Conde de Romanones: Una entrevista inédita a D. Álvaro Figueroa y Torres – José Luis Guerrero

El Conde de Romanones, solo, en un banco de la estación del Escorial, presencia la marcha del tren en que han salido de España la reina Victoria y sus hijos. (Ahora, 16/04/1931)
Sacamos del baúl de los recuerdos una entrevista realizada en 1932 al ex-ministro monárquico D. Alvaro Figueroa y Torres, más conocido como el Conde de Romanones.
En el momento que se hace la entrevista, Romanones contaba 68 años de edad y era diputado por Guadalajara en las Cortes constituyentes.
Es una de las grandes figuras políticas de la Restauración, de ideas liberales, había sido tres veces Presidente del Gobierno y varias veces Ministro —todo un preboste de la época— que tuvo que exiliarse en París durante la Dictadura de Primo de Rivera.

Al caer el Dictador, el Rey lo mandó llamar para que formara parte del Gobierno de Berenguer, con el mandato regio de restaurar la democracia. Ocupó la cartera de Exteriores en el último Gobierno de Alfonso XIII.

El interés de la entrevista radica en su papel protagonista en los sucesos que llevaron a la caída del régimen monárquico, y su visión de la situación política tras la aprobación de la Constitución republicana.

El entrevistador es José María Carretero Novillo, escritor y periodista que inició su carrera profesional a principios del siglo XX. El catedrático de comunicación, Antonio Lopez Hidalgo, no duda en calificarlo como “el confesor del siglo” por sus más de 200 “interviús” a importantes personajes de la época.
Por su pluma pasaron —entre otros— Pablo Iglesias, Indalecio Prieto, León Trotski, Mussolini y el mismísimo Hitler, al que conoció en Berlín en el rodaje de una película.

Sin embargo —sorprendentemente—, su trabajo es prácticamente desconocido porque la historiografía actual ha condenado su obra al ostracismo.

La entrevista se publicó en los primeros meses del bienio Azañista, concretamente en Mayo de 1932, en un libro titulado “España se Defiende”. No se conoce la fecha exacta en que tuvo lugar, pero por el contexto se realizó entre Febrero y Marzo de ese mismo año.

No me consta que fuera publicada en ningún periódico de la época y el libro de Carretero nunca ha sido reeditado; es inédita en Internet y en papel solo puede encontrarse en librerías de viejo.
Pero dejémonos más de preámbulos y vayamos con la entrevista…

*   *   *   *

La entrevista al Conde de Romanones.

Después de unos segundos de pausa, yo abordo francamente el tema de mi visita diciendo al conde:

— Precisamente, para un libro próximo, quiero hacerle a usted una interviú sobre temas políticos.

— ¿Por donde quiere usted que empecemos?— acepta, sonriendo con amabilidad.

— Hablemos de aquellas históricas jornadas del 12 al 14 de Abril.

El ilustre conde, sin apartar su mano del oído izquierdo, hizo un encogimiento de cuerpo análogo al del esgrimidor que se pone en guardia sin perder su gesto sonriente para un asalto peligroso.

Durante unos segundos buscó en el bolsillo derecho de su americana algo que quería ocultar a mi vista; yo, entonces, vacilé un momento.

En esta época de “manos arriba”, comprenderéis mi inquietud; afortunadamente, pronto me di cuenta de que lo que buscaba don Álvaro no era una browning. Vi entre sus dedos una trompetilla pavonada.

El Conde Romanones rodeado de periodistas a la salida del último Consejo de Ministros que presidió Alfonso XIII
(Ahora, 15/04/1931, pag 12)
Seguramente, temeroso de la indiscreción del reportero, y porque me escuchaba perfectamente sin necesidad de otro auxilio, después de tenerla empuñada y acariciarla con la mano, la volvió al bolsillo.

