y prosperidad, lo que constituye el caldo de cultivo perfecto para que los autoritarios se cuelen por la puerta trasera del jardín sin que salte la alarma.

Stefan Zweig describió el proceso en El mundo del ayer: memorias de un europeo, en el que explica cómo los habitantes de Viena del siglo XIX estaban convencidos de caminar por la senda más recta hacia ‘el mejor de los mundos’; y no creían factible que las naciones volvieran a enfrentarse en grandes conflictos, pues habían avanzado a un ritmo vertiginoso durante esas décadas. A lo sumo, aceptaban las crisis económicas periódicas, pero como un mal menor y casi necesario.

El bienestar provocó que se consideraran invencibles y, a los pocos años, los muertos en las guerras mundiales se contaban por millones. Erich Fromm señaló en El miedo a la libertad el error que cometieron quienes atribuyeron el auge del fascismo a la inmadurez de las democracias alemana e italiana. También a quienes consideran que sus habitantes fueron cautivos de Hitler y Mussolini. En ambos casos, se obvió que hay algo de la condición humana que impulsa a los individuos a sumarse a los movimientos autoritarios que prometen prosperidad y dureza para los adversarios. Ninguna dictadura se alza y se sustenta sin que haya cierta aceptación social al respecto. Ocurre actualmente con lo ‘políticamente correcto’: es una forma de imponer una ideología con la que una parte de la población está de acuerdo.

Un negro no es un negro

Una vez más, hemos caído en la trampa de la que advertía Zweig y hemos considerado que el progreso nos alejaba de la peor faceta del ser humano, como si hubiéramos abandonado nuestra naturaleza de simios. Lo cierto es que en una sociedad que ha sido capaz de desarrollar varias vacunas contra una nueva enfermedad en tan sólo unos pocos meses -síntoma de avance-, se han vuelto a reproducir los tics totalitarios que han conducido a la humanidad a los conflictos más cruentos de su historia. Puede parecer que el episodio del futbolista es una mera anécdota, pero no lo es. En realidad, es un síntoma de la grave enfermedad del autoritarismo moral que poco a poco se impone en Occidente.

Los medios de comunicación deberían contribuir a ahuyentar a estos nuevos cazadores de brujas, pero no lo hacen. De hecho, The New York Times, que es el faro en el que se mira una buena parte de los periódicos del mundo, aceptó la dimisión -casi forzada- de su jefe de Opinión hace unos meses por permitir la publicación de una columna de un senador que apelaba a reprimir con contundencia las manifestaciones más violentas del movimiento Black Lives Matter, que, entonces, provocaban disturbios en varias ciudades estadounidenses.

La prensa lleva muchos años aceptando las grandes idioteces de la corrección política, que cada vez son mayores, pues la maquinaria propagandística de los movimientos polite nunca se detiene. Debería llamar a reflexión el que una vicepresidenta del Gobierno, como Carmen Calvo, ‘obligue’ a la Real Academia de la Lengua Española a elaborar un informe para argumentar los motivos por los que las demandas de un ‘lenguaje inclusivo’ son estúpidas. Básicamente, porque sin medios dispuestos a dar espacio a esas ocurrencias, nunca abandonarían el ámbito de la marginalidad. Resulta inaceptable y peligroso que todas las instituciones tengan que plegarse a las exigencias de los nuevos inquisidores; y todos los poderes se hayan puesto a sus pies.

Observo que la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) ha publicado este jueves una guía sobre los sectores a los que -considera- deberían dirigirse las ayudas europeas para la reconstrucción económica, entre los que incluye al de los medios de comunicación. La patronal dedica una sección entera del documento a las empresas de este negocio, que -cree- deben impulsar la “transformación ecológica”, garantizar la “igualdad” y apostar por la “sostenibilidad”, entre otros aspectos.

Sobra decir que la principal tarea que afrontarán estas empresas -muy mal gestionadas y una vez más rescatadas con dinero público- durante los próximos años será la de combatir los diferentes tipos de propaganda que surgirán en sociedades cada vez más polarizadas y conflictivas, en las que la tentación de que cada medio venda su alma a una facción interesada, tanto política como económica, será muy grande. Como siempre, para garantizar eso no hacen falta subvenciones, sino editores y periodistas comprometidos y juiciosos. Por eso, estas ayudas servirán para rescatar a quienes no han hecho los deberes en el panorama mediático y para dar aire a los lobbies ideológicos. Como los que consideran prioritaria la “transformación ecológica” de los medios. Venga ya…

Por este camino, lo próximo para quien se refiera como ‘negro’ a un ‘negro’ será una condena por delito de odio. Ya se han visto casos similares, tanto por parte de los impulsores de esta nueva inquisición como de quienes han reaccionado de forma torpe y excesiva hacia sus postulados. Hacen falta medios libres para lograrlo… y eso no se consigue si se sumergen en estas corrientes destructivas.

Fuente: Vozpopuli

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