“Así fui fusilado en Paracuellos del Jarama” – Ricardo Rambal Madueño


Yo he sido fusilado ”

Se llama Ricardo Rambal Madueño, y es uno de los supervivientes de Paracuellos. Un resucitado. Se adivina en su mirada y en su capacidad de resistir amarguras. Se le puede  considerar como un hombre de suerte si se piensa que se salvó de los sucesos del 22 de  agosto de 1936 en la Cárcel Modelo de Madrid, y posteriormente de la gran masacre de  Paracuellos del Jarama.

El frío de los muertos le hizo reaccionar despertándose herido para verse rodeado de cadáveres. «Ricardito» era de Falange y ensangrentado en boca, estómago y pierna llegó a pie a Madrid cayendo en brazos de su madre. Tres días caminando de noche con el tiro de gracia en la boca porque se había quedado incrustado en el paladar y esa suerte le salvó la vida. Llegó hasta las barricadas de Canillejas y burló los controles llegando a la calle Leganitos de Madrid, cercana a la Gran Vía. Allí le sorprendió ver que su casa había desaparecido por una bomba. Pensó en suicidarse tirándose bajo un coche pero en ese momento una vecina le reconoció y por fortuna le informó que su madre estaba alojada en los bajos del Cine Capitol, un refugio de los Guardias de Asalto.

El relato sencillo de su «muerte”,  refleja un espíritu tranquilo. Es un relato que estremece, tal vez por su propia sencillez.

«Todo comenzó el 2 de noviembre de 1936, fecha en que ingresé en la cárcel de San Antón; entonces tenía catorce años y era un buen mozo. Recuerdo que mis primeros días fueron muy duros, sentía en muchas ocasiones un súbito ahogo y un insaciable deseo de libertad. Con el transcurso de la primera semana, comencé en cierta forma a resignarme, quizá motivado por la gran unión que reinaba entre los que compartíamos San Antón; la vida transcurría sin ninguna noticia, aunque, de vez en cuando, el jefe de prisión, Melchor Rodríguez, miembro de la C. N.T. y persona de la que guardo grato recuerdo, me animaba con su charla. El día 28 de noviembre, sobre las nueve de la noche, esta rutina se rompe por la irrupción de un grupo de soldados que dijeron: “¡Nos vamos de excursión…!”

Antes de que me aten las manos, Joaquín González Gallarza, hermano del que fuera ministro del Aire, me pide que le cambie mis zapatillas —regalo de mi pobre madre— por sus zapatos: 

“A ti, mis zapatos te auxiliarán más que a mí, y, a mí, tus zapatillas me vendrán mejor que a ti.” 

Nunca olvidaré estas palabras, y hasta hace muy poco he conservado estos zapatos. Sin saber a dónde nos dirigimos, vamos apiñándonos en el camión. El breve trayecto, o mí me parece eterno, aunque voy tranquilo, porque, antes de partir, un sacerdote, también prisionero, nos ha dado la absolución colectiva a nuestros pecados.

Por fin llegamos no sé a dónde. Desciendo del camión y veo un número elevado de soldados con las armas preparadas, que empujándonos nos sitúan junto a unas fosas. Siento un fuerte  nudo en la garganta y mis ojos parecen nublarse ante la terrorífica escena que contemplo. En unos segundos, siento un ruido atronador e impactos de bala en todo mi cuerpo. Caigo a la fosa y pierdo la noción del tiempo y del espacio. Por la mañana, abro los ojos y unos hombres me rodean. Por unos instantes me alarmo al ver la sangre que brota de mi piel. Mi paladar lo  noto destrozado. Tengo balazos en la boca, el estómago y en la rodilla izquierda. Es el resultado de mi  fusilamiento.

En estas precarias condiciones, sin un céntimo en el bolsillo, y figurando como fusilado,  comienzo una odisea aún más tremenda: burlar los controles hasta llegar a Madrid.

Aún no comprendo cómo tardé sólo dos días en llegar a Madrid, porque tenerme en pie ya era un triunfo.

Llegué a la calle Leganitos, que era donde vivía mi madre, y una vecina, oí verme, exclamó: 

«Ricardito, hijo, ¿qué te han hecho?” Una vez que me auxilió, me indicó que mi madre se encontraba refugiada en los sótanos del cine Capital. A duras penas me vi bajando por las escaleras del sótano del cine, y nada más ver difusamente la imagen de mi madre perdí el conocimiento, recobrándolo dos días después.

Un grupo de guardias de asalto, posiblemente de los míos, me vistieron de miliciano, me dieron una pistola y me escondieron, durante tres meses, en los sótanos del Ministerio de Marina. 

Desmayado durante tres días se despertó con mono, pistola y un carnet de la CNT . Recibió instrucciones de un Guardia de Asalto para que la última bala la guardase para él. Eran tiempos bárbaros hasta para los niños «fascistas»

Pasado este tiempo, nuevamente fui capturado y permanecí en San Antón, hasta febrero del 37.

Sus ojos han vuelto o perderse en la mesa y su voz, por unos instantes, se ha apagado. Este es el relato de un hombre, Ricardo, que con su aspecto apacible y familiar, oculta esa tragedia de la que es protagonista de excepción. Es el hombre que burló a la muerte. Paracuellos del Jarama se cobró una vida menos.


En Fuerza Nueva
Ricado Rambal Madurero: "Asi­ me fusilaron en Paracuellos"

El Alcazar. 11/02/1977. Pag. 7. Párrafos 4. 
EN FUERZA NUEVA
RICARDO RAMBAL MADUERO:

"Asi­ me fusilaron en Paracuellos de Jarama"

MADRID. (Europa Press). Ayer tarde en el aula de conferencias de Fuerza Nueva, don Ricardo Rambal Madueno, alferez provisional y superviviente del genocidio de Paracuellos del Jarama, pronuncio una conferencia sobre el tema «asi me fusilaron en Paracuellos del Jarama».

Hizo la Presentación don Rafael Secantes Jimenez, hijo de un oficial del Ejercito fusilado también en Paracuellos.

El señor Rambal relato a lo largo de su charla su detención en el Madrid de la zona roja y sus traslados a la Cárcel Modelo primero y de ésta a la de San Anton, cuando era responsable de Orden publico de la junta de defensa de Madrid el sector Serrano Poncela y delegado de Orden Publico de Madrid, don Santiago Carrillo.

Cerro el acto don Blas Pinar Lopez, líder de Fuerza Nueva y consejero nacional del Movimiento, quien aludió a los genocidios de Paracuellos del Jarama y afirmo que no se entregaría sin lucha la victoria y que ellos no permitirán que los derrotados y asesinos de ayer se paseen por España ni que se venda la victoria, conseguida con tanto esfuerzo, ni desde el poder ni desde ninguna otra instancia. Y que no se olvide la victoria ni la obra del general Franco. Al llegar a estas palabras fue interrumpido por el publico puesto en pie con grandes aplausos y vítores y gritos de ¡Franco. Franco, Franco!.

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