La sublevación de Jaca, una memoria incómoda – Juan Ramón Pérez de las Clotas / FNFF

Juan Ramón Pérez de las Clotas

Boletín Informativo F.N.F.F.


El autor explica e interpreta la sublevación del acuartelamiento de Jaca a mediados del mes de diciembre de 1930, sólo cuatro meses antes de que en abril de 1931 se proclamase la República.

A las 4 de la tarde del día 14 de diciembre de 1930, un domingo lluvioso y gélido del Pirineo, un pelotón de ejecución ponía fin a la vida de los capitanes don Fermín Galán y don José García Hernández. No más allá de cuarenta y ocho horas antes, ambos, junto con otros varios compañeros, habían protagonizado una sublevación en la guarnición de Jaca —a la cual pertenecían— y proclamado formalmente la II República española. Increíblemente, de tan insensata aventura tenía cabal conocimiento el Gobierno de la nación. De la misma manera que era el secreto de Polichinela en los medios políticos y militares, la convicción generalizada era que, de producirse el golpe, éste abocaría en un tremendo fracaso, cuando no en el más espantoso de los ridículos. Lo que nadie podía prever, en aquella España sin pulso, trufada de militares conspiradores de opereta y políticos urgidos por el cambio de chaqueta, era que acabase en tragedia. Ni, mucho menos, que mandase al cajón de la basura las estructuras anacrónicas de un régimen cuya existencia era ya puramente virtual: la monarquía borbónica. Si cuatro meses después, en abril de 1931, España asistiría jubilosa al advenimiento de la República, ello era en gran medida debido al antecedente sangriento de Jaca, cuyo septuagésimo quinto aniversario se acaba de cumplir en medio del mayor de los silencios.

Vista desde una perspectiva histórica, y al margen de lo que a la larga fueran sus consecuencias, la sublevación de Jaca constituyó, en su fondo y en su forma, una alucinada aventura que ni si-quiera llegó a ser romántica —le faltó el aura de las viejas estampas decimonónicas— y terminó siendo una patética combinación de esperpento y locura, de la que a la postre tan sólo quedaría a salvo la serena dignidad ante la muerte de los capitanes ejecutados. Las memorias que de su paso en esta época por la Dirección General de Seguridad escribiría el general Mola no pueden ser al respecto más reveladoras. Por él sabemos que el Gobierno del general Berenguer estaba al cabo de la calle de las actividades conspiratorias, hasta el punto de que el día 29 de noviembre el propio Mola recibe de sus agentes infiltrados informes que le alertan de la inminencia del golpe revolucionario, en los que se aportan datos tales como la composición del que sería proclamado Gobierno provisional de la República y las unidades militares comprometidas en la acción. La de guarnición en Jaca no dejaba de ser una más de las piezas del puzle. Pero Mola tiene en esta localidad pirenaica una conexión personal, su amigo y compañero el capitán Galán, de forma que aquella misma tarde le escribe una carta admonitoria con el mejor ánimo de disuadirlo. Y también sin duda, para que sepa que el Gobierno lo tiene todo bajo control: «Sabe el Gobierno y sé yo de su actividad revolucionaria y de sus propósitos de sublevarse, que pueden acarrearle consecuencias irreparables…». La insensata empresa se iniciaba así bajo la apariencia de lo que hoy nos parecería un «gag» de Gila.

En su libro de memorias “Cambio de rumbo”, escrito en el exilio por el en aquellas jornadas comandante Hidalgo de Cisneros —que más tarde sería el último jefe de la aviación republicana—, éste revela que a su llegada a Madrid desde Sevilla, en las vísperas del golpe, fue in-formado de que los conspiradores contaban con varias guarniciones y con un grupo nada desdeñable de generales comprometidos: Queipo de Llano, Cabanillas, Núñez de Prado, López Ochoa… Sus primeras impresiones no pueden ser, sin embargo, menos optimistas. El político ex monárquico don Miguel Maura era quien, ante su sorpresa, se ocupaba de la cuestión militar y cuando es recibido por él en su lujoso domicilio des-cubre sobre un butacón una guitarra acabada de tocar, «algo absolutamente impropio de las circunstancias en las que los revolucionarios deberían vivir en aquellos momentos».

Menos reflexivo y ante su posible detención —o, en el mejor de los casos, su traslado por vía de urgencia—, el capitán Galán decide por su cuenta adelantar el golpe previsto para el día 15, acuciado también por la situación climatológica que muy bien podría dejarlo inmovilizado en su reducto. Y sin pensarlo dos veces decide remitir a Madrid el siguiente telegrama: «Viernes día 12. Envíen libros». Los libros eran un puñado de estudiantes de la FIJE, jugadores del equipo de rugby, que salieron de Madrid en un autocar como quien va de romería. La última decisión estaba tomada, pero el guion no sería ya el previsto.

El auto designado Gobierno provisional es el primer sorprendido y sobre la marcha decide enviar a Jaca, a uña de caballo, al señor Casares Quiroga, acompañado del periodista Greco Marsó, para que contenga al impetuoso capitán. Lo que va a ocurrir a seguido no es si-no el acto final de la ópera bufa que los conspiradores están interpretando. El enviado llega a Jaca en automóvil a altas horas de la noche, se confunde de hotel, no se encuentra con ninguno de los militares comprometidos y se acuesta agotado por el viaje. Sería despertado por los primeros disparos del golpe militar. En este justo momento terminaba la opereta y empezaba el drama.

