Breve crónica de una falsa pandemia

Nadie podía imaginar en el verano de 2019 que un verdadero tsunami asomaba por el horizonte. Este tsunami iba a cambiar nuestras vidas y a tener consecuencias catastróficas en el ámbito sanitario, social y económico de poblaciones enteras. Nunca creímos ser tan vulnerables y nunca comprobamos que lo éramos. 

A finales de 2019, un oftalmólogo Chino, Li Wenliang, residente en Wuhan, corrió el rumor de que en su clínica se encontraban aisladas siete personas que “presuntamente” estaban infectadas por un virus SARS (Síndrome Agudo Respiratorio Grave).

Esta información circunscrita a unos pocos contactos del oftalmólogo se escapó de su control y creó una auténtica histeria colectiva. La gente de Wuhan comenzó a agolparse en los hospitales al más mínimo síntoma de tos, asma, bronquitis o neumonía.

Ya sabemos que ocurre cuando alguien explota un petardo entre una masa de gente: el pánico y las carreras son su resultado. Los síntomas gripales son muy comunes en esas fechas y el pánico creció entre la población. El pánico además debilita el sistema inmunitario de los más débiles y puede incrementar los síntomas respiratorios.

El Dr. Ryke Geerd Hamer estudió suficientemente esta materia. Esta histeria colectiva, no sabemos si intencionada, pretendida o utilizada por el régimen comunista chino, provocó que las primeras noticias sobre una nueva enfermedad se abriera paso. La aparición de cualquier síntoma relacionado con un estado gripal era interpretado por el gentío como el efecto del nuevo virus cuya existencia nadie había probado pero que todo el mundo aceptó como la causa de todas esas muertes. 

Salieron a la luz noticias que informaban acerca de qué Wuhan era la ciudad piloto de la nueva generación de móviles denominada 5G junto a el pequeño país de San Marino, primero en implementar esa tecnología. En España, las ciudades de Segovia y Talavera de la Reina también fueron “laboratorio” de esa tecnología. 

Sorprendentemente la enfermedad en esos lugares era especialmente virulenta. En ese intervalo, cuando la histeria colectiva crecía, el Dr. Bartomeu Payeras, en su condición de bioestadista, publicó un estudio que desvirtuaba a partir de los datos oficiales publicados por los Estados que la causa de lo que estaba sucediendo se debía a un virus.

Descubrió el denominado efecto-frontera. El virus respondía a fronteras políticas. Su difusión no respondía a los parámetros naturales de un virus contagioso.

Por su parte, el hospital de Barbastro (Huesca) publicó un estudio que versaba sobre la relación directa entre la vacuna de la gripe y la nueva enfermedad. El número de ancianos fallecidos que habían sido vacunados multiplicaba por 4 en relación a aquellos que no habían sido inoculados.

Mientras todo eso ocurría, un Dr. español que trabajaba en una zona rural de apenas 1000 habitantes en la provincia francesa de Toulouse, es alertado por sus vecinos de síntomas muy variados nada habituales y compatibles con una irradiación electromagnética. Encontró 3 antenas de telefonía móvil en torno a las cuales los vecinos enfermaban y algunos morían. El Dr. José Luis Sevillano, que así se llama, desarrolló todo un tratado sobre cómo la causa de la enfermedad COVID-19 no era viral.

Las neumonías bilaterales atípicas nunca pudieron ser provocadas por un virus. Lo sucedido en España y otros países es del todo conocido: el test denominado “RT-PCR”, prueba inespecífica para detectar la presencia de virus, fue “criminalmente” utilizada para generar pánico en la población. 

La población acudió en masa para ser testeada cuando terminó el confinamiento. Todo era ordenado por políticos que parecían actuar bajo los dictámenes de gente sin rostro. Todos actuaban igual, prácticamente sin disidencia alguna. Diariamente representantes de los 3 ejércitos comparecían en rueda de prensa junto a miembros del gobierno para el “PARTE GUERRA DIARIO”. La escenografía no dejaba abrir paso al análisis sereno de lo que estaba ocurriendo.

La población, atemorizada, veía morir a inocentes en sus casas. Ancianos, que vivían en soledad, morían presas del pánico ante la televisión y sus vecinos descubrían sus muertes por el hedor que desprendían sus hogares o tras comprobar que pasaban días sin apreciar movimiento en esos hogares. El ejército era el encargado de sacar de madrugada los cadáveres. EL PÁNICO CRECÍA. 

Los cadáveres eran incinerados tras la normativa impuesta de clasificar a esos cadáveres en el nivel 1 (muertos por radioactividad) y no en el nivel 2 (muertos por epidemias). De haber sido clasificados en el nivel 2 serían exigibles las autopsias. Sin autopsias, todos eran fallecidos por COVID-19. Así nació la Nueva religion cotidiana..

