Cuatro días de abril: así “se desvaneció como el humo” el reinado de Alfonso XIII – Julio Martín Alarcón

Julio Martín Alarcón

A principios de 1930, un año antes de que la monarquía se desmoronase en tan solo cuatro días, el ya ex dictador Miguel Primo de Rivera se despachaba así con el monarca Alfonso XIII: “Un rey sin cretinismo ni falacias, sin el mercantilismo hasta el grado más plebeyo en el que ha caído Alfonso XIII, habría satisfecho los sentimientos monárquicos de gran parte del pueblo español. Con este Rey [Sic] no pudieron los antiguos políticos ni podrán los futuros, si yo no completo mi obra despejando de este eterno obstáculo la vida pública española”.

Primo de Rivera, que había proclamado la dictadura siete años antes, el 13 de septiembre de 1923, con la aquiescencia del propio rey, se arrepentía entonces de haber salvaguardado al monarca cuando supendió el parlamento e instauró la dictadura. Pocos saben que en realidad el dictador no quiso dimitir el 28 de enero de 1930. Más bien fue forzado a ello, y apenas unos días después intentó organizar otro golpe de Estado para derrocar al monarca y poder instaurar la República: “Yo creo que la Dictadura en su forma progresivamente atenuada por algunos años; y yo mismo aun por algunos meses, tenemos que seguir gobernando […]. Después, será preciso proclamar la república y elevar a su presidencia un hombre bueno, sabio, ecuánime y justiciero al que asistamos lealmente todos los españoles”.

Todo está en once cuartillas escritas a lápiz por el general y dictador que no vieron la luz hasta 2016, cuando las descubrió y publicó el historiador Jorge Bonilla en ‘La historia no contada de los Primo de Rivera’, (Espasa). Pero no consiguió esa vez que su tentativa de golpe triunfara, porque el ejército le dio la espalda. Tampoco hizo falta: el reinado de Alfonso XIII estaba de todas formas a punto de desmoronarse, incapaz de hacer frente a un desprestigio alarmante que acabó por dinamitar todas las posibilidades de que la corona resistiera.

No obstante, el rey aguantó un año entero más. Para sustituir a Primo de Rivera, llegó a la Solución Berenguer -también conocida como “el error Berenguer”- que pasaba por entregar el gobierno a otro general, Dámaso Berenguer, apartado del servicio varios años antes por sus responsabilidad en los sucesos de Annual y rehabilitado por el mismo Primo de Rivera.

Alfonso XIII confiaba así a un “palatino” -no ajeno a la corte-, las riendas de una Corona maltrecha, a quien había ejercido como Alto Comisario de Marruecos durante la peor derrota sufrida por un ejército colonial. El rey trataba nada menos que de pilotar una transición de nuevo hacia una democracia con la rehabilitación de la Constitución de 1876, suspendida por él mismo y el dictador Primo de Rivera y la convocatoria de unas nuevas elecciones a las Cortes.

La transición fallida

Todo lo acontecido en los últimos compases lo cuenta el historiador Guillermo Gortázar en ‘Romanones, la transición fallida a la democracia’, (Espasa), que acaba de llegar a las librerías españolas: “Berenguer, que aceptó la difícil tarea de desmontar la dictadura y volver a la normalidad constitucional, quizá no midió la dificultad y se dejó ganar por el halago del nombramiento de presidente. Él mismo reconocía en su libro ‘De la dictadura a la República’ que ‘durante los años de mi servicio en palacio permanecí deliberadamente alejado de los asuntos políticos que no conseguían despertar en mi esa vocación'”.

Su testimonio es una pieza más de cómo unas instituciones decadentes y corruptas tras la instauración de la derecha ‘primorriverista’, las veleidades del monarca y los siete años de dictadura se habían convertido en un castillo de naipes a punto de derrumbarse. Guillermo Górtazar ha investigado esos instantes finales de la monarquía de Alfonso XIII a través de la fascinante figura del conde de Romanones, uno de los baluartes conservadores monárquicos, amigo y consejero del monarca que intentó salvar a la corona en los instantes finales. Merece la pena.

Guillermo Gortázar, ‘Romanones, la transición fallida hacia la democracia’

La difícil operación de la transición política de la dictadura a la democracia salvaguardando a la corona comenzó mal y termino peor. La primera elección para la presidencia del Gobierno con Dámaso Berenguer no auguraba nada bueno, de hecho Ortega y Gasset acabaría titulando para la posteridad su elección con el artículo el ‘Error Berenguer’. Se basaba además en otro problema acuciante que no era sino la crisis económica de los años treinta en la que se había sumido medio planeta tras el crack del 29.