Yo continuaba como desentendido de todo lo que rodeábame, sin aparentar fijarme en su traje marrón y en la cadena de platino que cruzaba su chaleco, cuyos últimos botones estaban desabrochados, ni en su sonrisa, franca y acogedora, que predisponía para toda índole de confidencias, ni en unas cuartillas, índice de un próximo trabajo que allí mismo, sobre la mesa de su despacho, decían: “Espartero, o el general del pueblo.” (1)
Proseguí:

— ¿Cuál fue su momento de más emoción durante aquellos días célebres.?

— ¡Fueron tantos! —suspira con desaliento el conde— que no puedo fijar el más culminante.!

Hizo una pausa, que yo respeté mirándole fijamente con un fruncimiento de interrogación para alentar sus evocaciones.

— Hubo sin embargo, dos que los recuerdo sobre todos. El primero, cuando don Alfonso me dio el encargo de que me entrevistase con Alcalá-Zamora.
Su gesto tenía una resolución tan cortante y una frialdad tan glacial, que no guardaba ninguna objeción: había un contraste entre este gesto sereno del que fracasa y el otro gesto aturdido por el triunfo con que me recibió Alcalá-Zamora.

Tampoco olvidaré la entrevista que celebramos este ilustre hombre público y yo. Después de la marcha de don Alfonso y de doña Victoria, fueron para mi momentos muy angustiosos, porque no cabía hacer nada; pues retrasar la salida hubiese dado lugar, yo estaba seguro de ello, a escenas parecidas a las de Rusia.

— Si usted volviera a verse en el Gobierno en situación idéntica a los primeros días de abril del 31; es decir, antes de las elecciones municipales, ¿qué haría.?

— No he pensado en ello, porque yo jamás vuelvo la imaginación hacia las cosas que juzgo resueltas sin remedio; pero, frente a mi conciencia, digo que la situación a que habían llegado los espíritus después de tantos años de dictadura era tal, que la suerte de España sólo debía confiarse a la expresión sincera de la voluntad nacional. Cualquier otro camino hubiera sido nefasto y sangriento.

— ¿Pudo usted suponer alguna vez que en su vida pudiera surgir un momento en el que el Destino le obligase a desempeñar la misión de parlamentario entre la monarquía y la república.?

Sonrió el conde irónicamente; después, repuso:

— Nada más lejos de mi ánimo; y hubiese preferido no existir como hombre político a esta amargura que tuve que apurar…Y conste que si fui parlamentario no fue por mi propia voluntad, sino por obediencia debida al entonces monarca.

Hizo una pausa; después, como un comentario al margen de nuestro diálogo, agregó:

— Si; porque es que muchos han creído que de mí partió la iniciativa de parlamentar, y no fue así; y aprovecho la ocasión de hablar con usted, cuya veracidad en las interviús está bien acreditada, para rectificar eso.

— ¿Cree usted inevitable lo que ocurrió.?

Encogióse de hombros con gesto fatalista, restregóse la diestra por el mentón como si quisiera modelarlo mejor, y después, como pensando en voz alta, con un tono de voz más confidencial, murmuró:

— Lo que ocurrió fue, sencillamente, la fatalidad histórica que se impuso como siempre se impone a los pueblos cuando alguien por un momento se olvida del alma que ellos tienen.Hay que decir, con el árabe: “Estaba escrito”. Mejor hubiese sido no haber dado lugar a que se hubiera escrito.

— ¿Es cierto que los elementos palatinos reprocharon a usted su gestión de aquel día.? (2)

El caudillo de los monárquicos apenas me dejó terminar la pregunta. Acompañando sus frases con un además afirmativo y enérgico de su mano diestra, que fue a posarse sobre la mesa, exclamó con amargura:

— Completamente cierto.

Después, mitigando sus palabras con un acento de piedad y con un gesto mundano de hombre que sabe mucho de la vida y de las cosas, continuó:

— Es comprensible y excusable, frente a la situación y los acontecimientos, que no daban lugar a que los ánimos razonaran con serenidad. Yo había tenido por delante muchos días amargos para razonarme todo; hasta lo más inesperado y absurdo. Ellos, que vivían en el equívoco y en el engaño, no.

