La enorme patraña del 11-M – Fernando Múgica

La muerte de Fernando Múgica truncó su proyecto de escribir un libro basado en sus investigaciones sobre el 11-M. Este texto, en el que sostiene que las Fuerzas de Seguridad taparon con pruebas falsas el papel de “potencias extranjeras”, iba a servirle de prólogo. EL ESPAÑOL lo reproduce como homenaje a su tesón en la búsqueda de la verdad.

22 mayo, 2016 02:17

Fernando Múgica

Una de las personas más importantes del Gobierno de Aznar me hizo varias confidencias junto al mar. Fueron muchas horas de conversación durante dos días de verano. Hubo solo un mensaje que repitió en tres ocasiones.

“A mí lo que siempre me ha fascinado” -me insistió- “es por qué no has tenido problemas físicos. Sigues empeñado” -se refería claro está a la investigación sobre el 11-M- “en pasar de la cascarilla. Lo que me asombra es que a tu edad sigas con esa fantasía de que vas a poder llegar más allá de la espuma de lo que pasó. Estás loco. Tú eres perfectamente consciente de que en el momento en que traspases la espuma de la realidad duras exactamente 24h”.

Y tenía razón. El conjunto de datos de la investigación policial que dio lugar al sumario y, más tarde, a la sentencia del 11-M constituyen una simple y gigantesca cascarilla. La razón de Estado, apoyada con el doble estímulo del terror y las prebendas, se impuso entre las fuerzas del orden para fabricar esa espuma envolvente que tanto nos ha distraído.

Los más escépticos entre los periodistas, los políticos y los agentes de la ley, fuimos laminados. A otros se les estimuló con reconocimientos, ascensos o traslados a diferentes embajadas. Se colocó en puestos clave de control a tres policías incondicionales del nuevo Gobierno, aunque para ello tuvieran que sacrificar durante una temporada a la maquinaria engrasada y eficaz de la Unidad Central de Inteligencia. Se controlaron llamadas y ordenadores. Se cambiaron cerraduras y protocolos.

 

Al final, unos antes y otros después, todos los cuerpos de seguridad terminaron apoyando una versión en la que cada cual trató de introducir a sus culpables. Fue una batalla sin cuartel, y contra reloj, de fabricación de pruebas, camuflaje de listados de teléfonos y tarjetas y terminales que llegaron a detenciones anticipadas y arbitrarias.

UN ERROR GARRAFAL

Uno de los errores más grandes que hemos cometido a lo largo de la investigación es considerar que las Fuerzas de Seguridad del Estado actuaron desde el primer momento con una única intención.

Al final, unos antes y otros después, todos los cuerpos de seguridad terminaron apoyando una versión en la que cada cual trató de introducir a sus culpables. Fue una batalla sin cuartel

La realidad es que en los primeros dos meses tras el 11-M se produjo una batalla salvaje entre los distintos organismos policiales y de inteligencia. Cada grupo se enrocó, se impermeabilizó por instinto, ante la brutal sorpresa de los atentados. Cada departamento razonaba, dentro de su muralla, que si no habían sido los suyos, ni la gente que ellos controlaban, tenían que estar implicados los demás. Se montaron, unos a otros, escuchas y seguimientos porque nadie se creía que aquellos primeros personajes que ciertos departamentos de la policía presentaban como autores tuvieran nada que ver con lo sucedido.

El asunto era muy grave así que se exigieron pruebas de fidelidad, se desenterraron viejas hermandades de los años 80 y 90, como el clan de Valencia, los de Barcelona o los guarreras de la vieja Brigada de Interior. Tardaron varias semanas en ponerse de acuerdo y al final lo hicieron convencidos de que seguir por ese camino nos podía llevar a todos a una catástrofe mucho mayor de la que había sucedido.

La matanza ya no tenía remedio. El cambio político no tenía marcha atrás. Hubo un juramento por el que nadie iba a responsabilizar de nada a ningún colega si se llegaba a un consenso férreo sobre los culpables. El linchamiento público de Agustín Díaz de Mera, ex Director General de la Policía, -un político que no pertenece al Cuerpo- cuando quiso salirse del guion, camina en esta dirección.

“QUE SE LO COMAN”

Un oficial antiterrorista de la Guardia Civil definió la situación, delante de sus hombres, de una forma impecable: “El PP ya está jodido hagamos lo que hagamos. Esto se lo van a comer los moros. Son tan gilipollas que al final ellos mismos van a convencerse de que lo han hecho. Se acusarán mutuamente para salvar el culo. Y el que hable, ya sabe, está muerto”.

Una consigna parecida caló en todos los estamentos de seguridad. No faltaban, claro está, los que aplaudían con las orejas por el cambio de régimen que los atentados habían alentado. La marcha del odiado Trillo o del prepotente Aznar -¡cómo aplaudían los de Información de Zaragoza en la noche del 14-M!- era un alivio para muchos. Pero la conspiración de silencio rebasó cualquier inclinación política.

Tras el 11-M se produjo una batalla salvaje entre los distintos organismos policiales y de inteligencia… Se montaron, unos a otros, escuchas y seguimientos porque nadie se creía que aquellos primeros personajes que ciertos departamentos de la policía presentaban como autores tuvieran nada que ver

Antes de llegar a ese pacto hubo una batalla sorda por averiguar implicaciones y complicidades. Todos querían guardarse munición -y lo hicieron- por si venían mal dadas…

La sentencia no ha sido más que la consagración salomónica de la parte de la versión oficial que resulta suficiente, de cara a la galería, para pasar página por parte de las distintas corrientes. Ha dejado al descubierto, sin embargo, suficientes lagunas como para que nadie pueda proclamarse vencedor.