Además, el intento de Romanones y Alfonso XIII por sumar la fuerza del centro derecha que no había participado en la dictadura, como los liberales de Santiago Alba, resultó infructuoso. Así se llegó sin ninguna verdadera solución al verano de 1930 cuando, en cambio, todas las fuerzas antimonárquicas suscribieron el Pacto de San Sebastián: “En San Sebastián se constituyó un comité revolucionario abiertamente insurreccional, en la plena tradición progresista anterior a 1876”.

Sin soluciones políticas claras, el rey y el gobierno se aprestaron a convocar las elecciones municipales de abril de 1931, que resultarían ser la puntilla final al reinado de Alfonso XIII. Cuatro días, los que transcurren entre el domingo 13 de abril, día de los comicios, y el miércoles 18, el autoexilio del rey, en los que la corona se desmoronaría como ya lo hiciera antes la de su abuela Isabel II. Cuatro días de abril según el puño y letra del consejero del monarca, el conde de Romanones, y que no desmintieron ninguno de sus protagonistas una vez que sus diarios se conocieron.

Domingo, 12 de abril

“Me devoraba la impaciencia por conocer, cuando menos, el resultado de algún escrutinio. Antes de tener noticia de ninguno y sin saber por qué, los presagios más negros se apoderaron de mi ánimo. Presagios que se confirmaron con la primera información que recibí: la del escrutinio de la sección correspondiente al Palacio de Oriente. Allí los monárquicos habíamos tenido una votación ridícula. Con este dato no podía caberme duda de lo que había pasado en la expirante Corte”.

Así comentaba el conde de Romanones la aciaga jornada del domingo para los intereses monárquicos: “Pasamos dos horas de verdadero tormento escuchando al marqués de Hoyos, ministro de la Gobernación, anunciarnos las noticias que recibía de los gobernadores.

Cuando oí: ‘Guadalajara: catorce de la coalición republicano-socialista, seis monárquicos’, me quedé atónito. Cincuenta años de vida política se desvanecían como el humo”. La verdadera puntilla fue sin embargo la del general José Sanjurjo presente también en la reunión. El conde de Romanones y el ministro Ricardo de la Cierva le preguntaron a bocajarro por los resultados que se iban conociendo y su posible actitud ante los hechos:

-¿Cuál sera su actitud?- preguntó De la Cierva.

-Hasta ayer por la noche podía contarse con ella- respondió el general.

Sí, cincuenta años después de la restauración, como lamentaba Romanones, se esfumaban sin remedio.

Lunes, 13 de abril

Romanones anota que, ante la rotundidad de los resultados, el consejo de ministros había convenido no pronunciarse oficialmente hasta el martes para no alarmar a la opinión pública, lo que era de todo punto pueril: “verdadera candidez por nuestra parte, porque a aquellas horas ya poco importaba que la opinión pública se alarmase o no”. Así el mismo lunes, el ministro de la Guerra convocó de nuevo al consejo para que supieran por su boca del contenido del telegrama que se había enviado a las capitanías generales.

Es decir, del posible movimiento del ejército ante una situación que implicaba la desaparición de la monarquía en pocos días, como al final ocurrió. En esencia, el telegrama del ministro de la Guerra estipulaba “mantener a toda costa la disciplina y prestando la colaboración que se le pida para el orden público”. El propio Romanones reconocía que la nota era tan evidente que sólo podía entenderse en dos términos: someterse a los resultados o emplear la violencia, “único medio, aunque inseguro, de mantener a la tambaleante corona”.

En realidad, parecía que en palacio eran más conscientes aún de lo que había ocurrido que en la propia calle: “Los republicanos y socialistas aunque habían comenzado a repartir un manifiesto proclamando su triunfo, uno de cuyos primeros ejemplares llegó a mis manos, no se daban cuenta en aquella hora cabal de la trascendencia de lo ocurrido: de lo contrario no hubieran esperado hasta el martes para imponerse”.

Martes, 14 de abril

“Entramos y, sin preámbulos, don Alfonso abordó inmediatamente el tema electoral, subrayando la derrota. Aznar intentó echar agua al vino. Don Alfonso le interrumpió diciéndole: ‘Déjese usted de consuelos, no los necesito. Sé cuanto debo saber, y mi resolución es inquebrantable. No olvido que nací Rey que lo soy’. Y enseguida, rectificando la frase: ‘Que lo era. Pero hoy, por encima de todo, no olvido que soy español, y mi conducta se acompasará a mi amor a la patria. No hay tiempo que perder, los acontecimientos se precipitan”.

