Torcuato, ¿quieres ser presidente del Gobierno? – Juan Fernández-Miranda

Hace 35 años el recién proclamado Rey de España le hizo una pregunta a Torcuato Fernández-Miranda, que había sido su profesor:

  • Torcuato, ¿quieres ser presidente del Gobierno?

Es el comienzo de la Transición. Abro hilo.
Foto
El profesor respondió con una de las grandes frases de la Transición española:
– Señor, el hombre político que soy quiere ser presidente del Gobierno, pero le seré más útil en la Presidencia de las Cortes.
Pero nombrarle no iba a ser nada fácil.
El Rey Juan Carlos había sido proclamado el 22 de noviembre, dos días después de la muerte de Franco. Heredaba todo su poder, pero había trampa. ¿Recuerdan la frase “todo está atado y bien atado”?
El nudo que dejó Franco eran las instituciones, formadas por personas nombradas por él y, en principio, leales. La más importante, sorprendentemente, el Consejo del Reino, que presidía la misma persona que presidía las Cortes. (Foto de la composición del Consejo. Wikipedia)
Por eso don Torcuato prefirió ser presidente de las Cortes. Nadie en la Historia de España ha renunciado a una oferta concreta para ser presidente del Gobierno, pero TFM entendió que era lo correcto. Hacía falta deshacer ese nudo desde dentro. Veamos.
Es obvio que Franco nombraba a quien le daba la gana, y nadie le tosía, pero había una formalidad. Falsa, pero existente. Y claro, muerto Franco, el nuevo jefe del Estado debía cumplir esa formalidad. Me explico:
Cuando Franco quería nombrar, por ejemplo, a un nuevo presidente de la Cortes, o del Gobierno, el Consejo del Reino se reunía y le entregaba una terna de candidatos para que Franco eligiera a uno de ellos.
Naturalmente, durante el franquismo ese proceso era falaz y entre los tres candidatos que le proponían siempre estaba el que Franco previamente había decidido. Un trampantojo.
Pero claro, cuando don Juan Carlos quiso cambiar al presidente del Gobierno para poner a un reformista se encontró con que tenía que pasar por el Consejo del Reino. ¿Incluirían los consejeros un candidato llamado a destruir -o reformar- el Régimen? Va a ser que no.
Torcuato entendió que para llevar a cabo su plan de Reforma política era necesario que él mismo fuera el presidente de las Cortes y del Consejo del Reino. Desde ahí podría manejar el proceso a conveniencia del Rey.
Primer problema: el presidente de la Cortes era Rodriguez de Valcárcel, un ortodoxo del régimen. Un señor con el que sería imposible abrir el proceso de reforma. (En la foto, tomando el juramento a Don Juan Carlos el 22 de noviembre)
Y lo peor: su mandato expiraba el 26 de noviembre, solo 4 días después de la proclamación. Si en ese plazo no se abría el proceso de sustitución, sería renovado en el cargo automáticamente por otros 5 años. Adiós a la Transición según la tenían diseñada el Rey y su profesor.
El Rey debía actuar. Por eso, llamó por teléfono a Torcuato Fernández-Miranda y le expuso las presiones y dificultades para su nombramiento.
Fernandez-Miranda era plenamente consciente de la desconfianza que provoca entre los más duros del régimen. «Cualquiera menos Torcuato», se oía decir.
El Rey se puso manos a la obra e hizo dos movimientos clave. El primero tuvo un coste político importante. Pedir al presidente del Gobierno que dejó Franco, Carlos Arias, su colaboración para que los miembros del Consejo del Reino incluyeran el nombre de Torcuato en la terna.
Arias era un inmovilista, y muy cercano a Carmen Polo. Recuerden sus lágrimas y su rostro cuando anunció por televisión la muerte de Franco.
Pero, sorprendentemente, Arias se volcó con la petición del Rey, tal vez concluyendo que así se garantizaba la continuidad como presidente del Gobierno: “Confíe Vuestra Majestad en mí. Vuestra Majestad no tiene por qué intervenir ni gastarse. Yo hablaré con quien sea necesario”.
El segundo movimiento afectaba directamente al todavía presidente de las Cortes. El Rey llamó a Rodríguez de Valcárcel y le pidió que no se presentara a la reelección. Valcárcel, que daba por hecha su continuidad, aceptó la petición con dolor y lealtad a partes iguales.
Pero don Juan Carlos fue un paso más allá: le pidió que escribiera una carta a todos los consejeros reclamándoles que no le votaran. Rodríguez de Valcárcel cumplió con su compromiso y redactó la carta, aunque en términos un tanto ambiguos.
No en vano, hasta el último momento confió en permanecer en el cargo. Como le había dicho días antes a los más duros del Consejo, si Torcuato Fernández- Miranda sale elegido, «será el sepulturero del régimen».
La reunión del Consejo del Reino se celebró el lunes 1 de diciembre. Las presiones para tratar de neutralizar los movimientos del Rey se sucedieron hasta escasas horas antes del comienzo del cónclave.
Uno de los consejeros, Valentín Silva Melero, le sopló a Torcuato que las cosas no iban bien: “Qué cosas me dicen sobre ti en el Consejo del Reino, Oriol, Girón. Espero que el Príncipe diga algo, si no, todo es posible. Parece que estamos locos”.
El Consejo del Reino celebró la reunión más larga hasta la fecha: 6 horas y 45 minutos. Fue un encuentro tenso, principalmente porque los consejeros, tan dispuestos a asumir los criterios de Franco, no eran tan proclives a someterse a los planes del Rey
Eran conscientes de que el aperturismo suponía una merma en su poder personal y se sentían más cómodos en el «atado y bien atado».
24.A las once y cuarto de la noche concluyó el cónclave. “Todo ha ido bien —le dicen por teléfono a Fdez-Miranda. Torcuato había conseguido catorce votos; Licinio de la Fuente, doce, y Emilio Lamo de Espinosa, seis.
Torcuato respiró aliviado. La rápida y decidida actuación del Rey le iba a permitir cumplir su ambición política: dirigir desde la cámara legislativa un cambio de régimen político sin vulnerar la legalidad y sin violencia por primera vez en 200 años.
El nombramiento de Torcuato como presidente de las Cortes y del Consejo del Reino fue para el Rey una victoria importante.
Con el tiempo le permitirá nombrar a Adolfo Suárez presidente del Gobierno de la Transición. Con Torcuato en las Cortes y Suárez en el Gobierno el Rey tendrá a su equipo para lanzar el proceso de reforma política.
Para nombrar a Suárez aún faltan unos meses. Y será motivo de otro hilo.
¿Y por qué Fernández-Miranda tiene en 1975 la conviccción de que sería más útil en las Cortes? Por dos motivos vinculados a su doble condición:
Primero, el catedrático de Derecho Político que se esforzó en desenmarañar la Historia de España y que estudió a fondo la arquitectura legal del franquismo. Y segundo, el político que se preocupó por conocer a las personas que en el régimen ejercían el poder.
De la combinación de ambas facetas surgió la estrategia que Fernández-Miranda puso al servicio de Don Juan Carlos y que él mismo expresó con nitidez: el proceso de Transición del franquismo a la democracia se debía realizar «de la ley a la ley a través de la ley».
Para más información, “El guionista de la Transición”.
Y aquí una semblanza política de Torcuato Fernández-Miranda que escribí en ABC hace unos años. Fernández-Miranda: de la ley a la ley