— El monarquismo, ¿es en usted todavía convencimiento ideológico o actitud de elegante lealtad personal a una familia o a una causa en desgracia.?

— Es el mío un convencimiento profundo; pero, aunque no lo fuese, sería lo mismo; es decir, que procedería de la misma forma, porque yo comprendo haber abandonado los ideales monárquicos cuando la monarquía hubiese estado firme; pero cambiar a la hora de la debilidad y del vencimiento, como han hecho muchos, no me parece ni digno ni elegante.

El caudillo liberal se ha erguido como orgulloso de una actitud que bien pude ser la ejecutoria caballeresca de toda una vida. En efecto; si no hubiese otros muchos motivos por los cuales el conde de Romanones había cautivado nuestra estimación, este gesto tan natural, pero tan raro en los momentos que vivimos actualmente, le hubiese bastado para ello.

— ¿A qué atribuye usted el que tantos elementos de la derecha votaran por la República el 12 de abril?

— A que no podían prever lo que iba a ocurrir; y, además, no les estremecía la República porque los pobres ilusos se creyeron la bobada de que iba a ser la “República de los Obispos.” (3)

Por eso, seguramente, muchos sacerdotes votaron por ese régimen.

Y al decir esto, sonrió agudo y burlón, con su picaría característica.

— ¿Es cierto que las derechas tuvieron la culpa de darle carácter plebiscitario a las elecciones municipales.?

Torció la boca con desdén. Frotóse la manos una con la otra; después hizo una denegación con la cabeza, casi monda, en la cual ocho o diez pelos rebeldes brotaban a sus anchas.

El Conde Romanones haciendo cola para votar en las elecciones municipales (Ahora, 14/04/1931, pag.11)
— No. Terminantemente, no. Es ésa una cuestión que se ha debatido mucho, que se ha discutido hasta conmigo, pero que no tiene alcance ninguno, ¡que es pueril debatirla!Lo mismo hubiera sido que el pueblo votase para concejales, que para diputados provinciales, que para diputados a Cortes.

Aquella votación, después de los años de dictadura, era un dictamen y había que acatarlo, y tenía que ser decisiva, y no cabe apelación ante la conciencia del pueblo.

— Se ha dicho por ahí, y conste que yo no lo suscribo, que fue un error político la absoluta abstención del Gobierno en aquellas elecciones. Usted, ¿qué opina de esto.? (4)

— Creo que fue su mayor acierto. De ello estoy cada vez más convencido; y conste que el hacer las elecciones como se hicieron, no fue un criterio mío: fue el criterio unánime del Gobierno de entonces.

— Y claro es, dada la absoluta lealtad con que ustedes procedieron, era lógico que esperaran una reciprocidad análoga en las primeras elecciones que hiciera la República.

— En efecto; yo la esperaba, como la esperábamos todos, porque no había necesidad de hacer lo contrario.

— ¿Y encontró usted esa reciprocidad.?

— Nada en absoluto. Todo lo contrario; pero es igual, porque yo estoy seguro que mientras la República no pase por unas elecciones como aquéllas, con completa abstención del Gobierno, con todos los derechos ciudadanos asegurados, con la máxima libertad individual, la República no estará afirmada. Digan lo que digan las notas oficiales. (5)

— Usted ha dicho que aquellas elecciones fueron “de una sinceridad rayana en la candidez.”

— En efecto— me interrumpió.

— Usted, tan experimentado en la política, ¿cómo incurrió en esa candidez.?

— Era necesario como lo es ahora.

— ¿Pero es que usted no imaginó que el cuerpo electoral iba a producirse como lo hizo.?

— No importaba lo que yo imaginase ni lo que imaginase nadie; lo importante es que el pueblo estaba ávido, como lo está ahora, de unas elecciones en donde pueda manifestarse con garantía y libertad.Y yo creí entonces que solamente haciendo unas elecciones como se hicieron podía darse solución al problema planteado ante la conciencia de España. (6)

Penetra en el despacho Agustín de Figueroa, el hijo del conde, que besa su frente con amor filial. (7)
Un secretario aprovecha nuestro silencio para anunciar al gran político la visita de don Joaquín Ruiz Jiménez.

