El tributo pagado a la contrarreforma: las finanzas – Cesar Vidal

En las entregas anteriores, quedó de manifiesto cómo el hecho de quedar fuera de la zona de Europa donde triunfó la Reforma marcó una diferencia radical en la cultura del trabajo para España con unas consecuencias nada positivas que llegan hasta el día de hoy a pesar de los esfuerzos legislativos para eliminarlas. Con todo, ésa no fue ni es nuestra única diferencia, compartida con otras naciones frente a la Europa donde triunfó la Reforma.

También, para inmensa desgracia de un imperio y después de una nación que necesitaba modernizarse, la visión de las finanzas asumida por España iba a ser diferente.

La cultura eclesiástica medieval vio siempre mal el préstamo a interés.  La razón no era que la Biblia dijera nada en su contra –no hay un solo párrafo en el Nuevo Testamento donde se arremeta contra prestamistas o banqueros–, sino porque Aristóteles (un genio si se quiere, aunque no en el terreno de la economía) escribió páginas contra el dinero y los préstamos que santo Tomás de Aquino y otros autores eclesiásticos repitieron con más fruición que reflexión. No sorprende que con ese punto de vista –de origen helénico-pagano y no cristiano– se multiplicaran las condenas del préstamo con interés. El Segundo concilio de Letrán (1139) prohibió su ejercicio a laicos y clérigos; el Tercero (1179) impuso a los prestamistas la pena de excomunión y les negó cristiana sepultura; el Cuarto (1215) ordenó el destierro incluso de los judíos que lo practicaran.  El II Concilio de Lyon (1274) ordenó la expulsión de los prestamistas disponiéndose que los obispos que no los excomulgaran fueran suspendidos. El concilio de Vienne (1311) ordenó que se procediera a investigar a los gobernantes que toleraran el préstamo a interés y el de 1317 incluso calificó como herejía el negar que el préstamo a interés fuera pecado.  Se trata sólo botones de algunos ejemplos de una corriente continua que no veía la diferencia entre el préstamo con interés y la usura y que además aumentaba las penas –llegó a equiparar el préstamo con el adulterio o la homosexualidad– visto que no terminaban de extirpar el pecado de necesitar el crédito de en medio de la grey. Algún economista ha afirmado recientemente que incluso la imposición de la confesión auricular a inicios del siglo XIII estuvo directamente relacionada con el deseo de acabar con el préstamo a interés, pero no voy a entrar en ese tema.  Entrar en esa cuestión desviaría mucho el objeto del presente estudio.  La realidad es que negar que los préstamos a interés –un instrumento esencial para el tráfico comercial y la vida económica – pudieran ser lícitos tuvo consecuencias extraordinariamente perversas. Por un lado, se acabó permitiendo la práctica del préstamo a interés, pero a los judíos, lo que los convirtió en chivos expiatorios de los odios que acaban sufriendo los que desean cobrar los créditos.  Como hemos tenido ocasión de ver, a pesar del antisemitismo enseñado y atizado por el clero y de que periódicamente los judíos de corte recibían la muerte por los servicios prestados, los reyes hispanos siempre acababan por volverlos a llamar siquiera porque eran más eficaces y honrados que los clérigos y nobles que los sustituían ocasionalmente. Sin embargo, ésa no era solución. Por un lado, se fue formando una imagen satanizada –e injusta– de los judíos que se empleó para legitimar, por ejemplo, la cadena de progromos de 1392 que acabó con la mayor parte de las juderías de la Península Ibérica un siglo antes de la Expulsión; por otro, obligó a pensar en maneras para financiarse que acabaron bordeando si es que no entrando claramente en la simonía.  Por último, los problemas económicos siguieron sin solventarse. A inicios del siglo XVI, el préstamo a interés había sido sustituido por un contrato trino –buen nombre para una institución derivada del deseo de desbordar disposiciones canónicas– que combinaba el mutuo, el comodato y el seguro.  Se trataba de un reconocimiento hipócrita de la necesidad de instrumentos que se condenaban y contra los que se clamaba desde los púlpitos.  Algo era, pero resultaba abiertamente insuficiente y, desde luego, discutible en términos morales y económicos.

Esa condena de la actividad bancaria tuvo funestas consecuencias para las naciones católicas que, como era de esperar, obedecieron los criterios de la Santa Sede al respecto o si los violaron lo hicieron de manera clandestina y con mala conciencia.   Semejante conducta tuvo, entre otras consecuencias, que buena parte de sus poblaciones relacionara –sigue haciéndolo– la simple actividad bancaria con algo sucio, pecaminoso o indigno.  El Flandes católico, Lieja o Colonia sufrieron no poco con esa situación, pero, con todo, la peor parte le tocó a España convertida en la espada de la Contrarreforma.  De manera espectacular e innegable, en unas décadas, los reformados desarrollaron la banca moderna y, lógicamente, se hicieron con su control. Incluso naciones especialmente atrasadas en esa cuestión a finales del siglo XVI habían avanzado mucho más que sus rivales católicas.