Hilo

2 comentarios en “Torcuato, ¿quieres ser presidente del Gobierno? – Juan Fernández-Miranda

  1. Bueno, parece que estamos ante un “fan” del tal Torcuato; se supone que estará muy contento con el devenir de España (que ya no existe, por cierto) y la “gran democracia” auspiciada por este ladino.
    Pues nada, a disfrutar de la “libertad sin ira” y todo eso.

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  2. No me había fijado en el nombre del autor: ahora queda todo explicado. Familiar y otro que tal baila.
    Pero vamos a ver muchacho ¡si tu no habías ni nacido! Vamos, que no sabes ni de la misa la media. Haz un favor a tu apellido y procura que la gente no lo recuerde más que será mejor.
    Torcuato no era más que un estomago agradecido y en lo más profundo, un traidor. Dio siempre muestras de ello que el iluso de Franco no vio o no quiso ver, que esa es otra.
    Simplemente en sus tomas de posesión, cuando añadió por su cuenta lo de “la lealtad al Príncipe”, previniendo el muy ladino “el futuro”, (“pelota” siempre) cuando era del todo inapropiada y fuera de Ley tal aserto, Franco debió defenestrarle para siempre en ese momento; en fin, otro de los múltiples errores de Franco sobre todo en los últimos años de su mandato. De pena.

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