Los políticos de ambos signos lo tenían asumido hace tiempo. Era mejor eso que desvelar que agentes incontrolados de potencias extranjeras hubieran cambiado, sin nadie que se lo impidiera, la historia de España. No podían admitir además el control, bordeando la complicidad, que habían desarrollado durante años para alimentar y tener controladas a las bandas del norte y del sur, a ETA y a los musulmanes radicales.

LOS AGENTES INFILTRADOS

España era, en las semanas previas a los atentados, un entramado gigantesco de observadores, vigilantes, confidentes y agentes encubiertos. Lo mejor de cada casa estaba en las calles con los ojos bien abiertos. Corría el dinero y se palpaba una euforia prepotente. Los posibles grupos terroristas de uno y otro signo estaban tan infiltrados, tan controlados, tan neutralizados que las propias fuerzas de seguridad les daban cuerda para que pudieran seguir adelante sin sospechas, por si tenían que utilizarlos.

Las redes de la UCO, de la UCE1 y UCE2, de la UCII y la UCIE, de la UCAO, de la UDYCO, del CNI y un largo etcétera controlaban las caravanas de la droga, las rutas de los explosivos, las reuniones de los integristas islámicos. Por eso los avisos exteriores solo provocaban sonrisas de suficiencia.

Un oficial antiterrorista de la Guardia Civil: «El PP ya está jodido hagamos lo que hagamos. Esto se lo van a comer los moros. Son tan gilipollas que al final ellos mismos van a convencerse de que lo han hecho.»

A veces tenían que jugar al ratón y al gato y al escondite para que unos grupos policiales no interfirieran en la labor de los otros. ¿El Tunecino? Pero si era uno de los chicos del CNI. Por eso tuvieron que espantarlo de su piso cuando el acoso de la policía se había vuelto asfixiante. Facilitaron su huida para desesperación de los controladores policiales.

¿Lamari? Pero si estaba enrolado en el mismo barco desde hacía tiempo. Por eso Safwan Sabag, El Pollero de Valencia no le perdía ni a sol ni a sombra desde que consiguieron sacarlo anticipadamente de la cárcel. Tuvieron que intervenir su teléfono, el 1 de julio del 2004 para que cuando la policía metiera las narices con el Skoda Fabia ya no pudieran escucharle. Y a Benesmail, su lugarteniente oficial, lo introdujeron en Asturias -y todo está grabado- en la misma cárcel, Villabona, y el mismo mes, julio de 2001, que ingresó Antonio Toro Castro el tapado en el comercio de los explosivos, y tan solo un mes antes de que entrara en la misma cárcel Rafa Zouhier, el tapado de la Guardia civil.

Para completar el control de la zona estaba el argelino Rabiá Gaya, al que montaron una carnicería musulmana en Gijón y Fernando Huarte, el enlace con asociaciones Palestinas que sacaba a pasear a Benesmail con la excusa del dentista, como si eso fuese posible y habitual en un peligroso terrorista en régimen de vigilancia especial.

Durante los últimos años, todas las tramas de traficantes se habían puesto bajo la lupa policial con muchos medios. Para las caravanas de droga desde el Magreb, el PP contaba en 2003 -cuando aparece el proveedor Jamal Ahmidan, El Chino, procedente de una cárcel de Marruecos- con los ocho años de experiencia de Gonzalo Robles al frente del Plan Nacional sobre Drogas. El 21 de noviembre de 2003 el Consejo de Ministros le nombra Delegado del Gobierno para Extranjería e Inmigración. Se aduce algo que era verdad, su “gran conocimiento de las rutas del narcotráfico en El Estrecho”.

Las rutas del explosivo hacía tiempo que estaban bajo la supervisión del CNI y de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil.

Por eso, los atentados del 11-M produjeron una enorme sorpresa a los distintos grupos de inteligencia. Pero lo que realmente causó estupor fue la inmediata captura de los responsables y la aparición fulgurante de las pruebas

EL HOMBRE DEL REY

El control y la infiltración de radicales islámicos estaba manejada por la UCIE, de la policía y la UCE2 de la Guardia Civil, pero sobre todo por el CNI. Las credenciales del servicio secreto para ello no podían ser mejores. Jorge Dezcallar, el primer civil nombrado como director del Centro en 2001 -y el primero que ostentó el cargo de Secretario de Estado-, era un verdadero especialista en el Magreb. Vino de la mano del Rey.

No era un hombre de Aznar pero éste sabía de sus conocimientos en materia de terrorismo islámico ya que acababa de simultanear el cargo de embajador en Marruecos con el jefe de antena del CNI en la zona. No era un paracaidista. Llevaba muchos años en esos menesteres.

Para colmo, a su lado se promocionó a María Dolores Villanueva, asturiana, divorciada, un sabueso dedicada en cuerpo y alma a descubrir agentes infiltrados. La mujer con el puesto más alto en la historia del CNI. ¿Su especialidad?, contra inteligencia. ¿Su misión más reciente?, responsable de contra inteligencia del Magreb.

Después del 11-S se habían redoblado los esfuerzos en esa dirección. La realidad contradecía a lo que luego se convertiría en el latiguillo falso y estúpido de que el Gobierno había descuidado ese flanco. No faltaban traductores, ni analistas, ni agentes de campo, bien entendido que en un servicio secreto, siempre se considera que el doble aún sería insuficiente.

Cuando colocaron la mochila de Vallecas no podían saber que las verdaderas bombas no llevaban metralla. La pusieron en el convencimiento de que lo normal es que la llevara

Antes del 11-M se había constituido un comité de crisis compuesto por ministros y expertos en el que el propio Dezcallar explicaba, en cada reunión- y al menos durante los últimos dos meses-, los seguimientos en Lavapiés y en las mezquitas, la infiltración en asociaciones y pisos dormitorio, el control en locutorios, carnicerías y peluquerías. Tenían a sueldo a los individuos destacados en relación a las corrientes islamistas radicales.

