«El frío de la muerte me despertó» el superviviente de Paracuellos fusilado con 15 años

«No nos mueve el odio, sino el perdón y el olvido», afirmaba ABC en su portada del 16 de enero de 1977, al anunciar el testimonio de Ricardo Rambal, detenido y fusilado sin juicio ni más acusación que su pertenencia a Falange, pero quien sobrevivió milagrosamente a la matanza de Paracuellos. Documento que debe formar parte también de nuestra memoria colectiva.

Ricardo Rambal, abogado, de 55 años, abraza una sencilla cruz de granito y hace un gesto para evitar la emoción: «Aquí me fusilaron hace cuarenta años. Yo era un chaval de quince». En el cementerio de Paracuellos hace mucho frío, quizá tanto como aquella noche del 28 de noviembre de 1936, cuando el señor Rambal, entonces Ricardito para todos, fue llevado a trompicones hacia el borde de una fosa común junto a otros presos políticos de la cárcel de San Antón. Frente a ellos un grupo de hombres con pistolas, fusiles y escopetas de caza dispuestos a matar. Unos obligados, otros voluntarios.

«Hacía frío, pero, créame, que no lo notábamos. Llevábamos la ropa interior y el mono de la prisión, nada más, pero no notábamos el frío. El miedo era la sensación más fuerte, no había lugar para sentir nada más». No habían recorrido ni 50 metros desde que fueron bajados de los camiones.

«Algunos de nuestros compañeros llevaban las manos atadas». Una descarga. Luego una detonación, otra, una nueva descarga.

«Yo, además, tenía una herida en la pierna. Me la había hecho un miliciano en la prisión cuando intentaba robar una hogaza de paz. Me clavó el machete, pero no me quitó la hogaza».

Tiempo para una oración, un recuerdo y cuerpos que caen retorcidos, gritos, gemidos.

«Con nosotros estaba Muñoz Seca: lo mataron esa noche».

Más detonaciones, más disparos, más gritos. Y silencio. Silencio de muerte. Desde el pueblo de Paracuellos se escuchaban detonaciones casi todas las noches… y luego, los vecinos también notaban el silencio de la muerte.

Un testigo presencial hubiese quedado paralizado al ver que uno de los cuerpos, aparentemente sin vida, de los asesinados en esa tanda comenzaba a moverse. «No sabía dónde estaba ni qué me había pasado. Serían las doce de la noche cuando abrí de nuevo los ojos. Me dolía una pierna, el estómago y la boca. Sangraba, sangraba mucho. Sin moverme del lugar en el que había caído palpé el terreno con ambas manos. El frío de los muertos me hizo reaccionar. ¡Qué escena.! Cuerpos y cuerpos sin vida, amontonados, ensangrentados, algunos terriblemente desfigurados. Me puse de pie, dudé décimas de segundo y salí corriendo despavorido. Creo que no grité porque tenía un intenso dolor en la boca. Luego me daría cuenta, horas más tarde, de que tenía una bala incrustada en el paladar. Era el tiro de gracia que me había entrado por la barbilla, pero afortunadamente el proyectil se quedó en la boca».

De madrugada, como todos los días que seguían a una ejecución, llegarían los enterradores, despojarían a los cadáveres de lo poco de valor que conservasen y les echarían tierra encima. Nadie notó la falta de uno de ellos. Oficialmente, don Ricardo Rambal Madueño, falangista, había sido fusilado en Paracuellos la noche del 28 de noviembre de 1936.

«Fui detenido el 4 de junio por ser militante de Falange. Sin más acusación, sin juicio previo, sin más diligencias, pasé a la Cárcel Modelo. Allí me encontré con grandes amigos, entre ellos el propio José Antonio. Los primeros momentos en la cárcel no fueron los peores. Todavía estábamos vigilados por oficiales de prisiones y la vida era, dentro de lo que cabe en una prisión, bastante normal. Pero estalló el Alzamiento y las cosas comenzaron a endurecerse: de presos políticos pasamos a ser prisioneros de guerra.

El 22 de agosto desaparecieron los oficiales de prisiones y la cárcel fue tomada por los milicianos. Pertenecían al grupo de ferrocarriles y estaban al mando de uno al que llamaban “Papá pistolas”. Ese día, muy temprano, nos hicieron salir al patio a esperar órdenes. Cuando más confiados estábamos, unas ametralladoras, instaladas en unas casas del paseo de Moret, comenzaron a dispararnos. Cayeron muchos, pues nos cogieron por sorpresa.

Ametrallados

Yo corrí a refugiarme a un muro con otro grupo de presos. En ese instante abrieron las celdas de los comunes, para dejarles en libertad, y las ametralladoras dejaron de disparar. Corrimos a refugiarnos en nuestra galería. Algunos de los comunes, antes de marcharse, prendieron fuego a la prisión. La panadería, que estaba debajo de la entrada a nuestra galería, fue la dependencia más afectada, hasta el punto de hundirse el techo y dejarnos aislados del exterior. Eso nos salvó.

