Comunismo o socialismo – Iván Blanco

El liberalismo de la mano de la Revolución francesa, y las posteriores que han sido, buscó en primer lugar instaurar un estado rousseauniano donde éste no tuviera óbice para llevar a cabo sus desmanes. Si la persona quería oponerse al Estado, ahora convertido en individuo desligado, no tendría la mínima posibilidad de victoria. Es por ello que lo primero que abolió fueron los cuerpos intermedios que estructuraban contrapoderes reales a las veleidades de un posible rey caprichoso o de una nobleza desmemoriada de sus obligaciones morales.

No en vano, Marx se inspiró en la revolución burguesa de 1789 y en sus principios para fundamentar la existencia de un estado comunista que acelerara mediante la distribución planificada de los medios de producción, la realización del individuo, el progreso del mismo y su liberación plena de la estructura dicotómica propietario-proletario. De la misma forma que el liberalismo ilustrado identificaba a la moral cristiana, la Iglesia y las instituciones tradicionales como el obstáculo para el perfeccionamiento del hombre, Marx lo hallaba en la estructura de la propiedad, aunque por supuesto, la Iglesia también era un estorbo. 

Hay sin embargo un cuerpo intermedio que ha sido refugio de la civilización en todos estos años en los que se ha intentado dinamitar los fundamentos cristianos que han conformado nuestro mundo, la familia. Y es esa misma institución la que está siendo atacada hoy de forma furibunda por la ideología de género. Ideología que surge de una evolución de la duda cartesiana sobre la aprehensión de la realidad y que vertebra el febriscente padeciente de náuseas Sartre junto a su compañera Simone de Beauvoir

Pero no es nuevo ni reciente este ataque a la familia, Engels en su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado” nos plantea a ésta como una estructura de poder burgués donde el hombre se aprovecha del trabajo de la proletaria (la esposa), y esta última tiene el deber de manumitirse del líder patriarcal para obtener su propia y merecida realización espiritual, personal y psicológica. Así todas las leyes disolutivas del matrimonio y todo fomento contrario a la familia natural obtendrán cobijo en el paraguas del progresismo evolucionado del primer marxismo.

A finales de los años 60, y como pináculo de su expresión visual en mayo de 1968, tiene lugar en Europa un hecho único y traumático, una “revolución social-freudiana” (Elio Gallego), en la que permea la idea de que la libido y toda expresión sexual no deben ser ahormadas por la moral ni deben ser reprimidas en el espacio público debido a los traumas psicológicos que ello podría provocar. La idea que la manifestación de las bajas pasiones deba quedar encuadrada en la alcoba provocaría un alud de neurosis en la población, a todas luces inaceptable para los cánones modernos. Resulta que ese argumento se compró de forma más o menos abrupta en virtud de lo cristiana que fuera la sociedad en la que penetraban esas ideas.

El lobby LGTBI incipiente, vio en eso una oportunidad única. Y se lanzó al diseño de una bandera que expresara su genitalidad y su liberación pulsional en el espacio público, ahora sí, ya libre de toda presión moral. Y lanzaron y publicitaron la mal llamada bandera arco iris. Que no es tal. El arco iris es la alianza que establece Dios con el hombre, (Gn. 9,12-17), pero a la bandera lgtbi le falta un color tradicional, el azul celeste, el color de la Inmaculada Concepción. ¿Casualidad? Hagan sus cábalas. 

La ideología de género, que odia a la familia por opresora, integra todas aquellas políticas y visiones que puedan disolver la estructura natural familiar; divorcio exprés, aborto, ley de violencia de género y además, ensalza todas las formas afectivas no reproductivas y aquellas herramientas que permitan la reproducción sin la figura de un padre, como puede ser la inseminación artificial, gestación subrogada, o lo que venga. 

Esta misma ideología bebe del humanismo sartriano que nos definía la existencia o el acto de la voluntad como previo al ser. Así no hay nada que nos constituya como hombre o mujer más allá de nuestro deseo. Todo es líquido y plástico sometido al querer del sujeto. Mientras Kant subyugaba la moral a la voluntad del individuo, Sartre supedita la naturaleza a ésta. El hombre es ahora instituido en pequeño diosecillo que gobierna todo a su discreción. El universo se pliega a sus veleidades y caprichos.

A estas alturas, muchos de ustedes estarán pensando: ¡Sr. Blanco, concluya! 

Bien, todo esto viene a colación por una imagen que ha circulado por las redes, una carpa de la campaña de Isabel Díaz Ayuso en la que se veían colgadas banderas del colectivo LGTBI. Sin entrar en detalle sobre si fue una estrategia del partido o una iniciativa de los apoderados que estaban en la carpa, esa idea encuadra perfectamente en la ideología liberal, ya sea conservadora o progresista, pues es la voluntad lo que se entroniza con esa visión del mundo. La capacidad de sobreponerse al fascismo que muestran las cadenas cromosomáticas que no se someten al sufragio del ente que constituyen. Todo ese voluntarismo enfocado a la destrucción del crisol de la civilización e institución áurea que ha soportado todas las revoluciones es lo que comparten liberales de uno y otro signo, jacobinos y girondinos, comunistas y conservadores. 

Por ello decimos que el lema del PP no debería ser “Comunismo o Libertad”, sino “Comunismo o Socialismo”, pues para que comunistas y liberales puedan instaurar su estado rousseaniano deben destruir los cuerpos intermedios, y la familia es el último bastión que queda en pie. Una vez destruida ésta, Dios no lo quiera, sólo quedará estatismo en alguna de sus formas, o comunismo o socialismo.

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