Por eso, en contra de lo que muchos investigadores escépticos con la versión oficial piensan, los atentados del 11-M produjeron una enorme sorpresa a los distintos grupos de inteligencia. Pero lo que realmente causó estupor fue la inmediata captura de los responsables y la aparición fulgurante de las pruebas.

¿De dónde salían todas aquellas evidencias que habían pasado hasta ese día inadvertidas? ¿Estaban preparadas de antemano o fueron saliendo una detrás de otra, como las cerezas en un plato, en un puro ejercicio de improvisación?

Si hubieran estado preparadas no habrían tenido esas inmensas lagunas que más tarde fueron incapaces de cuadrar, aunque lo intentaran, incluso a martillazos y ante la ceguera y la apatía general.

Cuando colocaron la mochila de Vallecas no podían saber que las verdaderas bombas no llevaban metralla. La pusieron en el convencimiento de que lo normal es que la llevara. Luego tuvieron que decir a El gitanillo en su declaración de junio aquella frase presuntamente pronunciada por Trashorras en la mina: “No os olvidéis de los clavos y los tornillos”, solo para justificar la metralla de esa mochila.

Tampoco tuvieron tiempo de hacer coincidir la composición de los explosivos reales con los postizos. Sencillamente porque a la hora en que fabricaron la mochila de Vallecas aún no se conocían los resultados de los análisis de los restos de las bombas que habían estallado. Era más cómodo hacer coincidir la dinamita de la mochila con los restos encontrados en la Kangoo y con la muestra patrón.

Durante el mediodía del 11-M lo primero que los encubridores decidieron fue que los culpables serían los moritos de Lavapiés. Y entre ellos, los que más podían relacionar con el terrorismo islámico internacional. Los tenían controlados así que iba a ser muy sencillo echarles el guante

Y ni eso supieron hacer por culpa de la Metenamina que salía en unos análisis sí y en otros no. Sánchez Manzano, el responsable de los Tedax, llegó a firmar un escrito en el que se incluía la Metenamina como uno de los componentes básicos de la dinamita. El resto del debate sobre la composición de los explosivos es ya conocido de sobra por el lector.

LA MANIPULACIÓN DE LAS TARJETAS

Tuvieron que dejar los primeros análisis en una nebulosa para acoplarlos, en su momento, al atrezzo.

Durante el mediodía del 11-M lo primero que los encubridores decidieron fue que los culpables serían los moritos de Lavapiés. Y entre ellos, los que más podían relacionar con el terrorismo islámico internacional. Los tenían controlados así que iba a ser muy sencillo echarles el guante. Pero necesitaban pruebas que les encaminaran rápidamente a ellos. Decidieron que lo más práctico era una tarjeta de teléfono con un móvil como iniciador de las bombas -los locutorios de los musulmanes de Lavapiés las vendían-. El policía municipal Jacobo Barredo había declarado a la prensa que una de las bombas que los Tedax neutralizaron tenía una especie de gran teléfono con unos cables.

Tuvieron horas para preparar uno y para enterarse de los lotes de tarjetas que llevarían más tarde a Lavapiés. El aparato telefónico lo apañarían de la misma manera, con cualquier bazar de indios que los vendiera. No llevaban control alguno de las numeraciones. Sería sencillo presionarles para que reinventaran los libros contables. ¿Se acuerdan del juez Bermúdez y aquella teatralización pública durante el juicio en la que él mismo puso en evidencia que aquellas numeraciones de Imeis estaban fabricadas mucho después de la venta de los terminales?

No hay nada más manipulable que las tarjetas telefónicas. Con el material y los conocimientos adecuados se pueden clonar, cambiar, falsificar, redirigir y suprimir llamadas o reconvertir unas en otras. En ningún país serio se considera como prueba, más allá de puros indicios, nada de lo relacionado con las llamadas telefónicas. La posible manipulación invalida cualquier conclusión.

Por eso la subinspectora de la UCII, la unidad anti ETA, que llamó a la puerta del piso de Leganés y que desencadenó los acontecimientos de aquella tarde infernal del 3 de abril de 2004 -la misma a la que luego hicieron pasar a segunda actividad- le confesó a un colega: “No tenemos nada contra ellos. Solo cruces de llamadas y eso sabes que es como no tener nada”.

Además de las tarjetas necesitaban una fuente para los explosivos y los detonadores. Echaron mano de lo que tenían más a mano. Mina Conchita había servido durante años como pantalla para la red de explosivos manejada por las fuerzas de seguridad que utilizaban la red de Antonio Toro para poder colocarla, marcada, en los depósitos de los terroristas.

Esa pantalla había funcionado por la simplicidad del ex minero Trashorras, manejado por el inspector de policía de Avilés Manuel García Rodríguez Manolón. Un veterano de Información de Madrid menos fuerte de lo que él mismo creía y al que han tenido que sostener para que no terminara contando todo lo que sabe. La llegada del nuevo Jefe Superior de Policía a Asturias, Arujo, ex cuñado de Manolón y antiguo responsable de la comisaría de Gijón, consolidó ese flanco.

A Trashorras siempre lo utilizaron como a un tonto útil. Nunca supo que lo usaban desde mucho antes del 11-M.

La dinamita que vendía Toro, según testigos que detallaremos, venía directamente de fábrica. Toro utilizaba a su cuñado y a esa mina como señuelo para que los compradores no sospecharan su verdadera procedencia. Por eso podía ofrecer centenares de kilos a la semana, una cantidad que nunca hubiera podido sustraerse ni siquiera de la mina peor vigilada.

LA CÉLEBRE KANGOO

La furgoneta Kangoo fue otro recipiente de pruebas improvisado. No tenía huellas de los presuntos culpables de Lavapiés, porque cuando decidieron utilizarla, a primera hora de la tarde del 11-M aún no habían decidido quienes serían esos culpables.