Los efectos políticos y militares de esa circunstancia fueron fulminantes además de muy negativos para España.  Durante los inicios de la guerra de los Treinta años, Cristian IV de Dinamarca y Gustavo Adolfo de Suecia fueron los campeones de la defensa de la libertad religiosa protestante frente a los intentos católicos de acabar con ella violando pactos como la paz de Augsburgo.  Es sabido que, como supo ver Fernando el Católico, el nervio de la guerra es el dinero y Cristian IV basó financieramente su esfuerzo bélico en los hermanos Willem, una firma banquera con sede en Ámsterdam, y después en los Marcelis. Ambas bancas pertenecían a familias calvinistas. En el caso de Gustavo Adolfo –un genio militar que ha sido comparado con Federico de Prusia y Napoleón– su base financiera estuvo en Geer y Trip.  Sabidos son los golpes extraordinarios que el ejército sueco ocasionó a las armas imperiales y a sus aliados hispanos.  La firma bancaria, a decir verdad, hubiera podido servir a España, pero la intolerancia religiosa la expulsó del Flandes español obligándola a establecerse en Ámsterdam. Se convirtieron así en lo que algún historiador ha denominado los “Krupp del siglo XVII”.  Por desgracia, esos “Krupp” estaban en contra de la España de la Contrarreforma.

Se podría objetar que como protestantes los banqueros protestantes servían a potencias protestantes.  La realidad es que no fue así. Los protestantes –como los judíos antes que ellos– aplicaban una regla contenida en la Biblia, la de mantener la lealtad al gobierno que fuera siempre que garantizara su libertad religiosa. Puestos a ser santos no iban a serlo más que José que fue ministro de finanzas del faraón o que Daniel que aconsejó al impío Nabucodonosor. Trabajaban, por lo tanto, para los clientes que los requerían. Los católicos que conservaron en aquella época un poco de sensatez supieron ver esta circunstancia y la aprovecharon.   No fue el caso de España, pero sí el de algunos de sus enemigos.  Por ejemplo, el cardenal Richelieu, príncipe de la iglesia católica, pero no hasta el punto de perjudicar los intereses de Francia, supo que la banca segura era la protestante y a ella recurrió. Al igual que Enrique IV, el cardenal sabía que el talento financiero se hallaba en los hugonotes, los calvinistas franceses, y no tuvo problemas de conciencia en utilizarlo.  De manera bien reveladora, su gran banquero fue el hugonote Barthélemy d´Herwarth. Gracias a él, Francia pudo, entre otras victorias, hacerse con el control de Alsacia. Persona de tanto talento y hereje por añadidura no tardó en despertar las envidias de los católicos franceses. Sin embargo, Richelieu, mucho más inteligente que los Reyes Católicos y mucho más preocupado por los intereses nacionales que los Austrias españoles, lo defendió ante el niño Luis XIV con palabras tajantes: “Monsieur d´Herwarth ha salvado a Francia y preservado la corona para el rey. Sus servicios nunca deberían ser olvidados. El rey los hará inmortales mediante las marcas de honor y reconocimiento que le concederá a él y a su familia”. Luis XIV siguió el consejo del cardenal y lo nombró Intendant des Finances.  Mazarino, otro cardenal, mantuvo en el puesto a d´Herwarth que colocó en los puestos de finanzas a gente competente, es decir, calvinistas que creían que el dinero y su gestión no eran algo malo. El resultado fue óptimo para Francia y pésimo para España donde el conde-duque de Olivares ni siquiera consiguió anular el Edicto de expulsión que pesaba sobre los judíos desde 1492 y, por supuesto, jamás hubiera podido emplear a protestantes.

