Castuera (Badajoz 1936): el camino de la historia y a entelequia de la memoria.


Iglesias de Baena (Córdoba) y Usagre (Badajoz) después de su incendio y profanación. Escenas como ésta se repitieron en toda la zona de España sometida al Frente Popular

Me resultó muy revelador conocer una serie de artículos en la línea de lo que se ha llamado “recuperación de la memoria histórica” que han aparecido en una revista digital llamada Entelequia (http://www.eumed.net/entelequia/). Por encima de la mayor o menor calidad de los trabajos allí reunidos, en todos latía una voluntad, en algunos casos paladinamente confesada, de construir un proyecto socio-político basado sobre una re-lectura neo-socialista del pasado de la España contemporánea. Lo dicho, una entelequia, es decir, como define el diccionario de la RAE, una cosa irreal, en utilización irónica de un concepto empleado por la filosofía aristotélica para referirse al fin u objetivo de una actividad que la completa y la perfecciona.
A mi pueblo natal, Castuera (Badajoz), le ha cabido la desgracia de ser elegido en el contexto de esta estrategia gramsciana como lo que a algunos les gustaría que hubiese sido: el Auschwitz extremeño del franquismo. La razón, que en sus inmediaciones se estableció de manera provisional durante menos de un año (1930-1940) un campo de concentración de prisioneros transformado después en una institución aneja a la Prisión Provincial. Basta, por lo tanto, de recordar viejas glorias históricas. Para los defensores de la entelequia, de lo irreal, el recuerdo no es algo dado sino algo que se construye y se impone, incluso a pesar de las resistencias. Por eso, afirman: «Para un pueblo acostumbrado a verse reflejado en la tradición, en la repetición de sus ritos, en una mirada nostálgica a los años pasados, en definitiva a forjarse una identidad basada en el reconocimiento de nuestros mayores, visualizar como identidad, como pasado común, el gran escenario de una guerra y una posguerra sin cuartel para el vencido supone sin duda un hecho difícil de gestionar en el presente […]» (Antonio D. López Rodríguez y Guillermo León Cáceres, artículo en el lugar citado).
¡Pobre objetivo! Basar la identidad de un pueblo en la derrota sufrida por el Frente Popular en 1939. Quizás por eso, desde hace unos años al llegar el mes de abril unos cuantos ―nostálgicos la mayoría de un ayer que no conocieron― se dirigen en procesión cívica al escenario de su peculiar memoria agitando banderas inconstitucionales, manchadas de morado, y pasando a pocos metros de las tapias del cementerio, lugar en el que las milicias del Frente Popular asesinaron en el verano de 1936 a decenas de vecinos de esta población extremeña. Poco parece importarles a los herederos de una ideología que ha causado más de cien millones de muertos.
Y es que frente al sinsentido de la memoria solo se puede edificar sobre el rigor de la historia.Desde que en julio de 1936 quienes habían recibido armas del Gobierno de la República al margen de cualquier consideración legal aprovecharon las circunstancias para desencadenar su anunciada revolución en aquellos lugares en que los militares y paisanos sublevados no lograron imponerse de manera definitiva, el terror iba a mantenerse durante los casi tres años de guerra. Varios centenares de personas perdieron la vida en las matanzas con las que socialistas y comunistas regaron de abundante sangre las comarcas pacenses de La Serena y Los Montes, lo que ellos mismos llamaban la Extremadura Roja; miles de vecinos de estos pueblos pasaron por las cárceles o dejaron en ellas la vida y la salud; durante meses milicianos y dirigentes políticos se convirtieron en dueños de la vida y hacienda de muchas de personas cuya vida podía depender del capricho de uno de aquellos flamantes dirigentes. Por eso resulta trágico, tener que escuchar a los hijos de aquellos criminales, convertidos ahora en locuaces testigos por ciertos historiógrafos o por las cámaras de televisión, para darnos su versión de lo ocurrido.
Solo por citar uno de los casos ocurrido precisamente con vecinos de Castuera, en la mañana del 22 de agosto, veinticuatro detenidos fueron montados en el tren y, al llegar a las inmediaciones del apeadero de El Quintillo, les obligaron a bajar, les hicieron varios disparos en las piernas, al caer al suelo les echaron encima leña y los rociaron con gasolina, prendiéndole seguidamente fuego y quemándolos cuando aún estaban con vida. La lista de los asesinados había sido seleccionada la noche antes en una reunión del Comité revolucionario que se celebró en el Ayuntamiento. Entre ellos figuraban el Párroco y el primer alcalde que tuvo la República en esta población. Si a las “sacas colectivas” añadimos otras muertes que se produjeron en forma aislada (las últimas en julio de 1938) en total fueron asesinadas en Castuera ochenta y seis personas; si nos referimos a todos los vecinos de este pueblo, incluyendo a los fusilados en otros lugares, el número total de víctimas de la represión frentepopulista se sitúa en ciento nueve, una de las cifras más altas de la provincia. Por lo que a su origen socio-profesional se refiere, predomina un grupo de modestos empleados y obreros de distintos oficios, en su mayoría vinculados a Falange Española, organización que ya había sufrido en esta localidad un atentado contra el jefe provincial Arcadio Carrasco (marzo-1936) y el asesinato de uno de sus militantes, Leopoldo Sánchez Hidalgo, pocos días antes de comenzar la guerra. Teniendo en cuenta que las “sacas” se llevaban a cabo con un gran despliegue de medios, en la inmensa mayoría de estos crímenes puede hablarse de la participación de las autoridades locales así como de un contingente de milicias y guardias de asalto a las órdenes de sus respectivos mandos. El mito de la espontaneidad en la violencia revolucionaria resulta insostenible y únicamente se puede hablar de asesinatos irregulares por carecer de toda norma jurídica no por haberse llevado a cabo sin la anuencia de los dirigentes.
Castuera fue escenario, al igual que otros lugares de la provincia de Badajoz, de varias decenas de ejecuciones irregulares durante los meses de abril y mayo de 1939 y de otras como resultado de las penas de muerte impuestas por consejo de guerra. Las tapias del cementerio volvieron a mancharse de sangre, aunque ahora era la de aquéllos que habían participado en las detenciones, fusilamientos y demás excesos cometidos en la retaguardia, tanto en Castuera como en otros pueblos de la comarca o siguieron practicando actos de bandolerismo en la posguerra. Las represalias alcanzaron en ocasiones a familiares de los más directamente implicados.
Trágica historia para pretender edificar sobre ella la identidad de todo un pueblo. A uno de aquellos jóvenes falangistas de Castuera, le preguntaron sus asesinos por qué no había utilizado los últimos cartuchos que le quedaban “para levantarse la tapa de los sesos”, a lo que el camisa azul respondió que “el último cartucho también era para defender a España”.
Defender a España de los que hoy quieren liquidar su existencia como nación, pactando con terroristas, imponiendo la cultura de la muerte y el laicismo. Como programa, me parece mucho más atractivo que la entelequia que nos proponen los radicales de izquierda.
¿Nos animamos a ser rebeldes frente a este sinsentido?
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