A las 5 de la mañana el capitán Galán, junto a García Hernández y otros varios compañeros, había penetrado en el cuartel del Regimiento de Galicia, detenido a los mandos remisos y arengado a los soldados ante los que proclama la República. La sangre no tardaría en correr. Dos carabineros se niegan a entregar las armas y son muertos sobre la marcha. Queda claro que Galán no va a andarse con remilgos. Sobre las esquinas de la ciudad coloca pasquines con un texto de draconiana parquedad: «Todo aquel que se oponga de palabra o por escrito, conspire o haga armas contra la República será fusilado sin formación de sumario».

Aquí surge para quienes lo conocieron un tremendo interrogante: ¿Qué pasaría en aquellos momentos por la mente del joven militar, al que sus compañeros atribuían unos sentimientos personales caracterizados por un humanitarismo anarquizante? Para el historiador y académico Jesús Pabón, «los sueños de Galán estaban en su opúsculo alucinado “Nueva creación”: su bondad tras un amor contrariado, su entereza en la forma en la que se sublevó y su entrega para ir a una muerte segura». Hermano de otros tres militares, soltero, era ya, a sus 31 años, un veterano de la guerra de África y uno de los preferidos por el general Franco para las acciones que exigían inteligencia y arrojo, tal como revelaría el general Mola. «Carecía, sin embargo, de práctica para mandar efectivos de cierta importancia, lo que explica que el desarrollo de la operación fuese todo un absoluto despropósito».

No menos de nueve horas habrían de pasar hasta que a las tres de la tarde la columna de automóviles y camiones se pone en marcha. El factor sorpresa ca-rece ya de toda eficacia. Renqueando bajo la lluvia y la ventisca, la caravana inicia la marcha hacia su trágico destino. El relato que de ella hace el periodista Grego Marsó parece sacado de una novela barojiana de las guerras carlistas. En las proximidades del pueblo Anzanigo, la sangre vuelve a enrojecer la nieve. Como una pieza más en un juego de los errores, un coche plantado en plena carretera aguarda a la columna. El general Las Heras la espera para darle el alto. Hay un cruce de disparos y el general cae muerto junto con sus acompañantes. Los vítores y el entusiasmo se han apagado, pero la tropa prosigue su marcha. Al amanecer del día 23 está prácticamente a la altura de Ayarbe, a las puertas casi de Huesca. Diecinueve horas le ha costado llegar hasta ella, donde les espera atrincherado un importante efectivo militar, procedente de Zaragoza. García Hernández y el también capitán Sediles se dirigen hacia sus líneas abrigando la insensata idea de que puedan unírseles. Ante su sorpresa serán detenidos. Ni siquiera va a dispararse un solo tiro. Los rebeldes huyen en plena desbandada hacia las montañas. Galán se derrumba y abandona en un coche el que no llegó a ser campo de batalla. Es en estos momentos cuando resurge su concepto humanista de la vida. Comprende que sobre sus compañeros va a recaer el peso de la ley y en el primer pueblo que encuentra busca al alcalde pedáneo y se constituye en prisionero.

A esa misma hora, en Madrid, el comportamiento de los políticos comprometidos —Alcalá Zamora, Azaña, De los Ríos, Lerroux, Maura, Largo Caballero- no parece seguir idénticas pautas de dignidad. Casi todos ellos serán detenidos en sus respectivos domicilios, respetuosa y cortésmente, por amables agentes de Policía. A Alcalá Zamora se le permitirá acudir a misa, a Lerroux ni siquiera se le molesta, «dada su respetable ancianidad», y en cuanto a Azaña, como en él es habitual, ya ha sabido ponerse a buen recaudo. Existe una curiosa carta de Franco a su compañero el general Varela, escrita el 27 de ese mismo mes de diciembre, en la que no oculta su desprecio por ellos: «Parece mentira que los hombres públicos que se dicen amantes de la libertad y la democracia fomenten en el Ejército los pronunciamientos militares que tanto daño hacen al país» (Jesús Palacios, “Las cartas de Franco”). Menos tolerables serían las cosas para los sublevados. A las nueve y media de la mañana de ese día comparecían ante un consejo de guerra. A la una y media se hacían públicas las sentencias de muerte para Galán y García Hernández y a las cuatro de la tarde morirían frente al pelotón de ejecución.

España entera contuvo ese día la respiración. En el ánimo de cada español había calado ya la convicción de que la monarquía tenía sus días contados. La apresurada ejecución —ni siquiera se le ofreció al Rey don Alfonso XIII la prerrogativa del indulto— convertía a los fusilados en mártires de una causa que con su muerte adquiría lo que en ningún momento había tenido: una dimensión épica. Por paradójico que pueda parecernos, un puñado de alucinados soldados perdedores —lo que hoy se llamaría unos golpistas— hacían renacer una nueva y esperanzada conciencia nacional. Más que la vacua retórica que la República derramaría sobre sus figuras valen como testimonio de su actitud las palabras que Mola dedica a su amigo y compañero Galán: «Su gallardía ha sido la única digna de respeto. Supo sufrir los rigores de la ley de la misma manera que organizó y dirigió la desdichada aventura. Yo me descubro ante el recuerdo de un hombre que murió con la misma bizarría con la que se lanzó a la rebeldía». En los fastos del aniversario de la II República, resulta cuando menos poco comprensible el silencio que ha rodeado al sacrificio de quienes la hicieron posible. Algo que acaso haya que atribuir menos al simple olvido que al hecho de que su memoria en nada ayuda a ofrecer de los albores del nuevo régimen la imagen pacífica y civilista que los estereotipos prorrepublicanos han venido construyendo a espaldas de tan dramática realidad.

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