Hablando de autopsias: las que se practicaron por forenses italianos, búlgaros, alemanes, británicos y suizos, nada encontraron sobre una enfermedad respiratoria. Todo lo contrario: encontraron cuadros trombóticos que nada tenían que ver con causa viral alguna.

Así lo denunció el Dr. Pasquale Mario Bacco en el Congreso de los Diputados de Italia. Este hallazgo provocó el cambio de los protocolos establecidos por la OMS y por China según los cuales había que tratar con respiradores. Los enfermos morían al ser enchufados a estos respiradores. 

Con la administración de medicamentos como la Hidroxicloroquina, el Dióxido de Cloro, la Heparina y otros anti-inflamatorios, los doctores lograron salvar miles de vidas, pero no solo no se publicitó, se demonizo pir la industria farmacéutica, gobiernos y organismos globalistas, calificando los tratamientos de veneno. Y lejia.

Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿quienes establecieron los protocolos que nada tenían que ver con la nueva enfermedad? 

En España se dio la orden de dejar morir a los enfermos más graves y de edad avanzada. Existen videos que atestiguan este hecho. Ahora sabemos por declaraciones del Dr. Wu Zunyou, miembro del Centro de Enfermedades Infecciosas de EEUU, que nunca aislaron un virus denominado “SARS-COV-2”. 

Las irregularidades contenidas en el proceso de aprobación por parte de la OMS de los test “RT-PCR” no pueden ser ignoradas. El 23 de enero de 2020, en la revista científica Eurosurveillance, del Centro de Prevención y Control de Enfermedades de la Unión Europea, UE, el Dr. Christian Drosten, portavoz de Sanidad del gobierno alemán junto con varios colegas del Instituto de Virología de Berlín en el Hospital “Charite”, junto con el director de una pequeña empresa de biotecnología de Berlín. TIB Molbiol Syntheselabor GmbH, publicó un estudio que afirmaba haber desarrollado la primera prueba eficaz para detectar si alguien está infectado por el denominado SARS-COV-2. El artículo de Drosten se tituló “Detección del nuevo coronavirus de 2019 (2019-nCoV) mediante RT-PCR en tiempo real” (Eurosurveillance 25 (8) 2020). 

La noticia fue recibida con el respaldo inmediato del cuestionado Director General de la OMS, Tedros Adhanom. Dos de los firmantes de aquel informe eran miembros del comité editorial de la revista en el que fue publicado el informe. A partir de aquí, todo son irregularidades. Cuatro de los firmantes de ese artículo tienen conflictos de intereses por cuanto están vinculados a los centros de producción de esos test.

La mayor vergüenza de todo este proceso es que cuatro días antes de la publicación en la revista, es decir, el 17 de enero de 2020, sin que el mundo conociera estos movimientos, los autores enviaron este test a la OMS “organización más que discutida” por cuanto está financiada en un 83% por la industria farmacéutica, quienes ya lo habían aceptado para ser el “Test diagnóstico para la COVID-19”. Es decir, antes de ser publicado el informe ya había sido aceptado por la OMS. 

Ese informe nunca fue revisado por ningún otro científico. 

El 27 de noviembre de 2020, un Consorcio Internacional de Científicos en Ciencias de la Vida publicó una revisión por pares externa titulada ‘Informe de revisión Corman-Drosten et al. Eurosurveillance 2020 ‘, que documenta 10 defectos importantes y solicita una retractación. Esta fue la herramienta para desatar el pánico mundial.

Hoy, los autores de ese informe, junto con miembros de la OMS están siendo procesados por una serie de delitos. El proceso está dirigido por el prestigioso abogado alemán Renier Fuëlmich. 

Después de esta crónica, la pregunta que todo el mundo se hace de “Si el virus no existe, ¿De qué muere la gente?” deja de tener sentido. La pregunta que habría que hacerse es: después de todos estos datos, ¿no es hora de investigar lo sucedido y depurar responsabilidades de todos esos “presuntos criminales” que llevaron a la muerte a miles de inocentes?”.

Plantearse si un virus existe o no es una cuestión secundaria. Científicamente nadie ha probado su existencia. 

Una cosa es clara:

Una gran mentira preside el relato oficial. 

Otra cosa es clara:

 La industria farmacéutica saca grandes beneficios del estado de psicosis creado. 

Tienes derecho a conocer la verdad.

2 comentarios en “Breve crónica de una falsa pandemia

  1. Dadas las circustancias, lo único que pido es que la vacuna no sea obligatoria, ni hagan chantaje con prohibiciones, pues si no puedes ver a tus nietos al final te la pones sin querer.

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