Los primeros que inspeccionaron la furgoneta, todavía en el aparcamiento de la estación de Alcalá de Henares, no pudieron ver ni la cinta coránica, ni los detonadores, ni la mayor parte de las prendas de ropa porque no estaban. Fue luego, en Canillas, -cuando decidieron que utilizarían la furgoneta para terminar de encaminar a los investigadores hacia la pista islámica cuando introdujeron los objetos que necesitaban para sus fines. Antes de la inspección técnico-policial -eufemismo para referirse a una simple lista de los objetos- se guardaron algunas prendas del dueño de la Kangoo, los que luego aparecerían en el Megane del primo de Jamal Ahmidán, junto a más prendas de los presuntos terroristas que servirían para encontrar nuevos ADN inculpatorios.

Además de las tarjetas necesitaban una fuente para los explosivos y los detonadores. Echaron mano de lo que tenían más a mano. Mina Conchita había servido durante años como pantalla para la red de explosivos manejada por las fuerzas de seguridad que utilizaban la red de Antonio Toro

¿La tarjeta del Grupo Mondragón? Los primeros policías que llegaron hasta ella la vieron. Probablemente era un detalle sin la menor importancia. Ellos creyeron que sería importante y por eso lo resaltaron porque les parecía que encaminarían la investigación hacia ETA y que fue ocultada deliberadamente.

La caza de brujas de este episodio fue brutal. Se organizó una investigación interna. Se me hizo llegar una información según la cual si llegaba a revelar el nombre de mi fuente la competencia sacaría una foto de ese individuo con el brazo en alto en una manifestación. Era una presión inútil porque jamás desvelaré una fuente aunque eso me acarree un aparente descrédito.

Es realmente irritante e infantil que en la sentencia se destaque por su nombre solo una de las cintas encontradas en la Kangoo -la de la Orquesta Mondragón- con la clara intencionalidad de tratar de dejar en evidencia la posible confusión de esa casete con la tarjeta de visita mencionada. Patético en un juez que podría haber solventado el caso llamando a declarar a los primeros policías de Alcalá para salir de dudas.

¿Y el portero Garrudo y los tres encapuchados? Una simple coincidencia. Nunca tuvieron nada que ver con el caso. La sentencia dice que salieron de la furgoneta pero, como se puede comprobar por todos los testimonios, el portero solo dijo en su día que los vio al lado de la misma, y no dentro como el mismo se encargó de rectificar.

Los fabricantes del encubrimiento utilizaron la Kangoo sobre la marcha como podían haber utilizado cualquier otro vehículo si ese no hubiera salido a la luz. Los policías que la vieron vacía matizaron en el juicio que podía haber algunas cositas. Aceptamos que había las que se consignaron en la lista menos la cinta coránica, los detonadores y restos de explosivos y, por supuesto, todas las prendas de los terroristas en las que luego se encontrarían los restos de ADN comprometedores. Y que eso podía conformar una furgoneta con algunas cositas que no fueron suficientes para llamar la atención a los policías, ni de los perros.

ZOUGAM Y EL LOCUTORIO

¿Zougam y Bakkali? Pero ¿quiénes creen que les indujeron a montar el locutorio? Bakkali -al que las autoridades marroquíes se empeñaron en calificar de mecánico en todas las informaciones- dejó colgada una sustanciosa beca en una universidad madrileña en la que se doctoraba en ciencias físicas para meterse en un negocio bastante cutre en un barrio de inmigrantes marroquíes. Precisamente todo aquello de lo que él siempre -por su formación y clase social- quiso huir.

Los abogados que gestionaron el papeleo le aconsejaron que no renunciara a su tarjeta de residente como estudiante ya que era casi imposible que le dieran, como él pretendía, la de autónomo. No se la daban a nadie. Los mismos abogados se quedaron con los ojos a cuadros cuando poco después la policía se la había concedido. Si repasan sus declaraciones judiciales observarán como fue él quien apuntaló la culpabilidad de Zougam, su socio, cuando admitió que era un radical y que utilizaban la peluquería para reuniones islamistas.

Por cierto, al revés que Zougam, declaró que la policía no le había tocado durante los interrogatorios. Por supuesto, al final, el hombre que, según la versión oficial, guardaba en su piso las tarjetas telefónicas implicadas en los atentados, uno de los socios del locutorio que teóricamente las compró, quedó libre de toda culpa.

‘El Chino’ fue la respuesta del CNI a la primera jugada de la policía al culpar de improviso a Zougam

¿El locutorio de la calle Tribulete? Pero, por qué creen que lo asaltaron en plena noche, tres días antes de la explosión del piso de Leganés. Los desconocidos -“muy profesionales y con el material adecuado”- que rompieron los precintos policiales, en una de las calles más vigiladas de Madrid en aquella época, no querían llevarse nada. La policía ya se había incautado de todo lo de interés en los dos registros oficiales.

Solo quedaba limpiar el local. Quitar todas las cámaras y micrófonos que ellos mismos habían puesto mucho antes.

¿La peluquería de la calle Tribulete y sus reuniones clandestinas? Como la otra peluquería, Paparazzi, la del agua bendita, no podía tener más cámaras y micrófonos por metro cuadrado. Fue Zougam quien puso los 6.000 euros que le faltaban a un amigo para montar el negocio. Según declaró éste al juez, sacaban unos 300 euros al mes. Zougam tenía derecho a una tercera parte de las ganancias. Así que hubiera tenido que esperar al sexto año para ganar el primer euro. Un negocio redondo.

42.000 AÑOS DE CÁRCEL

Al CNI le pilló de sorpresa la detención de Zougam y sus socios. Pero lo que consideraron que sobrepasaba cualquier límite es la filtración a la prensa de que en ese locutorio se había encontrado el trocito de baquelita que faltaba precisamente en el teléfono de la mochila con explosivos encontrada en la comisaría de Puente de Vallecas.