El caso de Richelieu no fue excepcional. Wallenstein, el gran héroe católico de la primera parte de la Guerra de los Treinta años, también recurrió a aquellos que eran buenos banqueros simplemente porque no creían que en la actividad bancaria existiera pecado alguno. En su caso, su hombre de confianza fue un calvinista –¿puede sorprender?– de Amberes llamado Hans de Witte. Verdadero artífice financiero de las victorias de Wallenstein, aprovechó su puesto para defender a otros calvinistas que ya sabían lo que significaba la cercanía de los jesuitas.   Porque la realidad pavorosa era que la Compañía de Jesús ya estaba expulsando a sangre y fuego a los protestantes de Europa central y Bohemia.  De Witte fue respetado mientras tuvo éxito. Cuando Wallenstein fue vencido y De Witte se arruinó, su vida dejó de ser útil. Un día apareció ahogado en un estanque. Había sufrido la suerte de tantos judíos de corte en el pasado o de tantos otros herejes o agnósticos que han trabajado para instancias católicas después.   La realidad, empero, resulta innegable.  Durante todo el s. XVII, los banqueros de élite en Europa fueron calvinistas, pero lo más doloroso es que en su mayor parte habían huido de los Países Bajos españoles donde el hecho de tener otras creencias distintas de la católica les habría costado la vida. Así el deseo de aplastar la libertad religiosa y acabar con la vida de los disidentes mantenido a sangre y fuego por la iglesia católica había evitado que pudieran servir al rey de España y los había colocado a las órdenes de príncipes protestantes que creían en la bondad de la banca o de católicos que no veían la necesidad de anteponer la obediencia estricta a las enseñanzas vaticanas sobre los intereses de su patria. El resultado es de todos sabido porque, desde luego, difícilmente pudo resultar más nefasto para España. A decir verdad, nunca recuperaría su posición de potencia de primer orden. Y es que, como ha señalado, H. R. Trevor-Roper, “las sociedades protestantes eran, o se habían convertido, en sociedades con una visión más adelantada que las sociedades católicas tanto económica como intelectualmente”.

Por desgracia, España no aprendió la lección que habían captado Wallenstein, Richelieu o Mazarino.  Por el contrario, iba a seguir despreciando los bancos y su actividad durante siglos. Como en el caso del trabajo al que quiso privar del carácter infamante que le daban los españoles, también habría que esperar a finales del siglo XVIII para que Carlos III intentara que la nación se desprendiera de sus prejuicios. También, como en el caso de la ética del trabajo, el monarca ilustrado fracasó en ese intento. Hasta mediados del siglo XIX no aparecieron los primeros bancos en España. De nuevo, la nación se había quedado varios siglos –en este caso más de cuatrocientos años– retrasada en relación con la Europa donde había triunfado la Reforma. Por añadidura, el prejuicio continúa a día de hoy.  Todavía, a día de hoy, la Comisión para justicia y paz de la Santa Sede ha condenado un documento la “idolatría de los mercados” con un lenguaje que no desmerece de las condenas pronunciadas durante la Edad media contra el préstamo a interés.  Es bien cierto que algunos economistas católicos se apresuraron a decir por los pasillos que la Santa Sede podía ocuparse de cosas más importantes que disparatar en materia económica. Tenían razón, pero ya era un poco tarde para salvar el imperio español y permitir que España se igualara con otras naciones que comenzaban a adelantarla.  Hace de todo ello casi medio milenio y no existen indicios que lleven a pensar que esa mentalidad no siga siendo la predominante, por desgracia, entre los españoles.

Fuente

2 comentarios en “El tributo pagado a la contrarreforma: las finanzas – Cesar Vidal

  1. Un portal habitualmente tan patriótico como éste no debería publicar propaganda protestante del calvinista César Vidal, que en algunos temas que trata está pasablemente bien, pero en muchos otros barre para su casa. La doctrina social de la Iglesia representa el perfecto equilibrio sin los excesos de los extremos capitalistas y comunistas. ¿Cómo se puede seguir hablando de que la expulsión de los judíos supuso un descalabro económico para España si precisamente a partir de 1492 empezó la época de mayor prosperidad? Durante tres siglos España fue un próspero imperio, y el real de a ocho fue una moneda internacional de amplia circulación y aceptación en América y Asia. No hagan caso de tanta leyenda negra protestante.

    Le gusta a 1 persona

  2. Este señor es un ignorante total en historia económica, seguramente influido por su religión anticatolica y haberse formado en la Universidad española con los mitos “progresistas” y “regeneracionistas” de su generación.

    Precisamente, como muy interesadamente no se quieren ver las causas reales, no solo no da ni una; es que justifica engendros como Felipe González que efectivamente destruye lo único que se ha hecho para ser como “Europa” : La industrialización franquista.

    Si de verdad es como dice, ?por qué entonces hay prostitucion en España ?

    ?O es que no prohíbe “el Concilio de Trento” pecar contra el sexto mandamiento?