Una vez desescombrada la puerta de la galería entraron los milicianos: “Os habéis salvado por los pelos -nos dijeron-, pero os vamos a juzgar a todos”. Al día siguiente entraron unos milicianos a la galería y señalaron a unos cuantos: “Venir, que os vamos a juzgar”. El primero en salir fue un comisario de Policía, Martín Bárdenas. Poco después escuchamos una descarga y nunca más volvimos a verle. El segundo fue Enrique Matorras, que había abjurado del comunismo con su libro “El comunismo en España”. En aquellos días cayeron Melquiades Álvarez y otros».

(…)

«Cesaron los “juicios”. Dos días después fuimos sacados de nuevo al patio. Nuestras miradas se agudizaban para intentar descubrir los cañones de las ametralladoras; el recuerdo del 22 lo teníamos muy vivo. En esta ocasión no intentaron matarnos. Nos dieron ropa -antes nos la habían quitado- y nos dejaron pasear. Pero no nos daban ni de comer ni de beber y los milicianos, para divertirse, nos tiraban trozos de pan desde las garitas. Ya se puede imaginar los saltos que dábamos para cogerlos.

Pronto se presentaría otra novedad: las sacas de presos. En septiembre y octubre las hicieron sin listas, a dedo. Debieron de ser los ejecutados en la Casa de Campo y otros lugares de Madrid

Y llega noviembre. A mí me trasladan en un autobús de dos pisos, junto con otros presos, a la prisión de San Antón. Algunos hablaban de libertad y de juicios justos, eran optimistas.

En efecto, hubo juicios. Recuerdo que el día que me juzgaron no había luz y el Tribunal se alumbraba con una vela, lo que daba un aspecto más fantasmagórico a la escena. Me preguntaron, contesté, y dictaron sentencia favorable: “Está usted libre”, me dijeron, y pusieron un punto rojo junto a mi nombre. A estas alturas todos sabíamos lo que significaba. Volví a mi celda y abracé a mi amigo Cousiños, un abogado, íntimo amigo mío. Sabíamos los dos que era nuestro último abrazo.

Al día siguiente, ya anochecido, me llaman por lista y me suben a un camión. Todos íbamos muy serios, con un nudo en la garganta. Algunos fumaban muy deprisa un cigarro regalado o robado. Sabíamos que nos quedaba de vida lo que los camiones tardasen en llegar a Paracuellos.

Luego, después del fusilamiento, cuando desperté y salí corriendo; era noche cerrada. Mi única obsesión era alejarme de aquel lugar. ¿Quién me diría que horas después de subir a un camión que me llevaba a la muerte, podría emprender otro viaje de regreso a la vida?

Cuando amaneció me escondí entre unos matorrales y así permanecí todo el día, desfallecido, hambriento, sediento y con miedo. Intenté poner mis ideas en orden. Tengo que volver a Madrid, me dije, y cuando anocheció emprendí el camino de regreso. Toda la noche caminando, con frío, con dolor, casi sin fuerzas. Volvió a amanecer y me volví a esconder. Cuando anocheció de nuevo, reemprendí la marcha hasta llegar a las barricadas de Canillejas. Era mi tercer día de caminata.

Mi primer problema fue burlar los controles, y el segundo orientarme. Los bombardeos y combates habían desfigurado la ciudad… Por fin llegué a la calle Leganitos, donde vivíamos, y vi mi casa destruida por una bomba. En ese momento pensé tirarme bajo las ruedas del primer coche que pasase, ya no podía más.

Pero una vez más el destino me abrió los brazos. ¿Ricardito, qué te han hecho? Era la voz de una vecina que me reconoció. Tu madre está en los bajos del cine Capitol, en un refugio de los guardias de asalto.

Con las pocas fuerzas que me quedaban fui hacia allí. La vista se me nublaba, las heridas me dolían, había perdido mucha sangre y me faltaban fuerzas. Abrí la puerta del refugio y vi, al pie de una escalera, a mi madre llorando… En la cárcel le habían dicho que había sido fusilado. Al oír la puerta miró, me vio, sus ojos se abrieron y gritó ¡hijo! … No pude más, y caí rodando.

Sin odio

A los tres días recobré el conocimiento, sentía dolor, pero me encontraba mucho mejor. Los refugiados que estaban allí me quitaron la bala de la boca y me alimentaron como pudieron. Después, un guardia de asalto me facilitó un mono, un carné de la C.N.T. y una pistola: “Toma -me dijo-, defiéndete como puedas y guarda la última bala para ti”.

Volví a tomar contacto con los míos en Madrid y me pasé al frente nacional por la Universitaria. Primero estuve en el servicio de espionaje y luego en unidades de combate. Ésta es mi historia».

Una historia contada una fría mañana de enero, junto a lo que en pura lógica debía ser su tumba. Al pie de la cruz de granito hay una inscripción: «José Cousiños. 2-XII-36». «Como no sé dónde cayó mi amigo he elegido el que debería ser mi sitio para él». Ricardo Rambal, abogado, 55 años, cuenta la historia; se emociona, pero no odia. Es de agradecer.

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