El conde, después de atender a ambos, vuelve a prestarme su atención.Yo, durante el silencio, he preparado una nueva pregunta:

— ¿Cuáles fueron, a su juicio, las causas principales de la caída de la Monarquía.?

— Fueron muy complejas, y no poco influyó en ello el viento que venía de fuera; pues no hay que olvidar que la caída de la Monarquía en España fue precedida de la desaparición de otras en Europa.

— ¿Cree usted que si en estos momentos se hicieran unas elecciones sinceras la opinión se expresaría de modo bien distinto al 12 de Abril de 1931.?

— ¡Uff!… de ello estoy completamente cierto; pero, en fin, la prueba contraria está en manos del Gobierno.

— ¿Cuales son a su juicio, los actos de la República que más han contribuido a enfriar aquel entusiasmo del 14 de Abril.?

— Para mi, la persecución del sentimiento religioso.

— ¿Cómo ve usted el porvenir político de España.?

— Prefiero decir que no lo veo de ninguna manera, porque he sido enemigo constante de los horizontes negros; confío mucho en el vigor de nuestra patria; España por si sola ha vencido siempre las situaciones más difíciles, y además, no estará lejos el momento en que el patriotismo de todos se imponga sobre la política.

— Una pregunta difícil, querido conde: Sinceramente, ¿usted cree en una posible Restauración.?

Sonrió el conde con malicia. Después exclamó:

— A eso no contesto.

— Es innegable —digo— que hay una reacción avasalladora contra los hombres que desde el 14 de Abril de 1931 vienen gobernando España; ¿a qué atribuye usted esto.?

— A que se han equivocado.

— ¿Qué opina usted del nuevo auge que están adquiriendo las derechas.?

— El nuevo auge de las derechas se lo han hecho por completo los extremismos de las izquierdas. Exactamente igual que a la República la engendró la Dictadura.

— ¿Ha vuelto usted a ver a don Alfonso desde el día de su destronamiento.?

— No lo he visto No he estado en París más que una vez y encontrábase entonces realizando su viaje por Oriente.

— ¿Cómo fue su despedida del ex monarca.?

— ¿Cómo quiere usted que fuese? Impregnada de todas las tristezas del momento. La propia del caso aquél, sin que hubiera nada de particular más que mi profunda amargura y la ejemplar serenidad del que, empujado por todas las adversidades, se iba. Don Alfonso estaba muy tranquilo.

— No obstante — interrumpo— , hubo en su marcha un detalle que ha criticado todo el mundo
¿Cómo pudo este hombre, en aquellos instantes de peligro, preceder a su familia en la marcha.?

— Esa crítica no es justa. No se trataba de un hombre que disponía de su voluntad y de su destino.

En el poco espacio de tiempo que se le dejaba era imposible preparar el viaje de una familia numerosa.

“A las 9:30 de la mañana de ayer, doña Victoria y sus hijos salieron de palacio en varios autos, en los que se dirigieron a El Escorial para tomar el tren que los ha conducido hacia el destierro. La foto reproduce el instante en que el Infante don Jaime, asomado a la ventanilla, estrecha las manos de las personas que acudieron a despedirle. (Ahora, 16/04/1931, pag. 12) 
— ¿Y si él se hubiese opuesto a salir.?

— Hubiese sido igual; pero, como esta resolución era suya, no cabe atribuírsela a nadie.

— Cuando don Niceto Alcalá-Zamora fue diputado ramonista por primera vez, ¿tuvo usted en algún momento la corazonada de que llegase a ser el primer Magistrado de una España republicana.?

— No. Tuve la seguridad de que por su talento llegaría a ser una figura preeminente; pero la verdad, en el campo republicano no se me ocurrió.

— Es usted el único diputado oficialmente monárquico que aparece en las Cortes…

— Eso parece— responde con malicia.

— ¿Y hay indisciplina en esta minoría.?