También contó la policía, al principio, que fue en ese locutorio donde se prepararon las bombas. Era mentira pero los medios lo airearon en grandes titulares y mantuvieron durante meses el hallazgo de un trozo de baquelita. Eso contribuyó a que el gran público considerara a Zougam culpable indiscutible.

Comenzaron a salir en televisiones y periódicos espontáneos que certificaban la radicalidad de Zougam y por supuesto aparecieron testigos que lo habían visto en distintos trenes en la mañana del 11-M. Era también el culpable favorito de los americanos. A éstos les venía de perlas la versión primera sobre la culpabilidad de Al Qaeda.

Por eso, periodistas afines airearon en Europa que Zougam tenía incluso relación con los culpables de la célula alemana del 11-S. Hubo quien lo vinculó con el viaje de Atta -uno de los aviadores suicidas del 11-S- y con su viaje a Tarragona antes de los atentados de Nueva York.

Se difundió que Zougam había llamado seis días antes de los atentados del 11-S a Abu Dahdah, el islamista residente en España implicado por la justicia española en los atentados de Nueva York. Hubo quien detalló que Zougam había recibido entrenamiento militar y adoctrinamiento en los campos de Afganistán.

La intoxicación provino en parte de personal cercano a la embajada estadounidense. Los mismos que habían servido como tercera fuente a la cadena SER en la noticia sobre la aparición de terroristas suicidas en los trenes.

Todo aquello se fue cayendo como un castillo de naipes, pero el golpe de efecto ya no tendría marcha atrás. La realidad es que nunca han tenido nada sólido contra Zougam a pesar de que fuera condenado a 42.922 años de cárcel.

Los que señalaron a Zougam desde el principio -“Ha sido la mejor decisión profesional que he tomado en mi vida”, dijo De la Morena en el juicio- le tenían preparado un protagonismo aún mayor.

EL CHINO SURGE DE LA NADA

El guion del primer encubrimiento contaba con su culpabilidad no solo como autor material sino como conseguidor de los explosivos. El lector recordará la insistencia de Emilio Suárez Trashorras, -el ex minero asturiano condenado por proporcionar la dinamita-, en sus declaraciones a El Mundo cuando denunciaba que la policía quería desde el primer momento que acusara a Zougam y a El Tunecino de recibir los explosivos. Fue mucho más tarde, según Trashorras, cuando se atribuyó la operación a El Chino.

De hecho, la policía aireó dos tarjetas de teléfono que habían viajado a Asturias los días 28 y 29 de febrero -los días en que teóricamente los terroristas se agenciaron los explosivos- atribuyéndoselas a Zougam.

Cuando se difundieron las tarjetas que supuestamente había usado El Chino en el viaje a Asturias de esos mismos días, las que relacionaban esas fechas con Zougam desaparecieron de la circulación.

El Chino fue la respuesta del CNI a la primera jugada de la policía al culpar de improviso a Zougam. Si hacía falta unos culpables creíbles tenía que armarse mejor el argumento, la recepción de los explosivos, los contactos con la llamada trama asturiana. El Chino surgió de la nada y rompió los esquemas de muchos policías en el primer momento. No se obtendrían sus huellas hasta que Marruecos quiso entregarlas. Su perfil era misterioso y difuso. Estaba en todas partes pero nadie parecía poder aportar nada concreto, al margen de las declaraciones de Trashorras y Zouhier.

Por eso todos los responsables policiales se esforzaron en repetir ante el juez Bermúdez que sus grupos operativos desconocían la existencia de El Chino y que nunca lo habían tenido como un objetivo. El jefe de la UDYCO, el que tenía controlados los teléfonos de ese grupo de traficantes, desde muchos meses antes del 11-M, se atrevió a asegurar en la Comisión de Investigación del Congreso que para ellos El Chino no era Jamal Ahmidán sino su primo. Otro afirmó que no supo de su existencia hasta después de la explosión de Leganés.

Fue el CNI quien proporcionó los listados de llamadas de El Chino, en el viaje a Avilés en esos días clave de febrero de 2004, a los miembros de la Guardia Civil encargados de la investigación de los explosivos asturianos. La trama asturiana estaba servida.

Fuente

Un comentario en “La enorme patraña del 11-M – Fernando Múgica

  1. YONO OLVIDO:
    DOS CLAVES QUE CONDUCEN A LA VERDAD DE LA MASACRE DEL 11 DE MARZO DE 2004
    [Sentencia 212/2008 del Juzgado de 1.ª Instancia Nº. 56 de Madrid:
    Fundamentos Jurídicos
    Quinto
    “Igualmente, opinar que el 11 M se engendró muy probablemente en el seno o al menos en el regazo del Estado (…) es hipótesis protegida por la libertad de expresión, aunque a algunos les pueda parecer sorprendente y disparatada y a otros, por el contrario, factible dado el antecedente del llamado caso Gal. Y el instar a las autoridades competentes una investigación para determinar si se ha producido alguna infracción o actuación delictiva entra también dentro del ámbito de la libertad de expresión”].