    ?No es el lander más rico de Alemania, Baviera, un pais catolico?
    Casualmente igual que el norte de Italia, la Francia industrial, Bélgica …

    Si Flandes y Florencia (y Pisa, Génova, Venecia…) fueron ricas e inventaron el capitalismo (Florencia llego a tener !500 banqueros!)… ?era por que eran “protestantes” ?

    Los centros de la industria española, Barcelona y Bilbao, ?no han sido católicos tridentinos?

    ?Y el Bible Belt o los valdenses son ricos?

    Así no podemos seguir. Este tipo de cosas no pasa en Europa.

    No, señor mío. La religión puede influir, pero no en este sentido.

    Lo importante es lo que potencia o impide lo que “da dinero”

    Lo que da dinero es lo que agrega VALOR (“valor añadido”) al comprador.

    Normalmente, lo que da valor añadido es el COMERCIO (lleva al alcance del comprador productos de otros sitios a cambio de un lucro y una compensación por los gastos y el riesgo ). De ahí que las ciudades con ferias o mercados sean generalmente ricas; ídem las ciudades de la “ruta de la seda.

    Lo otro que agrega valor -suele nacer del comercio- es la MANUFACTURA y, eso mismo, evolucionando por su propia dinámica natural de buscar la efectividad y bajar costes, se convierte en la INDUSTRIA al aplicar el vapor generado por la combustión del carbón piedra.

    ?Cosas que no lo favorecen?

    La inflación, todo lo que impida o dificulte el comercio, como los piratas, el bandidaje o las guerras, efectivamente un sistema financiero ineficiente por considerar pecado la usura (San Bernandino de Siena o San Antonio de Florencia NO consideran el préstamo con interés un pecado, sino la compensación a un esfuerzo y un riesgo ), no proteger la propiedad privada o la inversión, no tener VIAS FLUVIALES -España no las tiene; es un pais montañoso y seco, lo que encarece y hace más lento el comercio-…etc, etc, etc

    Básicamente el capitalismo triunfa en lugares dominados por oligarquías comerciales, que como es lógico imponen la legislación que les permite enriquecerse y proteger sus inversiones. Son estas mismas clases mercantiles, que han desarrollado una mentalidad activa (hay que vender activamente TODOS LOS DIAS y llevar una disciplina de dinero y crédito MUY ESTRICTA, no como el agricultor que siembra por “San Blas” y recoge por “Santiago”). Es esta mentalidad y estos intereses VITALES los que favorecen el protestantismo; y no al revés.

    La famosa obra de “La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo” del calvinista Max Weber la escribió después de un viaje a NORUEGA y observar personalmente el éxito de las recientes políticas capitalistas en esa sociedad protestante hasta hace poco “tercermundista”.

    En fin; es que no hay por donde coger a este tipo.

    Respecto a la estupidez de que los financieros huyen a Holanda por la persecución “católica” (algo habrá, como en la fila del Señor) es simplemente ridícula.

    Holanda había bloqueado las bocas del ESCALDA y mucha gente se marchó de Amberes a Ámsterdam. Simplemente porque allí estaba ahora el negocio.

    Por eso, cuando se debate la posibilidad de una paz con España, De Witt se niega a ella alegando expresamente que “si se desbloquea el Escalda, los comerciantes vuelven a Amberes”…etc, etc, etc. (el Escalda hoy es el segundo puerto más importante de Europa )

    Si es cierto que en la calvinista Ámsterdam, aunque es muy tolerante en religión, no lo es nada respecto a la mendicidad, porque si la gente no trabaja, encarece la mano de obra y los ricos tienen menos beneficios (ley de oferta y demanda), además de que ahora son los ciudadanos los que, después de haber robado a la Iglesia católica sus propiedades, es la que dota la beneficencia pública y la caridad parroquial. La legislación de vagos y maleantes moderna surge precisamente en paises protestantes y con esos fines.

    Por ultimo, ?qué cree este señor que son los JUROS y que cree que hacen las colonias de genoveses en España?

    Lo peor no es que las opiniones de este individuo sean falsas.

    Lo peor es que crean opinión en un pais “democrático”, esto es, en que los ciudadanos dirigen la política con su voto.

    Y la evidencia de su voto ha sido nefasta para el desarrollo económico de España estos últimos 40 años y todo lo que ello conlleva (“modernidad”, Estado del bienestar, oportunidades de progreso personal, trabajo, derechos humanos, la misma “democracia”).

    Si votamos políticas económicas tercermundistas, acabaremos, diga lo que diga la Constitución, en un pais tercermundista, con un sistema político tercermundista, con paro tercermundista y con miseria tercermundista.

    Me gusta

esta web esta abierta al debate, no al insulto, estos seran borrados y sus autores baneados.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s