— No comprendo qué quiere decirme.

— Quiero decirle que si está siempre el conde de Romanones conforme con don Álvaro de Figueroa, propietario católico.

— En absoluto.

— Pues ¿cómo no habló usted cuando se trató de la cuestión religiosa.?

— Porque yo, querido amigo, antes de venir a las Cortes me tracé un camino, del cual nadie ni nada puede apartarme.Yo venía a las Cortes con la sola obligación de intervenir en el momento que se acusara al ex monarca. De todo lo demás me inhibo conscientemente, porque debatir es colaborar, y o no quiero ni puedo colaborar en nada de lo que se ha venido haciendo.

— ¿Ha ido usted reconquistando a sus electores en Guadalajara.?

— No he perdido ni uno. Ni uno solo de mis amigos ha dejado mi bando. Ya lo verán todos cuando sea el momento de verlo. (8)

— En las actuales Cortes, y en las filas republicanas, ¿cuántos diputados hay que fueron amigos de usted durante la Monarquía.?

— Muy pocos… Muy pocos…

— ¿Qué opina del comunismo en España.?

— Que es una seria amenaza que no debe aumentarse por temores exagerados de una parte ni cobardías de la otra.El comunismo en España tendrá siempre una barrera infranqueable, que es el sentimiento individualista desarrollado felizmente entre nosotros.

— Y de la actuación de los socialistas, ¿qué piensa usted.?

— El socialismo era una fuerza muy bien organizada, cuyo paso por el Poder lo ha debilitado, los ha extenuado. El socialismo tiene más fuerza como esperanza que como realidad.

— ¿Estima usted oportuna o prematura la concesión del voto a la mujer.?

— Aunque yo no he sido nunca partidario de ello, ahora lo considero oportuno.

— ¿Por qué motivo.?

— Eso ya me lo callo… Si acaso, puede usted decir que porque servirá de contrapeso a la influencia nefasta del extremismo. (9)

Y tras esta hábil respuesta, la conversación deriva hacia temas más personales, recuerdos y anécdotas evocados como ingenio singular por mi interlocutor ilustre

*   *   *   *
Notas.

[1] El libro fue publicado por Espasa-Calpe ese mismo año de 1932. (volver)
[2] Los monárquicos más recalcitrantes tildaban a Romanones de traidor, acusándole de haberse reunido con Alcalá-Zamora a espaldas del Rey. (volver)
[3] Durante la campaña electoral a las municipales y para atraerse a las masas conservadoras recelosas de un proceso revolucionario al estilo soviético, Alcalá-Zamora había declarado que sería el presidente de “una república de obispos.” (volver)
[4] Por “abstención” debe interpretarse que las elecciones no fueron manipuladas por el Ministerio del Interior como venia siendo costumbre en la época. (volver)
[5] Ya hemos hablado de la limpieza de la campaña electoral a Cortes Constituyentes. En el momento de hacer estas declaraciones el Gobierno ya había decidido no someter a referéndum popular la Constitución apoyándose en su mayoría parlamentaria. (volver)
[6] Las declaraciones de Romanones apuntan a un general acuerdo en considerar las elecciones municipales como plebiscitarias. Hasta el punto que fueron reconocidas por el propio Alfonso XIII. (volver)
[7] Al estallar la guerra civil, su hijo Agustín de Figueroa fue encarcelado por el Gobierno del Frente Popular. Escribió unas memorias: Las memorias del Recluso Figueroa, de las que hemos hecho una reseña en este blog. (volver)
[8] El conde de Romanones revalidó su escaño por Guadalajara en las elecciones de Noviembre 1933. Poseía grandes extensiones de tierra en la provincia y era su feudo electoral. (volver)
[9] Hemos hablado de la influencia del voto femenino en las elecciones de Noviembre de 1933. Estas elecciones supusieron la debacle electoral del partido de Azaña y de los partidos con los que había gobernado: el P.S.O.E. y los partidos republicanos de doctrina marxista. (volver)

Fuente

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