    Para tratar este tema antes hay que tener claras dos realidades.
    Una realidad es que, si los 192 asesinados se levantaran de sus tumbas y como una sola voz nos gritasen a todos el nombre y apellidos de los que idearon, planificaron y ejecutaron la masacre del 11-M, el porqué lo hicieron y cómo lo llevaron a cabo descubriéndonos hasta los más mínimos detalles, pues así todo, habría no cientos o miles sino millones de personas que no les creerían. Y eso no sería nada nuevo (Lc 16: 27-31 y Jn 11: 17, 25-26, 39, 43-44. 12: 9-11), pues se trata del fanatismo religioso o laico; es decir, se trata de la patología de una mente deformada y deformante.
    Y la otra realidad es simplemente un recordatorio, y es que la masacre del 11-M está dentro de lo que se conoce y denomina “secretos de Estado”; es decir, que existe un límite a la investigación de esos casos, una línea invisible que nadie puede traspasar, y como haciéndonos un favor a modo de advertencia se nos dice con toda naturalidad: “Algunas cosas es mejor que no se sepan nunca”. Y quien lo afirma es un antiguo general y ex director de los servicios secretos españoles, Andrés Cassinello Pérez: El País.com, 18 de mayo de 2008.
    El 11 de marzo de 2010 “coincidiendo con el sexto aniversario de la matanza de Madrid, el Rey recibió en el Palacio de la Zarzuela a los representantes de las tres asociaciones que agrupan a víctimas de los atentados de Madrid. El momento más sorprendente se vivió cuando algunos de los presentes manifestaron sus dudas acerca de la posibilidad de que el 11-M hubiera sido un crimen de estado y le dijeron a don Juan Carlos que lo que querían, en definitiva, era conocer toda la verdad acerca de aquellos atentados que continúan sin esclarecerse. En ese momento, el Rey, ni corto ni perezoso, les contestó: “Pues lo lleváis crudo. ¡A mí todavía me ocultan cosas del 23-F!”. Las víctimas presentes en la reunión no daban crédito a lo que acababan de oír”: Libertad Digital.com, 14 de febrero de 2011.
    Semejante respuesta de Juan Carlos Borbón Borbón recuerda a la que su admirado Rodríguez el necrófilo dio a la víctima del terrorismo María Jesús Rodríguez madre de Irene Villa: “Cuando le dije que se pusiera en mi lugar me dijo: “estoy ya en tu lugar porque a mí me han matado a mi abuelo”: Periodista Digital.com, 20 de febrero de 2006.
    Si en España hubiera justicia -que no la hay- y si todos, todos, fuéramos iguales ante la ley -que no es verdad-, Juan Carlos Borbón Borbón podría ser citado ante un juez como testigo y seguramente saldría como imputado: por lo que no quiere saber cuando debería y podría saberlo, o por todo lo que sabe y dice que no sabe. (El ex presidente del Gobierno, el socialista Felipe González Márquez y el caso GAL: “Él sabía que la mejor forma de defenderse era atacando, advirtiendo que no estaba dispuesto a recorrer solo ese vía crucis, y que si el nuevo Gobierno tenía la intención de utilizar a la Justicia para sentarle en el banquillo, estaba decidido a llevarse a unos cuantos por delante, empezando por uno muy principal: Su Majestad el Rey. Los mensajes de Felipe, con su implícita carga de profundidad, causaron gran conmoción en Zarzuela. El riesgo de que el personaje, sintiéndose amenazado por el caso GAL, tirara de la manta llevándose por delante todo el edificio constitucional no podía ser obviado. El entorno del Monarca -sin duda el más asustado- estaba, sin embargo, convencido de que el ex presidente jamás realizaría una declaración comprometedora contra la Corona, aunque sí haría todas las maniobras previas necesarias para no llegar a sentarse en el banquillo, incluyendo, por supuesto, la advertencia de que también el Rey estaba al corriente de lo ocurrido”: Jesús Cacho. El negocio de la libertad. Madrid, 1999, pp. 379, 383 y 384).En definitiva en este caso del 11-M como en todos, no hay que ser ni optimistas ni pesimistas, simplemente hay que ser realistas, porque la verdad de todo, incluida también la verdad sobre la masacre del 11-M, la sabremos el Día del Juicio Final.
    Con el magnicidio de Luis Carrero Blanco el 20 de diciembre de 1973 quedaron claramente al descubierto dos cosas.
    Una, que existía –y existe- toda una red tendida en todos los estamentos de la sociedad española, formada por militares, guardias civiles, policías, empresarios, políticos, profesionales del Derecho, médicos forenses, profesionales de los medios de comunicación, y terroristas filtrados y controlados por los servicios secretos españoles y servicios secretos extranjeros. (Hace unos años un conocido escritor religioso y sacerdote, cuando él sabía por el cáncer que padecía que tenía los días contados –dijo que le quedaba unos meses de vida y acertó-, confesó que había trabajado para el Mossad, y que un jesuita le había querido reclutar con un buen sueldo para la CIA).
    La otra cosa es que de ese magnicidio transformado después en cuento, alguien extrajo enseñanzas para el futuro sobre cómo sería el comportamiento ético y moral y el grado de abyección al que podrían llegar los españoles: si se tragan ese cuento se lo tragarán todo. Acertó.