Es la versión que a veces se escucha poco sobre la proclamación de la II República: el rey decidió voluntariamente auto exiliarse, no hubo violencia, ni se le forzó a que saliera del país. La caída de la monarquía fue pacífica y no fruto de un proceso irregular, ni de un fraude, como se publicitaría después desde amplios sectores de la derecha, durante y después de la II República. Aunque en el conjunto de las elecciones municipales los monárquicos ganaran en votos, el rey entendió perfectamente que su proyecto político estaba totalmente acabado.

El conde de Romanones explica en sus diarios cómo es el mismo Alfonso XIII el que le convida a ponerse en contacto con Niceto Alcalá Zamora para un relevo de poderes “tú eres quién conoce mejor a Alcalá Zamora. Recuerdo cuando le llevaste como uno de tus secretarios en mi viaje de Canarias. Entonces, en el barco comía en la segunda mesa. Precisa que enseguida le veas para convenir los detalles del tránsito de un régimen a otro, y además, precisar lo referente a mi viaje y al de toda mi familia”. El rey Alfonso XIII se autoexiliaba y facilitaba la inminente proclamación de la Segunda República.

Como es lógico, al conde le repelía la ingrata tarea de tener que parlamentar en esos términos con su antiguo secretario, erigido en esos momentos como auténtico y previsible futuro jefe del Estado. Se decidió que la reunión se celebrase en terreno neutral: la casa del doctor Gregorio Marañon, y resultó ser aún peor de lo que imaginaba. Alcalá Zamora respondió sin demasiada pompa ante la situación, sabedor de que un movimiento así sólo implicaba ya el acta de defunción. Le contestó a Romanones:

“La verdad se impone: la batalla está perdida para la monarquía. No queda otro camino que la inmediata salida del Rey renunciando al trono”. Aún intentaría el monárquico ganar algo de posición en la rendición que se estaba produciendo, pero fue inútil cuando Alcalá Zamora le constató lo que el mismo Sanjurjo había adelantado en la aciaga noche electoral de dos días antes: “Poco antes de acudir a su llamamiento, he recibido la adhesión del general Sanjurjo, jefe de la Guardia Civil’. Al oirle -explica Romanones- me demudé. Ya no hablé más, la batalla estaba irremisiblemente perdida”. Esa madrugada Alfonso XIII partiría hacia Cartagena desde donde embarcó para salir de España.

Miércoles, 15 de abril

“Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo el amor de mi pueblo”. Así comenzaba el manifiesto del rey Alfonso XIII hacia todos los españoles, publicado el miércoles 15 de abril. En realidad, Romanones lo había escuchado el día anterior en el mismo palacio de Oriente, a donde ya empezaban a llegar los Grandes de España y otros monárquicos para despedir al rey y conocer la gravedad de los hechos. Lo redactó Gabriel Maura ante la serenidad del rey y se decidió que no se publicaría hasta que Alfonso XIII y su familia no hubieran salido de España.

“No renuncio a ninguno de mis derechos” -lo que no consiguió Alcalá Zamora-, continuaba el manifiesto, “porque más que míos son depósitos acumulados por la Historia, de cuya custodia me han de pedir un día cuenta rigurosa (…) Mientras habla la nación suspendo deliberadamente el ejercicio del Poder Real, reconociéndola como única señora de sus destinos”.

La familia del Rey seguiría los pasos de Alfonso XIII tras subirse al tren en El Escorial ese mismo día: “La Reina, sus hijos y el acompañamiento llegaron a la estación de El Escorial a las nueve de la mañana. En sus alrededores se agolpaba un buen grupo de gente que, olvidando los favores recibidos de la Casa Real, mostraba su entusiamos por la II República con escarnios y baldones. La hora larga de espera en la estación de El Escorial debió de ser para la Reina un auténtico martirio (…) Llegó un momento en que yo, rendido por el cansancio y dominado por la tristeza, me senté en un banco del andén. Desde él vi arrancar el tren que llevaba a tiera extranjera a la Familia Real, últimos represantes de la monarquía caída”.

No fue definitivo aunque sí muy largo. El rey salió ese día de España para no regresar jamás, pero una república, una guerra civil y una dictadura después, la monarquía retornaría en la figura de su nieto Juan Carlos I, por el mismo designio del dictador Franco. Fue a la muerte de éste y tras haberse saltado la línea sucesoria, ya que el hijo de Alfonso XIII y padre del rey emérito, Don Juan de Borbón, aún vivía. En total, 44 años sin rey.

Fuente

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