    El Sindicato Unificado de Policía (SUP). SUP.es, el 22 de diciembre de 2011 escribe: “11-M teoría de la conspiración. Hemos dicho muchas veces, que no creemos en la “teoría de la conspiración”. La teoría de la conspiración es la que empezó señalando a ETA como autora de los atentados y luego evolucionó para dejarla en una mezcolanza donde ETA, políticos del PSOE, policías (cientos de ellos de información, seguridad ciudadana, UIPs, TEDAX, etc.) espías, guardias civiles… se habían “complotado” para cambiar el Gobierno del PP por el del PSOE”. (Y más ampliamente, 9 de diciembre de 2011: Los atentados del 11-M y la “teoría de la conspiración”).
    Hay que reconocer que es un buen resumen de la “teoría de la conspiración”, lo grave es que quien lo afirma no son “contadores de nubes” sino policías. No quiero perder mucho tiempo, miren ustedes, tengo ante mí la portada de El País del 11 de marzo de 2004: Matanza de ETA en Madrid. Más, declaraciones del comunista Gaspar Llamazares: “La barbarie nazi cometida por ETA”. Más, el socialista José Bono: “ETA es capaz de hacer esto porque es lo único que sabe hacer”. Más, el secesionista vasco Juan José Ibarretxe: “ETA ha pretendido dinamitar la democracia, y que la gente pueda expresarse en libertad”. Y más, el socialista y aspirante al gobierno José Luis Rodríguez: “Estamos ante el atentado más horrendo que haya cometido nunca ETA”. ¿Saben los señores policías del SUP quiénes sabían –no creían, SABÍAN- que no había sido la banda asesina y secesionista de izquierdas ETA la que había cometido la masacre? pues la propia ETA por medio de su portavoz “el Gordo”, y también lo sabían los servicios secretos estadounidenses y franceses –entre otros y que sepamos- que tuvieron el detalle de informar a sus correspondientes autoridades.
    Miren ustedes señores policías del SUP y todos los que piensen, opinen y suscriban lo que ustedes afirman, me es indiferente que me tachen de “conspiranoico” o de paranoico que viene a ser lo mismo, eso no es lo que me importa porque lo que importa de verdad es lo siguiente. Carlos Alberto Estévez Vaamonde y Francisco Mármol Moreno escribieron un libro en 1998 titulado Carrero, las razones ocultas de un asesinato, del que transcribo literalmente las páginas 215 y 217:
    “El mismo día y a la misma hora que el presidente Carrero Blanco fue asesinado, muy cerca de él y sin él saberlo se encontraba un coche camuflado ocupado por agentes de la Unidad Operativa de la “Segunda Bis”, perteneciente al Alto Estado Mayor. Cuando el coche de Carrero salta por los aires en la calle Claudio Coello, la unidad de inteligencia recibe la orden de volver a su centro de operaciones y no hacer acto de presencia en la zona, y cuando los integrantes de ese equipo cruzaron la puerta del centro de Operaciones Especiales comentan: “Nos lo hemos llevado puesto. Menudo agujero hemos hecho”. Estas palabras que se presentan a pocas interpretaciones han sido recogidas literalmente de quien nos lo han contado, alguien que se encontraba en ese lugar en aquel momento.
    Recientemente otro militar implicado en el intento de golpe del 23-F, el comandante Ricardo Pardo Zancada, quien también estaba en aquellas fechas en el SECED a las órdenes de San Martín, en la presentación de su libro 23-F. La pieza que faltaba aseguró que el transcurso del consejo de guerra de Campamento “sonó como un trallazo cuando el comandante Cortina (de los Servicios Operativos Especiales del CESID), al ser preguntado por la presencia de coches de los servicios aquella tarde en las inmediaciones de Congreso, respondió: “También el día del asesinato de Carrero había coches en la calle”. Tras esta declaración que sonaba a clara amenaza, ningún miembro del Tribunal siguió insistiendo en el tema. Cortina resultó absuelto ante el asombro de todos.
    En las preguntas que presenta el letrado Rogelio García Villalonga, en el consejo de guerra de Campamento para juzgar los hechos acaecidos el 23 de febrero de 1981, postulado en nombre de su defendido, el comandante de Infantería José Luis Cortina Prieto, en el punto número quinto repite esta misma cuestión relativa al asesinato de Carrero Blanco. La pregunta textual es la siguiente: “Diga cómo es cierto, sabe y le consta que ha sido frecuente el hecho de que vehículos del personal perteneciente al organismo al que está adscrito hayan coincidido con acontecimientos de tan suma gravedad como los del asesinato del almirante Carrero Blanco o del atentado contra el general Esquivias”. ¿Qué hacían realmente aquellos coches cerca del lugar del atentado? ¿Se trata de una casualidad más? ¿Por qué nunca se ha explicado este hecho? Y ¿por qué lo saca a relucir el comandante Cortina en el juicio de Campamento, sabiendo como sabe cuáles fueron los comentarios, cuando menos equívocos, de sus agentes al regresar al centro aquella mañana del 20 de diciembre de 1973? Y otra cuestión más, ¿por qué no acudieron a la calle Claudio Coello cuando sonó la terrible explosión? ¿No hubiera sido más lógico, tratándose de unos agentes de operaciones especiales, que, al menos, por simple curiosidad, se hubieran interesado por lo que sucedía? ¿Qué tiene que ver el 23-F con el asesinato de Carrero? ¿Se trata de un capítulo más de esa todavía no suficientemente aclarada transición política?”.
    Y como nada más creo necesario añadir paso a las dos claves.

    Primera clave: Jorge Dezcallar Mazarredo.
    Este sujeto era el máximo responsable de los servicios secretos españoles, pues era el director del Centro Nacional de Inteligencia cuando ocurrió la masacre del 11-M.
    Este sujeto afirmó en su comparecencia ante esa mascarada denominada Comisión Parlamentaria del 11-M, “que el servicio secreto estuvo un poco fuera de juego, estábamos fuera de la investigación”: El País.com, 19 de julio de 2004. Y hasta se permitió hacerse el gracioso y echarse unas sonrisitas al comparar su situación con “aquello de Claudia Schiffer: ¿para qué lo quieres hacer si no lo puedes contar?”: El Mundo.es, 19 de julio de 2004.
    a) ¿Quién aconsejó, influyó u ordenó que ese sujeto fuese nombrado embajador de España en Marruecos desde el año 1997 al 2001?
    b) ¿Quién aconsejó, influyó u ordenó que ese sujeto pasase de la embajada de España en Marruecos a ocupar el mando y la dirección de los servicios secretos españoles, el CNI?
    c) ¿Quién aconsejó, influyó u ordenó que ese sujeto fuese sacado del CNI después del 11-M para blindarle con la inmunidad nombrándole unos meses después –en junio- embajador de España en el Vaticano?
    d) ¿Quién aconsejó, influyó u ordenó que ese sujeto pasase de la embajada en el Vaticano a ocupar un alto cargo directivo en Repsol?
    e) ¿Quién aconsejó, influyó u ordenó que ese sujeto saliese de Repsol para volver a blindarle con la inmunidad al ser nombrado embajador en Washington en julio de 2008?
    Creo que con esto queda demostrado que no fueron los asesinos de ETA ni los moritos del Lavapiés quienes apadrinaron, promocionaron y protegieron al sujeto Jorge Dezcallar Mazarredo. Y lo que resulta evidente es que, el padrino, promotor y protector de ese sujeto es el planificador o uno de los planificadores del 11-M.

    Segunda clave: La desaparición del cadáver del policía Francisco Javier Torronteras Gadea: Los Intocables.
    Francisco Javier Torronteras Gadea fue el subinspector GEO (Grupo Especial de Operaciones) que dirigió las fuerzas policiales encargadas de intervenir en el piso de Leganés, Madrid, el día 3 de abril de 2004.
    Uno de los vecinos de ese piso, tabique con tabique, era un policía que se dedicaba a las labores de información, lo que quiere decir es que ese piso donde se alojaban los supuestos terroristas islamistas estuvo en todo momento controlado por la policía.
    El piso de los supuestos terroristas islamistas sufrió una explosión y dentro se encontraron siete cadáveres de los supuestos terroristas. Como consecuencia de la explosión, un objeto impactó en el policía y jefe de la operación Francisco Javier Torronteras Gadea, resultando muerto en el acto. Al día siguiente 4 de abril, su cadáver fue colocado en un nicho del Cementerio Sur de Madrid.
    a) El enterramiento estuvo controlado en todo momento por la policía, y por expreso deseo de la familia el acto se celebró en la más estricta intimidad.
    b) El nicho donde fue colocado el ataúd carecía de identidad alguna y solamente en su placa de mármol figuraba el número 80.
    El 19 de abril varios individuos se dirigieron al nicho, y con un pico sin mango o palanqueta y una pala, sacaron el féretro con el cadáver dentro y lo colocaron en una carretilla que también habían llevado. El lugar donde estaba el nicho era una zona visible, por lo que trasladaron en la carretilla la caja con el cadáver a unos 700 metros, a una zona más resguardada de posibles testigos y a 15 metros de la tapia del cementerio. A continuación, rociaron el féretro y el cadáver con gasolina que también habían llevado y prendieron fuego.
    1º. El nicho donde fue colocado el féretro con el cadáver sólo lo conocían sus familiares y algunos policías.
    2º. Los individuos que extrajeron el féretro, quitaron mediante un pico o palanqueta la placa de mármol y la volvieron a colocar como estaba, no querían que nadie sospechase que se había extraído el cadáver.
    3º. Lo ocurrido en el cementerio no fue un acto espontáneo sino estudiado y planificado. Los individuos parece que conocían los horarios y las rondas de los vigilantes del cementerio, y se presentaron allí con el material que necesitaban: pico o palanca, pala, carretilla y gasolina.
    4º. Que los individuos transportasen el ataúd con el cadáver 700 metros y a 15 metros de la tapia del cementerio han hecho sospechar a algunos, que lo que pretendían esos individuos era llevarse el cadáver, y que como no pudieron por alguna razón decidieron quemarle.
    5º. Pero lo que parece más probable, es que después de sacar el cadáver del nicho, buscaran una zona resguardada de posibles testigos y cerca de la tapia para una pronta escapada en caso de peligro, y con la gasolina que habían llevado rociaron el féretro y el cadáver prendieron fuego y saltaron la tapia.
    Los vigilantes del cementerio vieron el humo y avisaron a la policía, la policía acudió y después se identificó el cadáver calcinado por el fuego como el del policía Gadea.
    El propósito que llevaron a esos individuos al Cementerio Sur de Madrid era hacer desaparecer el cadáver del policía Gadea, objetivo que consiguieron pues al día siguiente los restos del cadáver fueron incinerados.
    El cadáver de Francisco Javier Torronteras Gadea fue reducido a cenizas y al silencio; pero precisamente ese silencio se unió al tiempo para formar una reveladora realidad, a la que no hay que llamar ni confundir con la incompetencia sino que se trata de encubridora complicidad: “El Ministerio del Interior ha dado a la resolución de este caso la máxima prioridad. El propio ministro, José Antonio Alonso, ha mostrado su interés por que sea resuelto cuanto antes y así se lo ha hecho saber a los mandos policiales”: La Vanguardia, 21 de abril de 2004, p. 24: nada.
    Los socialistas responsables que han pasado por el Ministerio del Interior han manifestado alguna vez y en pocas palabras, que el asunto iba a resolverse en unos pocos días: nada.
    La última vez que públicamente se hizo mención del caso fue el director general de la Policía y Guardia Civil, el socialista Joan Mesquida Ferrando, que con motivo de su visita al cuartel de Guadalajara del Grupo Especial de Operaciones (GEO), grupo al que perteneció Francisco Javier Torronteras Gadea, el socialista afirmó, que se “está siguiendo una línea muy sólida de investigación que puede producir resultados de forma breve”: El Decano.es, 5 de abril de 2008. Días después, el 14 de abril ese socialista dejaba su cargo y era nombrado Secretario de Estado de Turismo.
    Ha comenzado el año 2012: nada. Nada, silencio total de los cómplices encubridores socialistas. Silencio total de los incompetentes y cobardes tontos lelos del Partido Popular. Y silencio total en esta abyecta España.
    En definitiva: ¿quiénes eran esos individuos a los que les ordenaron la misión de hacer desaparecer el cadáver del policía Gadea? yo les llamo Los Intocables. ¿Y quién ordenó esa misión a esos individuos? ¿Y quién protegió y sigue protegiendo a Los Intocables?
    Del magnicidio de Luis Carrero Blanco transformado después en cuento, alguien extrajo enseñanzas para el futuro sobre cómo sería el comportamiento ético y moral y a qué grado de abyección podrían llegar los españoles: si se tragan ese cuento se lo tragarán todo. Acertó.

    Ángel Manuel González Fernández, 6 de enero de 2012.

    https://lossegadoresdelfindelmundo.blogspot.com/2012/01/dos-claves-que-conducen-la-verdad-de-la_06.html

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